Mostrando entradas con la etiqueta Los niños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Los niños. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de mayo de 2009

EL PENSAMIENTO EN LA EDAD PREESCOLAR



Un texto que llevo Sole a entrecomadres desde JUGAR Y APRENDER, pasatiempos educativos de 0 a 10 años (DOROTHY EINON) . Ultimamente he oido a Laia comentar cosas del estilo de los ejemplos que hay en el texto. Que pena no haberlas apuntado, porque eran de una logica muy particular.
Edito para añadir un ejemplo que ha dicho esta tarde:
- ¿Que cenamos hoy?
- Ensalada de pasta.
- Vale, pero hoy no quiero lechuga.- y tras un breve silencio, con voz emocionada - Siiiiii, si quiero lechuga. Claro, hoy como lechuga porque llevo una camiseta verde.


Ilustracion de misspink a la que he conocido via kireei

El niño de cuatro años tiende a hablar como si creyera que, cuando dos cosas suceden al mismo tiempo, tienen que estar relacionadas. Escucha lo que dice y descubrirás cómo piensa. Un niño de cuatro años dice:

“No puede ser la hora de ir a la cama porque todavía no me he bañado”.

“Me parece que necesito beber porque me duele la rodilla”.

Pero a los ocho años ya no habla de esta suerte. Parte del goce que procuran los niños pequeños consiste en oír su razonamiento infantil. No es que carezcan de lógica ni que su lógica sea fundamentalmente errónea. Si empuja la pelota y ésta se mueve, es lógico concluir que el empujón ha sido la causa del movimiento; pero cuando un niño aplica la misma regla a la relación entre irse a la cama y el baño, lo que falla es su aplicación de la lógica.

Desde el comienzo los niños tienen un esquema mental de las cosas, y a ese esquema adaptan la información que reúnen. Sus esquemas son maneras simples -se las podían llamar primitivas- de dar sentido al mundo. Pero los niños no son estáticos; sus conocimientos y sus habilidades crecen día a día y, naturalmente, comienzan a advertir las limitaciones de su manera de pensar. A medida que crecen y se desarrollan, cambian y reestructuran su visión del mundo. Tales cambios son siempre graduales y tienen lugar más de una vez a lo largo de la infancia.

Uno de esos cambios se produce ya a los nueve meses, cuando la memoria en desarrollo le hace posible comprender que las cosas existen aun cuando él no las vea. Otro tiene lugar alrededor de los catorce meses, cuando comienza a usar palabras y gestos para representar los objetos. Alrededor de los seis o siete años, y quizás antes, el cambio fundamental es que comienza a establecer principios generales a partir de sus experiencias individuales; lo advertirás ahora que el niño dispone de lenguaje para expresar sus descubrimientos.

El primer tipo de razonamiento “infantil” -según el cual, si dos cosas suceden al mismo tiempo, una es causa de la otra- podría denominarse intuitivo. A los seis o siete años este razonamiento se convierte gradualmente en razonamiento deductivo.

Veamos un ejemplo. Tu hijo de cuatro años acaba de volver de la guardería y te cuenta lo que le ha sucedido por la mañana. Empieza por preguntarte “¿Has visto los zapatos nuevos de Menchu?”. No ha olvidado que es su abuela y no tú quien lo recoge casi siempre en la guardería, pero da por supuesto que tú compartes su experiencia. Cuando le explicas que no estás segura de quién es Menchu, responde: “La niña con la que estuve jugando en el bote”.

Por el contrario, el pensamiento de un niño de ocho años ha progresado a tal punto que puede ponerse en tu lugar y darse cuenta de que, puesto que no has estado en la escuela, necesitas más información para entender lo que él dice. Es probable que comience con las palabras “¿Te acuerdas de la niña de la mamá que tiene un coche deportivo verde…?”. Hay niños de cinco años que comenzarán una anécdota con “Tú me conoces, pues…”.

Piaget -cuyas teorías de psicología evolutiva han ejercido tanta influencia sobre el modo en que concebimos el pensamiento infantil- llamó “egocentrismo” a la incapacidad infantil para ponerse en el lugar del otro. El niño ve las cosas desde su propia perspectiva y no siempre tiene en cuenta otras opiniones. Pero está claro que, así definido, el egocentrismo no es exclusivo de los niños pequeños. ¿Cuántas veces no has hablado demasiado de prisa para que pudiera entenderte un extranjero con escaso dominio de tu lengua? Por otro lado, ¿qué decir de los niños de cuatro años que simplifican su lenguaje y elevan el registro de la voz cuando se dirigen a un niño más pequeño o a una muñeca que hace las veces de bebé?

Es claro que el egocentrismo es una cuestión de grados. Todos somos egocéntricos en ocasiones, pero en el niño en edad preescolar, es más probable que esto sea la regla y no la excepción. Puede que ni siquiera se dé cuenta de que cuando os sentáis en lados opuestos de la mesa de la cocina, él puede mirar por la ventana y tú no.

Quizá parezca que a los cinco años ya es tarde para aprender que la gente no tiene ojos en la nuca; pero aprender que el punto de vista propio es diferente del tuyo es más complejo de lo que puedes imaginarte. En primer lugar, el niño tiene que aprender las propiedades de los objetos: por ejemplo, que tienen base y parte superior, anverso y reverso. En segundo lugar debe aprender que las otras personas tienen diferentes perspectivas: que miran las cosas desde distintos ángulos que él. Y en tercer lugar tiene que descubrir qué es la perspectiva. Aprender a tener en cuenta la perspectiva de los demás no se aplica únicamente a lo que se ve sino también a lo que se siente y se piensa; la habilidad para tener en cuenta la perspectiva ajena en todos sus aspectos puede verse malograda por vías similares. El paso crucial de irse apartando del egocentrismo es una simple cuestión de ponerse a sí mismo en tu posición; en otras palabras, de asumir tu papel. Por eso la dramatización y la simulación tienen todavía enorme importancia en el desarrollo de tu hijo.

La capacidad de darse cuenta de que otras personas tienen otras opiniones y de que esas opiniones pueden no coincidir con la del propio niño es, probablemente, una labor no sólo ardua sino también esencial: incluso hay pruebas de que este desarrollo se corresponde con la capacidad de lectura: el niño que aprende pronto a tener en cuenta el punto de vista ajeno, es probable que lea pronto; el que lo aprende más tarde, leerá también más tarde.

Naturalmente el dominio del punto de vista ajeno lo aprenderá en parte de ti. Si le permites que tenga opiniones y puntos de vista diferentes de los tuyos, es más probable que el niño comprenda que también los de los otros hay que tenerlos en cuenta. Supón que está ocupado pintando, pero hay dejado todos sus bloques desparramados por el suelo. Puedes insistir en que abandone la pintura y rocoja los bloques inmediatamente. O puedes pedirle que lo haga tan pronto como termine. En el primer caso, no respetas su punto de vista; en el segundo, sí. Si agregas que la próxima vez tendrá que recoger los bloques antes de empezar a pintar porque podrías caerte, también le haces comprender que debe respetar tu opinión. Si prestas atención a su opinión, él aprenderá a prestar atención a la tuya. Si lo ves conmoverse cuando le lees un cuento triste o si viene a abrazarte cuando te ve abatida, tendrás una prueba de que está aprendiendo.

El tercer rasgo esencial del pensamiento de la edad preescolar también se relaciona con su egocentrismo y, probablemente, en parte lo explique; se trata de la dificultad para tener simultáneamente en cuenta más de un concepto relativamente sencillo.

Dale dos bolas de masa idénticas y te dirá que son iguales. Estira una, y no advertirá que siguen conteniendo la misma cantidad de masa. El cambio de forma acapara su atención y no puede retener cómo era anteriormente. Esta incapacidad para retroceder un paso tiene una consecuencia evidente: si no puede advertir que la masa estirada fue esférica, no podrá percatarse de que puede volver a adoptar esta forma, esto es, que la operación puede invertirse. En realidad, no piensa en absoluto en términos de operar sobre las sustancias -en las modificaciones que pueden sufrir-, ni en las operaciones en general. Piensa en términos de aquí y ahora, de causas inmediatas y efectos inmediatos.

El paso de lo inmediato a lo operacional será tan gradual que te resultará difícil detectarlo. No obstante, puedes advertir el progreso con este sencillo experimento: forma dos líneas exactas de cinco botones; verá que son iguales. Luego separa los botones de una de ellas, de modo que resulte más larga. Algunos niños de cinco años (y la mayoría de los de cuatro) te dirán que en la línea más larga hay más botones. Pero la mayor parte de los de siete te dirán que ambas líneas tienen la misma cantidad de botones. Si se equivoca, prueba de nuevo, pero esta vez añade una “traviesa incursión” del osito y altera accidentalmente una línea, de modo que quede más larga que la otra. El niño no tendrá dificultad para advertir que ambas líneas contienen la misma cantidad de botones, pues su comprensión depende de la manera en que experimenta la causa del cambio. El osito las ha desordenado; tú las has cambiado intencionalmente, y eso ha impedido al niño advertir que la cantidad de botones seguía siendo la misma.

Prácticamente todo aquel que ha trabajado con niños pequeños está de acuerdo en que hay una gran diferencia entre el pensamiento de un niño de cinco años y el de uno de siete. Lo mismo que el paso del bebé al infante, el proceso es gradual; pero, al mismo tiempo, es repentino y completo. Un bien día te das cuenta de que parte de aquella inocencia y capacidad de asombro se ha disipado. Antes las rrespuestas al mundo se hacían en términos de imágenes y acciones; ahora en término de ideas. No es todavía un adulto, pero está empezando a pensar como tal. Seguirá su aprendizaje, volverá a cambiar, pero ya ha alcanzado la edad de la razón. Recordando sus años de preescolar es fácil comprender por qué sus intereses eran los que eran, por qué necesitaba explorar tanto los objetos como las relaciones, y por qué jugaba como jugaba. Si pudiera volver a proyectar la película de sus primeros años, veríamos su progreso desde lo particular a lo general, de la comprensión de ciertos ejemplos al desarrollo del razonamiento y su aplicación a nuevas experiencias.

Escrito en Civilización, Convivencia, educación, reflexiones

Un comentario (no se si es de Sole o forma parte del texto)

Si se mira hacia atrás en el tiempo, se recordará seguramente cuán importante era para el niño jugar con agua, arena y bloques de construcción, pues éstos eran los elementos mediante los cuales aprendía a transformar una cosa en otra y a invertir el proceso. Sus ejemplos eran concretos: aprendía cómo verter agua de una jarra a una taza y viceversa. Aprendía a construir, a derribar y volver a construir. No lo pensaba todo de antemano; simplemente lo producía con los bloques o la arena que tenía delante. Ahora puede abstraer aquellas habilidades: ha aprendido las reglas y puede manipular las ideas más o menos de la misma manera.

También se puede comprender por qué era tan importante la simulación, y por qué se pasaba tanto tiempo jugando a juegos de fantasía. Los papeles que representaba eran sus primeras ideas, sus primeras abstracciones. Cuando hacia de “mamá” y cuando replicaba airadamente en nombre de su muñeca, no sólo veía el mundo desde el punto de vista de los padres: alternaba el papel del padre con el del hijo. Cuando los botones del costurero libraban una guerra en la alfombra, él asumía un bando, luego el otro, haciendo avanzar un ejército y obligando al otro a retroceder. Esta flexibilidad, por supuesto, es lo que caracteriza la capacidad de la razón.

Ahora, en la infancia media, esta práctica todavía no ha alcanzado la perfección y hay mucho que aprender aún, pero ya se ha comenzado. El niño necesita practicar su nuevo espectro de habilidades, jugar a juegos más formales que pongan a prueba su capacidad de razonamiento: juegos con reglas. Al mismo tiempo notarás, probablemente, que el juego de simulación comienza a declinar.(JUGAR Y APRENDER,pasatiempos educativos de 0 a 10 años).

por gonzalorobles Agosto 16, 2008 at 12:39 pm

martes, 5 de agosto de 2008

Porque con tres años son mas faciles de educar


Cuando tuve a mi hija, una de las etapas, junto con la adolescencia, que más inseguridad me generaba eran los dos años (rabietas, etc.), supongo que por eso busqué tanta información (aún hoy ando traduciendo, a ratitos un artículo que me gustó mucho). Fue pasando el tiempo y los dos años han sido una balsa de aceite. Pero claro, me llegaron voces de que muchos niños retrasaban esa fase a los tres. No sé si será cierto o no, ya veremos, pero de momento no me siento insegura respecto a este tema. Ya iremos descubriendo qué nos trae este año. Este artículo es de Williams Sears, traducido por Sole y recopilado por Juanma en dormir sin llorar

La imagen es de Patricia Metola

-------------------------------------------------------------------------------------------

Con tres años es mas facil al convivencia. Con tres años tienen las habilidades lingüísticas que permiten la comunicación real en dos direcciones. permiten las conversaciones. El niño de tres años es una persona mas establecida, habiendo empleado el ultimo año en perfeccionar sus habilidades verbales. Usted puede llevarse a su hijo de 3 años de compras, y disfrutar con ello.

1.12.1 Interiorizar
“le he pedido a mi hijo de 18 meses una y otra vez que no le tire del rabo al gato” Le suena familiar? Las madres se encuentran a si mismas diciendo la misma cosa una y otra vez a los niños mas pequeños., y es como si no lo hubieran escuchado nunca. Muchas ordenes no llegan a calar hondo, y no es porque el niño sea desafiante, sino porque muchos niños menores de 3 años no tienen la habilidad cognitiva para recordar y reflejar instrucciones previas. Usted debe repetirse a si misma: así es como aprenden a esta edad. Un dia usted se dará cuenta de que no ha advertido a su hijo que no debe tirar del rabo del gato durante una semana. Entre los 2 y los 3 años un niño empieza a interiorizar lo que usted le dice. Presta mas atención a las ordenes y las guarda en su memoria como parte de su sistema operativo. Cuando usted le dice “no cruces la calle” a un niño de 18 meses, puede actuar como si fuera la primera vez que lo oye. Cuando usted le dice lo mismo a un niño de 3 años, su reacción parecerá reflejar: “ah, si, ya recuerdo”. Esta habilidad para hacer que las normas formen parte de si mismo (auto disciplina) hace la educación mas sencilla.

1.12.2 Compartiendo emociones
El niño de 3 años es menos egocéntrico y se da cuenta de que hay otras personas en el mundo tan importantes como el. Este sentimiento de compañerismo puede funcionar como ventaja o desventaja de los cuidadores en la educación. Mientras que un niño de 2 años nota las emociones de sus padres, el niño de tres años se ve implicado en ellas. Un comentario del diario de nuestro hijo Mathew cuando tenia 3 años: Marthe (su madre) le pidió que recogiera sus bloques de madera como aparte de nuestro rato diario de “hora de que los niños recojan”. Matt remoloneaba e iba dejando que su hermana mayor hiciera todo el trabajo. Martha le dijo que se estaba poniendo muy triste porque el no obedecía, pero se dio cuenta de que Matt necesitaba tiempo para reconsiderar su posición. Ella se alejó por unos minutos y en ese momento Mathew comenzó a realizar su trabajo. Mientras recogía sus bloques, preguntó: “aun me quieres?” Martha se lo aseguró: “incluso cuando lloras y gritas y desobedeces, te quiero” Matt continuó “te gusto?” Martha contestó: “si, tu me gustas, pero no me gusta cuando no escuchas ni ayudas. Me gusta cuando tomas las decisiones adecuadas”. Cuando finalizó el trabajo, Mathew se dirigió a Martha, la abrazó y le pidió disculpas. Martha sonrió y se disculpó a su vez por haberle gritado. Unos minutos mas tarde, Mathew preguntó “¿estas contento conmigo mamá?”. Esta es la profundidad de intercambio emocional que usted puede esperar entre los 3 y 4 años de dad. Realmente desean hacerla feliz. Usted encontrará mucho más fácil vivir con niños si les da ocasiones para agradar.

Un niño de 3 años se puede encontrar mas satisfecho consigo mismo. A los tres años comienzan a recompensarse a si mismos. Por ejemplo, una noche nuestro hijo Mathew anunció: “he encendido el árbol de navidad yo solo”, reconocimos su triunfo, y el exclamó “estoy tan satisfecho de mi mismo”.

1.12.3 Normas en casa
Los tres años son a menudo descritos como “el sueño absoluto de una madre”, principalmente porque los niños de tres años son mas obedientes. Los noes de los 2 años se vuelven sies a los 3. “de acuerdo mamá”, se vuelve mas rápido y mas colaborador. Mientras que siguen apareciendo discrepancias, usted podrá ahora respirar con mas facilidad, sabiendo que es mas fácil que se encuentre un niño de 3 años colaborador que uno niño de 2 años negado a todo. Mientras que un niño de 2 años piensa que nadie puede tener una agenda tan importante como la suya, los de 3 años consideran las necesidades ajenas. Espere de ellos que acudan a su llamada, que dejen los juguetes cuando deben (casi siempre) y en general, querrá agradarle. Pero estos cambios no aparecen del día a la noche.

El niño de 3 años comprende las normas de la casa y las consecuencias de romperlas. Comienza a interiorizar también los valores de los padres. Usted puede ampliar gradualmente las explicaciones sobre lo que usted espera de ellos, de acuerdo con la madurez mental del niño. Los niños de dos años actúan asociando actos y consecuencias (por ejemplo: si pego, mi mamá me baja de sus brazos), mientras que un niño de tres años puede entender porque no debe utilizar su triciclo en la calle: comienzan a pensar antes de actuar (aunque no debemos fiarnos de esto). Aunque son capaces de predecir las consecuencias de sus actos, aun no tienen habilidad para decidir se la acción es correcta o incorrecta, solo encuentran en su cerebro la norma que usted les ha dado. A esta edad la educación aun consiste en crear en los niños una serie de condicionamientos para que actúen de una determinada manera, pero aun no es posible enseñarles a hacer juicios morales. (el concepto de bien y mal no aparece hasta los 6 años). Algunas técnicas educativas que son marginales para niños de 2 años, funcionan muy bien con los de 3. Un niño de 3 años fuera de control, puede entender el “tiempo fuera” si no se plantea como un castigo, sino como un tiempo para retomar el control sobre si mismo. Los padres se preguntan cuanto comprende su hijo. Como regla informal para todas las edades, haga una estimación de cuanto cree usted que comprende, y multiplíquelo por dos

1.12.4 Opciones, opciones, opciones
A lo s niños de 3 años les encantan las opciones. Compartir con ellos el proceso de selección les hace sentirse importantes y les hace mas propensos a colaborar.. Comparta con el niño de tres años sus procesos de selección: “¿Qué vestido se pondrá hoy mamá? ¿el rojo o el azul?”. Los niños con personalidades persistentes necesitan opciones (esté seguro de que le gustan todas las alternativas). La mayor parte de los niños se sienten mejor con dos opciones: mas puede sobrepasarles. No sienta que debe usted ser psicológicamente correcta todo el tiempo. En algunas situaciones seguirá siendo necesario seguir estando al mando y dar algunas ordenes directas.

1.12.5 Imaginación vivida
La habilidad de vivir en un mundo imaginario, ayuda a los niños a aprender sobre el mundo real. Hacen juegos de rol permanentemente: juegan a ser animales, mamá y papá, medico y paciente, conductores de camión, profesores, princesas…..comparta con ellos su juego imaginativo (¿Quién vendrá a tu fiesta?). El juego imaginativo de los niños es una ventana excelente a lo que sucede en su cabeza.

Se puede utilizar la imaginación de los niños para obtener su colaboración. La madre de un niño de tres años le enseñó de la siguiente manera a cepillar los dientes: “brandon, en tu cepillo de dientes hay una imagen de Barney, (y haciendo la voz de Barney, o cualquiera que sea el personaje que hay en su cepillo) “hey, Brandon, ¿hay algo de suciedad en tus dientes?, déjame mirar.” Esto hizo que Brandon abriera su boca inmediatamente, para permitir a Barney mirar y retirar la suciedad de los dientes. Después la madre habló con Brandon sobre la necesidad de limpiarse los dientes para no dejar que se acumule la basura en ella..Desde entonces el cepillado de los dientes se ha vuelto mucho más fácil, ya que su madre ayudó a Brandon a cooperar.

La mente de un preescolar es rica en fantasía. Para los niños de tres años Epi y Blas son reales. No desperdician energía intentando separar realidad de ficción: tan solo disfrutan de ello. Los padres pueden sentir la urgente necesidad de purgar la frágil mente de sus hijos de estas cosas irreales: resista este impulso. Haga un balance. Deje que el niño desfrute sus fantasías. A medida que sus procesos mentales se van haciendo mas sofisticados, irá aceptando que estos caracteres de ficción son irreales. Usted no tiene que manipular su entorno para mantener la ficción, de la forma que algunos padres hacen para que su hijo continué creyendo en santa claus o el conejo de pascua. Disfrute de estos juegos como lo que son: irreales. Santa Calus es una figura amable, no de castigo. Y todo el mundo disfruta con la fantasía, incluso para los adultos puede resultar terapéutica.. Utilice el comportamiento de su hijo como barómetro para saber si estas experiencias le resultan beneficiosas o perjudiciales. La misma mente imaginativa que crea fantasías también crea miedos. Nosotros siempre nos hemos asegurado de que nuestros hijos supieran que los regalos en navidad los traen papá y mamá. No estamos de acuerdo con decirles a los niños cosas como que “santa claus está observándote para ver si eres bueno”. Sea muy cuidadoso con los dibujos animados.

jueves, 19 de junio de 2008

Aprendiendo a comportarse


Este texto de Penelope Leach lo ha colgado Sole en el foro de entre comadres . No lo he leído a fondo pero no quiero que se me pierda.
Es bastante largo y aunque no me gusta mucho que se hable de los niños así, tan en general, que si son así o asá, creo que dice cosas muy interesantes.


Imagen de Mónica Calvo


-------------------------------------------------------------------------------------------------

A los adultos les resulta muy dificil convivir con los niños. De hecho, la verdadera razón por la que todo el mundo se muestra tan interesado por la disciplina al principio de la infancia no es porque los niños pequeños sean tan malos, sino porque el mundo de los adultos los encuentra agotadores. Los niños son ruidosos, sucios, desarreglados, olvidadizos, descuidados, consumen tiempo, son exigentes y siempre están presentes. A diferencia de las visitas que se quedan más tiempo, nunca se marchan de casa. No se les puede aparcar en una estantería durante unas semanas cuando se tiene un trabajo extra o una afición absorbente; ni siquiera se los puede ignorar, como pasa con los animales de compañía mientras se tumba el domingo a tomar el sol, porque tienen la infalible capacidad para hacer que los adultos se sientan culpables. Los rasgos de culpabilidad que provocan los niños son peores que los cuencos de cereales volcados sobre el suelo, los amigos mordidos o las paredes rayadas con pintalabios. Amar a los niños (como hacen casi todos los padres) magnifica el dolor que producen, así como el placer. Amados dificulta incluso el admitir que a veces son un verdadero fastidio.

Es importante poder admitido, al menos para sí misma y preferiblemente también ante su pareja o ante otra madre o padre. Todos tenemos días en los que escuchamos nuestras propias e incordiantes voces diciendo continuamente «No», «Ya basta», «No hagas eso» y en los que también escuchamos los sombríos silencios que se producen entre los estallidos. Todos pasamos por momentos en que apartamos a los niños de los objetos, o los objetos de los niños con un poco más de la fuerza necesaria, en los que tratamos a nuestros hijos de formas que recordamos de nuestra propia infancia y que juramos evitar, y en los que odiamos a esos niños por hacemos tan odiosos. Ayuda el saber que ésas son cosas que les suceden a todos los padres y ser conscientes de que no están causadas por delitos específicos de los niños, sino por una irritación general con su naturaleza infantil. Y ayuda a sus hijos porque si no pueden ser infantiles a los dos o a los cuatro años,

- ¿cuándo podrán serlo? La ayuda a usted al impedirle llegar a la conclusión de que sus hijos son especialmente desobedientes, indisciplinados y malcriados, echándose por tanto sobre sí la culpa por considerarse una mala madre o un mal padre, que es la mayor trampa de la culpabilidad. Y recuerda a todo aquel que entre en contacto con su hijo que no le aplique una etiqueta como niño problemático, que tan facilmente se convierte en una profecía que se cumple a sí misma. Dígale a un niño que es sucio y malhablado y él procurará ponerse a la altura de esa imagen, porque probablemente la compartirá y hará que también la compartan sus maestras en la escuela. Pero aténgase a la verdad de los hechos: que es muy pequeño, que la vida en familia resulta a veces dificil, que no es usted una persona perfecta y que no debería esperar sedo, y las cosas irán mejorando. Puede "estar segura porque lo único seguro es que, a medida que pase el tiempo, su hijo se hara mayor.

La socialización que preocupa a padres y niños, que los transforma de bebés en niños muy pequeños, se centra en el dominio de sus propios impulsos y cuerpos y, en consecuencia, en el control de sí mismos dentro de los confines familiares del hogar o del cuidado diario y en relación con los miembros de la familia y las cuidadoras a las que ama. Una vez que los niños han alcanzado suficiente autonomía de ese tipo y están preparados para entrar en la infancia, ya estarán listos para salir de ese pequeño círculo. A partir de ahora, el niño necesitará cada vez más del mundo externo en el que se halla situado el hogar y, en consecuencia, es ahora cuando tiene que empezar a comportarse de formas que le permitan ser aceptado por personas no pertenecientes a la familia. Cada sodedad cuenta con innumerables expectativas con respecto al comportamiento de diferentes personas bajo circunstancias distintas, y nadie esperará que un niño de tres años las satisfaga todas al mismo tiempo. A pesar de todo, estos años de la primera infancia son el período ideal para reconciliarse con lo que se esperará de ellos en el futuro, así como para practicar los comportamientos que constituyen una prioridad social en estos momentos.

Los niños pequeños aprenderán casi cualquier cosa que los adultos traten de enseñarles porque desean saberlo todo. Desean saber, particularmente, cómo comportarse porque quieren ser como ustedes y complacerlos. Procuren que el proceso no se vea afectado por una palabra de carga tan pesada como «disciplina», con todos sus espectros relacionados, como la «desobediencia» y la «falta de sinceridad». Ese proceso debería ser siempre interesante y a menudo agradable, tanto para usted como para el niño.

Si les gusta su hijo, y si además de amado se sienten complacidos por haber realizado hasta el momento un buen trabajo como padres, quizá puedan pasar por su infancia sin pensar siquiera en la «disciplina». Si pueden hacedo así, háganlo. La ausencia de reglas y normas en el hogar no significa que sean ustedes negligentes. Su hijo experimenta distintos estados de ánimo y ustedes también. El niño comete equivocaciones, como ustedes y a veces hace lo que desea, en lugar de lo que debiera, como todo el mundo. Para poder llevarse bien en la vida, procuren tratarse unos a otros como seres humanos, y es posible que eso sea lo único necesario. Si las cosas funcionan de ese modo, no se moleste en leer este capítulo, destinado únicamente a los millones de padres que necesitan de una seguridad más estructurada con respecto a que sus hijos no se les «escaparán de las manos», o que ya experimentan la sensación de tener algunos problemas con la disciplina.
Los diccionarios definen la palabra como «enseñar reglas y formas de comportamiento mediante la continua repetición y el ejercicio», ya una persona disciplinada como alguien de cuya «obediencia no se duda». Pero no es eso lo que la mayoría de los padres modernos entienden por disciplina. Puede insistirse en la obediencia instantánea y en las buenas maneras formales, comprobar que su hijo se comporta como se le ha dicho y que teme disgustados. Pero nada de todo eso ayudará a que se comporte bien, se mantenga a salvo o sea honesto cuando no esté usted presente para decide lo que tiene que hacer. N o va a estar siempre a su lado. Los buenos padres son los que se van apartando lentamente de esa tarea.

Aunque todos los padres experimentan momentos en los que desearían que sus hijos les «obedecieran al instante», de tal modo que decides: «Siéntate y estáte quieto» produjera unos niños quietos y silenciosos, la única clase de disciplina que realmente merece la pena es la auto disciplina que algún día le permitirá hacer y comportarse como debe cuando no haya nadie para decide lo que ha de hacer o incluso observar si no lo hace. Aparte de la necesidad inmediata de mantenerlo a salvo, decide a un niño lo que debe y no debe hacer sólo es un medio para alcanzar ese fin. Sus continuas exhortaciones e instrucciones sólo son las materias primas, que sólo adquieren valor añadido una vez que él las asume y las convierte en sus propias instrucciones, en parte de su conciencia.

Aprender los rudimentos de la auto disciplina exige mucho más tiempo que los años de la primera infancia. Algunos niños no la adquieren a tiempo para mantenerse firmes a través de los trastornos de la adolescencia. El autocontrol de algunos individuos sigue siendo rudimentario, de tal modo que incluso como adultos nunca pueden confiar del todo en sus propios juicios de valor o control de sus impulsos. Cuando el niño era un bebé usted tuvo que ser él, actuar por él en todas aquellas formas en que no podía hacerlo por sí mismo, y en pensar por él cuando ni siquiera sabía pensar. Al convertirse en un niño pequeño, tuvo usted que combinar el permitirle empezar a ser él mismo con la conservación de un control total sobre su seguridad y aceptabilidad social. Ahora que ya es un niño en edad preescolar, está preparado para empezar a aprender a cuidar de su propia seguridad y aceptabilidad social. Le enseñará a comportarse en innumerables situaciones y circunstancias diferentes y le ayudará a comprender que todas esas formas diferentes de comportamiento se resumen en algunos principios básicos y vitalmente importantes, como la sinceridad o la amabilidad. A medida que-aumente su comprensión, irá usted retirando su control, paso a paso, confiando en que sea él mismo quien aplique los principios aprendidos porque hacerlo así ya no es una cuestión de obedecerle, sino de ser fiel a sí mismo.

«Mostrar» al niño cómo debe comportarse es clave porque el niño imitará ~ el comportamiento que le dé usted con su ejemplo, antes que adaptarse a lo que usted le diga. De hecho, si existiera un vacío de credibilidad entre lo que usted dice y lo que hace, él hará lo que usted haga, al margen de lo que le diga, así que tenga cuidado con las técnicas disciplinarias anticuadas como «devolver el mordisco» a los niños que muerden. El «cómo» también es un concepto importante porque a los niños les resulta mucho más facil comprender y recordar instrucciones positivas que negativas: es decir, recuerdan mejor lo que deben hacer antes que lo que no deben, y prefieren la acción a la inacción. Procure decirle: «Así» en lugar de «Así no», y decir «Sí» y «Adelante» al menos con la misma frecuencia con la que diga «No» y «Basta».

Cada padre es diferente y desea que sus hijos se comporten de formas, diferentes, pero hay algunas reglas básicas que pueden aplicarse en todos h sistemas de valores:

. «Haz a los demás lo mismo que te gustaría que hicieran contigo.» Su hijo no le ofrecerá mucha más amabilidad, consideración y cooperación de :.. que usted le ofrezca a él y es muy probable que reproduzca su misma forma de hablar (tanto buena como mala) y muchas de sus mismas actitudes. Aqui; no hay estándares dobles. Si usted siempre está demasiado ocupado para ayudarle a resolver un rompecabezas y le grita cuando tropieza accidentalmente con su pie, él no le ayudará a poner la mesa ni le perdonará fací!mente cuando el peine le tire de los cabellos enredados.

Procure recompensar el buen comportamiento y no el malo. Eso parece: algo evidente, pero no lo es tanto. Si se lleva al niño de compras y lloriquea pidiendo dulces, quizá decida comprárselos para tener paz. Pero si no llora para pedir los dulces, ¿recibe alguna recompensa agradable, ya sea el;¡ forma de dulces o con una excursión especialmente entretenida en Su': compañía?

. Recuerde que la atención adulta actúa como una recompensa y que los niños pequeños a menudo prefieren contar con una atención malhumorada, antes que con ninguna. Procure no adoptar una actitud sigilosa en sus relaciones con la farniIia. Si no hace caso de su hijo cada vez que está tranquilamente ocupado y sólo le presta atención cuando debe, estará recompensándole por molestar y castigándole por ser un placer.

. Procure ser positiva, además de clara. Ni siquiera las instrucciones positivas son muy eficaces si no son claras: «Compórtate» parece una instruccion:. positiva, pero no tiene significado alguno para un niño de esta edad. Lo que en realidad quiere decirle es: «N o hagas nada que no me guste», lo que es una orden imposible de cumplir porque él no sabe lo que no le gusta ; usted.

. Aparte de situaciones de emergencia en las que los razonamientos deban esperar para más tarde, dígale siempre por qué debe comportarse (o no) de determinada forma. No tiene por qué entrar en explicaciones complicadas para cada pequeña petición que le haga, y mucho menos en una discusión. pero si insiste en decirle «Porque lo digo yo», no podrá encajar esa instrucción concreta en la pauta general de «cómo comportarse» que se esúchando en su mente. «Vuelve a dejar esa pala donde estaba», le dice. ¿Por qué? ¿Porque es peligrosa, sucia, se puede romper, o porque quiere estar segura de encontrarla en el mismo sitio la próxima vez? Si le dice que pertenece a los obreros de la construcción a los que no les gusta que otros cojan sus cosas y las trasladen de sitio, también podrá aplicar ese mismo pensamiento a otras ocasiones. Pero si le dice: «Haz lo que te digo», no le esta enseñando nada.

. Reserve las negativas para las verdaderas reglas. Decirle al niño que no haga cosas sólo es eficaz cuando usted desea prohibirle una acción concreta de una vez por todas. Si sólo quiere prohibirle un determinado comportamiento ahora, en estas circunstancias concretas, será mejor darle la vuelta y expresarlo positivamente. Por ejemplo: «No me interrumpas mientras hablo» es inútil, porque hay muchas otras ocasiones en que desea usted que la interrumpa, para decirle, por ejemplo, que las patatas ya están hirviendo, que su hermana llora o que necesita ir al servicio. Es mucho mejor decirle: «Espera un momento a que hayamos terminado de hablar». Las negativas concretas se convierten en reglas. Mientras las reduzca a un mínimo es muy probable que el niño las acepte con facilidad, sobre todo si le explica las razones. Dígale: «No subas nunca a ese árbol porque no es seguro. Si se atiene a ello y no le permite arriesgarse «ni una sola vez», ese árbol en particular se reconocerá como algo prohibido. «No cruces nunca la calle sin ir acompañado por un adulto», es otra regla útil para un niño de tres o Cuaatro años, que él aceptará siempre y cuando no lo envíe al quiosco de la esquina. a comprar el periódico porque la calle es pequeña.

Las reglas son muy útiles para mantener a salvo a un niño pequeño aunque, cuando esté en juego su seguridad, no puede confiar en su autodisaplina para que le obedezca, sin supervisión), pero no tienen mucha importancia a la hora de enseñarle a comportarse porque son demasiado rígidas e inflexibles como para ser útiles en la vida cotidiana. Así pues, intente que las reglas sean temas definitivos, aquí y ahora, y evite transmtirle reglas sobre temas de principios que le importarán durante toda su vida.

Evidentemente, no pueden enseñar al niño a comportarse si ustedes mismos no estan seguros de como deberia comportarse a gente, así que es
. importante ser coherentes con sus propios principios. Su hijo no es un animal de circo al que se le enseña a responder siempre ante una señal determinada con un ejercicio en particular. Es un ser humano, enseñado a responder lo mejor que pueda ante una amplia variedad de señales, lo que implica el darse cuenta de que, a veces, las circunstancias alteran las situaciones. Aunque animar a un niño de dos años a dibujar en una pizarra colgada de la pared de su dormitorio hará que sea más probable que dibuje en las paredes del salón, es muy posible que a la edad de cuatro años, si los adultos se toman el tiempo para explicarle y comentar las cosas con él, termine por comprender dónde es correcto dibujar y dónde no. Los dulces repartidos generosamente en Navidad no le hará esperarlos una vez terminadas las fiestas y el permiso para saltar sobre la cama de la abuela no le hará olvidar que en su cama de matrimonio está prohibido ponerse a saltar.

Confie en que su hijo tiene buena intención, incluso cuando no la tenga. Si tiene la sensación de que siempre hay un adulto pendiente de él, preparado para corregido o darle instrucciones, probablemente no se molestará en pensar demasiado en lo que debe o no debe hacer. Dentro de los límites propios de su edad y de su fase de desarrollo, procure traspasarle toda la responsabilidad que pueda sobre su propio comportamiento y hacerle sentir que confia en él.

Si tiene que ir a casa de unos amigos, por ejemplo, no lo agobie con instrucciones tan estrictas como «Recuerda dar las gracias» y «No olvides limpiarte los zapatos al entrar». Si está dispuesta a dejado ir, también debe estado para permitirle que se haga cargo de sí mismo. Sus exhortaciones no le ayudarán a comportarse con amabilidad, sino que sólo le harán sentirse incómodo con la simple idea de ir.

Cuando se equivoque, y especialmente cuando tenga la sensación de haber sido injusto, admítalo. No permita que su falsa dignidad de adulto le impida demostrarle cuál es la forma correcta de comportarse. Hasta cierto punto, él la toma como modelo, por lo que es importante pedirle disculpas. Suponga que lo acusa de haber roto un vaso y no le cree cuando el lo niega. Mas tarde descubre que se ha equivocado. Según lo que usted trata de enseñarle, le debe a l niño una sincera disculpa. No hay forma de evitarlo, de salvar la cara. Usted se equivocó, fue injusta y se negó a creerlo cuando le estaba diciendo la verdad. Se le pide que la perdone por ello, el la respetará más, no menos.

PROBLEMAS DE COMPORTAMIENTO
Si piensa realmente en la «disciplina» como una cuestión de demostrarle a su hijo cómo comportarse, descubrirá que la mayoría de los «problemas de comportamiento» son en realidad de madurez, antes que de moralidad, y que la mayoría de los temas problemáticos de disciplina se pueden resolver con facilidad. Un relativo nivel de comportamiento que «busca atraer la atención», por ejemplo, es una forma normal de responder ante la atención racionada que recibe el niño por parte de adultos siempre muy ocupados. Si se puede aumentar la ración de atención agradable que le dedica, él no tendrá que llamar la atención para que usted le regañe.

DESOBEDIENCIA:
Probablemente la obediencia instantánea e incuestionable permitió a los padres victorianos de las familias numerosas llevar una vida pacífica, pero no puede producir niños capaces de pensar por sí mismos y, en consecuencia, de cuidar de sí mismos desde una temprana edad. La diferencia quedó nítidamente ilustrada cuando tres niñas pequeñas fueron secuestradas en un coche frente a su escuela. Una cuarta niña corrió a su casa y dio la voz de alarma tan rápidamente que el coche fue localizado y detenido y las niñas volvieron a estar en sus casas antes de una hora. Uno de los turbados padres preguntó: «Cariño, ¿por qué te fuiste con ese hombre en el coche? Siempre te hemos dicho que no vayas con personas extrañas». Con los ojos muy abiertos y una mirada de reproche, su hija le contestó: «Pero es que ese hombre me dijo: "Tu padre me ha dicho que vengas conmigo en seguida. Me ha enviado para recogerte". Así que me fui con él porque siempre me has dicho que debo hacer lo que tú digas». La niña que dio la voz de alarma fue interrogada por la policía: «¿Qué te hizo correr a casa en lugar de irte en el coche con tus compañeras?», a lo que la pequeña contestó: «Mi papá y mi mamá siempre me han dicho: "¡Piensa!". Así que pensé que si papá hubiera querido que fuéramos con él, habría venido a buscamos y que aquel hombre dijo que un papá le había enviado a buscamos, pero cada una de nosotras tenemos papás diferentes. Entonces pensé que sería mejor preguntárselo a mi mamá y eché a correr».

Si se deja de lado la cuestión de la «obediencia» y la «desobediencia», y en lugar de eso se piensa en lograr la cooperación del niño, se solucionan muchas cosas. A veces, el niño no hará lo que usted desea porque quiere hacer algo diferente. No se irá a la cama porque antes quiere terminar su juego. No es la desobediencia lo que causa el problema, sino un simple conflicto de intereses. En lugar de gritarle: «Haz lo que te digo ahora mismo», encuentre un compromiso, como: «Bueno, pero sólo cinco minutos más». En otras ocasiones no hará lo que usted desea porque no lo ha comprendido. Si se le dice que permanezca sentado ante una mesa hasta que se haya terminado de comer, quizá quiera levantarse en cuanto haya terminado su plato. N o había comprendido que usted se refería a cuando todos terminaran de comer. No la ha desobedecido, sino que simplemente no la había comprendido. A veces no hará lo que usted desea porque se dispone a fastidiarla. Siente ganas de demostrarle su independencia. Se siente revoltoso. Si le dice que no toque su libro nuevo, eso será lo primero que hará. De entre todos los ejemplos expuestos, éste y sólo éste es verdadera desobediencia. Se trata de un intento deliberado de provocarla y el éxito que tenga dependerá probablemente del daño que haya causado. Si ha arrancado la cubierta, se sentirá usted furiosa con él. Eso es una realidad. Él mismo se sentiría enfadado si usted hubiera estropeado algo suyo; su acción ha provocado una reacción humana universal. Pero el triste daño causado es lo que merece el regaño, no la «desobediencia». Si no ha causado verdadero daño es mejor quitarle importancia al asunto y negarse a ponese a la altura de la provocación: «¿Te he dicho yo que hagas precisamente lo único que te había pedido que no hicieras? Debes tener ganas de hacer tonterias”¿Dónde está la discusión que él andaba buscando?

Los niños viven en un mundo dificil de controlar, y en el que a menudo se les acusa de causar una u otra clase de daño. Negar una cosa mal hecha, por tanto, es la clase de mentira que les suele causar problemas. Su hijo rompe por error la muñeca de su hermana. Enfrentado al hecho, lo niega. Probablemente se enfada más con él por haber mentido que por el estropicio.

Si cree usted que el niño debe confesar cuando haya hecho algo mal, facilítele las cosas: «Esta muñeca está rota. Me pregunto qué habrá ocurrido. De ese modo, es más probable que diga: «Yo la he roto. Lo siento», que si le dice: «Has roto esta muñeca, ¿verdad, chico malo y descuidado?». Si el niño admite algo, ya sea porque usted lo obliga a ello o por iniciativa propia, procure no abrumarlo con expresiones de enfado o con castigos. La situación no acabará bien si pretende usted conseguir las dos cosas. Si desea que le diga cuándo ha hecho algo mal, no puede enfurecerse con él. Si se pone furiosa, él sería un estúpido si se lo dijera la próxima vez, ¿verdad?
A veces contar cuentos también causa problemas a algunos niños. Los que están en la edad preescolar no suelen saber diferenciar la realidad de la fantasía, o lo que desearían que hubiese ocurrido de lo que realmente ocurrió. Aceptan felices los cuentos sobre el conejo de Pascua, al mismo tiempo que tienen un conejo de peluche propio y nada mágico; no ven que haya contradicción alguna entre ambos.

Si está dispuesta a leerle cuentos de hadas y ayudarle a disfrutar de los Reyes Magos, no es razonable regañarle por mentir cuando llegue de un paseo contando una complicada historia sobre cómo se ha encontrado con un león y le ha sacado una astilla de la pata. Disfrute con la historia. Esa clase de fantasías no son mentiras en el sentido moral del término.
A veces los padres se preocupan porque sus hijos no parecen tener consideración alguna por la verdad. Quizá les oigan hablar del inexistente vestido nuevo de mamá, o anunciar que se sintieron muy malla noche anterior cuando no fue así, o decirle a un amigo que salieron para ir a una cafetería cuando no lo hicieron. Hay muchas razones que explican esta clase de conversación casual e inexacta, pero una muy importante es que los propios niños oyen decir esas cosas a sus padres. Los adultos mienten por tacto, amabilidad o deseo de no herir los sentimientos de otras personas, o para ahorrar tiempo. El niño los escucha. La oye a usted mostrarse de acuerdo con la vecina y lamentarse del mucho calor, cuando poco antes le ha dicho lo mucho que le agrada el calor. Si no le explica las razones de estas pequeñas mentiras inocentes, no cabe esperar que comprenda por qué él no puede exagerar o falsear nunca las cosas y usted sí.

Si el niño cuenta muchas historias inventadas y añade muchos detalles ficticios a lo que cuenta de la vida cotidiana, hasta el punto de que no puede usted estar segura de qué es verdad y qué no, ha llegado el momento de aclararle por qué importa la verdad. No caiga de nuevo en el error de decirle que contar mentiras es «malo». En lugar de eso, cuéntele la historia del pastor que gritaba: «¡Que viene el lobo!». Es un buen cuento y disfrutará oyéndolo. Indíquele que al no saber si lo que él le cuenta es cierto o no, tal vez no sepa cuándo le ha ocurrido algo realmente importante, o cuándo se ha sentido realmente enfermo. Lleve toda la conversación de modo que él tenga la sensación de que lo único que le importa a usted es que diga la verdad porque se preocupa por él y porque quiere estar seguro de que cuida apropiadamente de sí mismo, de que se trata más bien de una cuestión de exactitud de la comunicación, antes que de «ser bueno».

ROBO
, Muchos niños en edad preescolar, sobre todo los que no tienen hermanos. mayores que les dicen continuamente: «¡Eso es mío!», tienen un sentido vago de los derechos de propiedad como de la verdad. En la familia habrá muchas cosas que pertenecerán a todos, otras que serán de alguien en particular, pero que se pueden prestar, y unas pocas que serán «posesiones reservadas que sólo pertenecerán a su dueño. Fuera de la familia también hay complicaciones. Es correcto conservar la pequeña pelota encontrada entre los arbustos del parque, pero no lo es quedarse con el dinero. Está bien traer a casa la pintura que se ha hecho en la escuela, pero no un paquete de plastilina. Se puede coger un folleto de una tienda (aunque no todo el contenido de la caja), pero no un paquete de sopa. Hasta que no sea capaz de comprender esto, no sirve de nada transformar en un tema moral el hecho ~ que el niño pequeño coleccione cosas que llamen su atención. No obsante, tampoco se puede afrontar el tema con frivolidad porque, incluso a los tres o cuatro años, los demás pueden considerarlo como un robo y armarán un gran jaleo.

Le será útil separar el tema de principios de las complejidades del comportamiento cotidiano. Hable de lo primero y establezca algunas reglas. como guía para lo segundo, como: no traigas nada de la casa de nadie sin pedir permiso. Pregúntale siempre a un adulto si puedes quedarte con algo que hayas encontrado. Nunca cojas nada de una tienda mientras un adulto no te dé el permiso para hacerlo. Procure no ser demasiado moralista con, respecto al dinero. Si el niño le coge algo del bolso, deténgase un momento a pensar qué le habría dicho si se hubiera tratado de un lápiz de labios y luego dígale lo mismo sobre el dinero porque, para él, es lo mismo. Es un tesoro. Sabe que el dinero es precioso porque les ha escuchado hablar de él y ve que lo cambian por cosas agradables. Pero para él es como una de esas fichas que se ponen en ciertas máquinas. No tiene concepto alguno de lo que es el dinero real.

El niño que no hace más que coger cosas, comportarse como una urraca o coleccionar las posesiones de los demás en el fondo de un cajón, es muy posible que tenga problemas emocionales. Quizá intente, de una forma simbólica, tomar algo que no tiene la sensación de que se le dé, y ese algo de lo que carece quizá sea amor y aprobación. En lugar de mostrarse furiosa y alterada, y de hacerlo sentirse desdichado, intente ofrecerle lo que de verdad necesita. Si no puede y él continúa robando, probablemente sería sensato buscar ayuda profesional, antes de que el niño alcance la edad de ir a la escuela. Es mucho más Facil calificar a un niño de «ladrón» que quitarle esa etiqueta.

DISCUSIONES Y NEGOCIACIONES

, Todos los niños buscan evasivas cuando se les pide que hagan algo que no desean hacer. Puede ser enloquecedor hablar con un niño que no quiere escuchar, o que dice «Está bien», pero no hace nada. Todavía es más irritante que un niño discuta ante cada sugerencia, petición o instrucción que se le hace. La vida sería corta si sólo tardáramos cinco minutos en convencer a un niño de cuatro años de que necesita ponerse zapatos para salir a la calle, y otros cinco minutos para conducirlo hasta la puerta... Pero vale la pena pensar en lo enloquecedor que tiene que ser para un niño pequeño, que ocupa un lugar tan bajo en la jerarquía familiar, que se le pueda interrumpir de lo que esté haciendo y que casi todos los adultos con los que se encuentra puedan darle órdenes. Un poco de toma y daca mutuo, basado en haz con los demás lo que te gustaría que hicieran contigo, ayudará mucho más que los gritos. Tambien ayuda ser consciente de que a muchos niños' pequeños les resulta difícil la transición de una actividad a otra. Necesitan numerosos avisos de que se acerca el momento de comer. de salir e de acostarse, así como mucho tiempo extra para empezar a moverse.

Algunos niños, sobre todo los muy inteligentes cpatan en seguida en seguida :a idea de que si usted desea que hagan algo que ellos no quieren hacer dJsponen de un cierto poder de negociación. En lugar de irse en silencio a su para cambiarse la camisa sucia. su hijo tal vez le pregunte: .Si me pongo la camisa limpia porque tú quieres, ¿me darás las pinturas porque yo quiero?». Lamentablemente, algunos padres la frecuente ímpresión de que eso es, de alguna forma, «descarado-. Creen tener derecho a decirle lo que tiene que hacer y no desean admitir que él tiene el mismo derecha «¡Haz lo que te dice tu madre y no discutas!., ruge el padre. Realmente volvemos al tema de la obediencia inmediata.

Negociar es una forma muy útil de intercambio humano, como bien ha descubierto cada sociedad adulta a lo largo de la historia. Pero es evidente que usted terminará por hartarse si el niño siempre intenta obtener algo a cambio de cada cosa que se le recuerda que haga, sobre todo si es responsabilidad del niño, no de usted. ¿Por qué habría usted de pagar por eso? Procure limitar las negociaciones a las peticiones excepcionales o aquellas que sean inusualmente aburridas para el niño y luego úselas por iniciativa propia, en lugar de esperar a que sea siempre él quien las proponga.

PROBLEMAS CON EL TRATO
Hay una cierta ironía en el comportamiento de los niños pequeños: cuanto más se preocupe usted por un tema, sea cual sea, más esfuerzos hará por cambiado y tanto más empeorará la situación.

Por esa razón resulta más facil convivir con los niños cuando los adultos adoptan una actitud positiva con respecto a su comportamiento, al asumir que tienen buena intención, observar cuándo hacen bien las cosas, comprobar que comprenden lo que se desea de ellos en diferentes circunstancias y recompensar el buen comportamiento, de modo que se motive más de lo mismo. Los padres convencidos de que sus hijos se portan especialmente mal, o a los que parientes y cuidadoras así se lo dicen, se arriesgan a deslizarse hacia una forma negativa de tratados, que es lo opuesto a todo eso. La disciplina negativa se centra en el mal comportamiento, lo espera, lo vigila y lo castiga para motivar el cambio, pero lo único que consigue es más y más de lo mismo.

La idea del castigo formal encaja mejor con la de «disciplina» que con la de «aprender a comportarse». Las personas mayores, que saben cómo comportarse pero que no siempre están dispuestas a hacerlo así, quizá se vean persuadidas por los costes de una transgresión de las reglas, como una multa por aparcar en doble fila. Pero estas consideraciones no siempre son eficaces con los adultos y nunca con los niños pequeños, incapaces de sopesar los castigos futuros en comparación con los impulsos del presente. La única sanción fiablemente eficaz con niños menores de cuatro años o incluso de cinco es la desaprobación de los demás. Sea cual fuere el «castigo» que elija al enfadarse, es su enfado el que castiga. Y si esta afirmación la hace reír porque su hijo no hace más que poner a prueba los límites en una fase especialmente desafiante, piense en cómo reaccionaría ante un castigo formal anunciado de dos formas diferentes. El castigo consistiría en no tomar helado por la tarde. Dígaselo así con un tono natural y alegre, y verá como probablemente lo aceptará con una actitud impasible. (¿Toma habitualmente helado por la tarde? ¿Desea tomar especialmente helado por la tarde? ¿que merienda se le va a dar?) Pero si le dice enojada: «Ya está bien. Por lo que acabas de hacer, no tendrás helado esta tarde», lo más probable es que se ponga a llorar o tenga una rabieta. Tanto si esperaba o deseaba helado como: si no, lo que no desea es que usted se enfade con él..

Probablemente hizo esa afirmación enojada sobre el helado dejándose arrastrar por el acaloramiento (justo) del momento y eso ha tenido el efecto deseado de dejar bien claros sus sentimientos. Pero lo mismo sucedería si hubiera hablado de esos sentimientos: «Realmente, no disfruto con este paseo porque te portas como un estúpido, así que creo que será mejor volver a casa». El problema con la versión del helado es que cuando llegue el momento de la merienda ya habrá pasado mucho tiempo y se habrá olvidado todo el asunto. Pero para atenerse al castigo impuesto, tendrá que volver z sacar a relucir todo el episodio y, de hecho, castigado una segunda vez lo que habrá sido mucho más inoportuno si él se ha mostrado especialmente encantador y ha estado dispuesto a ayudada desde entonces.

Su desaprobación o enfado es la sanción más efectiva. Si eso la conduce a un «castigo» inmediato y espontáneo, de modo que el niño vea con claridad que ha sido su comportamiento el que lo ha provocado, el castigo puede fortalecer lo que usted intenta transmitirle. no hara cola para comprarle el helado cuando él se porta tan mal. así que no tiene helado ahora mismo. Así, ha sido su comportamiento de ahora el que le ha privado de el helado en lugar de ser «castigado» por ello. No puede permitir que siga cogiendo paquetes de las estanterías del supermercado, así que lo coge y lo pone en el carrito. Ha abusado de su libertad y, de ese modo. la ha sacrificado. ¿Son esas acciones de castigo? Lo serían si se llevaran a cabo de una forma fria y calculada y, como castigos fríos y calculados, probablemente no tendrian efecto. Pero como reacciones genuinas ante una situación inmediata son los resultados directos de las propias acciones desconsideradas del niño y ése es el único tipo de castigo eficaz.

Los castigos más comunes que se derivan del acaloramiento del momento (palmetadas en el trasero, gritos e insultos) no son el resultado directo de las acciones del niño y no son efectivos, aunque es posible que lo parezca en ese momento. Si su hijo hace algo realmente irritante come trastear con el televisor, el perro o el bebé) y ha intentado decirle que no le haga, lo ha apartado, lo ha distraído y a pesar de todo él vuelve a las andadas, gritarle o darle una palmetada hará que se detenga (y es posible que vea usted aliviados sus sentimientos) y quizá tenga la impresión de que eso ha sido mejor que esas otras técnicas. Pero al haber herido sus sentimientos y haberle golpeado en la mano le ha hecho llorar sin haberle enseñado con ello a trastear y sin evitar que vuelva a hacerlo de nuevo.

Parece evidente que darle a un niño una palmetada cada vez que hace algo mal le enseñará a no hacerlo. Pero ¿a no hacer qué? Ser «malo” en la primera infancia es un asunto complicado. Puede significar hacer algo peligroso para sí mismo (como cruzar la calle corriendo) o peligroso para otro (como apoyarse sobre el cochecito del bebé para mirar) o realizar toda una serie de cosas que (predeciblemente o sólo hoy) irritan, azoran o decepcionan a los adultos. Recibir una palmetada puede indicarle a un niño que ha hecho algo mal, incluso indicarle lo que ha hecho mal hoy, pero no le dice nada sobre lo que habría sido correcto y, ciertamente, no le inducirá a hacer un mayor esfuerzo por complacerla. Dar palmetadas a los niños no puede enseñarles a comportarse y la prueba es que una vez que el niño empieza a ser castigado de ese modo, recibirá palmetadas durante toda su niñez. De hecho, precisamente porque son tan inefectivos, los castigos físicos tienden a incrementarse. La mayoría de las travesuras del niño están provocadas por el impulso y el olvido. Hoy se ha pasado usted casi toda la tarde diciéndole que no corra por encima del macizo de flores. Le dice que salga de entre las flores pero como él está tan entusiasmado corriendo, se ríe y no le hace caso. Finalmente le da una palmetada, él se pone a llorar y entra en casa. A: día siguiente, nuevamente alegre y al aire libre, vuelve a hacer lo mismo.

Lógicamente tiene que volver a pegarle, sólamente que esta vez más duro. Una vez que se ha dejado atrapar en este círculo vicioso en particular, la palmetada de este año se transforma facilmente al año que viene en un verdadero golpe propinado con fuerza.

La investigación demuestra que los niños a los que se ha pegado no recuerdan la razón por la que se les ha castigado. Los castigos físicos los dejan tan molestos e impotentes que continúan sintiéndose demasiado furiosos como para escuchar las explicaciones o lloran demasiado fuerte come para oírlas. Preguntados por qué se les ha pegado, los niños de cuatro y cinco años suelen contestar: «Porque te enfadaste».Así pues, no recurra a les castigos físicos para enseñar buen comportamiento a su hijo. No podrá obtener la cooperación que necesita simplemente mediante el uso de su fortaleza física superior.

Tenga cuidado también con su forma de utilizar su superior fuerza emocional. Los castigos diseñados para hacer que los niños se sientan estupidos o sin dignidad son tan inefectivos y emocionalmente peligrosos como los de tipo físico. Si le quita a un niño los zapatos porque echó a correr, o le obliga a ponerse el babero del bebé porque se ha manchado la ropa con comida, hace que se sienta impotente, sin valor alguno y totalmente incapaz de aprender las lecciones del crecimiento que trata de enseñarle. Si comer de forma desaseada le causa un verdadero problema de lavanderia..lo que necesita es que le facilite la forma de comer. ¿Necesita quizá un cojin en esa silla ahora que ya ha dejado de utilizar la silla alta? ¿Se le permite utilizar los dedos, además de la cuchara?

Si trata de enseñar verdaderamente a su hijo a comportarse (en lugar ~ darle «su merecido» por su mal comportamiento), no tendrá ninguna necesidad de hacerle daño físico (sobre todo en estos primeros años), porque eso no hará sino inducirlo a escucharla menos y no más. La alternativa efectiva a castigar a los niños que se portan mal, de modo que se sientan mal, consiste en recompensar a los niños que se portan bien, de modo que se sientan bien. El niño aprenderá algo de las inevitables explosiones que ocurren cuando ambos han acumulado una determinada cantidad de tensión. cuando demuestra usted su descontento si él se porta mal, pero aprendera sobre todo cuando se vea alabado y felicitado por haberse comportado como usted desea.

Del mismo modo que el elemento principal de cualquier castigo es la desaprobación del adulto, el principal elemento de cualquier recompensa es la aprobación del adulto. Una recompensa le dice al niño: «Te amo, te apruebo, te aprecio, me gusta estar contigo». Las cosas tangibles, como dulces o regalos pueden transmitir esos mensajes, pero también las sonrisas, alabanzas y abrazos. Las recompensas de un niño, como sus castigos, son a menudo el resultado directo de su propio comportamiento, que le ha permitido a usted sentirse de buen humor: «Hemos pasado tan rápidamente la revisión del equipaje porque me .ayudaste a hacer la maleta, así que ahora disponemos de tiempo para tomar un refresco».

A veces, sin embargo, pueden ser muy útiles los sobornos materiales o, si le parece menos inmoral, los premios. Los niños pequeños poseen un sentido muy claro y sencillo de la justicia y son muy estrictos en cuanto a la buena voluntad de la gente. Si tiene que conseguir que el niño haga algo que detesta, otrecerle un premio por ello puede tener el efecto doble de conseguir que merezca la pena cooperar, al tiempo que se da cuenta de que está usted de su parte. Imagine, por ejemplo, que. hace una tarde muy calurosa y él está disfrutando en la piscina portátil. Se ha quedado usted sin patatas y tiene que ir a la tienda. No puede dejarlo porque no hay nadie más en casa. ¿Qué hay de malo en un simple soborno propuesto sin malicia?

«Sé que preferirías quedarte en casa, pero no podemos porque tengo que ir a comprar patatas, así que tendremos que salir. ¿Qué te parece si de regreso pasamos por la tienda para ver si ya tienen aquel nuevo vídeo de cuentos? ¿Te ayudaría eso?» Es un soborno, pero también una negociación perfectamente razonable.

A veces, ofrecerle un premio supone toda una diferencia para un niño que tiene que hacer algo que le resulta realmente desagradable, como que le pongan unos puntos en la cabeza. No es el objeto lo que importa (siempre y cuando no se trate de algo que esperaba de todos modos), sino el tener algo agradable que le espera después de esos malos y escasos minutos. Sin embargo, procure que esta clase de premios no se vea condicionada por el buen comportamiento. ofrecer un premio “si no arma ningún jaleo” lo pone bajo una considerable tensión. Quizás necesite armar jaleo. Y necesita saber que usted lo apoyará sea cual sea su comportamiento.

Todo el mundo sabe que los niños consentidos son una desdicha para si mismos y para los demás y la mayoria de la gente supone que reflejan el escaso buen juicio de los padres. Pero poca gente se detiene a pensar que hace considerar a un niño como “consentido”, o que le han hecho los padres para que sea así. cono consecuencia de ello , el consentido es como un espectro que acosa a los padres, que viven con el temor de escuchar esa palabra para referirse al niño o a su forma de tratarlo. Algunos llegan incluso a retirarle deliberadamente regalos “porque no queremos que sea un consentido”

Eso es una mala interpretación. Consentir no tiene nada que ver con gratificación y diversión, sino con intimidación y chantaje. No se puede consentir al niño por hablarle,jugar o reír mucho, por ofrecerle muchas sonrisas, abrazos e incluso regalos, siempre y cuando se los ofrezca porque desea hacerlo así. El niño no será- consentido porque compre usted dulces en el supermercado o le ofrezca quince regalos para su cumpleaños. Pero si puede serlo si aprende que tiene capacidad para chantajearla y obligada a echarse atrás, después de tomar la decisión de no comprarle dulces, por medio de una rabieta en público, o para conseguir cualquier cosa de usted limitándose a seguir y seguir. El niño más «consentido» que conozca quizá no obtenga mucho más, e incluso menos, que la mayoría de los niños, pero lo que consigue lo obtiene por medio de la intimidación ejercida sobre sus padres, en contra de su buen juicio. Consentir es el resultado de haberse desviado el equilibrio de poder dentro de la familia.

Los niños necesitan que los adultos tengan el valor de mantener sus propias convicciones y de establecer límites o trazar fronteras para ellos, dentro de las cuales sepan que están a salvo y que se sienten bien. Los límites no son algo que los adultos imponen a los niños. Todos tenemos que respetar los límites que marcan nuestro espacio con respecto al de otras personas, a veces tanto literal como figuradamente. Los niños necesitan de límites adicionales, trazados por padres y cuidadoras, que les mantengan a salvo mientras aprenden a permanecer a salvo por sí mismos, que los controlen mientras aprenden a auto controlarse, y que les impidan perder su propio espacio o penetrar en el de otras personas mientras aprenden las lecciones de la vida socializada, como «haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti».

Los límites sólo son tales si los niños no pueden transgredirlos. Y sólo ofrecen una libertad de acción segura si saben que no pueden traspasarlos. Los padres que dicen que sus hijos no permanecen dentro de los límites suelen confundir la obediencia (que depende de la cooperación del niño, con los límites, que no dependen. Si establece un límite, procure que el niño no pueda traspasado. Si la frontera del jardín es el límite de su espacio de juego, por ejemplo, no espere a que abra la puerta delantera para regañarlo y castigarlo. Ponga, ya desde el principio, un trozo de alambre enrollado en el picaporte para evitar que la abra.

Si no está dispuesta a hacer lo que haga falta para que se cumpla una limitación, es mejor no imponerla. A veces los padres dicen que no pueden hacer cumplir un límite, cuando en realidad quieren decir que las acciones necesarias para ello suponen demasiado esfuerzo por su parte. Los niños cuyos padres tienen la intención de limitarles el tiempo que ven la televisión a un programa u horario concretos deben de ver millones de horas «extra» de televisión cada semana, pero esos mismos padres no se sienten capaces de afrontar el enfrentamiento que supondría desconectar el apaarato. Si no está seguro de que merezca la pena imponer una limitación, no la establezca, aunque su suegra le diga que debiera hacerlo. Es mucho mejcr para el comportamiento de su hijo (y para su temperamento) que se le permita ver dos horas de televisión, antes de que se le imponga ver una sola hora, pero luego vea otra hora más que estaba prohibida.

Algunos niños parecen pasar por distintas fases cuando están decididos a ir mucho más allá de la débil capacidad de los padres para controlarlos y mantener la calma. Si le resultara especialmente exigente asegurarse de que su hijo, o cualquier niño en concreto, permanece dentro de los límites impuestos, procure imponer la menor cantidad posible de limitaciones y que cada una se refiera a un tema que realmente le preocupe a usted. De ese modo se sentirá lo bastante motivada como para hacerla cumplir, sin preocuparse por el resto.

A medida que los niños pequeños empiezan a verse a sí mismos como individuos entre otros individuos, se preocupan por la extensión en la que pueden controlar a esos otros, además de a sí mismos. Se trata por tanto de una fase de edad en la que son comunes los juegos de poder. El niño pondrá a prueba los límites de su influencia y tratará de aumentarla, del mismo modo que pone a prueba y ejercita sus músculos.

Es correcto que el niño descubra que ejerce alguna influencia sobre la gente y que practique ese ejercicio, ya que no podría crecer si se mantuviera totalmente impotente y dependiente. Pero también es importante no permitirle arrollar el poder de sus padres mediante la intimidación o el agotamiento conseguidos con una continua actitud quejosa. Necesita aprender formas aceptables de afirmar su propio poder o de influir sobre las cosas a su modo personal.

Procure reaccionar más positivamente ante el razonamiento y el encanto que ante las lágrimas y las rabietas. Aunque su control todavía es muy limitado, lo que desea es que su lijo empiece a darse cuenta de que será más facil convencerla que asustarla contestando afirmativamente a cualquier petición.

Anime al niño a participar en los procesos de toma de decisiones que le afectan. Es muy importante que pueda decir lo que opina, aunque no se salga con la suya. A medida que se haga mayor descubrirá lo que se permite a otros niños de su edad, oirá hablar de programas de televisión que nunca ha visto y, en general, tratará de obtener nuevos privilegios. Como quiera que se trata de temas nuevas, no dispondrá usted de respuestas preparadas. No se sienta presionada a responder lo primero que se le ocurra. Comente la situación con su pareja y con el niño, así como con otras cuidadoras o miembros de la familia si le pareciera adecuado. Tanto si la cuestión se resuelve tal como deseaba el niño o en su contra, éste sabrá que los adultos de su mundo se ponen de acuerdo y que él también tiene la oportunidad de hablar.

Demuestre a su lijo que trata usted de equilibrar los derechos de ambos, del mismo modo que procura equilibrar los derechos de su hermana y también los de él, o los de su pareja y los de usted misma. Todos conviven y la otra cara de la compañía es que todos tienen que respetar el espacio de los demás y, a veces, hasta desplazarse un poco para concederle a alguienen más espacio extra cuando lo necesita temporalmente. Su hijo no siempre le hará lo que usted desea. Y usted no siempre tendrá que ceder a sus deseos.. Los choques tienen que solucionarse entre los dos. Si usted desea leer y él quiere salir a dar un paseo, es evidente que hay un problema. Analícelo con capacidad. Si simplemente no soporta la idea de dar un paseo ahora, digáselo así. Es mejor rechazado antes que seguido arrastrando los pies, con la sensación de ser una mártir, lo que a él le imposibilita disfrutar del paseo. Pero si cree que él tiene tanto derecho a dar un paseo como usted a leer, procure llegar a un compromiso de media hora para cada uno y siéntase con todo el derecho de insistir en que él también cumpla con su parte del trato.

Ayude al niño a comprender los sentimientos de los demás. Cuanto más consiga interesado por cómo se siente usted y otra gente y qué similares son esos sentimientos a los que él mismo experimenta, tanto más sensible será a ellos. Comprender los sentimientos de los demás constituye la raíz del desprendimiento y, en consecuencia, es lo contrario al consentimiento. En cuanto surja una oportunidad, aprovéchela. Hable con él sobre lo que sintió la niña de al lado cuando le robaron la bicicleta. Si él dice con tranquilidad que se puede comprar otra, señale que los padres desean comprar a menudo cosas para sus hijos, pero que no siempre se lo pueden permitir. Al hacer planes familiares, permita que se entere de las dificultades de disponer fiestas y vacaciones para que todas las personas implicadas obtengan lo que más les haga disfrutar. Puede ayudarle incluso a comprender que aunque sería injusto para él que le sirviera cada noche la col que tanto detesta, también es injusto para su padre que no sirva usted nunca lo que resulta ser su verdura favorita.

En esta fase de su vida los niños anhelan conversación con los adultos e información de todo tipo. El niño disfrutará mucho mientras usted no convierta esa clase de enseñanzas en un conjunto de conferencias, impulsadas en cada caso por un pequeño mal comportamiento. Le está concediendo el honor de hablar de sentimientos con él, así como de otras cosas. Le está ayudando a realizar la tarea apropiada para su edad de situarse en el lugar del otro. Y llama su atención hacia todo un ámbito de experiencias que quizá no haya observado todavía por sí mismo. Cuanto más lo pueda hacer, antes y más claramente terminará por comprender que es una persona muy importante y muy querida en un mundo poblado por otras personas igualmente importantes.

sábado, 5 de abril de 2008

ESTRÉS EN FAMILIA


Este texto de Carlos Fresneda, que he encontrado por casualidad en el grupo Néixer i Créixer, es largo, casi caigo en la tentación de poner sólo las recomendaciones para ayudar a reducir el estrés en los niños, pero es que me ha parecido muy interesante y creo que merece una lectura atenta (que yo aún no le he dado).

Cerca de mi entorno hay una niña con tres años y medio que sale de casa a las 8 de la mañana y vuelve cerca de las siete. Once horas de actividades a ritmo frenético, sin siesta, porque no hay tiempo, aprendiendo chino, alemán e inglés, además de todo lo que les suelen enseñar en los colegios de élite (formamos líderes, reza el eslogan del centro). Después, a nadar unos días y otros a danzar. Cuando llega a su casa la espera su abuela. Un par de horas más tarde se acuesta, exhausta. Muchos días no ha visto a sus padres.

Los niños deberían sentir que tienen tiempo para hacer lo que les de la gana: jugar, mirar las musarañas, ver cuentos... pero sobre todo, sentir que sus padres están ahí.
Este texto también me recuerda un libro que estoy leyendo ahora, Einstein nunca memorizó, que me gustaría comentar otro día.

La imagen, cómo no, es de Patricia Metola y aunque se llama La reina de la casa hoy yo veo una niña que se rebela ante la vida que sus padres, por su bien y pensando en su futuro, han escogido para ella.
----------------------------------------------------------------------------------------------


ESTRÉS EN FAMILIA

Cuando tenía once años comencé a sufrir unos terribles dolores de cabeza, aún los recuerdo. Mis padres me llevaron de médico en médico, me hicieron todo tipo de pruebas: no encontraron nada. Llegaron a pensar que me quejaba por llamar la atención, cosas de niños, ya se le pasará.

Pero los dolores persistían, especialmente por las noches, mezclados con una especie de angustia vital que entonces me sentía incapaz de explicar y que ahora, con el paso del tiempo, asocio a los primeros problemas en casa y a la presión agobiante del colegio. Mi idea de la familia feliz empezó a derrumbarse, y la escuela dejó ser un sitio divertido para convertirse en una soga diaria. Muchos días me acostaba deseando no volver a abrir los ojos.


Las jaquecas. Las náuseas. La ansiedad. Todo aquello eran síntomas de lo que ahora llamarían estrés infantil. Al niño alegre y vital se le empezaba a caer la casa encima. El mundo le exigía demasiado. Le sobraban obligaciones y le faltaban válvulas de escape.


Y eso que la infancia era entonces un refugio idílico, nada que ver con lo de ahora... Me cuesta creer que haya padres que a los seis meses "estimulen" precozmente a sus hijos con vídeos titulados "Baby Shakespeare" o "Baby Einstein". O que al año y medio les sienten en su regazo a bucear en el Internet y a alucinar con MaMaMedia. O que a los dos años se feliciten por las buenas notas de los mocosos en "prelectura" y en "preescritura".

Esos padres están ahí, todos conocemos alguno, y lo peor es que resulta muy difícil reprocharles. Ellos quieren lo mejor para sus hijos y piensan que cuanto antes aprendan, mejor los resultados.
Luego, a los cinco años, habrá que ir pensado en complementar el horario escolar con inglés, música e informática por las tardes. Y los fines de semana, que no falte el fútbol, la natación, el tenis, las artes marciales o el ballet, por aquello de compensar el esfuerzo mental de lunes a viernes.

Poco importa que el chaval o la chavala se arrastre por los suelos cuando llega el domingo por la tarde, ni que el padre y la madre acaben doblegados en el sofá: esto no hay cuerpo que lo aguante.

Es el ritmo de vida que entre todos nos hemos marcado, y ante eso no hay nada que hacer (nos consolamos). La suerte está echada: o subimos al tren, o corremos el riesgo de que nuestros hijos se queden atrás, algo que nunca seremos capaces de perdonarnos.

Y luego está también la otra cara de la moneda, la que los propios padres tenemos que pagar por aventurarnos en la proeza de la prole. Los agobios económicos. Las incomprensiones en el trabajo. La falta de tiempo, maldito tiempo, para cubrir todos los frentes.

Aterrizamos en casa exhaustos, y sin apenas tiempo para cambiar de "chip" tenemos que acometer la parte más dura de la "doble jornada". Nos flaquean las piernas y las neuronas. Lo único que deseamos es que llegue el momento de meternos en la cama.

Hablo sobre todo por "ellas", sufridas madres trabajadoras. La psicóloga Georgia Witkin habla del "síndrome de estrés femenino", que sería una mezcla del consabido estrés laboral y de la "quemazón" del ama de casa (aislamiento, claustrofobia, baja autoestima). La socióloga Arlie Russell Hochschild ha detectado incluso un curioso fenómeno, mantenido hasta ahora en secreto: miles de mujeres utilizan la oficina como escapatoria y prolongan intencionadamente su jornada laboral por no enfrentarse al infierno que les espera en casa. Trabajo, dulce trabajo.

Los hombres también padecemos ciertas dosis de estrés familiar: nuestra falta de paciencia -y el profundo desconocimiento del "oficio"- nos hace mucho más proclives a reacciones de ira y agresividad que a menudo pagamos con los hijos, programados para ponernos todos los días en situación límite.

Y qué decir de las discusiones por cuenta de las faenas domésticas, de la perpetua crisis en la pareja, de las tensiones que todos los días estallan puntualmente a primera hora de la mañana y a la caída de la tarde, de las 500 horas de sueño que se calcula perdemos los padres novatos durante el primer año de desvelos, que no será el último...

Aquí tenemos pues a "la familia neurótica de nuestros días" (como titulaba ya un libro visionario en los años sesenta), enfrentada a sus propios fantasmas y a los que esperan agazapados detrás de las puertas.

El primero de todos ellos: la soga del tiempo. Según un reciente estudio de la Universidad de Michigan, los niños americanos -marcando la pauta al resto del planeta- han visto disminuir su tiempo libre de un 40% a un 25% en la última década. Por si fuera poco, les están robando ya hasta la media hora de recreo, por aquello de mejorar el rendimiento académico (una tendencia preocupante que ha empezado a tomar cuerpo en los cinco últimos años).

El niño "modelo" de este trepidante principio de siglo se llama Steve Guzmán y se cae de la cama a las seis de la mañana. Desayuna en cinco minutos, se pasa una hora en autobús. De ocho a tres, en el cole. Otra hora en autobús. Deberes. Más deberes, que pronto habrá que hacerlos por ordenador y enviarlos sin falta por e-mail esa misma noche. Ya no queda tiempo ni para ver la tele. Clases particulares, también los sábados. Por fin el domingo: un rato libre para quedar con los amigos en el centro comercial. Aunque hay que recoger pronto porque el lunes toca examen. Y así una semana, y otra, y otra.

"Y encima nos quejamos porque les dan la semana blanca de vacaciones y no sabemos qué hacer con ellos", se lamenta el psicólogo Juan J. Miguel Tobal, presidente de la Sociedad Española para el Estudio de la Ansiedad y del Estrés. "Los niños de hoy en día se enfrentan a un problema gravísimo: no tienen tiempo para ser niños. Desde que nacen, les embarcamos en nuestra dinámica de adultos, programamos sus jornadas para adaptarlas a las nuestras, no les dejamos jugar a sus anchas ni curiosear".

Segundo fantasma del estrés infantil: la hipercompetitividad, la obsesión de muchos padres por exigir el máximo rendimiento a sus hijos, sin reparar en los efectos secundarios... "En muchas ocasiones, esa actitud de forzar a los niños a conseguir ciertos logros no contribuye más que a crear personalidades obsesivo-compulsivas", se explica Juan J. Miguel Tobal.

Más estresores: la presión que ejerce a partir de ciertas edades la pandilla de amigos, con sus propios ritos y reglas. O el aislamiento que padece el niño urbano, confinado durante horas entre cuatro paredes, en compañía de la "canguro" o de la niñera electrónica. O el nacimiento de un hermano, que introduce un "nuevo orden familiar". O el divorcio de los padres, y el impacto emocional de la separación...

"Toda ruptura deja unas secuelas importantes", seguimos don Juan J. Miguel Toval. "Aunque te voy a decir una cosa: una convivencia mal llevada, con frecuentes discusiones y agresiones verbales, puede producir más estrés y ocasionar a la larga un trauma mucho mayor que un divorcio".

Con los dos padres o con uno de ellos, en un hogar modélico o en otro decididamente hostil, los niños han de enfrentarse siempre a un cierto grado de estrés, a veces necesario e incluso deseable para subir los escalones que nos va poniendo la vida. El problema está cuando forzamos la máquina, cuando exprimimos a los pequeños y los dejamos sin jugo. El estrés puede convertirse entonces en caldo de cultivo de depresiones, insomnios, jaquecas, fobias, tics, dolores de estómago, trastornos psíquicos y debilitamiento del sistema inmunológico.

De acuerdo con Concepción Iriarte -en su estudio "El estrés: un problema de hoy en el mundo infantil"-, se puede estimar que el 40% de los niños sufre una sobrecarga física y emocional. Las depresiones afectan ya al 8% de la población infantil, y los casos de anorexia y bulimia se manifiestan a edades más y más tempranas.

Los pediatras se ven desbordados: las enfemerdades infecciosas están dejando paso a estas otras "enfermedades de la opulencia", para las que no existen diagnósticos ni curas seguras.

La hiperactividad, el déficit de atención e incluso el "síndrome de fatiga crónica" -el mal de los "yuppies"- se ceban con saña con los más pequeños. Desde los dos años, el estrés puede agravar el asma o las alergias y contribuir a los trastornos intestinales, a las irritaciones en la piel y a las gripes prolongadas.

Un reciente estudio de la Universidad de Kentucky habla incluso del "estrés uterino": el que la madre agobiada transmite al embrión, que puede nacer escaso de peso y con mayor propensión a padecer diabetes y enfermedades del corazón.

"El problema mayor al que nos enfrentamos es no sólo el desconocimiento, sino los errores de apreciación que los adultos hacemos del estrés infantil", sostiene la especialista Georgia Witkin en su último libro:

"Kidstress". La psicóloga ha sometido a un riguroso cuestionario a 800 niños entre nueve y doce años, y luego ha contrastado los resultados con la percepción -casi siempre equivocada- de los padres.

La mayoría de los chavales ha reconocido que la escuela es el factor más estresante en sus vidas: su mayor obsesión son las notas, seguidas de los exámenes, los deberes y la presión para pasar de curso. La familia viene justo después: la salud de los padres es un motivo constante de preocupación en los pequeños; temen quedarse solos y que un día les falte la protección que necesitan.

La presión de los amigos es mucho menor que la que los padres tuvieron en su día; entre otras cosas, porque los niños disponen de mucho menos tiempo para socializar y pasan muchas horas solos. Los medios influyen bastante más de lo que se creía, y no hablamos sólo de la violencia televisada; también de la visión fragmentada del mundo que los niños perciben en las noticias:
guerras, crímenes, desastres naturales, calentamiento global. A partir de los diez años, algunos chavales empiezan a manifestar un preocupante "miedo al futuro" que ninguno de sus padres fue capaz de anticipar.

Otro sorprendente descubrimiento de Georgia Witkin es la falta de diálogo entre padres e hijos: incluso aquellos que presumen de una mayor conexión con los niños son incapaces de interpretar los primeros síntomas de estrés. Los chavales, por lo general, tienen dificultades para verbalizar sus emociones y tienden a retraerse o a expresarse sin palabras (palmas sudorosas, uñas mordidas, boca seca, pérdida de apetito).

"Cada niño habla su propio dialecto del estrés, y los padres han de aprender a descifrarlo", se explica Georgia Witkin. "Todos los niños están dotados para salir de esas situaciones de un modo innato. En el fondo, se trata de conocernos más a nosotros mismos e intentar conocer mejor a nuestros hijos para ayudarles a activar sus propias defensas naturales y a recuperar el equilibrio emocional".

Un sondeo fugaz entre amigos y conocidos que tienen hijos me lleva a dar la razón a la psicóloga americana: lo desconocemos todo -o casi todo- sobre el estrés infantil.

Carmen tiene una hija de nueve años que se estuvo quejando de frecuentes dolores de estómago. De ahí pasó a desvelarse por la noches y a mostrar una creciente desgana. Se refugió en el silencio; tardó varios meses en confesar que la raíz de sus males estaba en el colegio, y sobre todo en un profesor, que más de una vez la ridiculizó por su ignorancia ante sus compañeras. Con el cambio de escuela, la niña ha recobrado el aliento vital y se ha vuelto a asomar al mundo con la alegría de antes. Carmen respira aliviada, aunque no acaba de explicarse cómo tardó tanto tiempo en percatarse del estrés que estuvo a punto de arruinar la salud física y mental de su hija.
Oscar, el hijo de Laura y Antonio, se pasa siete horas diarias en la guardería. Su padre, periodista, apenas le ve durante la semana, y de algún modo se siente en deuda. Por eso decide llevarle a clase de natación los sábados y los domingos. A Oscar, que chapoteaba como un pez, empieza a darle miedo el agua. Los ataques de pánico se reproducen cuando se avecina la hora de la piscina. Antonio se da cuenta y renuncia: bastante tiene el chaval con la "jornada" diaria. A veces nos olvidamos que, también ellos, se merecen descansar los fines de semana.

Pilar sabe que el estrés maternal se contagia, y que sus hijos de seis y tres años empezarán a comportarse mal si la notan nerviosa. "La teoría me la sé; lo difícil es llevarla a la práctica", dice. El estrés que entra en su casa estalla de forma inmediata... y de la misma manera se va: "Aunque se instale durante unos minutos el caos, siempre encontramos un modo de capear el temporal".

A veces, lo que mejor funciona es los momentos críticos es la ruptura: unas carreras por el pasillo, la pausa del baño, un juego predilecto que actúa como resorte en la imaginación del niño. En ocasiones, lo ideal es embarcarnos con él en una suerte de flujo: cantar a dúo una canción, poner a toda la familia a bailar, o convertir en pequeños rituales las faenas domésticas. Conozco un amigo con tres hijos que hace venir a casa a una profesora de yoga dos veces por semana; esos momentos se han convertido para ellos en un rompeolas del que salen tremendamente relajados y fortalecidos.

La intuición -y la experiencia- me dice que la mejor forma de prevenir el estrés de los niños es trabajando primero en nosotros mismos como padres. Si no somos capaces de dejar atrás preocupaciones y agobios, si no podemos aterrizar con ellos en el momento presente, difícilmente captaremos sus señales. No se trata de doblar el espinazo y someterse a la implacable tiranía infantil, sino de ser más receptivo y no acabar atrapados con ellos en el mismo callejón sin salida.
Simplificar nuestros hábitos es también otra manera de protegerse. El "silencio electrónico" debería ser obligatorio en esos hogares con dos o tres televisiones, consola de vídeojuegos, ordenador, estéreo, "walkman", teléfonos, móviles y juguetes que lo llenan todo de ruido. Habría que "blindar" nuestras casas contra el estrés y convetirlas en remansos de paz, frente al ritmo impetuoso de la vida moderna.

Pero tendríamos sobre todo que permitir que los niños sean niños, y no compulsivos aprendices de adultos. Lo expresa mejor nadie David Elkind, autor "The hurried child" ("El niño apresurado"). En su boca ponemos esta última reflexión, sin edades ni fronteras:

"El concepto de infancia está en grave amenaza de extinción en esta sociedad que hemos creado. Los pequeños son las primeras víctimas del estrés: nadie como ellos sufre las consecuencias de los vertigionosos cambios por los que estamos pasando. Y los padres se sienten como en una olla a presión, incapaces de encontrar su sitio en un mundo lleno de exigencias, transiciones e incertidumbres".

Diez sugerencias para prevenir el estrés en los niños

1.- Póngase frecuentemente en el lugar de su hijo. Trate de ver las cosas desde su perspectiva. No le subestime ni considere que es "demasiado pequeño para padecer estrés". El mínimo cambio en su rutina puede crearle tensiones.


2.- Aprenda a interpretar los síntomas de estrés infantil. Una de las primeras señales puede ser el insomnio. Algunos niños los interiorizan en forma de dolores de estómago, migrañas o fatiga. Otros los manifiestan con tics como morderse las uñas o tirarse del pelo, o en forma de rabietas y
ataques de agresividad.


3.- No les programe en exceso, ni les contagie su ritmo acelerado de vida. Evite la sobrecargar de actividades tras la jornada escolar. Déjeles todos los días tiempo libre para jugar, correr al aire libre o no hacer nada en parcticular.


4.- Enséñeles a relajarse. Practique con ellos yoga o compartan todos los días unos minutos de baile o de ejercicio físico. Aproveche momentos como el baño para rebajar la tensión. Aprenda a darles masajes ocasionalemente.


5.- No les reprima por sistema; ayúdeles a expresar su frustración. En situaciones límite, permítales que griten contra una almohada o que corran hasta que se cansen y remita la ansiedad.


6.- Procure no transmitir sus preocupaciones de adulto al niño y mucho menos descargar sobre ellos su propia tensión. Los niños tienen siempre a sus padres como puntos de referencia, y es muy fácil que se contagien del estrés.


7.- Hable con sus hijos. Aproveche el momento de la cena para celebrar un cónclave familiar. Enséñeles a exteriorizar sus sentimientos.


8.- Controle el tiempo que pasan delante de la televisión y de los ordenadores, que pueden provocar lo que se conoce como estrés visual.Estimule la interacción con otros niños.


9.- Vigile la dieta; en especial, la ingestión de azúcar. Nada de comida-basura, ni de bebidas refrescantes (con un alto contenido en cafeína).


10.- Cultive la risa: el humor compartido es a veces la mejor de las terapias para aliviar las tensiones.

domingo, 9 de marzo de 2008

Las "etiquetas" que ponemos a los niños





Traigo aquí unartículo de Carmen Herrera García, publicados en la web http://www.solohijos.com/ En general me gusta mucho el enfoque que esta autora da a los temas.

Imagen de Krize


"Mira que eres torpe" o "qué niña tan marimandona" o "no seas llorón" son algunas de las etiquetas en ocasiones colgamos a nuestros hijos cuando reiteran una conducta. No lo hacemos con la intención de ofender, pero si lo repetimos varias veces el niño puede sentir que lo limitan, que es de esa manera y por mucho que haga no conseguirá cambiar. Debemos animarlo y darle la oportunidad de mejorar su personalidad.


"Trate a las personas como si fueran lo que deberían ser y las ayudará a convertirse en lo que son capaces de ser." Goethe


La cuestión de las etiquetas es, pedagógicamente hablando, una cuestión de límites, pero en el sentido negativo de la palabra. La capacidad de aprendizaje del niño está limitada por un lado por su herencia genética y por otro por el ambiente más o menos favorable en el que se desenvuelva. Las etiquetas son límites que imponemos a nuestros hijos, casillas en las cuales deben caber y a las que deben amoldarse respondiendo a las limitadas expectativas que hemos puesto sobre ellos.

"¿Siempre has de ser tan tozudo?"; "¿Lo ves? Es que eres un manazas, no haces nada bien hecho"; "Deja de mirarte en el espejo de una vez, presumida". Mensajes como éstos acompañan el quehacer diario en nuestros hogares. Son aparentemente neutros, y la mayoría de veces inconscientes, pero debemos revisar si ayudamos con ellos a nuestros hijos a avanzar correctamente o si por el contrario estamos cerrando la puerta al cambio y al aprendizaje.

Bernabé Tierno, en su obra Tu hijo, problemas y conflictos, reproduce un fragmento de la carta que unos padres le escriben: "Por segunda vez, ante el miedo a entregarnos las notas, porque la criatura no levanta cabeza en los estudios, mi hijo de doce años se ha marchado de casa. Hemos pasado toda la noche en vela, y cuando esta mañana ha ido mi marido a coger el coche para denunciar su desaparición, se lo ha encontrado durmiendo dentro. Hemos intentado averiguar lo que pasa, y entre todas sus angustias por ver que no puede tenernos contentos trayendo mejores notas, me ha sorprendido una frase: "Es que a mí nadie me ha dicho nunca que hago algo bien". Los mensajes que enviamos a nuestro hijo cuando nos fijamos sólo en sus errores o en sus fracasos le transmiten la idea de que no sirve para nada, o de que difícilmente logrará superar cualquier problema que se le presente.

El niño es, como todo ser humano, un ser en constante cambio y transformación. Sus capacidades adaptativas son muy grandes, pero debe encontrar un ambiente que le estimule y le aliente para el éxito. Cuando los padres resaltamos con mayor énfasis las facetas negativas de nuestro hijo, estamos yendo en contra de principios fundamentales en educación: la comprensión, el aliento y el reconocimiento del esfuerzo y de los logros.

Si en mi trabajo, una y otra vez, mi superior señala mis equivocaciones y pasa por alto mi esfuerzo y los buenos resultados en otras tareas, me sentiré desmotivada, apática frente al trabajo y probablemente sin ideas. Cuando tildamos a nuestro hijo de "vago", de "despistado" o de "fracasado" estamos haciendo mella profunda en el concepto que tiene de él mismo provocándole un sentimiento de inseguridad no sólo de sus capacidades sino de su propia valía. Los padres actuamos como modelos y como adultos de referencia para nuestros hijos. Ellos piensan: "Si mis padres dicen que siempre me olvido de todo, debe ser verdad", y entonces se cierran a la posibilidad de cambio, de mejora.

Es mucho más productivo, cuando un hijo ha cometido un error, intentar sentirnos como él. Verle como alguien que está sujeto a cambios y que, en ese proceso, el fracaso y las equivocaciones forman parte de las oportunidades de ver los propios problemas y mejorarlos. Cuando él reciba el mensaje: "Te has equivocado, pero te comprendo y aquí estoy para ayudarte", en vez de: "¡Otra vez, ya estoy harto de que no te esfuerces por cambiar!", entonces estaremos cumpliendo realmente con lo que ser padres significa: amar a nuestros hijos incondicionalmente, servirles de aliento constante y ser capaces de ver en él un ser humano sujeto a cambios, capaz de lograr lo que se proponga más allá de las dificultades.

A menudo es difícil ser capaz de mantener una actitud positiva, de comprensión y apoyo cuando una conducta negativa se manifiesta una y otra vez. Hemos de ser capaces de inventar nuevas maneras de corregir, vigilando nuestras palabras y manteniéndonos atentos a lo que realmente pensamos de nuestro hijo. Nosotros somos los primeros que hemos de pensar que nuestro hijo puede cambiar. Si no es así, difícilmente reconoceremos sus pequeños esfuerzos, los logros mínimos que darán paso a logros mayores, y difícilmente encontraremos las oportunidades o situaciones en que él pueda verse de otra manera y modificar la imagen que tiene de sí mismo. En definitiva, la etiqueta que tiene adjudicada y de la que debemos conseguir que se desprenda.