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martes, 2 de marzo de 2010

¡Jo, siempre él!

Hoy traigo un par de cosas, muy relacionadas.

La primera es un enlace al capítulo Cómo propiciar la colaboración del libro Cómo hablar para que sus hijos escuchen y cómo escuchar para que sus hijos le hablen, de Adele Faber y Elaine Mazlish, que subió Sole a Entrecomadres.


La segunda son las viñetas y resúmenes de capítulo del libro ¡Jo, siempre él!, de las mismas autoras. El libro va en la misma línea que el cómo hablar, pero se centra en situaciones en las que lo que prima es la relación entre hermanos. A mí me gusta mucho, aunque no sé si así puestas, a palo seco, se entenderán las viñetas. Quería haber hecho una pequeña introducción, pero de momento no me ha dado tiempo.

Jo siempre el

miércoles, 4 de noviembre de 2009

"A él le has puesto más" Los celos entre hermanos


Por Miquel Àngel Alabart. Traducción macarrónica y rápida mía. Publicado en la revista Viure en Família.


La escena es bien conocida: uno de los hermanos se queja, no ya de tener poco de lo que se reparte, si no de que el otro tenga más. Y no por habitual, deja de sorprendernos.

Mil y una veces oímos a las madres y los padres exclamando hasta que punto sus hijos miden lo que se reparte y reivindican un trato presuntamente igualitario. Pero los adultos occidentales somos los primeros en no haber comprendido, y mucho menos aceptado, las diferencias entre las personas. El "agravio comparativo" genera derechos aceptados por todo el mundo, y no es por casualidad que buena parte de nuestra literatura se base en rivalidades, envidias y luchas por lo que no tenemos.

Reconociendo esto, podemos intentar comprender mejor los celos de nuestros hijos e hijas, y buscar qué podemos hacer para que lo no pasen demasiado mal - ni nosotros tampoco.
El ego no deja de ser una herramienta básica de supervivencia, que nos permite asegurarnos lo que necesitamos para vivir. Esto incluye el instinto de autoprotección, y también el impedir que otros se lleven aquello que es nuestro. Defender el derecho a ser prioritario para los padres que cuidan de él es una necesidad básica de cualquier niño. Y defender la "propiedad" de los propios objetos, que entre el año y aproximadamente los tres o cuatro años son una extensión del propio "yo", es sencillamente defender la propia integridad. Si las actitudes egocéntricas lógicas en estas etapas se prolongaran mucho más allá en el tiempo entonces acaban estableciéndose relaciones más conflictivas.
Una forma de miedo
Todo esto forma parte de la naturaleza humana grabada en los genes, y lo mejor que podemos hacer es aceptarlo con comprensión, acompañar los sentimientos que todo esto genera, evitar los males mayores que se puedan derivar - agresiones físicas o psicológicas excesivas - y esperar tiempos mejores. No queremos decir que los celos tengan sólo unos periodos concretos para aparecer; pero sí que probablemente, muchos episodios posteriores de rivalidad, incluso los que experimentamos muchos adultos, son repeticiones de lo que en esta edad aprendimos.. BAjo formas más sutiles o más sofisticadas, muchos ataques de celos esconden una estructura realmente infantil: se trata del mismo ego inmaduro que, ante la amenaza, reacciona con miedo y con agresiones fantasiosas o reales fuera de medida.

Muchos padres y madres se alteran cuando oyen frases casi sádicas en boca de sus hijos pequeños: "podríamos dejarlo en la calle para que se lo llevaran otros...", dice un niño de dos años y medio refiriéndose al bebé acabado de nacer. ES comprensible que estos padres y madres se horroricen, pero también tienen que entender que el cambio brutal que sufre el mundo de un niño con el nacimiento de un hermano puede ser lo suficientemente difícil de digerir como para que, años más tarde, aún se mantenga una relación conflictiva. Además, nuestra cultura, tan escasa en referentes de vida fraterna, no permite que haya un aprendizaje previo de lo que supone tener hermanos, compartir la vida y los objetos, el afecto de los adultos, etc. Procurar experimentarlo sería una fantástica manera de prevenir el "choque". De otra manera, llegar al mundo teniendo que competir con una criatura que quizás ocupe mucho espacio y que atrae y ha atraido siempre todas las miradas de los adultos no debe de ser fácil. El celoso, entonces, no siempre es el mayor.
A todos estos sentimientos hay que añadir las posibles incidencias que pueden hacer creer a un niño, en su convulso mundo interior, que no es tan importante para sus padres como el otro. Un niño pequeño que, por lo que sea, es dejado a menudo con otros adultos y que experimente sentimientos de abandono, puede imaginar que sus padres están con su hermano o hermana, por ejemplo.
Como se refuerza
Todo esto es lo que se puede vivir de forma natural cuando se es pequeño. Pero, ¿que hace que a menudo estos sentimientos perduren y se enquisten durante mucho más tiempo? La experiencia nos muestra que hay una serie de actitudes que parecen reforzar estos conflictos de rivalidad entre hermanos. Como nos indican los terapeutas estratégicos, a menudo aquello que se hacer para solucionar el problema lo que acaba empeorando la situación. Veamos algunos ejemplos.
Una madre reparte "lacasitos" a sus dos hijos. Le da 5 a cada uno, haciendo énfasis en el hecho de que les da exactamente la misma cantidad, para evitar rivalidades. Más tarde, a la hora de cenar, los hermanos están bien atentos para asegurarse que la cantidad repartida es exactamente igual, y protestan si les parece que no es así. La propia madre ha instaurado la norma de "la misma cantidad". Pero quizás uno de ellos tiene más hambre que el otro. La norma de la igualdad no es siempre ni necesaria ni cierta, ni tampoco conveniente: hay que dar a cada uno lo que necesita, no lo mismo para todo el mundo!
La hermana mayor mira en la tele sus dibujos preferidos, que duran media hora. La pequeña mira unos que sólo duran un cuarto de hora, pero cuando acaba quiere ver más cosas. El padre le dice que ya ha visto bastante. Ella se queja de que la mayor ha visto más tele y el padre le acaba por decir que de acuerdo, que mañana verá más rato. Aquí entra otro factor importante, que es el del orden en la familia. ES lógico que un hermano mayor tenga algunos privilegios. Va con la edad, y es bueno que el pequeño lo reconozca y lo acepte. El reconocimiento de quién es la mayor y quién la pequeña, en este caso, alivia a ambas niñas del esfuerzo de ser siempre iguales. Esto no quiere decir, obviamente, que se tengan que permitir ostentaciones de privilegios, humillaciones o abusos.

Liberar al mayor

Hay que decir también que demasiadas veces se da a los hermanos mayores un peso excesivo en la responsabilidad sobre los pequeños. La expectativa de cuidarles o incluso de quererles choca con los sentimientos descritos, y puede ser muy contradictoria. Podemos pedirles favores, pero teniendo claro que se lo pedimos por nosotros como adultos y no porque tengan que hacerlo.

Cosa de familia
En algunos casos, los niños actúan nos sólo por su propio interés, sino por identificación con otros miembros de la familia. En este caso se pueden estar reproduciendo conflictos que no son del todo suyos, sino de los adultos. Siempre será bueno no animar la alianza de los niños con los adultos en los conflictos de estos últimos, y evitar dar a los niños la posibilidad de posibilidad de posicionarse ante ellos.
Una buena manera de prevenir que se fijen los sentimientos más egoistas es asegurarse que la criatura tiene todas sus necesidades cubiertas, ya desde antes de que haya un hermano. Si ha sufrido una carencia o abandono prematuro lo más probable es que tenga miedo de volverlo a sufrir. El niño que ha sido feliz, en cambio, puede experimentar igualmente sentimientos de celos, pero de una forma más leve, y en todo caso le costará menos superarlos. En definitiva, los celos no es más que el miedo a perder. Si ha tenido un buen vínculo, a la criatura le será más fácil aceptar posibles separaciones o esperas. Aunque en realidad se trata de un camino que hay que hacer y del que se sale casi siempre con más fuerza.


Ha sido el pequeño monstruo

Es frecuente que los niños y niñas que se muestran celosos, sea en el momento del nacimiento de un hermano o más adelante, sufran regresiones como volver a hacerse pis, hablar como lo hacía antes o perder costumbres ya adquiridas. Trastocar el orden familiar genera muchas inseguridad y nada parece estar en su lugar. Muchas madres y padres optan por no darle importancia, ya que la criatura es la primera en avergonzarse. Un cuento muy bonito y divertido sobre esta época es Ha sido el pequeño monstruo, de Helen Cooper, donde una niña proyecta en un "pequeño monstruo" todo aquello que siente pero nadie, ni ella misma, acepta fácilmente. Os lo recomiendo para leerlo... sin buscarle moralejas. ( Y yo añado que también lo recomiendo. Lo cogimos de la biblio por casualidad y alguna vez ha dicho "ha sido el pequeño monstruo", lo que nos ha dado una idea de por dónde andaban sus sentimientos y poder abordarlos).

Paso a paso

Si tu hijo o hija tiene un ataque de celos, párate, mírale e intenta acompañarle:

- Reconoce sus sentimientos poniéndoles palabras: Veo que estás muy enfadada...
- Acepta esos sentimientos como válidos, sin juzgarlos: Quizás querías que yo estuviese sólo por ti...
- Para cualquier intento de traducir estos sentimientos en agresiones.
- Da alternativas para expresar los sentimientos: Si quieres te acompaño fuera y gritas bien fuerte, estoy enfadadaaaaaa!!!
- Dedica un rato a pensar qué necesidades tiene pendientes el hijo o la hija que se siente celoso, procura estar un rato en exclusiva, darle un "extra" de vez en cuando...

miércoles, 21 de octubre de 2009

Las peleas entre hermanos

La imagen es de imagine
El texto es de Coks Feenstra. Hace tiempo buscaba su libro El dia a dia con los hijos en la biblioteca y no lo encontre. El otro dia di de casualidad con su pagina web. No he leido nada en profundidad, pero me traigo este texto sobre hermanos sobre todo para no perder la pagina de vista y verla con mas calma.


LAS PELEAS ENTRE HERMANOS

Una de las facetas más difíciles de la educación para los padres son las peleas entre sus hijos. ¿Por qué son tan frecuentes? Y ¿cómo debes actuar?

Los conflictos entre los hermanos resulta muy frustrante para los padres, pero es útil para el desarrollo de los niños, porque les permite expresar sus emociones, rivalizar por el poder y defender sus diferencias. Sus peleas no son prueba de que no se lleven bien, sino es la forma particular que tienen los niños de ¡llevarse bien! Empiezan en el momento mismo de nacer el hermanito: Isabel vuelve del hospital con su bebé, recién nacido, en brazos. Va sentada detrás en el coche con su hijo de 14 meses a su lado. Este intenta durante todo el viaje dar ¡patadas al bebé! Y las peleas siguen durante toda su infancia, en la que los momentos de un juego armonioso se alternan con otros en los que estalla una pelea, tan vehemente como inesperado.

EL PORQUÉ DE LAS PELEAS

No puedes evitar las peleas, es más: todos los hermanos se pelean. Pero te ayudará conocer el origen y aplicar algunos trucos:

. Luchan por el amor paterno. ‘Los niños son como planetas que se disputan su posición más próxima al Sol’, escribía el psicólogo L. Markowitz. Cada uno quiere ocupar un lugar único y especial en el corazón de sus padres. Sobre todo el primogénito vive en propia carne esta lucha, ya que debe aprender a compartir el amor paterno después de haberlo tenido para él solo. Este aprendizaje requiere tiempo. Estos trucos suavizan un poco la situación:

 Presta a diario tiempo individual a cada hijo, pej. jugando con el mayor a su castillo y con el pequeño en la bañera. Tus hijos disfrutan de estos momentos íntimos y les hacen sentirse queridos.

 Dales una educación en función de sus necesidades. Si pones énfasis en la ecuanimidad, les enseñas a medirlo todo. Si les educas según el carácter, entienden que son distintos y que a cada uno le quieres de un modo especial y único.

 No pongas uno como ejemplo para el otro. ‘Mira qué bien lo ha hecho tu hermano, a ver si tú también puedes’ incita a la rivalidad. Destaca las cualidades de cada uno sin hacer comparaciones.

. Llaman la atención. Los niños saben que, cuando se pelean, obtendrán tu atención (por este motivo empiezan a pelearse justo cuando tú haces una llamada telefónica). Y esto siempre es atractivo; al fin y al cabo una reprimenda también es atención. Los estudios demuestran que cuánto más intervienen los padres ¡mayor es la frecuencia de sus peleas! ¿Cómo evitas caer en esta trampa?

 Si necesitas tiempo para hacer algo, díselo y pide su colaboración (‘niños, necesito llamar por teléfono, por favor, no me molestéis’). Elógiales cuándo lo consiguen.

 Si los niños disponen de tu tiempo individual, buscarán menos tu atención mediante peleas.
 Intervén lo menos posible. Aprende a desconectar y acude sólo cuando se hacen daño.

. Falta de madurez e impulsividad. Crecer desde bebé hasta ser una persona razonable, capaz de escuchar a otra, es una larga trayectoria. En los primeros años el niño busca la satisfacción inmediata de sus necesidades y se expresa mediante el lenguaje corporal (lloros, patadas, mordiscos), hasta que aprenda a utilizar palabras, negociar, etc.

 Traduce para él sus sentimientos en palabras; cuando estira del pelo de su hermano o le tira sus juguetes, dile algo como: ‘Veo que estás muy enfadado. Díselo’. Así le enseñas a expresarse con palabras y más adelante a dialogar, hacer compromisos, etc.

• Imitación de la conducta paterna. Si los padres se pelean a menudo, los niños los imitan.

 Dales un buen ejemplo y soluciona tus problemas de pareja mediante el diálogo. Si no lo conseguís, busca ayuda profesional. A discutir también se aprende.

• Demasiada proximidad. Los niños necesitan cierta intimidad propia y no estar siempre juntos (liberan sus frustraciones en el otro). Los estudios demuestran que también el tipo de vivienda influye: las casas y los pisos de planta baja invitan menos a las peleas que los pisos altos y cuanta más pequeña la vivienda, más peleas.

 Agranda tu vivienda quitando muebles y objetos innecesarios.

 Llévales a diario al parque: jugar al aire libre y disponer de espacio para correr, reduce las peleas.

 Organiza que los niños estén a veces separados: uno se queda en casa de un amigo o se va a su club, mientras el otro está en casa. Al volver a estar juntos, suelen jugar más armoniosamente.

¿CÓMO ACTUAR?

Seguramente te preguntas muchas veces cómo juzgar con buen criterio o qué decirles en una pelea vehemente. Existen una serie de recomendaciones, que les ayudará a resolver sus problemas y ser ‘buenos hermanos’:

1. NO: asumir el papel de juez. Generalmente resulta difícil saber lo que realmente pasó, como demuestra este caso: Pablo (5 años) viene llorando hacia su madre: ‘Mira, lo que ha hecho Ana’ (Ana es su hermana de 4 años). Le enseña su dibujo roto. ‘¡No lo hice yo!’ grita Ana desde el salón. Con Pablo delante de ella con su dibujo roto y su cara llorosa, es fácil ver en Ana ‘la culpable’. Lo que ocurrió fue esto: los dos estaban dibujando, cuando Pablo quiso tener el rotulador rojo. Sin más se lo quitó de las manos de Ana, por lo que rayó su dibujo. Esta se enfadó y los dos se pelearon, por lo que Pablo rompió su propio dibujo.

SI: considerar a los dos como responsables de la pelea. Cada uno tiene una parte implicada. A veces parece que siempre es uno el que empieza, pero muchas veces el otro provoca de manera solapada a su hermano.

2. NO: hacer la pregunta ‘¿Quién empezó?’. Suele agravar la situación. ‘Tú’ ‘¡No! Tú’ y un sinfín de gritos más.

SI: decirle a cada uno que te cuente lo que pasó (sin que se interrumpan). Afirma los sentimientos de cada uno: ‘Entonces, tú te enfadaste y por ello le diste una patada’ y ‘tú también estabas enfadada y por esto....’). Al expresarse se calman, ya que se sienten escuchados y tomados en serio. Esto también les ayuda a aprender a verbalizar sus sentimientos en vez de recurrir a los mordiscos, patadas, estirones, etc. Y muchas veces ya es suficiente para que vuelva la calma.

3. NO: Criticarles demasiado por sus peleas. Acepta que son normales (irán disminuyendo con la edad) e incluso buenas, ya que les prepara para su vida en la sociedad. Las peleas les ayudan a conocerse, a defender lo suyo, a buscar compromisos, hacer las paces, etc.

SI: Darles una sugerencia para solucionar el problema. La madre de Pablo y Ana sugiere que peguen el dibujo con celo y repartan los rotuladores. Si se pelean por un mismo juguete, aplica el truco del reloj de cocina: cada uno puede tener el juguete hasta que sueñe y ya toca el turno al otro. Si siguen peleándose, conviene esconder el juguete por un tiempo. Dales ideas sobre cómo negociar, hacer compromisos, etc. dejando a veces la solución final a su propio juicio. Y prémiales cuando alguna tarde jueguen armoniosamente, diciéndoles lo contenta que estás. Una madre con tres hijos peleones les llevó al cine ¡después de una semana casi pacífica! Este tipo de elogios les incentiva a solucionar sus discrepancias de forma positiva.

4. NO: intervenir en cada pelea. Como ya dije, no hace más que aumentar las peleas por ser una manera de ¡atraer la atención paterna!

SI: dejarles solucionar sus asuntos por sí solos. Un ejemplo: las hijas de Mabel (3 y 4 años) querían sentarse las dos al lado derecho de ella durante el cuento. Mabel les dijo que tenían que solucionar solas este problema, si no, no habría un cuento. No intervino en sus discusiones. Al final se pusieron de acuerdo: una iba sentada a su derecho y ¡la otra también! encima del regazo de su hermana. Pero hay una excepción importante: cuando los niños llegan a hacerse daño física- o emocional-mente, debes intervenir como moderador. Sepárales para que cada uno se serene en un lugar distinto. Después, cuando ya estén calmados, aprovecha la situación para que hagan las paces.

5. NO: olvidarte de su estado madurativo y esperar demasiado de ellos. Algunas situaciones les resultan frustrantes y tienden a provocar peleas (son en cierto modo previsibles), como un largo viaje, esperar en el supermercado, la hora antes de la cena, cuando los niños ya están cansados, etc.

SI: Poner remedios, como pej. tenerlos entretenidos, llevarlos a diario al parque (el disponer de más espacio reduce las peleas), tenerlos ocupados en distintas tareas, como pej. el mayor se pone el pijama mientras el pequeño te ‘ayuda’ con la cena, etc. El cansancio juega un papel importante en sus peleas: cualquier nimiedad es motivo para una pelea.

6. NO: Amenazarles con castigos que no llevarás a cabo. ‘Si no dejáis de pelear, os voy a mandar .....’

SI: Aplicar determinadas consecuencias, como pej. parar el coche cuando se pelean (una sola vez será suficiente). O mandar al agresor al pasillo por unos minutos. Otra idea es hacerle sentar en el suelo sin jugar.

7. NO: culpar siempre al mismo niño, aunque parezca que él lleva la mayor parte. Un error común es que los padres exijan demasiada responsabilidad y madurez del mayor (‘dáselo a tu hermanito, aún es pequeño’). Este llegará a pensar: ‘y ¿yo? ¿No cuento?’. Esto aumenta los celos y .....las peleas.

SI: averiguar el porqué de la conducta del niño ‘conflictivo’. Puede que se sienta menos querido y que por esta razón desahogue su frustración en el hermano. Darle al mayor un lugar para sus pertenencias (pej. unos estantes altos) y hacerle saber que entiendes sus sentimientos (entiendo que el hermanito para ti a veces es un estorbo ¿verdad?) le hace sentirse comprendido. En general es muy positivo transmitir a cada uno que entiendas su situación: puedes decir al mayor ‘entiendo que no te guste que tu hermano te lo toquetea todo’ y al pequeño: ‘entiendo que te gusta jugar con lo de tu hermano’. Así les haces ver que hay intereses contrapuestos y que esto es algo normal en la vida cotidiana. Y cuando sean algo mayores, puedes nombrarles sus ‘errores’, como: ‘veo que siempre quieres tenerlo todo para ti’ o ‘noto que no defiendes lo tuyo’. El conocer estas actitudes les ayudará a cambiar y madurar.

Las peleas son una parte inherente en la convivencia familiar. Los niños son directos y expresan lo que sienten. La vehemencia de sus peleas es tremenda, porque los niños aún no se controlan. Pero no en absoluto presagian una mala relación futura. Las peleas también tienen un lado positivo: gracias a ellas aprenden a convivir, a tener en cuenta los sentimientos del otro, a buscar compromisos y a defender lo propio etc. El vínculo entre hermanos es algo único e incomparable con cualquier otra relación.

martes, 15 de septiembre de 2009

¿Por qué Gritan?


Ultimamente, hablando con otros padres que acaban de tener hijos en segunda ronda, comentamos que los mayores gritan mucho, de repente, como si se hubiesen vuelto sordos o como si las cuerdas vocales se hubiesen vuelto locas.

Y he aqui una explicacion que me he encontrado en CN. A mi me ha dado que pensar.
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Un día preguntó un sabio a sus amigos lo siguiente :

-¿ Por qué la gente se grita cuando están enojados ?

Los hombres pensaron unos momentos:
- Porque perdemos la calma - dijo uno - por eso gritamos.

- Pero ¿por qué gritar cuando la otra persona está a tu lado?, preguntó el sabio-. ¿No es posible hablarle en voz baja? ¿Por qué gritas a una persona cuando estás enojado?

Los hombres dieron algunas otras respuestas pero ninguna de ellas satisfacía al sabio.

Finalmente él explicó:

- Cuando dos personas están enojadas, sus corazones se alejan mucho. Para cubrir esa distancia deben gritar, para poder escucharse. Mientras más enojados estén, más fuerte tendrán que gritar para escucharse uno a otro, a través de esa gran distancia.

Luego, el sabio preguntó:

- ¿Qué sucede cuando dos personas se enamoran? Ellos no se gritan sino que se hablan suavemente, ¿por qué? Sus corazones están muy cerca. La distancia entre ellos es muy pequeña.
El sabio continuó:

- Cuando se enamoran más aún, ¿qué sucede? No hablan, sólo susurran y se vuelven aun más cerca en su amor. Finalmente no necesitan siquiera susurrar, sólo se miran y eso es todo. Así es cuán cerca están dos personas cuando se aman.

Luego, el sabio dijo:

-Cuando discutan no dejen que sus corazones se alejen, no digan palabras que los distancien más, llegará un día en que la distancia sea tanta que no encontrarán más el camino de regreso.

martes, 20 de enero de 2009

Hermanos: la ventaja de crecer juntos



El otro texto de Laura Gutman lo ha llevado Cani desde http://www.lauragutman.com.ar/articulos.html hasta la página de entrecomadres.


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A las mujeres nos sucede con frecuencia que, embarazadas por segunda vez, tenemos la sensación y el temor de que no podremos amar a un “otro” tan profundamente como amamos a nuestro hijo ya nacido. Es tal la potencia del amor, la vivencia completamente nueva desde que hemos devenido madres, que creemos que será irrepetible tamaña intensidad. Sin embargo, el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace. Esto lo comprobamos recién cuando el segundo hijo ha nacido y el amor se instala con la naturalidad y el derroche de antaño. Una vez que hemos comprobado que no hay peligro, que podemos amar a dos hijos, luego a tres o a cuatro…desplazamos ese temor en nuestros propios hijos: suponemos que “ellos” no podrán amar a otro. Y que la presencia de un hermano, necesariamente será en detrimento de no sabemos bien qué, pero que será vivido como un hecho negativo para ellos.

A partir de ese momento, cualquier actitud molesta del niño, cualquier rabieta, llanto, enfermedad, mal humor, enfado, insatisfacción o inquietud, la interpretaremos desde el punto de vista del dolor o la incomodidad que supuestamente le ocasiona el hermano. Sin embargo, todos sabemos internamente que no hay nada más maravilloso que el nacimiento de un hermano, que es el ser más par, más cercano, más “hermanado” que tendremos a lo largo de la vida. Y si los padres decidimos tener más hijos para amarlos, lo lógico es compartir ese fin con nuestros hijos ya nacidos para ampliar y aumentar nuestro campo de amor.

La hermandad como experiencia concreta puede llegar a ser una de las vivencias más extraordinarias para un ser humano. Sin embargo tener hermanos no es garantía de que esos lazos de amor y proximidad emocional se instalen. Ni siquiera influye positivamente o negativamente que tengan poca diferencia de edad entre ellos o mucha, que sean del mismo sexo o que compartan habitación. La hermandad en su sentido profundo podrá desarrollarse siempre y cuando los padres sean capaces de atender las necesidades de unos y otros sin rotularlos, sin encerrar a cada hijo en un personaje determinado, sin considerar que uno es bueno y otro malo, uno inteligente y otro tonto, uno veloz y el otro lento. Esas afirmaciones aparentemente inocentes que los adultos perpetuamos durante la crianza de los niños, las utilizamos sin darnos cuenta para asegurarnos un rol estático para cada uno. Cuando un niño comprende que según sus padres es inteligente, o responsable o distraído o agresivo o terrible, intentará asumir ese papel a la perfección. Es decir, será el más terrible de todos o el más valiente de todos. Habitualmente cada hermano tendrá asignado un personaje para representar, alejándolo de ese modo de su propio ser esencial y también del ser esencial de cada uno de sus hermanos.

Por eso, nos corresponde a los padres estar atentos y observarlos limpiamente, en lugar de interpretar subjetivamente cómo creemos que son cada uno de ellos según nuestra perspectiva. Si insistimos en nombrar una y otra vez que tal es obsesivo, el otro es enfermo o el último es alegre, sólo lograremos provocar distanciamiento entre los hermanos, ya que se sentirán demasiado diferentes unos de otros. En cambio, si nos interesa ayudarlos a instalar la hermandad, será menester escuchar y comprender a cada hijo. Luego podremos traducir con palabras sencillas lo que hemos entendido acerca de ellos, acercando esos pensamientos al resto de nuestros hijos. De ese modo colaboraremos para que cada niño incorpore otros puntos de vista, otras vivencias y otros registros y pueda entonces amar a sus hermanos porque los ha comprendido.

La hermandad se instala entre los hermanos si los padres trabajan a favor de ella. La hermandad surge de la proximidad afectiva, del cariño, del deseo de ayudar, sostener, acompañar y nutrir. La hermandad se construye desde el día en que un niño ha nacido si los hermanos se saben imprescindibles para el recién nacido. Los niños mayores serán capaces de desviar sus intereses personales hacia el pequeño, sólo si sus necesidades básicas de protección, cuidados y mirada han sido satisfechas. Si el amor circula en la familia, cada nuevo miembro es una bendición, sin importar la diferencia de edad o las circunstancias familiares en las que se produce la aparición del niño. Nuestros hijos aprenderán a amar a sus hermanos si los incluimos en el mismo circuito de amor y dicha. Si demostramos la felicidad por la nueva presencia, si participamos todos en los cuidados del niño más pequeño, si respondemos a su vez a las demandas y necesidades específicas de los niños mayores y muy especialmente, si esos niños mayores están acostumbrados a ser mirados y escuchados genuinamente por sus padres. Es decir, las bondades de la hermandad podrán desplegarse dentro de una familia, si antes cada hijo se siente amado, importante a ojos de sus padres y especial.

Por el contrario, si los niños perciben sufrimiento, soledad, apatía o abandono emocional, el bebé recién nacido no logrará hacer crecer en sus hermanos la empatía ni el cariño. Ningún niño estará en condiciones de alimentar afectivamente a un hermano si está hambriento de cuidados, por más que sea mucho mayor en relación al pequeño o porque sus padres se lo demanden. De nada vale teorizar sobre el bien ni sermonear sobre lo que es correcto hacer, ya que cada niño podrá asumir espontáneamente el amor hacia los hermanos, sólo si realmente siente que el amor abunda a su alrededor. Y en todos los casos, somos los padres quienes tenemos la responsabilidad de la nutrición amorosa.

Amar a los hermanos no es un tema menor. Cuando tenemos la dicha de vivir la experiencia de la hermandad dentro de casa, luego podemos trasladarla a los demás vínculos humanos y sentir que casi cualquier persona puede constituirse en un hermano del alma. Y si es nuestro hermano del alma, no dudaremos en dar la vida por él. Ese derroche de amor y generosidad brotará de nuestro corazón si la hemos aprendido en la sencillez de la infancia.

martes, 13 de enero de 2009

El segundo hijo


Hablando de tener niños, estoy leyendo este artículo que Violeta Alcocer publicó en Ser padres Hoy. Me encanta cómo escribe Violeta, y su blog es precioso (no sé si ya lo había comentado).

La imagen es de Gustavo Pinela, la misma que ella ha puesto para ilustrar el texto. Vaya, no me he comido mucho la cabeza con esta entrada, pero así la leo con calma, que se me pierden estas cosas sobre hermanos.

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Es cierto que la edad de los progenitores, sobre todo de la madre, en los últimos años, es un factor que está influyendo mucho en adelantar e incluso forzar la llegada del segundo hijo. Muchas son las mamás de más de 35 que viven una lucha interna entre la calculadora y el instinto: quizá desean esperar un poco para plantearse el volver a ser madres, pero la medicina y la sociedad en general las presiona para afrontar de forma más racional la maternidad. En realidad, la racionalidad está frontalmente reñida con la concepción, (que es algo que sucede precisamente gracias a la conexión con los planos más profundos e instintivos del ser humano) pero, tal y como está planteada la vida moderna, a la mayoría de las mujeres y hombres parece que no nos queda más remedio que abordar nuestra capacidad reproductiva haciendo números (aunque para tranquilidad de las lectoras, la gran mayoría de madres mayores de 35 años dan a luz a niños completamente sanos y el embarazo transcurre sin mayores problemas).

La calidad de las relaciones familiares (tener una buena relación con el primer hijo, disfrutar de los momentos en familia, etc..) y de pareja (afectividad, sexualidad, nivel de intimidad..) obtenidas tras la llegada del primer hijo y el nivel de satisfacción con la propia vida (desde tener un nivel decente de ingresos, hasta la flexibilidad laboral o el apoyo familiar) son también factores que influyen o más bien que animan a que el deseo de otro hijo llame a la puerta. En este sentido, la situación afectiva personal, es decir la estabilidad, la energía y la madurez obtenidas tras el primer hijo son factores que precipitan de forma importante el siguiente embarazo.

Aparte de las consideraciones prácticas o afectivas referidas a los padres , el momento ideal para la llegada del segundo hijo debería ir en consonancia con la situación afectiva del primero.

Si todo va sucediendo con cierta normalidad y los vínculos madre-padre-hijo han sido sanos, lo natural es que alrededor del segundo año (esto quiere decir que puede ser tanto al año y poco como a los dos y mucho) nuestro primogénito comience a dar señales del comienzo de un proceso de separación afectiva de la madre, que hasta ese momento ha sido su principal fuente de alimento emocional.

Esto significa que el bebé poco a poco deja de serlo y que en su mundo empieza a haber cabida para otros y espacio para nuevas experiencias y contextos vitales.

En cualquier caso, son también muchos los padres que repiten experiencia antes de que el primer hijo haya dejado de ser un bebé: afrontan el reto de criar a dos seguidos, se comprometen al cien por cien con la experiencia, buscan apoyos.. y el resultado es igual de bueno que cuando los niños se llevan más tiempo entre ellos: los pequeños tienen que compartir su territorio emocional (mamá), pero a cambio crecen en un clima de intercambio constante con un igual, en este caso su hermanito, que les estimula y enriquece de forma importante.

Y también son otros muchos los que esperan varios años antes de ir a por el segundo, que crece con todas las ventajas de un hijo único pero se beneficia de la protección y el ejemplo de un hermano mayor.

Por eso, más que el momento (que no deja de ser importante), lo que garantiza el éxito en la segunda paternidad es lo que tienen en común todos estos padres: estar comprometidos con su decisión y poner todo de su parte para que sus hijos crezcan felices.

Los hijos únicos tienen fama de infelices, egoístas, etc.. pero la realidad es bien distinta: la sociabilidad, la inteligencia y la estabilidad emocional dependen de unos padres y una familia que sepan dar amor y respeto, no de la presencia de un hermano.

Por eso, y aunque a veces salga bien, la experiencia nos demuestra que lo que funciona a la hora de decidirse por un nuevo embarazo es el auténtico deseo de volver a ser padres y no la idea de “darle un hermano” al mayor.

¿Qué hay que saber? Mitos y realidades:

*Hay que preparar al hermano mayor (Verdadero)
En realidad, más que prepararle, hay que compartir con él la situación de forma natural, respetarle y ayudarle a encajar el cambio.

El hijo mayor se va a dar cuenta en seguida de que se avecina un cambio: lo va a deducir rápidamente a través de nuestras conversaciones, nuestra energía, nuestras palabras y nuestras acciones (además de por la barriga que crece). Va a saber que “algo pasa” casi desde el primer momento. Y casi desde el primer momento es conveniente decirle la verdad de lo que hay.

La idea es compartir en familia todo el proceso, pero sin forzar conversaciones (cosa muy habitual) ni tampoco evitarlas.

Compartir el embarazo con el hijo mayor signfica ser conscientes de que su vivencia de la situación no es para nada igual a la nuestra: en primer lugar, porque un niño pequeño dificilmente podrá imaginar lo que es un bebé, a menos que tenga algo más de cinco o seis años.
Por eso, es importante comprender que no podemos exigirle a nuestro primer hijo que sienta lo que nosotros queremos (alegría, ilusión, curiosidad, entusiasmo) respecto a un posible embarazo: normalmente esta exigencia es fruto de nuestros miedos y de nuestra necesidad de saber que el hermano mayor no va a sufrir con la llegada del pequeño.

*Reviviremos la experiencia de nuestra primera paternidad (Falso).

Nada, ni el embarazo, ni la concepción, ni los primeros meses ni lo que viene después, va a ser igual con el segundo que con el primero.

Esto quiere decir que los padres, ante la perspectiva de un segundo hijo, deberíamos ser conscientes de que la vivencia no va a ser la misma y que tenemos que estar preparados para volver a movilizar todos nuestros recursos ante el cambio que se nos avecina.

Por ejemplo, nos va a resultar muy difícil, cuando no imposible, vivir el puerperio (postparto) con la plenitud que lo vivimos con nuestro primer hijo: la razón es que con otro niño en casa (y en nuestro corazón) difícilmente podremos abandonarnos al universo del bebé y olvidarnos del resto del mundo. Esta vez, tenemos que dejar una lucecita encendida. Si esperamos vivir el postparto de la misma forma en que lo hicimos con nuestro primer hijo (intimidad, plenitud, tiempo infinito para conocernos, etc..) seguramente nos frustraremos. Si nuestro primer hijo nos enseñó a “desconectarnos” del mundo para centrarnos en la experiencia de nacer como madres… la llegada de nuestro segundo hijo nos enseñará el arte de convivir con varios deseos y necesidades a la vez .

Si afrontamos la nueva paternidad sin demasiadas expectativas (cosa difícil, porque venimos de una experiencia que muy similar que nos invita a pensar que todo va a ser igual) y adoptamos una actitud y flexible, será mucho más fácil afrontar y superar con éxito esta segunda e intensa experiencia.

*Nosotros ya estamos organizados y todo será más fácil (Verdadero).

Es cierto, en los aspectos prácticos, la cosa ya está rodada y eso facilita muchísimo las cosas. Sabemos por experiencia que para criar a un bebé se necesitan menos de la mitad de las cosas que compramos en el primer embarazo (y que ya hemos regalado a amigas primerizas), y las que se quedaron en casa (una trona estupenda, la mochila portabebés, un montón de ranitas de algodón, el sacaleches, las mantitas de lana que hizo la abuela y una pila de juguetes geniales..) están listas para ser reutilizadas.

Sabemos cómo manejarnos con la ayuda externa (la deseada y la no deseada), nos hemos pateado todos los parques y zonas infantiles del barrio, estamos suscritos a la gaceta de ocio infantil de nuestra ciudad y tenemos un imán en la nevera con el teléfono de las urgencias (y un pediatra estupendo).

Sin duda, mucha de esa energía que dedicamos a “convertirnos” en padres tras el nacimiento de nuestro primer hijo, ya no tendremos que gastarla porque el camino, en ese sentido, ya está hecho.

*El hemanito mayor tendrá celos del pequeño (Verdadero).

Muchos y muy variados son los sentimientos que afloran con la llegada del segundo hijo. A menudo, son sentimientos duros, que nos confunden y dificultan nuestras relaciones familiares: culpa, sensación de abandono, decepción, rechazo, rabia, tristeza o celos.. son algunos de ellos. El hecho de que los sentimientos negativos hagan su aparición en nuestras relaciones, no significa que las cosas no vayan por su camino. En el caso de los hermanos mayores, los celos pueden estar llenos de pequeños matices que merece la pena descubrir y atender: necesidad de seguir siendo pequeño, miedo de no ser querido, rabia por tener que compartir a los abuelos, agobio por verse demasiado exigido, etc.. Si nos quedamos sólo con la palabra “celos” y no hacemos el esfuerzo de ver lo que hay más allá, puede que dejemos en el tintero las razones más profundas del malestar de nuestro hijo mayor.

Cuando aumenta la familia, todos, grandes y pequeños, tenemos que reubicarnos en la nueva situación y asumir (no sin dolor) que algunas cosas no volverán a ser como antes. Esto es una realidad y atravesarla es necesario para poder acceder a una nueva dinámica familiar. Por eso, los celos, tengan la forma que tengan, no son más que partes del camino que vamos a recorrer juntos.


Violeta Alcocer para Ser Padres Hoy (copyright).

martes, 29 de julio de 2008

Celos del hermano menor


Buscando otro texto me he encontrado éste en www.criaryamar.com, que llevo a la sección de hermanos, para no perderlo, por si las moscas se me olvidan estas cosas que parecen de bastante sentido común.
La imagen es de Marta Chicote

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Nuestro hijo mayor se está mostrando extremadamente celoso hacia el nuevo bebé. Obviamente está molesto con nosotros por interrumpir su predecible rutina con un nuevo ser que compite con él por nuestra atención. ¿Cómo podemos suavizar esta situación?

Piensa un poco

Antes de que el bebé entrara en tu familia, a tu hijo mayor se le había dicho muchas veces que tendría un maravilloso hermano menor con el cual podría jugar y cuán divertido sería. Cuando nace el bebé tu hijo mayor piensa “¿Me estarán tomando el pelo? ¿Esta cosa de cara roja que consume todo el tiempo y atención de papá y mamá supuestamente es lo que supuestamente tendría que ser DIVERTIDO? Entonces él juega con el bebé de la única manera que sabe: juega a tirar cosas y tú le gritas por tirarle cosas al bebé. Juega a esconderse y aparecer y tú le gritas por quitarle la manta al bebé. Él abraza al bebé y tú lo reprendes pidiéndole que sea más cuidadoso. ¿Tienes aún dudas de por qué tu hijo está confundido?

Enseña

Tu principal objetivo es proteger al bebé. Tu segundo objetivo es enseñar a tu hijo mayor de qué manera interactuar con el bebé. Puedes enseñar a tu hijo mayor cómo jugar con el bebé de la misma manera como le enseñas cualquier otra cosa. Háblale, demuéstrale, guíalo y motívalo. Mientras tanto te sientes segura de estar alcanzando tu segundo objetivo, sin embargo, no dejes a los dos niños solos cuando estén juntos. Sí, sé que no es fácil. Pero sí es necesario y tal vez prioritario.

Observa

Siempre que los niños estén juntos, observa de cerca. Si ves que el mayor se comienza a poner brusco, toma al bebé en brazos y distrae al mayor con una canción, con un juguete, un actividad o algo de comer. Esta acción protege al bebé mientras ayuda a evitar una constante de “No” lo cual podría acarrear un comportamiento agresivo hacía el bebé.

Enseñale a tocarlo suavemente

Enseña a tu hijo mayor a hacerle masajes al bebé cuando éste reposa bocabajo. Cuéntale cómo estos masajes calman al bebé y elógialo por hacerlo bien. Esta lección le enseña al niño cómo comportarse con el bebé desde el punto de vista físico en una forma positiva.

Actúa rápido

Cada vez que veas que tu hijo golpea o interactúa de manera ruda con el bebé actúa tan pronto como puedas. Puedes decirle firmemente, “No pegues, detente ya”. Pon al niño en una silla durante unos momentos y dile que puede bajar cuando pueda usar sus manos de una manera suave con el bebé. Permítele bajar inmediatamente si él desea y tanto tiempo como él pueda relacionarse con el bebé de una manera suave. Esto no debe ser entendido como castigo. Es simplemente ayudarlo a aprender que los comportamientos rudos no están permitidos.

Enseña con el ejemplo

Los niños aprenden lo que viven. Tu hijo mayor observará de qué manera tú te comportas con el bebé y aprenderá de tus acciones. Eres el más importante maestro para tu hijo. Estás demostrando en cada uno de tus actos y tu hijo aprende más por medio de la observación.

Elogia

Siempre que veas a tu hijo mayor tocando al bebé de manera suave, haz un comentario positivo. Pondera de manera elocuente lo importante que es el “hermano mayor”. Abrázalo, bésale y dile cuán orgullosa estás.

Cuida tus palabras

No uses al bebé siempre como excusa. “No podemos ir al parque, el bebé está dormido”. “Haz silencio, vas a despertar al bebé”. “Después de cambiar al bebé te ayudaré”. ¡A estas alturas tu hijo querrá deshacerse del bebé! En lugar de eso, usa razones alternativas. “Mis manos están ocupadas ahora”. “Iremos después de almorzar”. “Te ayudaré en tres minutos”.

Empatiza

Reconoce los sentimientos que tu hijo no expresa tales como “Las cosas han cambiado con el bebé aquí". Va a tomarnos mucho tiempo acostumbrarnos a esta nueva situación. Haz siempre comentarios suaves y generales. No digas por ejemplo “Apuesto a que odias a tu hermanito”. En lugar de ello di “Debe ser duro para ti ver cómo mamá pasa tanto tiempo con el nuevo bebé”. O “Apuesto a que te gustaría que fuéramos al parquet ahora mismo y no tener que esperar a que el bebé se despertara”. Cuando tu hijo se da cuenta de que tú comprendes sus sentimientos tendrá menos necesidad de tratar de hacer cosas que llamen tu atención.

Da amor extra

Aumenta esas pequeñas demostraciones de amor hacia tu hijo. Di más “te quiero”, aumenta tu dosis diaria de abrazos y encuentra tiempo para leer un libro o jugar un rato con tu hijo. Temporalmente las regresiones o algunos problemas de comportamiento serán normales y pueden ser suavizados con una dosis extra de tiempo y atención.

Involúcralo

Enseña a tu hijo mayor cómo ser de ayuda con el bebé o cómo entretenerlo. Déjalo abrir los regalos del bebé y usar la cámara para tomarle fotos. Enséñale cómo ponerle las mediecitas. Déjalo ponerle la crema. Elogialo y anímalo siempre que puedas.

Haz que cada sentimiento sea especial

Impide toda comparación. Incluso aquellas aparentemente inofensivas como por ejemplo el peso de los niños al nacer o cuándo gatearon o caminaron y quién tiene más cabello. Los niños pueden interpretar esos comentarios como críticas.

Toma aire y cálmate

Es tiempo de ajustes para toda la familia. Reduce las actividades fuera de casa, baja un poco tus estándares de labores domésticas y céntrate en tu prioridad ajustando todo a tu nueva familia.

Éste artículo es publicado con autorización de NTC/Contemporary Publishing Group Inc. from Perfect Parenting, del libro The Dictionary of 1,000 Parenting Tips by Elizabeth Pantley, copyright 1999

Traducción al español: www.criaryamar.com

sábado, 31 de mayo de 2008

CELOS ENTRE HERMANOS, UNA MIRADA DIFERENTE.


Artículo de Laura Gutman en la revista El mundo de tu bebé (nº 183), y colgado en la web de dormir sin llorar por trece. Voy a leerlo al tiempo que lo subo. Imagen de Patricia Metola

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Con el test de embarazo en nuestras manos, y preparándonos mentalmente para la llegada de un nuevo hijo, apenas el niño llora pensamos: "Está celoso". Si se niega a comer: "Está celoso". Si está cansando y tiene un berrinche: "Está celoso". Si nos extraña tras la jornada de trabajo: "Está celoso".


Que la llegada de un hermano va a producir obligatoriamente una cascada de celos en los hermanos mayores es un prejuicio inventado, sostenido y afianzado por los adultos. Es una creencia compartida, y de tanto repetirla sólo se nos ocurre que al niño le sucede "eso" y no pensamos en otras posibilidades.

Basta pasear por las calles embarazada y acompañada por un niño de dos o tres años para que cualquier persona se acerque a decirle "pobrecito", dándole a entender que va a ser destronado de su supuesto reinado. Es un pensamiento tan común entre adultos que nos acomodamos en esa idea y, frente a algún síntoma o demanda delniño, no se nos ocurre reflexionar más allá.

PRIMERAS DUDAS
Con frecuencia nos sucede a la mujeres que, embarazadas por segunda vez, tenemos la sensación y el temor de que no podremos amar a "otro" tan profundamente como amamos a nuestro hijo ya nacido. Es tal la potencia del amor, la vivencia completamente nueva desde que somos madres, que creemos que será irrepetible tamaña intensidad. Sin embargo, el corazón de las madres no se divide, sino que se multiplica con cada hijo que nace.

TEMORES DESPLAZADOS
Lo comprobamos en cuanto nace el segundo hijo y el amor se instala con la naturalidad y el derroche de antaño. Una vez que hemos comprobado que no hay peligro, que podemos amar a dos hijos, luego a tres o a cuatro... desplazamos ese temor a nuestros propios hijos: suponemos que ellos no podrán amar a otro. Y que la presencia de un hermano pequeño necesariamente será en detrimento de no sabemos bien qué, pero que lo vivirán como un hecho negativo. Así lo decidimos.

A partir de ese momento, cualquier actitud molesta del niño, cualquier berrinche, llanto, enfermedad, mal humor, demanda, enfado, insastisfacción o inquietud la juzgaremos con la muletilla bien conocida por todos: "lo que le pasa es que está celoso". Y de ese modo, ya no nos molestaremos en averiguar qué es lo que necesita el nio en ese momento en particular. Simplemente daremos por hecho kque, en presencia de un hermanito en casa, indefectiblemente aparecerán los celos. Sin embargo, no es necesariamente así.

Resulta que ese mismo niño, mucho antes de la presencia de otro bebé en casa, también manifestaba sus inquietudes o necesidades, con mayor o menor suerte a la hora de ser respondido. Es importante tener en cuenta si antes delembarazo o nacimiento del hermanito, el niño o la niña mayor manifestaba síntomas parecidos. Veremos que en muchos casos su actitud no ha variado demasiado. Hay algo que necesita y que merece ser averiguado.

NO ES TAN FÁCIL
La mayoría de los adultos creemos estar dando a nuestros hijos todo cuanto necesitan. Sin embargo, la vida les resulta difícil aun en tiempos de tecnología y confort. Tienen gran cantidad de juguetes, ordenadores, juegos electgrónicos... pero pasan la maor parte del día solos, frente a la pantalla de la televisión, rodeados de adultos que exigen que se lo coman todo, se porten bien, hagan sus deberes, no molesten, se queden quietos y sean educados. La vida cotidiana de los niños pequeños modernos no suele ser demasiado encantadora. Eso es lo que quizás tendremos que atender: las necsidades concretas de cada nio.

Una vez que nace el hermano menor, acomodamos el pensamiento generalizado de que ahora dejará de ser el rey o la reina de la casa. El tema es que los niños no son ni reyes ni príncipes, no tienen vida de soberanos, sino que por el contrario tienen vidas bastante difíciles, enredados en sus propios mundos emocionales muky lejos del mundo de los demás. Raramente pueden contar con los adultos, no saben explicar lo que les está sucediendo y son generalmente juzgados por sus llantos, tristezas o angustias, recibiendo a cambio incomprensión. Hay pocos niños verdadereamente colmados viviendo dentro de familias armoniosas, en las que circula el amor y el diálogo en abundante gratitud.

MIRAR MÁS ALLÁ
Si en la mayoría de los casos estamos alejados del mundo interno de nuestros niños, si no nos ocupamos de averiguar, preguntar, acompañarlos y ayudarlos en sus búsquedas personales, será fácil que nosotros atribuyamos cualquer geswto de incomodidad a los supuestos celos hacia el hermano menor.

Si elevamos el pensamiento, admitiremos que no hay nada más maravilloso que el nacimiento de un hermano, que es el ser más par, más cercano, más "harmanado" que tendremos a lo largo de toda la vida. Y si los padres decidimos tener más hijos para amarlos, lo lógico es compartir ese fin con nuestros hijos ya nacidos para ampliar y aumentar nuestro campo de amor.

AMOR COMPARTIDO
¿Por qué estarían celosos? Nuestros hijos aprenderán a amar a sus hermanos si los incluimos en el mismo circuito de amor y dicha. Si demostramos la felicidad por la nueva presencia, si participamos todos en los cuidados del más pequeño, si respondemos a las demandas y necesidades específicas de los niños mayores y, muy especialmente, si esos niños mayores están acostumbarados a ser mirados y escuchados genuinamente por sus padres, no pueden existir los celos. Porque en esos casos no hay nada que el bebé pueda quitar al mayor. Cuando lcircula la generosidad y la comprensión entre unos y otros, cuando las palabras suavizan y explican los sentimientos confusos, cuando hay rdespeto por las necesidades de cada uno; un nuevo miembro de la familia sólo puede enriquecer las vivencias y las experiencias cotidianas de todos nosotros, incluidos los niños.

QUÉ NECESITA
Cuando nuestro hijo mayor pide algo "imposible de satisfacer" -y por lo tanto creemos que no tiene razón y que lo que le ocurre, simplemente, es que está celoso- podríamos dedicar luego un momento para permanecer con él y bucear juntos en su interior, tratando de averiguar si necesitaq más presencia de un adulto, si no le gusta la escuela, si está cansado, si extraña a un amigo, si pasa demasiado tiempo sin actividades lúdicas. Claro que no es fácil estar con varias pequeños a la vez. Y no es necesariamente la madre quien tiene que satisfacer todas las necesidades de cada niño. Pewro esas necesidades sí merecen ser reconocidas como importantes. Después podremos determinar qué otra persona allegada puede acompañarle.

Cuando cada niño encuentre palabras para nombrar lo que desea, cuando cada niño sepa que cuenta con su madre, su padre u otro adulto que lo escucha y lo comprende, cuando cada niño obtenga un lugar donde desplegar sus inquietudes, no habrá mortivos para estrar celoso, por más bebés que sigan naciendo en esa familia. Los bebés que nacen no despiertan celos en los hermanos mayores. Sólo muestran necesidades emocionales que ya existían antes de su nacimiento.

ANTE EL DESCONCIERTO
Si las personas mayores decimos "está celoso" ante cada reclamo, el niño terminará por creerlo, aumentando el desconcierto hacia sus propias sensaciones y sintiéndose desvalido y sin recursos para enfrentar su desazón. El niño no está celoso. El niño tiene necesidades y merece ser escuchado y asistido.

Los celos entre hermanos son un invento de los adultos. Y sólo aparaecen cuando nosotros no somos capaces de satisfacer las necesidades genuinas de cada niño. No es verdad que un niño desee estar en el lugar del otro. En absoluto. Cada uno desea ser uno mismo, siempre y cuando reciba la atención y la satisfacción de sus necesidades emocionales mínimas.

CARIÑO DE IDA Y VUELTA
Los niños son naturalmente generosos cuando forman parte de un territorio amoroso para convivir. Y están ávidos por ayudarnos, ser útiles, facilitarnos la vida y ser amados por esos bebés que llegan al mundo para admirarlos. No hay mojor sonrisa que la que un hermano mayor puede robar a su hermano menor cuando éste aún es bebé.

CUANDO UNO SIEMPRE RECIBE
*En primer lugar, revisemos cómo hermos distribuido los roles dentro de nuestra familia.
*Observemos si hemos creado bandos de "buenos" y "malos" entre los adultos.
*Tratemos de comprender cómo empiezan este tipo de escenas antes de que el niño lastimado se nos acerque llorando.
*Entendamos que los celos no tienen nada que ver y que estamos poniendo rótulos a situaciones que no hemos logrado comprender en su totalidad.
*Si no sabemos cómo desarmar las dinámicas donde un niño pega a su hermano, pidamos ayuda.

SI TODOS OPINAN QUE ESTÁ CELOSO
*Expliquemos a nuestro hijo que estamos orgullosos de él, por cómo es capaz de cuidar al pequeño, de avisarnos cuando llora, alcanzarnos los pañales o explicarnos qué le sucede al bebé cuando nosotros no logramos decodificar sus reclamos.
*Digamos a los demás kque nuestro hijo está feliz por la llegada de su hermano, y gritemos a los cuatro vientos que es sumamente bondadoso con el pequeño, así el niño se sentirá reconocido en nuestras palabaras y estará preparado para seguir sintiendo dicha y alaegría en su corazón.
*Nombremos el cansancio, el hastío o el aburrimiento que obligan alniño a perder la paciencia. Entonces él sabrá que sabemos y comprendemos lo que le sucede, aunque no podamos ayudarlo en ese preciso momento

lunes, 24 de diciembre de 2007

"Ha sido él" Los conflictos ayudan a vivir


Escrito por Miquel Àngel Alabart. Psicopedagog

Publicado en Viure en família y traducido a bote pronto por mí.


Una niña de cuatro años está jugando con un coche de juguete. Se lo acaban de regalar. Viene su hermana pequeña, que aún no tiene dos años y se lo quiere coger. Hay un pequeño tira y afloja, las dos gritan. De pronto, la pequeña muerde a la grande, que grita. Acto seguido, ésta le da una bofetada a la pequeña, que también comienza a gritar. En ese momento, la madre, que medio ha seguido el conflicto mientras hacía otra cosa, está harta, llega y dice enfadada “¿qué ha pasado?”. Después de escuchar las dos partes, la madre dicta sentencia. Puede ser que dirigiéndose a la mayor, le diga: “ya está bien, hay compartir. Y tú que eres mayor lo tendrías que saber” (esto puede parecernos muy cierto). Y le quitará el objeto a la mayor y se lo dará a la pequeña. O bien, dirigiéndose a la pequeña, que quizás se había salido con la suya: “Ya está bien, esto es de ella, las cosas no se quitan” (y esto no nos parecerá menos verdad), y le quitará el coche para restituirlo a su legítima propietaria. La hermana “ganadora” se sentirá contenta de haber vencido la disputa, confirmando así que su único interés valía la pena, y al mismo tiempo, la “perdedora” apuntará en su lista negra personal apuntará un palo más en el nombre de su hermana. Años más tarde, probablemente en medio de un nuevo conflicto irresoluble, es posible que una de las hermanas- la mayor, claro, la pequeña no recordará por qué siente aquello por su hermana…- aún le echará en cara “porque tú una vez me querías quitar el coche que me acababan de regalar”.


El conflicto forma parte de nuestra vida. Ahora vivimos en sociedades muy reguladas, y por tanto vivimos muchos menos conflictos que hace unos siglos, pero olvidamos que antes de llegar a establecer un sistema en el que nos tengamos que ir dando empujones por las calles, ni defendiendo nuestra casa, en el que no haya esclavos o que no se violen las personas en cada esquina, han pasado muchas cosas, ha habido muchas guerras y revueltas y también muchas negociaciones. Y aún así, los conflictos siguen apareciendo, porque las personas a menudo sentimos necesidades que no sólo no coinciden con las de nuestros vecinos, sin que muy a menudo están enfrentadas. ¿O es que nadie no ha discutido nunca con las personas adultas con las que comparte el piso, el trabajo o la vida?

Lo que pasa es que el conflicto está muy mal visto, y parece que una relación no pueda ser satisfactoria si hay conflictos. De forma que hay muchas personas que evitan el conflicto, y otras que evitan directamente la relación con las personas con las que han tenido alguna vez un conflicto. Así pues, aprender a aceptar desde pequeños que los conflictos son inevitables es uno de los aprendizajes más útiles. Encontrar la forma de resolverlos será otra cosa, que no es fácil, pero que los adultos, a menudo, hacemos aún más difícil con nuestra intervención.

Por ejemplo, y volviendo a la situación del comienzo, ¿cuál de las dos “verdades” es la más adecuada? No podemos partir de la idea de que alguien está haciendo algo mal, aunque nosotros fácilmente nos identificamos con el más débil, que no necesariamente es el más pequeño. ¿Os habéis fijado que a menudo tendemos a favorecerlo, quitando el objeto al que ha “ganado” y dándolo al otro?. Por cierto, que si las cosas “no se quitan”, ¿con qué derecho le quitamos nosotros el juguete? Es como cuando nos explican un conflicto en el colegio, y les decimos “vuélvete”. ¿No habíamos quedado en que eso está mal hecho? Esto nos pasa probablemente por el recuerdo de las injusticias sufridas por nosotros mismos de pequeños, pero quizás olvidamos que nuestros padres también estaban allí para “resolvernos” nuestros propios conflictos, y eso no nos ahorró tampoco aquellos sentimientos: de hecho, quizás, su intervención, bienintencionada, es lo que nos los generó. En todo caso, si somos conscientes de que la situación nos está produciendo un malestar a nosotros mismos, quizás habrá que decirlo: “a mí esto también me está haciendo sentir rabia”. ¡Y asumir que hemos entrado en el conflicto!

La justicia es relativa

Seguramente nuestra forma de intervenir tiene mucha relación con nuestra idea sobre la justicia, el conflicto en sí y su resolución. Está muy extendida la tradición “civilizada” de recurrir a un árbitro externo, algo que en lugares como los EEUU da lugar a miles de litigios judiciales que no hacen nada más que animar el fuego en una sociedad altamente conflictiva. Y olvidamos que antes hay muchas otras cosas que se pueden hacer. Lo que aún es más lógico es que el “juez” intervenga “de oficio” en un conflicto doméstico, como la discusión por un juguete. Eso es precisamente lo que hace la madre del caso que nos ocupa. Entonces, ¿tendría que haber dejado que se mataran por el coche de plástico? Claro que no, eso no, lo tendría que haber evitado separando los contendientes. Cuando se están haciendo demasiado daño o realmente se está abusando excesivamente del más débil, es lógico que intervengamos. Pero eso no es actuar como un juez, sino como un vecino solidario, que es otra cosa. Y en definitiva, como padres. No hacerlo en esos casos provocaría mucha inseguridad, evidentemente. Si se llega a una situación extrema, se tendrá que actuar, pero no para impartir “justicia”, sino para evitar males mayores.

La justicia es algo que ni los adultos tienen demasiado claro qué es, pero en todo caso está claro que a los cinco y a los dos años la concepción de lo que es es muy diferente de la que tiene su madre. Injusto es no conseguir nada de lo que quiero, justo es conseguirlo. Y de hecho, a nosotros nos pasa algo parecido con nuestras cosas: justo es cuando yo puedo aparcar donde quiero, injusto es que la grúa se me lleve el coche. Solo que, como dice Carlos Gonzáles, es más fácil ser “justos” con las cosas de los demás… ¿o es que nosotros aplicamos con todas nuestras posesiones eso de que “hay que compartir”? Como siempre, lo que hacemos los adultos es negociar unas normas, y aún así, a menudo hemos de negociar ante conflictos… o incluso acabamos peleándonos, igual que los niños y las niñas (o peor). El reto sería encontrar una solución “justa” para los dos; o lo que es mejor, donde los dos sientan que ganan. En eso les podemos ayudar, pero han de encontrarla ellos.

Curiosamente, cuando a los nueve o diez años jueguen con los compañeros en el patio de la escuela, ningún adulto (en general) no tendrá que imponer las normas. La mayor parte de los niños y niñas de esta edad ha entendido que es más fácil entenderse y jugar si se deciden las normas y se respetan, y por eso pueden jugar a tantos juegos reglados. Pero a diferencia de lo que creen muchos adultos, no es fruto de la intervención insistente del adulto, sino del propio desarrollo y autorregulación de los niños y las niñas con sus iguales. Por eso, como han estudiado Piaget y Vigotski para todos los aprendizajes, lo que mejor facilita el desarrollo (en este caso la capacidad de negociar en los conflictos) , es precisamente experimentar las situaciones y ser libres de ensayar diferentes posibles soluciones.

Observar, esperar, atender

Entonces ¿qué intervención será la más adecuada? Como siempre, lo primero que habría que hacer es observar a los niños y niñas en la situación del conflicto. Es posible que de esta forma podamos detectar si la cosa es tan grave como parece. Los niños y las niñas se expresan fácilmente con gritos, empujones e incluso algún golpe, lo que quieren o sienten, pero después muchos de los pequeños conflictos de los niños evolucionan hacia una solución amistosa, incluso aunque al adulto no le parezca justa. Recuerdo la primera vez que visité “La Caseta”, un centro educativo infantil donde el principio básico es la autorregulación. Vi un grupo de niños y niñas y uno estaba utilizando un juguete mientras los demás le miraban. En un momento dado, otro que le estaba pidiendo el juguete optó por ser más expeditivo, y le dio un pequeño golpe con la mano en la cabeza. La educadora no intervino, observando y esperando a ver qué pasaba. Lo que pasó es que el niño “agredido” miró al otro por primera vez, le dijo “ay, me has hecho daño!” y continuaron jugando todos exactamente tal y como estaban haciéndolo, hasta que al cabo de unos minutos el usuario del objeto decidió dejárselo al que se lo estaba pidiendo. Los niños y las niñas tienen muchos conflictos a lo largo del día, de los que a menudo ni nos enteramos porque los aprenden a resolver ellos mismos. Hay hermanas que han aprendido, en algunas situaciones a hacer pequeños intercambios de dudosa ecuanimidad (¿una pinza por una muñeca?), pero que para ellas son satisfactorios. Pero si nosotros intervenimos, es muy posible que empeoremos la situación. Imaginad qué pasaría si en el ejemplo del centro educativo, la educadora hubiese intervenido diciendo “qué haces? Por qué le pegas? ¿no ves que no se puede pegar?”, o incluso le hubiera castigado. Seguramente el conflicto real – el uso del juguete- no habría siquiera salido a la luz. Y así, los deseos (los dos bien legítimos) de las dos criaturas, no se habrían podido negociar; sencillamente habría ganado uno. Pero además, si la educadora hubiese intervenido también en el conflicto en sí, por ejemplo diciéndole al del juguete “¡ya llevas mucho tiempo con el juguete! Déjaselo ahora mismo!”, no sólo el niño se habría quedado peor que dejándolo por propia iniciativa, sino que además los niños habrían acabado aprendiendo que nosotros resolvemos sus conflictos. Por eso, muchos niños y niñas, ante un problema, lo primero que hacen es buscar un adulto que les saque de él.

Todas las personas, de cualquier edad, nos encontramos diariamente con cosas que queremos o que queremos hacer que dependen de los demás. A veces las pedimos, a veces las cogemos o las hacemos si pedir permiso, a veces esto tiene consecuencias y a veces no; en unas familias o culturas es de una manera en otras de otra. La única forma de saber qué pasa es ir probando… esto a veces nos hace sentir mal. Entonces lo que necesitamos es más un abrazo que un sermón. Pero tener la oportunidad de encontrarse en estas situaciones desde bien pequeños facilita a los niños la capacidad de adaptase a los límites que de forma natural van marcando los demás. No les privemos de esa experiencia.


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Entre hermanos:
Los hermanos son las únicas personas con las que te toca convivir muchos años sin haberlos escogidos y sin obtener nada a cambio. Bien, no es del todo cierto. Se aprende mucho de ellos, pero los niños no son del todo conscientes, sobre todo cuando han de estar en una batalla constante por los juguetes, rotuladores o la play station. Si tener conflictos es un aprendizaje, tener hermanos en una escuela de la vida. Li mejor que podemos hacer cuando les veamos pelearse, es felicitarlos “¡Qué bien, cuánto estáis aprendiendo!”. Es broma, pero es cierto. Eso sí, si intervenir en los conflictos siempre puede ser problemático, hacerlo en los de los hermanos puede llegar a ser fatídico. Se mezclan otras cosas más profundas, como el sentimiento de haber sido destronado, el de haber luchado por el pecho o la atención de los padres en general. Como hemos dicho otras veces, en estos casos vale más la pena intentar satisfacer las necesidades de cada uno de ellos que de intentar ser “ecuánime”. Con esto sólo estaríamos enseñando que todos necesitamos lo mismo, cuando esto no es siempre así.


Algunas frases útiles

Los conflictos de niños y niñas son conflictos de “otros”, no nuestros. Nadie nos obliga a poner solución. Pero sí es responsabilidad nuestra que nuestros hijos e hijas se sientan bien y que se desarrollen como personas. Entonces, la actuación que esperan de nosotros es ésta: que los comprendamos, que les echemos una mano y que les ayudemos a sentirse más seguros. En medio de un conflicto en el que los niños y niñas lo están pasando mal, podemos ir y describir la situación: “Veo que las dos queréis jugar con este coche…”. Y también intentar empatizar con sus sentimientos: “Claro, tú estabas jugando y ella te lo quieres quitar, y tú no quieres, verdad? Por este motivo estás enfadado…”, “tú también quieres jugar con esto porque es tuyo, no? Y ahora lo tiene ella…” . Otra cosa que se puede hacer es hacer que se den cuenta de los sentimientos del otro, sobre todo si le han hecho daño: “mira, está muy enfadada porque ella estaba jugando… no le ha gustado nada ese golpe, le ha hecho mucho daño y está triste…” Todo esto con los correspondientes abrazos – que quizás ayudan más que la frase en sí. Ante un conflicto así, a menudo no hay una “solución” buena: las dos tienen razón!. Sólo les podemos dar ideas: “Tenemos que buscar la manera de que las dos estéis contentas”, “Y si ahora que lo tiene ella, juega un rato más y después te lo deja?”. Otras veces podemos dar una opinión: “a mí me parece que no te costaría nada dejárselo”. Pero muchas veces estas ideas no serán aceptadas y tendremos que dejar que cada uno afronte sus decisiones, aunque tenga dos años.

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Un nuevo bebé en la familia


Bueno, la traducción es mía, así que algunas cosas pueden sonar "raras", pero creo que se entiende, no?


Doctor Sears
http://www.askdrsears.com/html/6/T064200.asp

Algunas disputas entre hermanos son inevitables, aunque el grado de éstas depende de los años de los niños, de la compatibilidad de sus caracteres y el nivel de conflicto que los padres permitan. Un niño criado con apego tendrá un periodo de adaptación a la nueva situación más sencillo, ya que él obtuvo lo que necesitaba cuando lo necesitó. No se sentirá celoso viendo cómo otra persona ve cubiertas sus necesidades. Los niños alrededor de tres años, tres años y medio a menudo reciben al nuevo bebé en el hogar, bien con los brazos abiertos o como una novedad, y a veces parece que esos niños, al menos aparentemente, no parece que se sientan celosos. Ellos pueden competir más por un rato de juego con “su” bebé que por la atención de sus padres. Ser comunicativo le ayudará a adaptarse a los cambios. Pero es habitual para los más pequeños sentirse disgustados durante un tiempo (las cosas nunca volverán a ser iguales ni para los padres ni para el hermano mayor). Incluso tratando de hacerlo todo “de forma correcta” y ver cada pequeña herida en el hermano mayor en los primeros meses, una vez el nuevo bebé alcanza los ocho meses y puede gatear, el mayor sentirá que hay intrusiones en su espacio. Algunos trucos para presentar el nuevo bebé al mayor

1. Hacerlos amigos antes del nacimiento. Habla a tu hijo mayor acerca del nuevo bebé antes del nacimiento. Dependiendo de su nivel de comprensión, comienza antes o después durante el embarazo. Puedes enseñarle fotografías de un bebé en el útero materno. Para un niño pequeño, si no está a la vista, no está en la mente, así que un bebé que aún no ha nacido, no amenaza su territorio, pero incluso un pequeño de dos años puede sentir si su madre está preocupada por lo que hay debajo de ese bulto en la barriga. Permite acariciar al bebé, hablarle, y sentir sus patadas. Pasa un buen rato hablando sobre él y planificando cosas.

2. Revive la primera infancia del mayor. Siéntate con tu hijo y repasa el album de fotos. Enséñale cómo era justo al nacer, al llegar del hospital, las tomas, el cambio de pañales... Reviviendo estos momentos, se va el mayor irá conociendo y se irá sintiendo preparado para esos momentos que se vivirán en el futuro.

3. Adelanta cómo será la llegada del bebé. “Cuando el pequeño bebé salga de la barriga, mamá lo tendrá en sus brazos todo el tiempo. Los pequeños duermen y maman todo el día y están en los brazos de mamá. Los bebés pequeños realmene necesitan a sus mamás”.

4. Incluye al mayor en las celebraciones del nacimiento. Además de estar con mamá y con el nuevo bebé después del nacimiento (si es que no estuvo en el nacimiento), pídele ayuda en la preparación de la “fiesta del nacimiento”. Puede elegir el pastel, la decoración, pensar en regalos especiales para y del nuevo bebé.

5. Incluye un regalo para el hermano. Los visitantes más avispados, aquellos que pasaron por la situación, traerán un regalo para el hermano mayor cuando vengan a visitar al nuevo bebé. Guarda unos pocos regalos de reserva para cuando los amigos sean espléndidos en sus regalos y atenciones hacia el nuevo bebé. Deja que sea él quién desembale los regalos del bebé y pruebe los sonajeros.

6. Compartir momentos. Junto con la incertidumbre de saber dónde encajan ellos en la nueva situación, lo que les preocupa más a los niños es compartirte con el bebé. Desde que el concepto de compartir es extraño para un niño de menos de tres años, y desde que la mamá es su “posesión” más preciada, es raro que puedas convencer a tu hijo de “compartir el tiempo de la madre”. Suena bien decir que le darás al mayor la misma cantidad de tiempo, pero en la práctica no es realista. Los bebés necesitan mucho tiempo de dedicación y no dispones del 200% de ti misma para dar (es por esto que las madres se dan permiso a sí mismas para desatender la casa y hablan a dedicar el tiempo al bebé y al hermano mayor).

Puedes también compartir el tiempo que dedicas al cuidado del bebé con tu hijo mayor. Lleva a tu bebé en una bandolera que te permita tener las dos manos libre para jugar con tu hijo mayor. Mientras des el pecho, puedes leer un cuento al hermano o simplemente abrazarle y mimarle. Aumenta el tiempo que pasas en el suelo. Mientras el bebé sea todavía pequeño, necesitará estar en tus brazos o en una bandolera. Puedes estar en el suelo con el mayor y él verá que estás disponible. A medida que el bebé crezca, puedes sentarle en una hamaca o en una manta en el suelo para que os vea jugar al hermano mayor y a ti. Esto entretendrá a dos niños con un padre. Prueba un juego para dos: cuando el bebé sea un poco más grande, anima a que el mayor entretenga al pequeño. Los niños de 3-4 años son especialistas en hacer caras y ruidos divertidos y a los bebés les encanta. Las grandes sonrisas sin dientes del bebé les va a alimentar el ego de forma increible – “ey, le gusto” . Si amas al bebé, el sentimiento será pronto mutuo.

Recuerda, el bebé necesita ser siempre ser el primero (es pequeño y puede haber situaciones peligrosas), aunque el mayor pueda ser más persistente o bullicioso a la hora de expresar sus necesidades, y quiere saberlo. Muchas madres cometen el error de no crear lazos apropiados con el nuevo bebé por miedo a lastimar los sentimientos del mayor. Si el niño recibió lo que necesitaba cuando era un bebé, podrá manejar la frustración sin traumas. Un bebé no puede.

7. Haz que el hermano se sienta importante . Dale a tu hijo un trabajo en la organización familiar. Para sacarle fuera del “quiero ser un bebé”, hazle saber que juega un papel importante. Díle que necesitas su ayuda. Dale un título al trabajo, hazlo divertido: “puedes ser el ayudante de mamá, trae el pañal, por favor”, “trae la ropa para mamá”, “por favor, coge esos juguetes”. Permítele cambiar pañales, vestir al bebé, bañarle... (todo bajo supervisión, por supuesto). Elogia la ayuda que te da.

Un ejemplo de cómo una madre le ha dado la vuelta a los cambios en su hija de 4 años tras el nacimiento de su segundo hijo. Tan pronto como Bejamin nació, Amy pareció entrar en una crisis. Volvió a mojar la cama y a tener rabietas muy fuertes. La que antes era una niña feliz, se volvió triste. Empezó a contestar, a ser desafiante, se despertaba por la noche y a estar en general, molesta. La madre le dio un trabajo como “ayudante de mamá” e incluso le pagó por su ayuda. Después de unas semana, Amy no sólo estaba más contenta, sino que aprendió algunas técnicas de su madre.

8. Mantente abierta a los sentimientos del hermano Al hermano le disgustan tanto sus sentimientos de rabia por su hermano pequeño tanto como a los padres les preocupa sus sentimientos ambivalentes por su bebé. Anima al mayor a expresar tanto los sentimientos positivos como los negativos. Utiliza la empatía, como “Imagino que a veces te gusta el bebé y a veces no”. Ánimale a dibujar sus sentimientos por el bebé. Los niños a menudo se sienten seguros dibujando sus sentimientos. Cuando exprese pensamientos negativos como “odio a este bebé” trata de no decir cosas como “oh, tu no quieres decir eso. Tú amas al bebé”. Álegrate, ya que se siente lo suficientemente seguro para poder expresar esos sentimientos ante ti. Si oye por tu parte que sus sentimientos so nnormales y comprensibles, éstos perderán mucho de su intensividad inicial y podrá abrirse más. Todos necesitamos ser entendidos y aceptados.

9. Qué gano con eso? Esta es la forma en la que los niños piensan. Según la lógica del adulto, los niños deberían estar entusiasmados de tener un amigo viviendo en la misma casa, pero los niños que se encuentran en esta situación están preocupados por lo que ellos pierden. No ven la parte positiva. Ellos han perdido su papel principal, y el bebé es demasiado pequeño para divertirse con él. Mamá, desde que nació el bebé está cansada y no está alegre (la rivalidad entre hermanos llega en un mal momentos para los padres, ya que justo cuando los padres están exaustos adaptándose a un nuevo bebé, tienen que adaptarse tambie´n a los cambios que está sufriendo la personalidad del mayor). Revive “momentos especiales”, especialmente con el padre: salir al parque, ir a una heladería, incluso disfrutando de la compra del pan y la leche. Esos momentos de salir uno a uno con el padre están reservado sólo para el hermano mayor. La atención que el niño ha perdido de la madre, la gana del padre. “Pero nosotros le decimos que le queremos, eso no cuenta?” Sí, pero recuerda que lo que cuenta es cómo perciben los niños el amor de sus padres. Los actos dicen más que las palabras. Utiliza “Teniendo un tiempo”: Tu hijo mayor puede sentarse a tu lado mientras tienes al bebé en brazos (no es necesario bajar al bebé ni interrumpir la creación de los lazos con él). Disfrutad de su presencia a través del contacto cuerpo con cuerpo. Incluso aunque sólo sean 15 minutos al día pueden marcar la diferencia.

10. Protege las necesidades de los dos. “Llegué justo para ver cómo nuestro hijo de 3 años golpeó al bebé con un juguete”, lloraba una madre. Ante hacer daño al bebé, hay que corregir inmediatamente; la seguridad prevalece sobre los temas psicológicos. Pon tu mejor mirada no-vuelvas-a-hacerlo-nunca-más. Pon en marcha todas las paradas: Tiempo muerto para el niño (y también para el juguete). Ten en cuenta sus sentimientos, pero actúa de forma firme. Explica lo frágiles que son los bebés y que aunque comprendas sus sentimientos de rabia, no vas a permitirle que haga daño al bebé. Ayúdale a disculparse, “Acaricia la cabeza del bebé y díle cuánto sientes haberle hecho daño”.

Una vez que el niño ha podido expresar sus sentimientos, puedes dirigirte a ellos directamente, y él sabe que tu entiendes su lucha. Así puedes verbalizar “Es duro ver a mamá dedicando tanto tiempo al bebé”. Entonces enséñale cómo golpear un objeto suave, como una almohada, cuando esté enfadado, porque ella no sentirá dolor. Enséñale cómo ser “amable” con el bebé. Anímale a que le toque de forma suave, modela la caricia diciendo, “bien”. Siente la intimidad del abrazo triangular, padres, hermano mayor y bebé. Asegúrate de que entiende el mensaje de que nunca debe hacerlo de nuevo.

Anima al hermano mayor a que te diga cuándo se siente enfadado. Si es muy pequeño (por debajo de dos), esperar que controle sus impulsos de rabia es esperar demasiado. Esta es otra buena razón para llevar al bebé tanto como sea posible, por un lado el mayor te verá disponible, y por otro tendrás al bebé en un lugar seguro. No dejes a solas al hermano si es agresivo junto al bebé. No pondrá controlarse demasiado tiempo sin tu ayuda.

A veces, los hermanos mayores quieren investigar cómo es el comportamiento del bebé, queriendo tomar biberón el pecho. Dejar que prueben es la mejor forma de manejar su deseo. Peter se destetó de Martha a los 17 meses, y tenía cerca de 3 cuando Hayden nació. Observó muy de cerca cómo Martha daba el pecho el primer día y pidió un poco. Tomo una o dos veces, apenas podía cogerse al pecho, pensó en cómo solucionarlo y pidío dos biberones ,que llevó durante un par de semanas y luego perdió el interés. Martha no le empujó hacia sentimientos tipo “odio a este bebé”.

11. El nuevo bebé tiene ruedas. A menudo los hermanos parecen ajustarse de forma maravillosa al bebé hasta que crece un poco. Un momento típico para que esto suceda es cuando comienzan a gatear. Ahora el mayor seinte que nada está seguro - sus torres son destrozadas, sus mejores juguetes mordidos, sus juegos interrumpidos, etc. La anticipación ayuda. Ten en cuenta que esto empezará a sucecer y explica al mayor por qué el bebé actúa como lo hace (necesidad de explorar, es excitante, es demasiado pequeño para entender) y de esta forma no se lo tomará como un ataque personal. Enseña al mayor cómo desarrollar la paciencia y la habilidad para planear. Puede poner sus juguetes en una mesa fuera del alcance del bebé, y puede construir una torre para el bebé, sabiendo cómo le va a divertir tirarla al suelo. Muestra que el bebé, después de todo, se está convirtiendo en alguien más interesante.

lunes, 26 de noviembre de 2007

Como se puede sentir el hijo mayor


El original

Los tres años de vida de Molly fueron perfectos. Ella era el centro de atención en un triángulo de amor perfecto: mamá, papá y niña. Tenía la atención completa de sus padres para todo, y sabía exactamente que esperar. Nunca tuvo que compartir a sus padres con nadie.

Entonces llegó a su vida un intruso, tratando de ocupar su lugar central ¡Ha nacido una estrella! La gente rodea al joven rival con "oohs" y "ahhhs" y lo colman de regalos. Molly ya no es el miembro más importante de la familia. Cuando intenta obtener atención al mismo tiempo escucha "Ahora no, tengo que atender al bebé". Cuando llega una visita, ella es pasada por alto con un "Oh, que hermoso bebé". La desilusión ante su aparente degradación se transforma en enojo con el pequeño advenedizo ¿quién la ha destronado? y se siente confundida porque todos le dicen que tiene un hermanito tan lindo.

Muchos padres en esta situación tratarán de suavizar las cosas desde la lógica del adulto. Pero antes de hacerlo, deberían considerar como se ve la situación desde los ojos de su hija: "Piensa en el lado positivo, haz ganado un compañero de juegos". (La lógica de la niña: "Tengo compañeros de juegos de sobra ¿Acaso yo pedí uno más? Y éste no puede jugar - todo lo que hace es llorar") "Mamá y papá te aman igual" ("¿Entonces porqué el bebé está siempre en sus brazos y yo no?") "Necesito estar más tiempo con tu hermanita porque los bebés necesitan mucho a su mamá, como tu cuando eras un bebé" ("Yo prefiero ser todavía bebé. Y necesitar a mamá también. Además, yo no recuerdo haber sido un bebé") "Mamá está ocupada, pero tu y papá pueden hacer algo especial" ("¿Porqué necesitan un bebé? ¿Yo no era lo suficientemente buena?") "Tu te vas a acostumbrar a ella, y ella va a ser divertida para jugar" ("Odio a esa bebé. Ella destruyó toda mi alegría. ¿Cuándo vas a devolverla mami?")

Meses después de hacerse esas ilusiones, la realidad la golpea. El bebé no fue devuelto. De hecho, está creciendo, gateando y metiéndose en todas sus preciosas posesiones antiguas. Entonces, la niña se atrinchera para defender su territorio del enemigo, que destruye sus torres de bloques y molesta a sus compañeros de juegos. La hermana mayor dedica el resto de sus años de niñez a competir por el premio familiar: la atención de sus padres.

20 TIPS TO STOP QUIBBLING SIBLINGS AND PROMOTE SIBLING HARMONY

As parents – and referees – of eight children, we have survived personality clashes, ability battles, attention tactics, and multiple mini-battles, only to conclude that sibling rivalry, like nightwaking, is one of the inevitable annoyances of having children. We also learned that the degree of sibling rivalry, and whether or not it has long-term positive or negative consequences, depends on what parents do about it. Yet, out-of-control sibling rivalry should not be considered an unavoidable consequence of having more than one child.

Our first two children, Jimmy and Bobby, were born twenty-six months apart and began the competing roles of the usual close-in-age sibs. As preschoolers they fought over toys; as middle-schoolers they competed over grades; as young teens they vied for friends. When Jim was the first to get married, bridegroom Bob commented, "No fair!" (Bob went on to father the first grandchild – at last he did something first!) Years later these rivaling sibs are now close friends and partners in pediatric practice as Dr. Jim and Dr. Bob (along with their dad, Dr. Bill). Many kids ago we realized that part of discipline is doing what we needed to do to like living with our children. High on our list was both promoting sibling harmony and discouraging sibling rivalry. Here are 20 ways that we learned to help our children be friends with each other before they learned to fight with each other.

1. Make friends before birth. Get your older child acquainted with the new baby before birth. Show her pictures of a baby growing in mommy's belly. Let her pat the baby beneath the bulge, talk to baby, and feel baby kick. Replay the older child's babyhood. Sit down with your child and page through her baby photo album. Show her what she looked like right after birth, coming home from the hospital, nursing, and having her diaper changed. By replaying the older child's baby events, she will be prepared for a replay of her brother or sister.

2. Make the older sibling feel important. Savvy visitors who themselves have survived sibling rivalry will bring along a gift for the older child when visiting the new baby. In case this doesn't happen, keep a few small gifts in reserve for the older sib when friends lavish presents and attention on the new baby. Let her be the one to unwrap the baby gifts and test the rattles. Give your child a job in the family organization. To pull the child out of the "I want to be a baby, too" belief, play up her importance to you, personally and practically. Give her a job title, such as "mommy's helper." Shortly after our fifth child, Erin, was born, we gave our four-year-old, Hayden, the job of "mother's assistant." And, we paid her to help. After a few weeks, Hayden was not only more pleasant to live with, she also picked up some housekeeping skills. One of our children liked the title of "go-fer." As Martha was nursing Stephen, she would ask three-year-old Matthew to "bring the clothes for mama," "please grab those toys," "help hold the diaper…" And she would thank Matthew for his help. When an admirer looks at your new baby and says, "My, what a wonderful baby," quickly add, "Yes, now we have two beautiful children."

3. Time share. What bothers children most is sharing you with the new baby. Since the concept of sharing is foreign to the child under three (as mom is their most important "possession"), it's unlikely that you'll be able to sell the child on the concept of sharing mother. It sounds good to say that you'll give your older child equal amounts of your time, but in practice that's unrealistic and unnecessary. New babies require a lot of maintenance, and you don't have 200 percent of yourself to give. We would wear our infant in a baby sling, which gave us two free hands to play a game with the older one. While feeding baby, we would read a book to the sibling, or just have cuddle time. Spending a lot of time sitting on the floor increases your availability to your toddler while your baby is in-arms or at breast. As baby gets older, place him in an infant seat, or on a blanket, on the floor to watch you play one-on-one with her big brother or sister. This entertains two kids with one parent. As first-time parents, we struggled with how we were going to meet the needs of a newborn and a toddler, only to realize that because our toddler got what he needed as a baby, he could handle frustration. An infant can't.

4. Stay positive. Promoting sibling harmony requires a bit of parental marketing. You may think that your older child should be thrilled to have gained a live-in friend, but children are often preoccupied with what they've lost. They're not so keen on sharing their toys, their room, and most importantly, their parents with someone else. Turn this around to help the normally egocentric child to imagine, "what's in it for me?" Use the term "special time." (You'll get a lot of marketing mileage out of the word "special.") The attention your child apparently has lost from mom, he gains from dad. Arrange a lot of one-on-one outings for your older child, such as time at the park and the ice cream store, so the child realizes that even though he's lost some time with mom, he's gets more special time with dad, grandparents, or other caregivers.

5. Begin the day in harmony. If possible, start most days with "special time" with your toddler. Sometimes starting the day with twenty minutes of intensive care—holding time—with your toddler can ward off angry feelings in the toddler toward the new baby and is a good investment in the rest of the day.

6. Raise sensitive sibs. It's hard to hate and hit a person you care about and who cares about you. I don't believe siblings are born adversaries, certainly not unless parents permit it. You can nurture patterns of life-long friendship among your children by helping them find constructive ways to be sensitive to each other. Learning to live with a sib is a child's first lesson in getting along with other children. Early in our parenting career, we realized that the parent's role in promoting sibling harmony is as a facilitator, one who doesn't do things directly for the children, but rather sets conditions that foster a compatible relationship between them. Your job is not to control how siblings relate, but rather to shape these relationships. Here are the sibling relationships we tried to facilitate:

  • Sib in charge. If your children are several years apart, give the older child some supervised responsibility for the younger one. This will motivate the older brother or sister to care, and the younger sib will sense this. Even a toddler can gently hold and pat the tiny baby under supervision.
  • Sib as comforter. When one child was hurt, we would ask one of our other children to help attend to the injury. We would give our assistant a job title: "Dr. Erin, you hold Matthew's leg while I wrap it" or "Please put the bandage on Lauren's cut." The "doctor" would most likely muster up compassion for the "patient." It's hard to hate the hand that comforts you.
  • Sib as minister. In our family, if one child was either physically or emotionally hurt, the others were encouraged to offer comfort to ease the pain. We called this practice "laying on of hands." The sib under pressure (whether it be an upcoming test, or an emotional or physical hurt) would sit in the middle of the group while the rest of us would place a hand on him and pray for his comfort in a calming way. When our seventh child, Stephen, was born, we saw very little sibling rivalry between the rest of the children. Because Stephen was born with Down Syndrome, our children soon learned – because they were taught – that Stephen had special needs and he needed a special kind of brotherly and sisterly love.
  • Sib as teacher. Encourage your child to teach a skill he is proficient at to his sibling. For example, we got our son Matthew, an avid baseball player, to show his brother Stephen how to hit and catch a ball. And now, years later, Stephen can play ball well with typical boys his age.
  • Sibs as co-workers. Assign children tasks that require cooperation and motivate them to work together: "Matthew, would you and Erin please clean up the garage? If you two hurry, we can finish soon enough to catch an afternoon movie!" If the siblings are born with clashing personalities, the adult monitor should keep a "bossy-submissive" relationship from developing.
  • Sibs as co-sleepers. Parents in our practice have told us that children who sleep together at night usually play more peacefully together during the day. That has also been our experience.
  • Sib as entertainer. If you have a born clown, capitalize on that asset and encourage the clown to entertain the other sibling, such as the older child humoring the toddler while you get something done.

7. Set limits. Sometimes you're too tired to play amateur psychologist and you just want to click into your police mode. Do it and don't worry about permanently damaging your child's psyche. Give clear messages about how you expect your kids to behave toward one another before arguments become a way of life. Offer calm verbal reminders: "That's a put-down," as one sib belittles the other. Or, issue a look that says "don't even think about it!" Head off fights at the first squabble, before they get out of hand. Be watchful for aggressor- victim roles. Your job is to protect your children, even from one another. How siblings behave toward one another is their first social lesson in how to behave in a group. In our family, we have set certain "maximum allowable limits", which are behaviors that we insist upon to like living with our children, and the children are taught to respect these. When bickering and toy squabbles have reached intolerable decibels, Martha simply announces, "That's disturbing my peace." The children have learned – because they have been taught – that this means the limits have been reached and more socially-acceptable behavior must follow.

8. Hold family meetings. Hayden was the first girl in our family after three boys. Even though we thought the teasing was good-natured, Hayden didn't always see it that way. One day when she was five, she told us, "No one in this family loves me." We held a family meeting to prick a few consciences. The boys and Hayden thereafter became better friends.

9. Humor is the best medicine. Our five-year-old, Peter, holding some strands of hair in his hands, came running to the kitchen complaining about his two-year-old sister: "Hayden pulled a bunch of my hair out." Catching Peter by surprise, Martha suggested, "Why don't you take your hair to school for show and tell." Peter thought this was such a funny idea that he forgot about the hair-puller. One day when Jim and Bob's toy squabbles exceeded our family's tolerable limits, I told them, "If you two want to fight like animals, I'll build cages for you in the backyard. I'll call one of you a cat and one of you a dog. I'll put out a little cat food for one and dog food for the other…" Veteran pet owners have long learned that even cats and dogs can be taught to live harmoniously together if the owner sets house rules and sets up the relationship as friends. Humor disarms and catches children by surprise, so that they can see how insensitive their actions are toward one another.

Humor the child into reality. "I want to be a baby, too" said four-year-old Trisha. "All right," her mother played along "You can be a baby today. What would you like to do?" "I'd like to have a bottle." She gave her a bottle of formula. "Yuck, this tastes awful!" "What would you like to play?" "I would like to ride my tricycle." "Babies can't ride tricycles." "Can I have a peanut butter and jelly sandwich?" "Babies can't eat peanut butter and jelly sandwiches. They only eat baby food." Trisha decided that she didn't want to be a baby after all, announcing: "I think I'll just go outside and ride my tricycle."

10. Foster a team spirit. We often took our children with us on family trips. They soon learned that with privileges come responsibilities, so they learned how to act in a group. The home and family is the first social relationship that kids learn. They learned how people treat people and that everyone in that group has individual rights. They developed a group sensitivity, which is an important tool for life. In fact, disciplining siblings is really giving them the tools to succeed in life. One time we took our eight children (and two grandchildren and their mothers!) with us when we chartered a sailboat in the Caribbean. In this situation, the children had to get along and work together (for safety and for sanity).

11. Promote empathy. Disciplining siblings is giving them the tools to succeed in life, and one of the most important tools that has life-long social implications is the quality of empathy. This is another way of stating the Golden Rule – "Do unto others as you would have them do unto you." Help your children learn how to get behind the eyes of another person and think first how their behavior is going to affect that other person. We want our children to think through what they're about to do. A lack of empathy is the hallmark of sociopathic relationships between adult siblings.

12. Promote gender sensitivity. We encountered this sibling challenge after Hayden, our first girl, came along after three boys. The family soon became Bob, Jim, and Pete versus Hayden. Throw different personalities and different genders together in an already busy family and you have a sibling melting pot that overflows unless parents constantly monitor the heat. Our boys went into a zero-girl-tolerance stage. Hayden, the queen of theatrics (a drama major in college), got tougher as she went through her boy-battling stage. We had to be vigilant, since we realized that Hayden's first view of males (other than Dad) was her relationship with her brothers – and visa versa. We didn't want the boys to learn that being younger and being a girl equated with being less. Years later as we watched senior class president, Hayden, command the attention of her male colleagues in student body leadership, we wondered how much of our teaching Hayden how to command the respect of her brothers influenced this same relationship with her male peers. (For inspiration see A Daughter's Letter to her Father)

13. Ignore smallies; address biggies. For smallies, such as toy squabbles, teach children to handle it themselves. Simply state the consequences and what you expect, "I'll be back in one minute. If you kids haven't learned how to share the toy or work it out, the toy goes in the garage." You can either time-out the toy or time-out the kids. You're giving them two messages: you expect them to be able to work it out themselves, but you're giving them the unequivocal consequences that if they don't, you will. Children expect parental guidance, as if wanting adults to protect them from being like, well, kids. Biggies are put-downs, or one child victimizing the other. In these situations, children need you to monitor put-downs. If you don't, you're not doing your job. By remaining silent, the victim concludes you're siding with the victimizer. Some sibling squabbles seem to be a right of passage. Children practice on each other, especially when they're bored. They feel, "We need some action here. Let's stir things up." This can lead to the older child goading the younger one, though oftentimes the younger sib becomes the pest and instigator, as if child number two has to try just a little harder.

14. Children do not have to be treated equally. While children are created equally, it's impossible to treat them that way all the time. It took us several children to discover this fact of large family life. In their desire to prevent sibling squabbles, parents strive to do everything the same way for all their children, whether it's buying pajamas or selecting a college. Children aren't the same; you don't need to behave as if they were. Make moment-by-moment decisions and don't worry about the long-term consequences if you give one child more strokes than the other one day. Shoot for a balanced week, not a balanced day. "Why did Hayden get a new pair of shoes and I didn't?" quibbled Erin. "Because hers were worn out and you got a new pair of shoes last month." Yet, we didn't let Hayden flaunt her prize in front of Erin. Children want to be treated individually, not equally.

Yet, children have an innate sense of fairness, or what they perceive as being fair. Some children are born scorekeepers. If you try to join the game, it will drive you nuts. One evening at dinner two of our score- keeping children counted the number of peas they had been served to be sure they got an equal number. After that, we let them serve themselves. If they wanted to go through this ridiculous exercise, that was their choice, but we weren't going to join in this draining game. If a treat needs to be divided, we let one child divide the treat, while the other one gets first choice. As much as you can, try to divide chores equally among children according to their ages and capabilities, yet don't beat yourself up trying to be 100 percent fair. You can't be.

Remember, you are preparing your children for life, and life does not treat people fairly and equally. "Daddy, why do I have to go to bed at 9:00 o'clock when Erin gets to stay up until 10 o'clock?" "Because you need more sleep." Children don't seem to grumble when they sense the fairness of your decisions. Explain that children get different privileges and more responsibilities as they get older. They can look forward to growing up. Sometimes group therapy solves the equal-time drama. If we gave every child in our family equal time for a story at bedtime, we'd be reading all night. The older ones soon learn that the younger ones need more nighttime parenting to get them to sleep. If they want the same, they join the family bedtime story. Oftentimes, we would have several kids around the bed to join in the three-year-old's story.

15. Every child is a favorite. It's unrealistic for parents to claim they never play favorites. Some parents' and some childrens' personalities clash; others mesh. Some children bring out the best in their parents; others push the wrong buttons. The key is to not let your children perceive this as favoritism. Better yet, make them all feel special. If your child asks you a question, "Who do you love more – me or Matthew?" give the politically correct answer – "I love you both in special ways." Give the comparison that love is like sunshine – sharing the sun doesn't mean you get less, and our love shines on our children like sunshine. Mention special qualities: "You are my firstborn, and no one else can be my firstborn child" (or second, or first daughter, etc.). Don't fall into the "who's best" trap. Children don't expect you to say who's better, they are only fishing for reassurance about how you feel about them.

16. Minimize comparisons. This is also the basis for feelings of inferiority, which encourages undesirable behavior among siblings. Praise your child for accomplishments in relation to herself and not in comparison to a sibling. Each child can feel she is special in the eyes of her parents. Children are constantly being compared. Most of their life they will be rated on their performance: grades in school, the batting order on the baseball team, races and games among themselves. The home is the only organization left that values a child for himself and not in comparison with others. So, avoid comments like, "Why can't you make good grades like your brother?"

17. Referee quarrels. When to step in as a referee and when to remain a bystander is a round-by-round judgment call. Sometimes letting children be children or giving them reminders is all that is necessary. Martha's immediate fight-stopper is "You're disturbing my peace." This works because we have already planted the idea that in crowds (our family qualifies as a crowd) one respects the peace of others. If children are in danger of hurting someone or damaging property, stop the fight. Siblings who are allowed to fight as kids are more likely to fight as adults. Above all, stop sibling abuse – either physical or emotional.

18. When in doubt, intervene. You may hear, "Oh, they'll just grow out of it!" Both experience and research has shown that without parental guidance, siblings with bad relationships are likely to grow into adults with bad relationships. The more they are allowed to fight as kids, the more likely they are to fight as adults. Being complacent and concluding that the childhood relationship will naturally grow from sour to sweet is being naïve. It doesn't. The relationship is likely to get more sour when children grow up being deprived of the brotherly and sisterly love that is the birthright of being a brother or sister.

19. Listen to both sides. Children will be both buddies and battlers. We not only need to protect growing bodies from physical abuse, which siblings usually grow out of with few or no lasting scars, but more importantly we need to protect their absorbing minds against emotional abuse —which is more likely to have life-long consequences. Sibling abuse is not to be tolerated. If danger is apparent, remember safety first and psychology second. First, separate the fighters; then instead of being drawn into the shouting match, calm everyone down and put on your home psychology hat on top of your authority hat.

Also, if you sense one child is victimizing another, call a halt. Verbal abuse qualifies as fighting. Be particularly vigilant to prevent emotional scars, which take longer to heal than the physical ones. Show them alternatives ways of handling differences, a valuable lesson for life. Listen to both sides, "He hit me," "No, he hit me first!" "I hate you!" "I hate you more!" Give your children time and space to vent their anger and frustration before beginning your "therapy."

Kids are so caught up in their own emotions that they don't hear what you're saying. Show you understand both children's viewpoints and help them hear each other by echoing their feelings, "Bob, you feel like Jim wronged you, and Jim, you feel that Bob is being unfair… This sounds like something both of you can work out. You're big boys, and I expect you to come out of this bedroom as friends." At the height of sibling bickering, our children would occasionally remark that we had too many kids. We silenced their complaints with: "Which one of you shouldn't we have had?"

20. Siblings are forever. As parents of many children we wear many hats – teacher, referee, coach, psychologist, and field-general. Yet, we wear our communications hat to help our children be life-long friends. Sometime during middle childhood (ages 6 through 10), impress upon your children what "brother" or "sister" really means. Children sense that "blood is thicker than water." Brothers and sisters are a sort of live-in support system. Here's the message we give our children: "Your brothers and sisters will ultimately be your best friends. Once your other friends have moved or drifted away, your family friends will always be there when you need them. Friends come and go; siblings are forever."