Mostrando entradas con la etiqueta Dos años. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Dos años. Mostrar todas las entradas

martes, 5 de agosto de 2008

Porque con tres años son mas faciles de educar


Cuando tuve a mi hija, una de las etapas, junto con la adolescencia, que más inseguridad me generaba eran los dos años (rabietas, etc.), supongo que por eso busqué tanta información (aún hoy ando traduciendo, a ratitos un artículo que me gustó mucho). Fue pasando el tiempo y los dos años han sido una balsa de aceite. Pero claro, me llegaron voces de que muchos niños retrasaban esa fase a los tres. No sé si será cierto o no, ya veremos, pero de momento no me siento insegura respecto a este tema. Ya iremos descubriendo qué nos trae este año. Este artículo es de Williams Sears, traducido por Sole y recopilado por Juanma en dormir sin llorar

La imagen es de Patricia Metola

-------------------------------------------------------------------------------------------

Con tres años es mas facil al convivencia. Con tres años tienen las habilidades lingüísticas que permiten la comunicación real en dos direcciones. permiten las conversaciones. El niño de tres años es una persona mas establecida, habiendo empleado el ultimo año en perfeccionar sus habilidades verbales. Usted puede llevarse a su hijo de 3 años de compras, y disfrutar con ello.

1.12.1 Interiorizar
“le he pedido a mi hijo de 18 meses una y otra vez que no le tire del rabo al gato” Le suena familiar? Las madres se encuentran a si mismas diciendo la misma cosa una y otra vez a los niños mas pequeños., y es como si no lo hubieran escuchado nunca. Muchas ordenes no llegan a calar hondo, y no es porque el niño sea desafiante, sino porque muchos niños menores de 3 años no tienen la habilidad cognitiva para recordar y reflejar instrucciones previas. Usted debe repetirse a si misma: así es como aprenden a esta edad. Un dia usted se dará cuenta de que no ha advertido a su hijo que no debe tirar del rabo del gato durante una semana. Entre los 2 y los 3 años un niño empieza a interiorizar lo que usted le dice. Presta mas atención a las ordenes y las guarda en su memoria como parte de su sistema operativo. Cuando usted le dice “no cruces la calle” a un niño de 18 meses, puede actuar como si fuera la primera vez que lo oye. Cuando usted le dice lo mismo a un niño de 3 años, su reacción parecerá reflejar: “ah, si, ya recuerdo”. Esta habilidad para hacer que las normas formen parte de si mismo (auto disciplina) hace la educación mas sencilla.

1.12.2 Compartiendo emociones
El niño de 3 años es menos egocéntrico y se da cuenta de que hay otras personas en el mundo tan importantes como el. Este sentimiento de compañerismo puede funcionar como ventaja o desventaja de los cuidadores en la educación. Mientras que un niño de 2 años nota las emociones de sus padres, el niño de tres años se ve implicado en ellas. Un comentario del diario de nuestro hijo Mathew cuando tenia 3 años: Marthe (su madre) le pidió que recogiera sus bloques de madera como aparte de nuestro rato diario de “hora de que los niños recojan”. Matt remoloneaba e iba dejando que su hermana mayor hiciera todo el trabajo. Martha le dijo que se estaba poniendo muy triste porque el no obedecía, pero se dio cuenta de que Matt necesitaba tiempo para reconsiderar su posición. Ella se alejó por unos minutos y en ese momento Mathew comenzó a realizar su trabajo. Mientras recogía sus bloques, preguntó: “aun me quieres?” Martha se lo aseguró: “incluso cuando lloras y gritas y desobedeces, te quiero” Matt continuó “te gusto?” Martha contestó: “si, tu me gustas, pero no me gusta cuando no escuchas ni ayudas. Me gusta cuando tomas las decisiones adecuadas”. Cuando finalizó el trabajo, Mathew se dirigió a Martha, la abrazó y le pidió disculpas. Martha sonrió y se disculpó a su vez por haberle gritado. Unos minutos mas tarde, Mathew preguntó “¿estas contento conmigo mamá?”. Esta es la profundidad de intercambio emocional que usted puede esperar entre los 3 y 4 años de dad. Realmente desean hacerla feliz. Usted encontrará mucho más fácil vivir con niños si les da ocasiones para agradar.

Un niño de 3 años se puede encontrar mas satisfecho consigo mismo. A los tres años comienzan a recompensarse a si mismos. Por ejemplo, una noche nuestro hijo Mathew anunció: “he encendido el árbol de navidad yo solo”, reconocimos su triunfo, y el exclamó “estoy tan satisfecho de mi mismo”.

1.12.3 Normas en casa
Los tres años son a menudo descritos como “el sueño absoluto de una madre”, principalmente porque los niños de tres años son mas obedientes. Los noes de los 2 años se vuelven sies a los 3. “de acuerdo mamá”, se vuelve mas rápido y mas colaborador. Mientras que siguen apareciendo discrepancias, usted podrá ahora respirar con mas facilidad, sabiendo que es mas fácil que se encuentre un niño de 3 años colaborador que uno niño de 2 años negado a todo. Mientras que un niño de 2 años piensa que nadie puede tener una agenda tan importante como la suya, los de 3 años consideran las necesidades ajenas. Espere de ellos que acudan a su llamada, que dejen los juguetes cuando deben (casi siempre) y en general, querrá agradarle. Pero estos cambios no aparecen del día a la noche.

El niño de 3 años comprende las normas de la casa y las consecuencias de romperlas. Comienza a interiorizar también los valores de los padres. Usted puede ampliar gradualmente las explicaciones sobre lo que usted espera de ellos, de acuerdo con la madurez mental del niño. Los niños de dos años actúan asociando actos y consecuencias (por ejemplo: si pego, mi mamá me baja de sus brazos), mientras que un niño de tres años puede entender porque no debe utilizar su triciclo en la calle: comienzan a pensar antes de actuar (aunque no debemos fiarnos de esto). Aunque son capaces de predecir las consecuencias de sus actos, aun no tienen habilidad para decidir se la acción es correcta o incorrecta, solo encuentran en su cerebro la norma que usted les ha dado. A esta edad la educación aun consiste en crear en los niños una serie de condicionamientos para que actúen de una determinada manera, pero aun no es posible enseñarles a hacer juicios morales. (el concepto de bien y mal no aparece hasta los 6 años). Algunas técnicas educativas que son marginales para niños de 2 años, funcionan muy bien con los de 3. Un niño de 3 años fuera de control, puede entender el “tiempo fuera” si no se plantea como un castigo, sino como un tiempo para retomar el control sobre si mismo. Los padres se preguntan cuanto comprende su hijo. Como regla informal para todas las edades, haga una estimación de cuanto cree usted que comprende, y multiplíquelo por dos

1.12.4 Opciones, opciones, opciones
A lo s niños de 3 años les encantan las opciones. Compartir con ellos el proceso de selección les hace sentirse importantes y les hace mas propensos a colaborar.. Comparta con el niño de tres años sus procesos de selección: “¿Qué vestido se pondrá hoy mamá? ¿el rojo o el azul?”. Los niños con personalidades persistentes necesitan opciones (esté seguro de que le gustan todas las alternativas). La mayor parte de los niños se sienten mejor con dos opciones: mas puede sobrepasarles. No sienta que debe usted ser psicológicamente correcta todo el tiempo. En algunas situaciones seguirá siendo necesario seguir estando al mando y dar algunas ordenes directas.

1.12.5 Imaginación vivida
La habilidad de vivir en un mundo imaginario, ayuda a los niños a aprender sobre el mundo real. Hacen juegos de rol permanentemente: juegan a ser animales, mamá y papá, medico y paciente, conductores de camión, profesores, princesas…..comparta con ellos su juego imaginativo (¿Quién vendrá a tu fiesta?). El juego imaginativo de los niños es una ventana excelente a lo que sucede en su cabeza.

Se puede utilizar la imaginación de los niños para obtener su colaboración. La madre de un niño de tres años le enseñó de la siguiente manera a cepillar los dientes: “brandon, en tu cepillo de dientes hay una imagen de Barney, (y haciendo la voz de Barney, o cualquiera que sea el personaje que hay en su cepillo) “hey, Brandon, ¿hay algo de suciedad en tus dientes?, déjame mirar.” Esto hizo que Brandon abriera su boca inmediatamente, para permitir a Barney mirar y retirar la suciedad de los dientes. Después la madre habló con Brandon sobre la necesidad de limpiarse los dientes para no dejar que se acumule la basura en ella..Desde entonces el cepillado de los dientes se ha vuelto mucho más fácil, ya que su madre ayudó a Brandon a cooperar.

La mente de un preescolar es rica en fantasía. Para los niños de tres años Epi y Blas son reales. No desperdician energía intentando separar realidad de ficción: tan solo disfrutan de ello. Los padres pueden sentir la urgente necesidad de purgar la frágil mente de sus hijos de estas cosas irreales: resista este impulso. Haga un balance. Deje que el niño desfrute sus fantasías. A medida que sus procesos mentales se van haciendo mas sofisticados, irá aceptando que estos caracteres de ficción son irreales. Usted no tiene que manipular su entorno para mantener la ficción, de la forma que algunos padres hacen para que su hijo continué creyendo en santa claus o el conejo de pascua. Disfrute de estos juegos como lo que son: irreales. Santa Calus es una figura amable, no de castigo. Y todo el mundo disfruta con la fantasía, incluso para los adultos puede resultar terapéutica.. Utilice el comportamiento de su hijo como barómetro para saber si estas experiencias le resultan beneficiosas o perjudiciales. La misma mente imaginativa que crea fantasías también crea miedos. Nosotros siempre nos hemos asegurado de que nuestros hijos supieran que los regalos en navidad los traen papá y mamá. No estamos de acuerdo con decirles a los niños cosas como que “santa claus está observándote para ver si eres bueno”. Sea muy cuidadoso con los dibujos animados.

sábado, 26 de enero de 2008

Tomarse con calma las rabietas



Este artículo lo puse hace tiempo en catalán. Es de Miquel Àngel Alabart y fue publicado en la revista Viure en família. Es una traducción mía, de estar por casa, pero así comienzo a quitarme la pereza.
La imagen, extraida del blog de Tipika


----------------------------------------------------------------------------

Que lo que pedimos y los que se nos da no siempre coincide es algo que la vida se encargará de recordarnos todos los años que ésta dure. Pero algo que de lo que empezamos a ser conscientes desde bien pequeños.

Un niño, hacia el año y medio de vida, es decir, cuando empieza a formarse una cierta idea de sí mismo, comienza a poner a prueba los límites de su yo (formado básicamente por deseos) y el resto del mundo. Esto, lógicamente, choca a menudo con ese resto del mundo, que en un principio está compuesto, en este orden o no, de madres, padres, hermanos, otros niños y niñas, arena del parque, columpios, gominolas y otros objetos de deseo que no siempre aceptan ser deseados. “Quiero esto que depende de ti, pero tú no me lo das”. Y así, la intrépida criatura descubre la frustración. La combinación de frustración, hormonas, nervios, entorno y otros factores hace que , en determinados momentos esta frustración estalle en forma de rabieta.

No creemos necesario describir al detalle qué es una rabieta. Podemos resumir diciendo que se trata una explosión nerviosa con abundantes sacudidas y otros movimientos más o menos violentos, gritos y, en determinado nivel y según el carácter, golpes de cabeza a alguien, insultos y quizás lanzamientos más o menos afortunados de objetos. Y que todo esto es especialmente frecuente entre los 18 meses y los 4 años, más o menos. Y que acostumbra a venir a continuación de una demanda por parte de la criatura que sus adultos de referencia no quieren o no pueden satisfacer.

Digámoslo de entrada: estas reacciones airadas ante la frustración (a veces una frustración tan pequeña que más bien parece una excusa para reaccionar) es lo más normal del mundo, y podemos ver incluso personas de 30 años haciendo cosas parecidas. La diferencia está en la frecuencia y, en principio el contenido del berrinche (se supone que la mayor parte de gente adulta sabe controlar lo que hace cuando está enfadada..). Por decirlo de una forma algo técnica, la rabieta es una conducta que acostumbran a tener los niños pequeños y que se da como reacción ante un estado emocional de rabia o frustración.

El estrés no ayuda.

¿Pero qué hace que estos sentimientos afecten tanto, en un momento dado, a los niños, sobre todo en estas edades? Todo depende, como siempre de si las necesidades básicas están cubiertas o no. No es lo mismo frustrar una necesidad real que frustrar un deseo imposible o no recomendable de satisfacer. Y además, es fácil que la demanda que se expresa (“yo quería la chaqueta amarilla”) sea la forma que toma otra demanda (“necesito salir a tomar el aire”). Seguramente, si intentamos estar conectados con nuestros hijos, sabremos comprender, ante una rabieta, qué le debe estar pasando, qué necesita realmente. En todo caso, tener las necesidades satisfechas ayuda a prevenir las rabietas. Sencillamente el pequeño estará menos estresado.

Así pues, de entrada, si creemos que nuestra criatura tiene demasiadas rabietas, quizás tendríamos que mirar primero si podemos reducir los factores de estrés en nuestras vidas. De todas formas, las rabietas no desaparecerán sólo por eso. Éstas también tienen la función de descargar la tensión que provoca la frustración ante situaciones cotidianas insatisfactorias. Como decíamos, hay todo un aprendizaje sobre cómo la realidad no siempre se corresponde con nuestros deseos y hay que pasar por esta fase para poder crecer. Lo único que podemos hacer, en todo caso, es acompañar a nuestros hijos en ese camino.

Acompañar

Que la rabieta sea algo normal, no quiere decir que a nosotros nos cueste aceptarla. Los padres también estamos bastante estresados, y además, tenemos tendencia a pensar que los niños razonan de la misma forma que nosotros, aunque no tengan más de 4 años. Creemos que tendrían que entender que hay cosas que, sencillamente, no pueden ser. Pero como hemos visto, no es así. Cuando un niño de 3 años está gritando y protestando porque no le hemos comprado aquella golosina tan deseada ( o peor aún, porque no nos parece adecuado que se quiera llevar 10 paquetes de galletas del súper, o que se quiera quedar dentro del metro cuando tenemos que bajar…), no espera un argumento, ni tampoco quiere calmarse: eso es lo que queremos nosotros!! Pero como no se calma, ni con explicaciones ni con nada, lo más probable es que hagamos lo imposible, desde amenazar a ceder, para que pare el “numerito” (que acostumbra a suceder en medio de la calle, del autobús, de una tienda), con lo que seguramente aún tensaremos más la situación y no ayudaremos demasiado a que se destensen.

El resultado es que el niño comprueba atónito que su berrinche, en principio, espontáneo y casi sólo una reacción física, puede tener algún efecto, ya sea porque provoca atención y emoción en el adulto, ya sea porque consigue lo que pedía. Así que muchas criaturas aprenden a esta edad que en un momento dado una buena rabieta puede tener efectos interesantes.

Antes de llegar a este lío, creemos que vale la pena volver atrás y ver qué le pasa al niño. Éste hace demandas, a veces no realizables, y a veces no sabrá que no lo son y a veces sí lo sabrá (como aquella niña que se quería quedar a dormir en la calle). Dependiendo de su estado de ánimo, acumulación de frustraciones y estrés y de las necesidades del momento (sueño, hambre, atención… incluso la necesidad de llorar y gritar), es posible que de golpe estalle una sonora rabieta. ¿Qué necesita? Antes que nada, necesita saber que toda esa mezcla de emociones es válida, que no lo censuramos, que lo acompañamos.

Cuando hablamos de acompañar nos referimos a mostrarle que le queremos, que estamos allí, respetando su proceso, sin intervenir, pero sin abandonarle. Esto se puede hacer quedándonos a su lado, observando con tranquilidad su comportamiento, y quizás describiéndolo (“estás gritando mucho, parece que tienes ganas de pegarme…” ). También podemos probar a poner nombre a sus sentimientos, describiendo lo que ha pasado (“querías el caramelo y mamá no te lo ha comprado, no? Y te has enfadado mucho”) o incluso intentando adivinar más allá (“debes de estar muy cansada” o bien “me parece que tienes ganas de que esté contigo”). En el primer momento, seguramente no querrá contacto físico, pero estemos atentos para cuando éste sea posible, ya que un abrazo le hará saber que le seguimos queriendo, y además servirá de contención.

Mantener la calma

Hay que decir que buena parte de las rabietas tienen lugar en el “peor momento”. ¿Por qué? Pues seguramente porque también es el peor momento para el niño. Si tú estás estresado, tu hijo también, y la rabieta tiene muchos puntos para aparecer, incluso por las razones menos previsibles. Además, es posible que nuestro estrés hace que estemos desatendiendo sus necesidades, y tarde o temprano, nos lo hará saber. Todo esto puede explicar también por qué nos cuesta afrontar su rabieta:¡ porque es justo lo que menos estamos dispuestos a hacer en ese preciso momento!

Pero también hay otra razón por la que no soportamos las rabietas: la presión social. Una criatura teniendo una rabieta en medio del metro llama, ciertamente, la atención. No todos los padres y madres estamos dispuestos a soportar cien miradas que a nuestros ojos pueden estar diciendo desde “qué poca autoridad tiene esta madre” o “seguro que tiene hambre y este padre no se da cuenta” hasta “que lo haga callar como sea”. Claro que, en realidad, lo que pasa es que nos enfrentamos a las contradicciones entre nuestro instinto y lo que nos han inculcado desde pequeños sobre el lloro, la buena educación, las emociones, la autoridad… Hay que entender, no obstante, que ante su sobredosis de adrenalina y de otras hormonas, lo que el niño espera encontrar es, sobre todo, seguridad, contención y amor incondicional. Por tanto, intentemos mantener la serendidad y pensar que, si no hemos acostumbrado a los niños a reacciones extremas, la rabieta es tan espontánea como el hambre: de entrada no nos están intentado manipular, simplemente se expresan. Ante la elección de “los espectadores” de la rabieta, que “exigen” una respuesta, o tu hijo, que necesita otra ¿con quién te quedas?

Entender todo esto nos puede ayudar a estar más enteros ante las rabietas de los niños, ayudarles y una vez pasada la rabieta, mostrarles otra forma de canalizar las emociones. Podemos enseñarles formas de hacerlo, como por ejemplo que tu hija diga “esto muy enfadada contigo” en vez de darte un golpe, o sencillamente poner nombre a la verdadera necesidad del momento: “me parece que tienes mucho sueño”. Y también explicarles, si es posible, como ante una frustración puede haber elementos “de esperanza”: “ahora no compraremos las golosinas porque ya has comido un caramelo antes, pero recuerda que para cenar haremos macedonia”. Claro que no es la golosina que él quería, pero así es la vida: a veces no es como la esperábamos, pero puede ser igualmente sorprendente y al final quizás acabemos riendo. Si de vez en cuando nos lo recordamos a nosotros mismos y lo transmitimos a nuestros hijos “por contagio”, no deja de ser una sana lección de vida… que se acaba aprendiendo después de muchos berrinches.

El estrés y las rabietas

El estrés infantil es uno de los factores principales que se asocian a la frecuencia e intensidad de las rabietas, ya que precisamente éstas son descargas de energía y toxinas acumuladas. Cuando decimos estrés hablamos de todo aquello que obliga al niño a hacer un sobre esfuerzo para adaptarse a situaciones que no corresponden con sus necesidades.

Evidentemente, son estresantes las prisas, los horarios largos y apretados de escuelas y padres, el abuso de desplazamientos o la falta de tiempo para el juego libre, pero también cosas menos evidentes como el exceso de televisión, los espacios poco adecuados, problemas familiares, cambio frecuente de personas de referencia, ausencia de los padres… es decir, que si a tu hija o hijo está algo estresado… ¡bienvenida la rabieta! ¡Quizás es la mejor manera de desintoxicarse de tanta tensión!


Puntos importantes:


- La combinación de frustración, hormonas, nervios, entorno… hace que en determinados momentos, esta frustración estalle en forma de rabieta, más frecuentemente entre los 18 meses y los 4 años.

- Una rabieta es una explosión nerviosa con abundantes sacudidas y otros movimientos violentos, gritos y en ocasiones cabezazos a alguien, insultos y quizás lanzamientos de objetos.

- Tener las necesidades satisfechas ayuda a prevenir las rabietas, porque la niña o el niño estarán menos estresados.

- El niño necesita sentir que esa mezcla de emociones es válida, que no le censuramos, que le acompañamos.


Algunas pistas ante las rabietas

Plantéate si su demanda es completamente irrealizable. A veces, ahorrarse un conflicto vale la pena, no hace falta ponerse tan tozudos como ellos! Si estás seguro de que no puedes ceder, estas son algunas cosas que puedes probar:

- Intenta mantener la calma. Es mucho mejor para los dos. (Hemos dicho “intenta”, nadie es perfecto)

- Intentar observar al niño poniéndote a su altura sin decirle nada y esperar con paciencia que se le pase (ídem).

- Evidentemente, evitar el daño físico que se pueda hacer o pueda hacer a los demás, si crees que puede ser importante.

- Cuando comience a calmarse, decirle en voz baja palabras que le hagan darse cuenta de que le entiendes (“estás muy enfadado”, “querías tal cosa”…)

- Cuando se deje, darle un abrazo: lo necesitáis los dos.

- Proponerle una alternativa: después de la catasis, ¡necesita aferrarse a algún éxito!

- Si no puedes hacer nada de lo que hemos dicho, pensar: “no pasa nada, no seré el primer padre que pierde los estribos ante una rabieta” y probar suerte la próxima vez.

- Y recuerda: a más estrés, más frecuentes y surrealistas son las rabietas. Trata de reducirlo. Y si vivís en un balneario…bien, en educación no hay reglas exactas.

Si tiene muchas rabietas, tendrás que escoger en qué cosas cederás y en cuáles no. Ser siempre inflexible puede acabar creando una relación demasiado conflictiva. Si aún así tiene muchas, o ya no tiene edad para tener tantas, quizás vale la pena consultar a un profesional.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cry for Connection: A Fresh Approach to Tantrums

Cry for Connection: A Fresh Approach to Tantrums
By Patty WipflerIssue 115 - November/December 2002
http://www.mothering.com/articles/growing_child/toddlers/tantrums.html

The man at my parenting talk is exasperated by his two-year-old son's behavior.

"First, he wants a glass of milk," he tells me. "I pour the glass and hand it to him, and he gets upset and says he doesn't want it. So I say, 'Okay, then, I'll drink the milk.' I'm trying to show him I'm flexible. But he fusses and says, 'No, don't drink it, I want it!' I offer it to him again, and he swats it away! What in the world is going on?" He adds that these episodes are increasing. What could end this cycle of contradictory wants that is spiraling out of control? What is he doing wrong? What does his son need?

This child was teetering on the edge of a tantrum, a very uncomfortable place for him and for his parents. Every child I know has moments when nothing he asks for actually helps, and when every attempt to fill his needs seems to make things worse. I offered the father a fresh perspective on tantrums that makes parenting young children much simpler, if not easier. The headline is that you can safely and serenely allow your child to have the tantrum he is heading toward. That tantrum is necessary. It's healthy, and it's healing. All you need to add is your warm attention. The tantrum you permit him to have clears a jam in his mental and emotional system so he can think well again.

Let's look at this approach in more general terms. Most of us evaluate our parenting in a very straightforward way. When our children are happy, cooperative, loving, and polite, we take pride in them and in ourselves as parents. When our children are unhappy or unreasonable, we figure that something has gone wrong, and we tend to blame ourselves or them. In short, we've been trained to think of children's upsets as "bad."

When an upset arises, we want to put an end to it as quickly as possible. Some parents try distraction or reasoning; others use intimidation and force. Whatever our methods, conventional wisdom has it that it's our job to end the upset. We require our children to tuck their upsets away and be "good" again. We don't want them to grow up to be uncivilized, and we don't want to feel or look like "bad" parents with "bad" children.

But what if, contrary to what we've grown up believing, tantrums and other expressions of feelings are actually useful? What if a tantrum is like an emotional sneeze--a natural reaction meant to clear out foreign material? Perhaps the usual struggle of parent versus child at emotional moments doesn't have to take place. Perhaps we can throw away the mental chalkboard on which every meltdown is a mark against our children or ourselves.

There are four pivotal perceptions that can help us see tantrums in a new light.

Children enjoy being easy-going, loving, cooperative, and eager to learn. Children are built to take in lots of good experiences, and to operate with joy and enthusiasm.

Children's good nature can be obscured by bad feelings. When they are sad, frightened, bored, frustrated, or embarrassed, or when they feel alone or unappreciated, their good nature becomes encrusted with bad feelings. This emotional tension pulls their behavior off track, away from trust, cooperation, and enthusiasm. When they are loaded with bad feelings, children literally can't think. Hurt feelings confine a child to unloving, fearful, or irrational behavior. A child will openly present this behavior in order to signal for help. The child who wanted milk, then didn't, then did, then didn't, was signaling as plainly as he could that his ability to think was compromised. He was asking for help with a knot of unruly feelings.

With a little help, a child who is upset or inflexible can recover his ability to reason and to be pleased. To do this, he needs a supportive adult close by, while he works through his upset.

A child cries, throws a tantrum, or sometimes trembles and struggles, to expose and offload her bad feelings. During her upset, she's doing her best to dig herself out of an irrational state. My suggestion to the father whose son was on the verge of a tantrum may seem counterintuitive, but it works. He could stop trying to solve the unsolvable glass of milk problem, move close to his son, and pay full attention to whatever happens next. His son will lead the way. Usually, when a child feels that the parent has slowed down and is interested in her rather than in solving a practical problem, the feelings rise up and spill out, just the way they're meant to. Feelings spilled are feelings resolved. Feelings spilled are not a child's permanent assessment of the quality of our parenting. The father could listen with care to the tantrum, keeping his son safe throughout, trusting that he will soon make his way back to a reasonable state of mind.

It takes courage to listen to your first tantrum from beginning to end. It's usually an emotional wringer for the parent who tries it. Like opening your eyes underwater for the first time, you may worry that you are doing damage. But the results are almost always thoroughly convincing. Your child feels heard. She sees that you've stayed with her through the worst of how she felt. Her mind clears, and life satisfies her again.

As parents gain experience staying close through their children's emotional storms, they find that the trip no longer feels quite so risky or grueling. Their child's upsets, which once seemed to point to a serious failure, now simply signal the need for a good cry, or a good tantrum. The child's system is on the fritz, no blame or shame involved, and the remedy is wet and wild, but simple.

Tantrums Are Integral to the Learning Process Tantrums arise as children's expectations become more ambitious and more detailed. Their ideas of what they want to do are grand, yet their abilities grow only through the messy process of trial and error.

You know the scenario. Your child can't make things go her way and, to her credit, won't give up trying. Eventually, she runs out of new approaches. She wants to succeed, but can't figure out how. Your well-meaning suggestions don't help, because in this emotional state she can't make use of any guidance; she must either fall apart or abandon the effort. Distracting her from the effort sometimes heads off the tantrum in the short run but doesn't help in the long run. When she returns to that learning task or that expectation (or when, five minutes later, she finds another pretext to ignite her feelings), frustration will flare again, because until a tantrum dissolves it, the frustration stays pocketed inside her, agitating to be released. Feelings of frustration are an everyday glitch in the learning process, an unavoidable result of the clash between what children expect and what turns out to be possible.

As director of an infant-toddler day care center, I saw tantrums happen for each and every child. We built very close relationships with the children. We saw all of them go through periods of time when they could meet challenges without losing their equilibrium. Inevitably, however, a time came when it seemed that any small disappointment would trigger a tantrum. We saw that children who were about to walk, children who were about to talk, and children who were moving toward closer relationships with each other were likely to have regular tantrums. Actually, we usually noticed the tantrums first, and observed carefully to figure out the leap the child was working hard to make. We adults are trained to be so dependent on verbal language that we tend to be on the slow side in reading the language of children's behavior fluently.

I remember Janna, who was beginning to say her first words. Suddenly she would scream, throw herself down on the floor, and press her cheek into the soft carpet. She crawled, crying and plowing her cheek across the floor, for five or ten minutes. I would stay close and be the bumper that kept her from hitting her head on the furniture as she worked her way noisily around the room. I would murmur that I saw how hard it was, that she was doing a good job of showing me how she felt, and I stayed ready to welcome her into my arms when her explosion was completed. Finally, she would sit peacefully on my lap, let me meet her gaze and stroke her sweaty head, and then she was ready to play. After a few weeks of many meltdowns, more words were at her disposal, and her tantrums subsided.

When he was two, my younger son had a set of tantrums that are etched in my mind. He was intently hitting a balloon toward the ceiling over and over again. I thought nothing of it until he suddenly collapsed in an active frenzy. I came closer and gave him my attention, not knowing what had happened to set him off, but knowing that once he had begun, he needed to finish, and needed me there. After five minutes or so, his mind cleared and he got up, we connected, and he went back to hitting the balloon high again. One hit, and he threw himself back down, kicking and thrashing. At that point, I realized what was going on: he thought he ought to be able to make the balloon hit the ceiling, and he couldn't! His expectation stretched beyond his ability. After another, shorter blast of frustrated energy, he finished, connected with me, and picked up the balloon to play with it again. He was finally happy with what he could do with the balloon. These "learning leap" and "expectation adjustment" tantrums are vital, integral parts of the learning process. When your child's learning curve is high, when she's hopeful and active, tantrums may be frequent; she is regaining her ability to try again when she has failed and adjusting her expectations of herself, of what she's permitted to do, and of you. She is learning by experience and blasting away the negative feelings that sometimes come with trying so hard and meeting disappointment. Tantrums are the "sneeze" that ejects the foreign material of frustration from your child's mind and body, so she can be proud of her abilities and her circumstances again.

Tantrums Can Lead to Work on Core Issues Some explosions that look like tantrums are directly connected to big, scary feelings that the child has internalized but not yet offloaded. They remain stored inside her, with lots of little trip wires holding them in place. When life is good and safe, and a small difficulty arises, a trip wire can jangle her with great big feelings that are appropriate to the earlier threat, but far out of proportion to the tiny pretext of the moment.

For instance, I have a niece who would panic, then explode in wild reaction whenever she found herself in a tiny space. I remember playing with her one day in the kitchen. We crawled happily together underneath a small child's table, which was where she wanted to go. We were laughing and enjoying each other. She looked up, saw how small the space was with both of us there, and her eyes grew wide. She began thrashing and screaming in an instant.

This initially looked like a tantrum, but it quickly became an attempt to work through wild feelings of panic. I held her and reassured her that she was okay, that she could get out, and I calmly got the two of us out. Once in the open, she continued to scream and writhe and cry for a long time--the feelings had been triggered, and it didn't matter much where we were. When her mother came, her emotional work intensified--Mommy meant added safety, and even bigger feelings. When she was finished, she relaxed, connected, and we played some more.

My niece had been having similar "sessions" related to being in tight places since she was six months old. Her father and mother learned to hold her close and support her during these times, guessing that she had become terrified during her birth; she'd been lodged in the birth canal for three hours before her mother could push her through. Her parents' listening helped her work through the leftover fears she carried from that experience. For a couple of years, she signaled for a long screaming, struggling session almost daily. She began life as a wary, coolly watchful baby. By the time she was three, she had become relaxed and cuddly--a total transformation of personality that our whole family witnessed with wonder. She's now a teen, an athlete, a scholar, and a fearless young woman.

Getting Comfortable in Tantrum Territory Probably the most important step you can take to handle a tantrum well is to plan for it. Generally, if your child has a tantrum every evening in his high chair, you should simply include that tantrum in your dinner plans. You can keep the oven on and put dinner back in when the tantrum begins, so it's still nice and hot when it's over. Or if sharing the fairy wand drives your daughter wild, you can decide in advance to stay close to where she and her friend are playing, ready to gently keep her from grabbing the fairy wand from her friend.

Now you've prepared yourself. When your child becomes edgy, move closer. Sometimes, the beginning part of listening to a child's tantrum involves deciding not to placate her. If your daughter has chosen a dress to wear today but starts a fuss when you try to put it on her, you could ask her what other dress she wants. If she gets upset about the second dress she chooses, you can be sure you have a child who is seeking emotional relief. All you need to do to help her recover is to stop bringing dresses. Gently say, "I think you'll have to choose one of these two you picked out." This gives her permission to begin the tantrum she needs to become reasonable again.

Here are some general guidelines for weathering the storm that follows.

1. Stay close to your child, keep him safe, but don't try to stop him. Let him move. A tantrum is full of noise and movement. Your child will become very hot and may perspire. He needs to writhe, wiggle, and throw himself around to get the frustration out of his system. You can be the safety manager, making sure that he doesn't bump into anything as he proceeds. If he bangs his head or hits himself, gently put your hand between his head and the floor, or between his hand and his body, so that he can use force without hurting himself. His struggle with unseen forces is helping him recover from the insult of not being able to make his ideas and expectations work. Let him know you're on his side by saying things like, "I know you want to play with the tin cans. They look so good. But they're too sharp." Or, "I'll stay with you. I'll help you wait for the fairy wand." Or, "No one's going to hurt you while you're in the car seat. I promise you'll get out. You'll always get out." Most tantrums are relatively short. You might expect to listen for five to 15 minutes. Once it is listened through, a tantrum clears rapidly, perhaps with some giggles and warm affection between child and listener. This transformation of your fallen-apart child into a gently reasonable person is one of the real wonders a parent can work. He will often gain a large store of patience that you'll appreciate during the following hours or days.

2. If you are in a public place, you may want to carry your child to a more sheltered spot to ride out the tantrum. Children often pick public places to initiate tantrums. It may be that they feel safer to explode with lots of people around, or perhaps the strain of being in an adult environment finally overloads their tolerance. Often, it's worth the trouble to carry your writhing child to a less public spot, so you feel freer to handle things thoughtfully. If you have no car nearby, the delivery side of the grocery store, the less crowded underwear and socks section of the department store, or the front steps of your temple or church may have to serve as a makeshift refuge while your child works things through. Ask for help if you need it: "Would you move my grocery cart to one side? I'll be back in a few minutes." If you can manage it, a touch of humor helps: "Looks like we have technical difficulties! I do want to buy this. I'll be back when my friend here feels better." Most onlookers will be glad that you look like you know what you're doing. In fact, most have at one time or another faced the same situation you are facing. Don't worry too much about them.

3. Try to remember that your child's frustrations aren't your fault, or hers, and that this tantrum is a good and healthy event. Often, being exposed to our child's raw emotions makes us feel the raw emotions that we have shoved into cold storage over the months and years. And often, we parents seem to bring up our feelings by reflection, that is, by positing that we know how our child must feel. Actually, if we are having a feeling, the feeling is ours, and it may have only a vague resemblance to what our child is feeling. (Our children often take their deepest feelings and attach them to tiny pretexts. We often take our deepest feelings and attach them to what our children do.) To be able to feel pleased with ourselves and supportive of our children at these emotional moments, most parents need a chance to explore and express their own feelings. Talking to a good listener about how our lives are going is an excellent way to sort things out and to build the safety to have a good laugh or cry (or tantrum!) for ourselves. In my parent classes, I encourage parents to pair up in Listening Partnerships, where each parent takes a turn to talk, uninterrupted, without advice being given. Parents who have been listened to gain more confidence in their children's wisdom during emotional release "sessions," and feel less guilty when these inevitable outbursts happen, because they are experiencing the relief of a good laugh or a good cry for themselves.

Is This Approach Too Permissive? This is the big question. If I listen to tantrums, will my child ever be well behaved again? It feels like there are too many times when messy upsets arise. If we listen every time, won't life become an uproar? Aren't we reinforcing lack of control?

Supporting a child to complete a tantrum looks permissive, but it isn't. Permissiveness is ignoring misbehavior or failing to set reasonable limits on behavior. It doesn't help children when their misbehavior is ignored or when reasonable limits aren't set. Children rely on us to keep them safe and on track. This listening approach says, "Step in when your child is going off track, and gently but firmly prevent any hurting, grabbing, hoarding, throwing, destruction, withdrawal, or giving up. Go ahead and bring the limit to your child, physically stopping the behavior that's not working well. But allow the feelings while you are holding those limits." Tantrums, crying, trembling and perspiring in the release of fear, and all the loud noises that go with emotional release are not misbehavior. They are a healing process that sets your child right with herself again.

In the long run, when children are treated too permissively, their behavior can become bigger and more drastic. A child who is frightened, for instance, needs someone to stop her just as she is about to hurt someone, and let her express the feelings that underlie her aggression. Without limits, that aggression will increase. Permissiveness (and punishment, too) results in patterns of behavior that grow in depth and difficulty as the child desperately signals that she can't think and needs emotional release.

Enjoy the Progress You've Helped to Create When you first allow your child to have full tantrums, she may have quite a few, because you've opened the doors to a storehouse full of unexpressed feelings. She's been waiting for this opportunity to get free of old upsets, and she's eager to catch up with herself! Take close notice of how well your child connects with you afterward, how affectionate she's able to be, how hopeful and flexible she is directly after a good outburst. You'll see heartening signs that her mind is clearing and new abilities are being gained. You'll have gained a power every parent wishes for: when your child's experiments have failed or her expectations have been dashed, you can help her recover her pride and hope.

Doesn't Allowing a Tantrum Destroy a Child's Trust in You? We parents are devoted to building and keeping close emotional ties with our children so they will have the foundation of trust and support that they need to thrive. It makes sense, in fact, to center our parenting around building and rebuilding that closeness. But closeness doesn't protect children from all the frustrations or fears that accumulate in the course of a day. And closeness, by itself, isn't a complete antidote to the assorted fears and frustrations children acquire. If it were, our beloved children wouldn't be coming up with frustrations and upsets as often as they do!

When we dread the times our children tantrum and cry, it is often because most of us were left alone or actively attacked for showing our feelings openly. Our memories of emotional moments are not ones of gentle support and acceptance. If we were very lucky as children, there may have been times when someone patiently listened while we felt pure frustration, but this is a culturally rare event. So we can't help having fears about supporting our children while they express their feelings.

Those fears are tied to our own experience, not to the experience of our children, who visibly benefit from the listening we do if we can remain with them through the whole emotional ride. In fact, when your child is falling apart emotionally, it's actually a highly effective time to strengthen the attachment between you. He won't look like he hears the love and acceptance you offer--he'll be very busy with his work--but every word you say and every loving tone in your voice and touch will seep in. He'll see that you'll stay with him no matter what. This is the best reassurance a parent can offer.

For additional information about tantrums, see the following articles in past issues of Mothering: "Parenting Without Punishing," no. 88 and "The Disadvantages of Time-Out," no. 65.

Patty Wipfler, the mother of two grown sons, is the director of the Parents Leadership Institute (www.parentleaders.org) in Palo Alto, California, which she founded in 1989 to help parents develop listening, parenting, and leadership skills. She has written 12 booklets on listening, parent-to-parent and parent-to-child, and leads Re-Evaluation Counseling weekend workshops for families in the US and abroad.

Prendre's amb calma les rebequeries

Prendre's amb calma les rebequeries Miquel Àngel Alabart

Que el que demanem i el que se'ns dóna no són coses necessàriament coincidents és un fet que la vida s'encarregarà de recordar-nos durant tots els dies en què aquesta duri. Però és de ben petits que comencem a prendre'n consciència


Una criatura, cap a l'any i mig de vida, és a dir quan comença a formar-se una certa idea de si mateixa, comença a posar a prova els límits del seu jo (format bàsicament de desitjos) i la resta del món. Això, lògicament, xoca sovint amb aquesta resta del món, que en un principi es compon, en aquest ordre o no, de mares, pares, germans, altres nens i nenes, sorra del parc, gronxadors, llaminadures i altres objectes de desig que no sempre accepten ser desitjats. "Jo vull això que depèn de tu, però tu no m'ho dónes". I així, la intrèpida criatura descobreix la frustració. La combinació de frustració, hormones, nervis, entorn i altres factors fa que, en determinats moments, aquesta frustració esclati en forma de rebequeria.

No creiem necessari descriure amb pèls i senyals una rebequeria. Podem resumir-ho dient que es tracta d'una explosió nerviosa amb abundosos sotracs i altres moviments més o menys violents, crits i, en determinat nivell i segons el caràcter, cops cap a algú, insults i potser llançament més o menys afortunat d'objectes. I que tot això és especialment freqüent entre els 18 mesos i els 4 anys, si fa no fa. I que acostuma a venir a continuació que la criatureta ha fet una demanda que els seus adults de referència no volen o no poden satisfer.

Diguem-ho d'entrada: aquestes reaccions irades davant la frustració (de vegades, una frustració tan petita que més aviat sembla una excusa per a reaccionar) és el més normal del món, i podem veure fins i tot persones de 30 anys fent coses semblants. La diferència està en la freqüència i, en principi, en el contingut de la rebequeria (se suposa que la major part de gent adulta sap controlar el que fa quan està enfadada...). Per dir-ho una mica tècnicament, la rebequeria és una conducta que acostumen a tenir els nens petits i que es dóna com a reacció a un estat emocional de ràbia o frustració.

L’estrès no hi ajudaPerò què fa que aquests sentiments afectin tant, en un moment donat, les criatures, sobretot en aquestes edats? Tot depèn, com sempre, de si les necessitats bàsiques estan cobertes o no. No és el mateix frustrar una necessitat real que frustrar un desig impossible o no recomanable de satisfer. I és més, és fàcil que la demanda que expressa ("jo volia la jaqueta groga!") sigui la forma que agafa una altra demanda ("necessito sortir a prendre l'aire!"). Segurament, si intentem estar connectats amb les nostres criatures, sabrem comprendre, davant una rebequeria, què li deu estar passant, què necessita realment. En tot cas, tenir les necessitats satisfetes ajuda a prevenir les rebequeries, senzillament perquè l’infant estarà menys estressat.

Així doncs, d'entrada, si creiem que la nostra criatura fa massa rebequeries, potser hauríem de mirar primer si podem reduir factors d’estrès en les nostres vides. De totes maneres, les rebequeries no desapareixeran només per això. Aquestes també tenen la funció de descarregar la tensió que provoca la frustració davant situacions quotidianes insatisfactòries. Com dèiem, hi ha tot un aprenentatge a fer sobre com la realitat no sempre es correspon amb els nostres desitjos, i cal passar per aquesta fase per poder créixer. L'únic que podem fer, en tot cas, és acompanyar els nostres fills en aquest camí.

Acompanyar la criaturaQue la rebequeria sigui normal no vol dir que a nosaltres no ens costi acceptar-la. Els pares també anem força estressats, i a més tenim tendència a pensar que les criatures raonen de la mateixa manera que nosaltres, encara que no tinguin més de 4 anys. Creiem que haurien d'entendre que hi ha coses que, senzillament, no poden ser. Però com hem vist, no és així. Quan un nen de 3 anys està cridant i protestant perquè no li hem comprat aquella llaminadura tan de-sitjada (o pitjor encara, perquè no ens sembla adequat que es vulgui endur 10 paquets de galetes del súper, o que es vulgui quedar dins el metro quan ja hem de baixar...), no espera un argument, ni tampoc vol calmar-se: això és el que volem nosaltres! Però com que no es calma, ni amb els arguments ni amb res, el més probable és que fem mans i mànigues, des d'amenaçar a cedir, perquè aturi el "numeret" (que acostuma a ser enmig del carrer, de l'autobús, d'una botiga), amb la qual cosa segurament ens tensarem més i no ajudarem gaire que es destensin.

El resultat és que el nen comprova astorat que la seva rebequeria, en principi espontània i gairebé només una reacció física, pot tenir algun efecte, ja sigui perquè provoca atenció i emoció en l'adult, ja sigui perquè aconsegueix el que demanava. Així que moltes criatures aprenen en aquesta edat que, en un moment donat, una bona rebequeria pot tenir efectes interessants.
Abans d'arribar a aquest embolic, creiem que val la pena tornar enrere i veure què li passa a la criatura. Aquesta fa demandes, de vegades no realitzables tot i que no ho entén, i de vegades segurament les fa sabent que no són realitzables (com aquella nena que volia quedar-se a dormir al carrer). Depenent del seu estat d’ànim, de l'acumulació de frustracions i estrès i de les necessitats del moment (son, gana, atenció... i fins i tot necessitat de plorar i cridar), és possible que de cop esclati en una sorollosa rebequeria. Què necessita? Abans que res, necessita sentir que aquella barreja d'emocions és vàlida, que no ho censurem, que l'acompanyem.

Quan parlem d’acompanyar la criatura ens referim a mostrar-li que l'estimem, que estem allà, respectant el seu procés, sense intervenir-hi però sense abandonar-la. Això es pot fer quedant-nos al seu costat, observant amb calma el seu comportament, i potser descrivint-lo ("estàs cridant molt, sembla que tens ganes de pegar- me..."). També podem provar de posar nom als seus sentiments, descrivint el que ha passat ("volies el caramel i la mare no te l'ha comprat, oi? I t'has enfadat molt") o fins i tot mirant d'endevinar més enllà ("deus estar molt cansada" o bé "em sembla que tens ganes que estigui per tu"). En el primer moment segurament no vol contacte físic, però estiguem atents per quan aquest sigui possible, ja que una abraçada li farà saber que seguim estimant-lo, i a més, servirà de contenció.

Mantenir la calmaCal dir que bona part de les rebequeries tenen lloc en el "pitjor moment". Per què? Doncs segurament perquè també és el pitjor moment per a la criatura. Si tu vas estressat, el teu fill també, i la rebequeria té molts punts per aparèixer, fins i tot per les raons menys previsibles. A més, potser el nostre estrès fa que estiguem desatenent les seves necessitats, i tard o d'hora en les farà saber. Tot això pot explicar també per què ens costa afrontar una rebequeria: perquè és just el que menys estem disposats a fer en aquell precís moment!

Però també hi ha una altra raó per què no suportem les rebequeries: la pressió social. Una criatura fent una rebequeria enmig del metro crida, certament, l'atenció. No tots els pares i mares estem disposats a suportar cent mirades que, als nostres ulls, poden estar dient des de "quina mare amb més poca autoritat" o "segur que té gana i aquest pare no se n’adona" fins a "que el faci callar com sigui!". És clar que, en realitat, el que passa és que ens enfrontem nosaltres a la contradicció entre els nostres instints i el que ens han inculcat des de petits sobre el plor, la bona educació, les emocions, l'autoritat... Cal entendre, però, que davant la seva sobredosi d'adrenalina i altres hormones, el que la criatura espera trobar és, sobretot, seguretat, contenció i amor incondicional. Per tant, intentem mantenir la serenitat i pensar que, si no hem acostumat els nens a reaccions extremes, la rebequeria és tan espontània com la gana: d'entrada no ens estant intentant manipular, senzillament s'expressen. Davant la tria entre "els espectadors" de la rebequeria, que "exigeixen" una resposta, o la teva criatura, que en necessita una altra, amb qui et quedes?

Entendre tot això ens pot ajudar a estar més sencers davant les rebequeries de les criatures, ajudar-les i, un cop passada la rebequeria, mostrar-los una altra manera de canalitzar les emocions. Podem ensenyar-los maneres de fer-ho, com ara que la teva filla digui "estic molt enfadada amb tu!" en lloc de donar-te un cop o senzillament posar nom a la veritable necessitat del moment: "em sembla que tens molta son". I també explicar-los, si és possible, com davant una frustració pot haver-hi elements "d'esperança": "ara no comprem els llamins perquè ja has menjat un caramel abans, però recorda't que per sopar farem macedònia". És clar que no és la llaminadura que ell volia, però és que així és la vida: sovint no és com esperàvem, però pot ser igualment sorprenent i al final potser acabem rient. Si de tant en tant ens ho recordem nosaltres mateixos i ho transmetem als nostres fills "per contagi", no deixa de ser una sana lliçó de vida... que s'acaba aprenent després de moltes rebequeries.
Punts importants:

La combinació de frustració, hormones, nervis, entorn... fa que, en determinats moments, aquesta frustració esclati en forma de rebequeria, més freqüent entre els 18 mesos i els 4 anys
Una rebequeria és una explosió nerviosa amb abundosos sotracs i altres moviments violents, crits i, en ocasions, cops cap a algú, insults i potser llançament d'objectes.

Tenir les necessitats satisfetes ajuda a prevenir les rebequeries, perquè la nena o el nen estaran menys estressats.

L’infant necessita sentir queaquella barreja d'emocions és vàlida, que no ho censurem, que l'acompanyem.

L'estrès i les rebequeriesL'estrès infantil és un dels factors principals que s'associen a la freqüència i intensitat de les rebequeries, ja que precisament aquestes són descàrregues d'energia i toxines acumulades. Quan diem estrès parlem de tot allò que obliga a la criatura a fer un sobreesforç per adaptar-se a situacions que no corresponen amb les seves necessitats.

Evidentment, són coses estressants les presses, els horaris llargs i apretats d'escoles i pares, l'abús de desplaçaments o la falta de temps per al joc lliure, però també coses menys evidents com l'excés de televisió, els espais poc adequats, problemes familiars, canvi freqüent de persones de referència, absència dels pares... És a dir, que si la teva filla o fill està gaire estressat...benvinguda la rebequeria! Pot ser la millor manera de desintoxicar-se de tanta tensió!

Algunes pistes davant una rebequeriaPlanteja't per un moment si la seva demanda és completament irrealitzable. De vegades estalviar-se un conflicte val la pena, no cal posar-se tan tossuts com ells! Si estàs segur/a que no pots cedir, aquestes són algunes coses que pots provar:

• Intentar mantenir la calma. És molt millor per a tots dos. (Hem dit "intenta", ningú no és perfecte).

• Intentar observar la criatura posant-te a la seva alçada sense dir- li res i esperant amb paciència que li passi (ídem).

• Evidentment, evitar el mal físic que es pugui fer o pugui fer a altres, si creus que aquest pot ser important.

• Quan es comenci a calmar, dir-li fluixet paraules que li facin adonar que l'entens ("estàs molt enfadat, oi?", "volies tal cosa...").

• Quan es deixi, fer-li una abraçada: la necessiteu tots dos.

• Proposar-li alguna alternativa: després de la catarsi, necessita aferrar-se a algun èxit!

• Si no pots fer res del que hem dit, pensar: "no passa res, no seré la primera mare o pare que perd els estreps davant una rebequeria ". I provar sort la propera vegada!

• I recorda: a més estrés, més freqüents i més surrealistes són les rebequeries. Mira a veure per on pots reduir-lo. I si viviu en un balneari... bé, en educació no hi ha regles exactes.

Si fa moltes rebequeries potser hauràs de triar en quines coses cediràs i en quines no. Posar-se inflexible sempre pot acabar creant una relació massa conflictiva. Si tot i així en fa moltes o ja no té edat per fer-ne tantes, potser val la pena consultar un professional.

“Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”.

“Quiéreme cuando menos me lo merezca, porque será cuando más lo necesite”. Rosa Jové

¿Qué es una rabieta?

Cuando nacemos, el principal plan que tiene la naturaleza con nosotros es que podamos sobrevivir. Para ello nos “apega” con las personas que nos cuidan, ya que está comprobado que teniendo a un cuidador cerca vivimos más (recordad que somos una especie muy incompletita cuando nacemos). Por eso es tan importante que los bebés nos reclamen cuando no estamos cerca y por ello es tan importante que nosotros intentemos satisfacer sus necesidades más importantes (alimento, sueño, higiene, contacto…). Solo así se crea un apego seguro entre el niño y sus padres: el niño se da cuenta que tiene personas que le quieren y que le van a cuidar pase lo que pase, y por eso será un niño feliz.

Es importante durante los primeros años de la vida de un niño dejarle bien clarito que “siempre” estaremos con él, que “siempre” le querremos y le cuidaremos, aunque a veces no nos guste “exactamente” lo que hace. Eso es la base de una personalidad segura, independiente y con una autoestima capaz de soportar altibajos y adversidades.

Alrededor de los dos años (puede variar según el niño) la supervivencia del niño está ya más garantizada (se desplaza solo, puede comer casi de todo y con sus propias manos, es autónomo en sus actos más vitales ….) y la naturaleza (¡que sabia que es!) tiene otro plan para nosotros: si al principio era “apegarnos” para sobrevivir, ahora nos prepara para la independencia (pensad que sin independencia no crearíamos una familia propia, y eso es básico para el plan reproductor de la naturaleza). La independencia y autonomía es un largo camino que se va adquiriendo con la edad y a estas edades empezamos de una forma muy rudimentaria.

¿Cómo hace el niño para manifestar su independencia? Pues dada su edad es una estrategia muy simple: consiste solamente en negar al otro. Su palabra más utilizada es el “no” y es fácil de entender porque, negando al otro, empieza a expresar lo que él “no es” porque aún no sabe realmente lo que “es”. Intento explicarme mejor: ¿Cómo sé yo (niño) que soy otro y puedo hacer cosas diferentes a mis padres? ¡Pues llevándoles la contraria!. Puede que aún no tenga claro lo que voy a ser pero así sé lo que no soy: yo no soy mis padres, por lo tanto ¡soy otro!.

El único problema para los niños es que les conlleva un conflicto emocional importante porque como los padres no entienden lo que pasa y normalmente se enfadan con ellos, los niños notan que se están enfrentando a los seres que más quieren y eso les provoca una ambivalencia de sentimientos. Eso, nada más y nada menos, son las famosas rabietas: una lucha interior entre lo que debo hacer por naturaleza y una incomprensión de mis padres hacia tales actos que me provocan unos sentimientos ambivalentes y negativos.

Esa ofuscación entre querer una cosa, no entender lo que pasa y el rechazo paterno, es la fuente de la mayoría de las rabietas. Por eso lo mejor es dejarle claro que haga lo que haga siempre le queremos y le comprendemos, aunque a veces no estemos de acuerdo.

Muchos padres viven esta etapa con mucha ansiedad porque piensan que es una forma que tienen sus hijos de rebeldía, tomarles el pelo y desobediencia. Nada más lejos. En estas conductas del niño no hay ningún sentido de “ponernos a prueba” ni hay ningún juego de poder entre medio (bueno a veces los padres sí que se lo toman como tal, pero el niño nunca pretende “desafiar” al adulto, solo hacer cosas diferentes a sus padres). Si el niño lleva la contraria a sus padres es para comunicarles algo muy importante: “¿lo ves?, me hago mayor. ¡Yo no soy tú!. Puedo querer, desear y hacer cosas que tú no quieres”.

¿Qué hacemos ante una rabieta?

La mejor manera de superar las rabietas la resumo en cinco puntos:

1. Comprendiendo que el niño no pretende tomarnos el pelo.Esta simple convicción hará que seamos más flexibles con ellos ( y por lo tanto se evitan muchos conflictos). Solamente pretende mostrarnos su identidad diferenciada.

2. Dejando que pueda hacer aquello que quiere.“¿Y si es peligroso o nocivo?, me preguntaréis. Evidentemente lo primero es salvaguardar la vida humana, pero los niños raramente piden cosas nocivas. ¿Saben lo más peligroso que me pidieron mis hijos cuando eran pequeños? ¡ir sin atar en la sillita del coche!. Evidentemente les dije que no, y no arrancamos hasta que estuvieron convencidos, pero no me han pedido nunca nada tan peligroso. Bueno, una vez mi hijo mayor cogió una pequeña rabieta porque quería un cuchillo “jamonero”, pero la culpa era más mía por dejar a su vista (y alcance) un cuchillo de tales dimensiones, que él por pedirlo. ¿no? El hecho de que quieran llevar una ropa diferente a la que nosotros queremos puede que atente contra el buen gusto, pero raramente atentará contra la vida humana. Lo mismo pasa con alguna golosina o con otras cosas. Si usted es un padre que vigila que el entorno de su hijo sea seguro, es difícil que pueda pedir o tocar algo nocivo para él. El hecho de el niño pueda experimentar el resultado de sus acciones sin notar el rechazo paterno hará que no se sienta mal ni ambivalente (y, de paso, evitamos la rabieta).

3. Evitando tentaciones.Los comerciantes saben perfectamente que los niños piden cosas que les gustan (por eso en los grandes supermercados suelen poner chucherías en las líneas de caja) ¿Acaso pensaba que el suyo es el único niño que montaba en cólera por una chuchería?. Si su hijo es de los que pide juguetes cuando los ve expuestos o chucherías si las tiene delante ¿qué espera?. Intente evitar esos momentos (no se lo lleve de compras a una juguetería o intente buscar una caja donde hacer cola que no tenga expositor de juguetes ni dulces) o pacte con él una solución (“Cariño vamos al súper. Mamá no puede estar comprando cada día chuches porque no son buenas para tu barriguita, así que solo elegiremos una cosita”). Si los mayores nos rendimos muchas veces a una tentación (el que esté libre de pecado que tire la primera piedra), ¿por qué pensamos que un niño puede contenerse más que nosotros?.

4. No juzgar a nuestros hijos.Podemos expresar nuestra disconformidad, pero no atacamos la personalidad del niño o valoramos negativamente su conducta. Es decir, mi hijo no es más bueno o malo porque ha hecho una cosa bien o no. Mi hijo siempre es bueno, aunque a veces yo no le entienda o no me guste lo que ha hecho. En este sentido vean este diálogo:
Mamá: Cariño ha venido tía Marta. Ve a darle un beso. Niño: No quiero. Mamá: ¿Cómo que no quieres? Esto está mal. ¡Eres un niño malo!: Tía Marta te quiere mucho y tú no la quieres. Mamá no te querrá tampoco.

A partir de aquí puede haber dos opciones o el niño monta un pataleta del tipo: ¡eres tonta y tía Marta también! y ya la tenemos liada. O bien, ante la idea de perder el amor de su madre, va y le da un beso a tía Marta, a lo que su madre responde: “¡Que bien! Así me gusta ¡Qué bueno eres!” con lo que el niño aprende que es bueno cuando no se porta como él siente y que solo obra bien cuando hace lo único que quiere su madre. Es decir, se nos quiere cuando disfrazamos nuestros sentimientos.

Ninguna de las dos soluciones es correcta, porque en ningún momento hemos evitado atacar la personalidad del niño (eres malo) y hemos valorado su conducta (esto esta mal o esto está bien). Si en lugar de ello hubiéramos entendido sus emociones, a pesar de mostrar nuestra disconformidad, el resultado podría haber sido:

Mamá: cariño ha venido tía Marta. Ve a darle un beso. Niño: No quiero. Mamá: Vaya, parece que no te apetece dar un beso a la tía marta. (reconocemos sus sentimientos). Niño: Sí. Mamá: Cuando las personas van de visita a casa de otra se les da un beso de bienvenida, aunque en ese momento no se tengan muchas ganas ¿lo sabías? Niño: No. (Y si dice que sí, es lo mismo). Mamá: ¿vamos pues a darle un beso de bienvenida a tía Marta?

Normalmente a estas alturas el niño (que ha visto que le han entendido y que no le han valorado negativamente) suele contestar que sí. En el hipotético caso de que siga con su negativa podemos mostrar nuestra disconformidad:

Mamá: El hecho de que no se lo des me disgusta, porque en esta casa intentamos que la gente se sienta bien. ¿Qué podemos hacer para que tía Marta se sienta bien sin tu beso? (a lo mejor tía Marta es una barbuda de mucho cuidado y a su hijo no le apetece darle un beso, pero eso no implica que quiera que se sienta ofendida). Niño: le diré hola y le tiro un beso. Mamá: Me parece que has encontrado una solución que nos va a gustar a todos. ¡Vamos!

5. Las rabietas se pasan con la edad.Llega un día en que el niño adquiere un lenguaje que le permite explicarse mejor que a través del llanto y las pataletas. También llega un día en que sabe lo que “es” y “quiere” y lo pide sin llevar la contraria a nadie. Llega un momento en que, si no hemos impedido sus manifestaciones autónomas y de autoafirmación, tenemos un hijo autónomo, que sabe pedir adecuadamente lo que quiere porque ha aprendido que nunca le hace falta pedirlo mal si su petición es razonable.

¿Cómo hacer que llegue antes este momento en que finalizan las rabietas? Por una parte, hemos de procurar que en la etapa anterior (la del apego que explicábamos al principio) el niño esté correctamente apegado, ya que un niño inseguro tardará más en pasar esta etapa de independencia. Así que si quiere que su hijo sea autónomo, mímele todo lo que pueda cuando sea pequeño. Para adquirir la independencia se necesita seguridad y la seguridad se adquiere con un buen apego.

Una vez haya llegado a la etapa de las rabietas, hemos de intentar que se solucionen cuanto antes. Nada de esto se dará si coartamos su deseo de separarse de nosotros, ya que lo único que se obtiene “intentando” que no se salga con la suya es un niño sumiso o rebelde (depende del tipo y grado de disciplina o autoridad empleada). Normalmente si les “ignoramos” suelen volverse más sumisos y dependientes, aunque lo que vemos es un niño que se doblega y “parece” que mejore en sus rabietas. Pero la causa que provoca esa rabieta sigue en él y se manifestará de otra forma (ahora o en la adolescencia).

Sé que es difícil acordarse de todo ante una rabieta infantil. Sé que es difícil razonar cuando estamos a punto de perder la razón. Sé que es difícil y, por eso, ante la duda de no saber como actuar, intente querer a su hijo al máximo porque él lo estará necesitando, ya que las rabietas también hacen sentirse mal a los niños.

“Quiéreme cuando menos me lo merezca porque será cuando más lo necesite” o lo que es lo mismo: “intenta ponerte en mi lugar porque yo también lo estoy pasando mal”.

¿Qué pasa a los dos años?

¿Qué pasa a los dos años? Estivalitz Vegas

La Prevención Infantil responde a un enfoque Bio-Psico-Social de la salud, y abarca desde el momento de la concepción hasta aproximadamente los 6 o 7 años de vida, época de constitución global del carácter. Este periodo reviste gran importancia, especialmente por dos razones:

- Por un lado hemos de tener en cuenta que ningún otro animal nace tan inmaduro como el ser humano (no puede desplazarse por si mismo, ni alimentarse sin ayuda, ...), de hecho desde diferentes disciplinas se le considera, prácticamente durante todo el primer año de vida, como un feto extra-útero. Esto supone, además de un prolongado tiempo de dependencia natural para garantizar su salud futura a nivel físico, psíquico y emocional, una gran vulnerabilidad de esta primera época de la vida, que se divide en dos periodos críticos: Periodo Crítico Biofísico y Periodo Crítico Psíquico.

- Por otro lado muchas son las investigaciones en diferentes campos (medicina, sicología, sociología, antropología, ...) que nos proporcionan datos acerca de la gran influencia que este periodo inicial tiene de cara a la salud futura de cada individuo en particular (a nivel físico, emocional y psíquico), y de la sociedad de la que forma parte en general.

Hemos dicho que en la formación del carácter diferenciamos dos periodos: Periodo Crítico Biofísico y Periodo Crítico Psíquico. Precisamente el límite entre ambos periodos lo marcan los dos años. La razón de ello tiene que ver con nuestro cerebro y sus tres estructuras cerebrales: El cerebro humano se divide en CEREBRO REPTILIANO, CEREBRO MAMíFERO y NEOCORTEX

Reptiliano: Primitivo, heredado de los primeros reptiles y peces. Centro del cerebro. Responsable del conjunto de los mecanismos esteriotipados de supervivencia (alimentación, cópula, lucha y huída). Sede del instinto.
Mamífero: Sistema límbico. Responsable de la afectividad y la memoria
Neocortex: Corteza cerebral. Responsable del pensamiento abstracto y del lenguaje

La vida de los bebés es regida por las dos primeras estructuras cerebrales, ya que el proceso de mielinización, que pone en conexión las neuronas, no finaliza hasta aproximadamente los dos años de edad. Esto quiere decir que hasta ese momento el neocortex no comienza su funcionamiento, y lo hace poco a poco. Esta evolución se hace patente con la aparición del lenguaje (pensamiento y lenguaje están estrechamente relacionados). Por lo tanto tampoco hasta esa edad podemos hablar de defensas psíquicas (y estas harán su aparición paulatinamente), y todo cuando ocurra al bebé durante el Periodo Crítico Biofísico influirá directamente a nivel físico, es decir, en su propio cuerpo. Se trata entonces de un periodo de máxima vulnerabilidad.

Durante el Periodo Crítico Psíquico, desde los dos años a los 6-/, los acontecimientos de importancia irán conformando su carácter.
La puesta en funcionamiento del neocortex a lo largo del periodo crítico psíquico posibilita la adquisición progresiva de nuevas destrezas y capacidades (lenguaje, constancia objetal, …). producirse cuando el niño está maduro para ejercerlo sin presiones. Para controlar los esfínteres es importante tener conciencia, que exista un funcionamiento del neocortex (2 años). También supone un nivel mínimo de maduración y desarrollo de los sist.s muscular y nervioso, además de un deseo de colaborar en lo que de él solicita el grupo social. Ha de hacerse cuando expresan el deseo de ser mayores. Si no se dan estas condiciones se logra “un adiestramiento, una domesticación pasiva” Este entrenamiento se lleva a cabo generalmente, antes de los dos años (es preferible esperar un tres meses a partir de esa edad), cuando el esfínter no está aun lo suficientemente maduro para ello . Así, unas veces por miedo al castigo, y otras para lograr la aceptación que tanto necesitan, los niños se ven obligados a contraer las nalgas y el suelo pélvico para lograr la contención, pagando un alto precio por ello. Es una situación que genera a su vez mucha rabia, ya que las necesidades infantiles y el ritmo de maduración propio de cada niño no son aquí tenidos en cuenta, siendo sustituida la autorregulación por la adaptación al medio.
Durante esta etapa anal existe una curiosidad natural hacia las cacas (como por cualquier otra cosa, y además es algo muy importante porque sale del propio cuerpo). El tema está en cómo los padres reciben esto (la mayoría dicen: “aj!! qué Entre estas destrezas se encuentra el control de esfínteres, que ha de asco!! Cómo huele!! vamos a tirarlo”) y si permiten y/o condicionan dicha exploración.
Si el control de esfínteres no es problemático, sino espontáneo, el niño pasa una corta etapa anal. ¿Qué quiere decir esto? Desde la visión REICHIANA la sexualidad hace referencia a todo aquello que da placer. La sexualidad es algo que forma parte de nuestra dimensión humana, algo que está presente desde el inicio de la vida (en la vida intrauterina el feto se mueve según una dinámica de placer-displacer) hasta que morimos, sólo que en diferentes momentos se vive y expresa de formas diversas. Según REICH nos encontramos con la FASE ORAL hasta aproximadamente los 3 años y a continuación con la FASE GENITAL hasta los 6-7 años. Para REICH existe también una ETAPA ANAL. A diferencia de las fases mencionadas, y siempre desde el punto de vista de la salud, esta etapa sería mucho mas corta en el tiempo (dura solo unos pocos meses alrededor de los dos años) y no cumple una función sexual propiamente dicha dentro del desarrollo psicosexual (el ano es una zona erógena pero no tiene por qué producir orgasmo, no cumple una función de regulación energética aisladamente).
En la FASE ORAL el placer se encuentra localizado principalmente alrededor de la boca, y vinculado especialmente a la lactancia. También la boca es el medio empleado para explorar y aprender (los niños se llevan todo a la boca, lo que les proporciona placer y nuevos conocimientos al mismo tiempo), y sobre el que mas control tienen en el inicio de la vida. Aunque tanto UNICEF, como la OMS recomiendan un mínimo de dos años de lactancia, lo cierto es que el destete a los 2 años suele ser complicado. Por un lado esto se debe a que el destete vendría a sumarse a los otros muchos cambios que en esta edad ya se están produciendo de forma natural, por otro a que en esta se edad se produce una vuelta a la madre de la que ya hablaremos mas adelante (etapa de reacercamiento), y por último a que el placer oral sigue siendo a los 2 años una necesidad. Es alrededor de los 3 años cuando la lactancia pasa de ser una necesidad a un deseo, por lo que el destete se produce a partir de esta edad mucho mas fácilmente. El desarrollo cortical permite además en ese momento que el destete se algo pactado y no impuesto, con lo que ello puede contribuir al desarrollo del niñ@.
En la medida en que realmente ha habido satisfacción oral basada en una buena relación vincular con la madre y en una buena oralidad (relacionada con el placer en la boca, a poder ser, de la lactancia materna), la ETAPA ANAL dura apenas unos meses coincidiendo con la adquisición del control de esfínteres. Para que esto sea efectivamente así ha de haber habido un desarrollo saludable previo donde el niño haya podido funcionar desde el ppio del placer (ha tenido que haber desarrollo de la movilidad, expansión en el grito, en el canto, placer oral). Cuando la situación no ha sido favorable, especialmente si la rabia que ello produce no ha podido ser expresada, el control de esfínteres puede complicarse (estreñimientos, avances y retrocesos, …). Las emociones son energía, y la energía ni se crea ni se destruye, y si no salen, si no se expresan, pueden quedarse en el cuerpo a la espera de un momento en el que puedan hacerlo, o pueden permanecer en el cuerpo generando tensiones y síntomas. Así como con la oralidad ha podido recibir represión por parte del exterior (“no me muerdas”, “eso no se hace”, castigo), con las cacas nadie, al menos directamente, le puede reprimir, porque va a depender de él. Si un niño ha sentido rabia oral y no la ha podido expresar, pues después usará por ello la analidad, y si entonces tampoco le entienden, la cosa se va complicando. La rabia también puede expresarse a través de las famosas “pataletas”, de agresiones a otros (incluso a sí mismos en los casos mas graves), …, pero lo importante es darse cuenta que esa rabia siempre obedece una causa, y que ni las rabietas, ni ninguna otra manifestación de la rabia forman parte de esta etapa de una forma natural.

Conforme va madurando el control y la consciencia corporal de la cabeza a los pies a través, la energía va también bajando, hasta que alrededor de los tres años los genitales se convierten en la zona que mayor placer produce (a partir del año aproximadamente el niño comienza a sentir sus genitales de una forma rudimentaria). Aquí comienza la FASE GENITAL, en la que aparecen la curiosidad sexual, el exhibicionismo natural, la exploración del propio cuerpo y del de otros compañeros de juego, ... Lo adecuado en esta época, y que de hecho se da en otras muchas culturas, sería la masturbación libre, las relaciones sexuales entre niñ@s, el contacto y el reconocimiento corporal propio y de los otros, ... Sin embargo, cuando un niño/a comienza a tocarse los genitales, las reacciones de su entorno más cercano son de desaprobación que puede manifestarse de formas muy diferentes (castigo físico, crítica, reacciones de miedo, preocupación, insultos, intentos de distracción, reprimendas, burla, gestos de enfado, de asco...), y a través de ellas comienza a considerar esas sensaciones como algo “malo”, “sucio” o “pecaminoso”. Como para el niño la aprobación por parte de los adultos es vital, ya que depende totalmente de ellos (a nivel físico, psicológico y emocional), intentará renunciar a sus propias necesidades, usando diversas maniobras para reprimirlas o atenuarlas: retener la respiración, poner en tensión los músculos abdominales y, sobre todo, los del suelo pélvico (el útero es un músculo poderoso) y abductores (“músculo responsable de la virginidad”). Así, durante los primeros años de vida, se produce un bloqueo (especialmente diafragmático y pélvico), modificando incluso la posición de la pelvis. Entre las importantes consecuencias de este hecho se encuentran la disminución de la función sexual, el dolor en el parto y, también con bastante frecuencia, durante la menstruación (tan rígido y contraído se encuentra ya el útero al llegar a la adolescencia, que hasta la mínima apertura del cervix produce fuerte dolor).


La evolución en el funcionamiento cerebral de la que hemos hablado al inicio, junto con otros que ocurren de forma paralela (desarrollo psicomotor, sexual, …), hace que alrededor de los 2 años se produzcan otros muchos cambios importantes en la forma de pensar, sentir y comportarse. Muchos de ellos son descritos por MAHLER, quien establece una serie de etapas evolutivas fundamentales del proceso de individuación-separación, que permiten entender los “avances“ y “retrocesos” del bebé (frecuentemente malinterpretados por padres y educadores): son procesos, el desarrollo no es lineal.

MAHLER sitúa la ETAPA DE REACERCAMIENTO en el periodo que va desde el inicio de la deambulación hasta aproximadamente los 22 meses, y la llama así porque se caracteriza por una preocupación aparentemente constante de conocer el paradero de la madre. El relativo olvido de la presencia de la madre, característico de la etapa anterior (ejercitación) es reemplazado por activos intentos de aproximarse a ella. El bebé va adquiriendo conciencia de su separación, haciendo experimentos de apartarse activamente de la madre para luego volver a dirigirse hacia ella. A medida que el niñ@ coge conciencia de su capacidad de apartarse de la madre (lo que le produce placer, pero al mismo tiempo angustia) parece tener mayor necesidad y mayores deseos de que ella comparta con él toda nueva adquisición de experiencia y destreza (compartirlo todo con la madre tiene gran importancia emocional para el niñ@). Ahora no acepta fácilmente figuras sustitutas y menos cuando se trata de contacto físico.
Reemplaza la vocalización y el lenguaje preverbal gestual por la comunicación verbal. Las palabras “yo” y “mío” tienen gran carga afectiva.

En la siguiente etapa, que se da aproximadamente de los 20-22 meses a los 30-36 meses, se produce el desarrollo de COMPLEJAS FUNCIONES COGNITIVAS, que puede observarse en la evolución de la comunicación verbal y de la fantasía (juegos de imaginación, de representación de papeles, …).
También conlleva una preparación a la constancia objetal (ya no es necesario que el objeto esté constantemente presente para que el niño sepa que sigue existiendo, puede interiorizarlo), que será efectiva a partir de los tres años. Gracias a ello la presencia continua de la madre ya no es imperativa., aunque sí su accesibilidad (perdura la dependencia emocional). Así pues se desarrolla una creciente capacidad para soportar separaciones, así como para la demora de gratificación (posibilitado por el desarrollo del sentido del tiempo). Aparece un creciente interés por adultos diferentes de la madre, y hacia el final de este periodo, por compañeros de juegos (generalmente antes de los 3 años no existe el juego cooperativo, ya que los niños se tratan entre sí como si fueran objetos los unos para los otros).
MAHLER nos habla también en esta etapa de una gran resistencia a las exigencias de los adultos, y de una necesidad y un deseo aún poco realista de autonomía. En este sentido es importante darles la oportunidad de intentar alcanzar nuevos logros (manejo de objetos, vestirse o calzarse, …), aunque nos pueda parecer a priori que aun no son capaces de lograr lo que se proponen, valorando sus avances.

Todo lo visto hasta ahora nos proporciona muchos datos acerca de la inconveniencia de la escolarización temprana, especialmente si esta se produce a los dos años, tal como ocurre cada vez con mas frecuencia en nuestro entorno. La constancia objetal aun no se ha desarrollado, por lo que siente las despedidas a la puerta de la escuela como un abandono. El niño no está aun maduro para separarse de su madre. Antes de los 2 años se observa zozobra cuando su madre lo deja en la guardería, aunque su llanto no dure mucho. Luego pueden mantenerse activos o pasivos, exigir constante atención de la maestra (los bebés necesitan de atención individualizada, lo que hace muy complicada la situación en un aula en estas edades). Tampoco el niño está preparado para relacionarse con sus iguales hasta cercanos los 3 años (hecho que podemos comprobar en cualquier parque). El desarrollo social es un producto de la maduración, no del aprendizaje, por lo que juntar a un montón de niños que aun entre sí no se consideran personas, sino objetos y competencia de cara a los juguetes y la atención del adulto, trae consigo multitud de agresiones que de otra forma no tendrían lugar.
El niño manifiesta su malestar y su ansiedad en el ingreso a la guardería o la escuela a través de su llanto, intentando impedir que su madre se vaya agarrándose a ella, … (generalmente con muy poco éxito). En estos casos suele echarse la culpa a la madre (que le transmite su ansiedad, que no sabe separarse, ...), precisamente porque al rato deja de llorar. Las emociones de los bebés son totales, es decir, cuanto les ocurre les invade (porque no hay mecanismos de defensa), y cuando la situación pasa, ya ha pasado. No son como nosotros que nos quedamos “rumiando”, ellos viven el presente intensamente. Si nosotros tenemos un accidente, seguimos recordándolo mucho tiempo después de ocurrido, mirándonos la herida, pensando en lo que podía haber ocurrido, .. Un niño sano cuando se cae llora y cuando pasa el dolor parece que ya nada hubiera ocurrido.
Los niños forzados una y otra vez a quedarse con una persona con la que aun no han desarrollado un vínculo tienes dos opciones: resignarse o manifestar su rabia. Cuando los niños se resignan (el famoso “acostumbrarse” que no es tal, ya que para haber aceptación ha de haber maduración suficiente) se observa desapego emocional, rehuyen la mirada, y frecuentemente muchos otros síntomas que pasan inadvertidos o no se relacionan con el ingreso al nuevo centro (diversas enfermedades, trastornos del sueño y/o la alimentación, …). Cuando aparece la rabia suele mostrarse como exigencia de proximidad para restablecer el vínculo. Si la madre rechaza un comportamiento hostil por parte del niño (el niño puede, por ejemplo, negarse a ir con su madre) que busca restablecer el vínculo, las cosas se complican. El niño con su hostilidad está poniendo a prueba si la madre es capaz de tolerar su rabia y, por tanto, comprender su necesidad de no ausencia, de no reincidir.
La rabia que frecuentemente se observa en los niños, como ya hemos mencionado anteriormente, se debe a reacciones saludables que cumplen una función, que si no se sabe leer, genera de nuevo una cadena de desencuentros. La cólera en estas edades siempre tiene la función del reencuentro.


Para concluir sólo decir que los dos años ya es un momento lo suficientemente complicado como para añadir ninguna circunstancia mas (nacimiento de un hermano, destete, escolarización,…). Es prácticamente una primera adolescencia, y como la que acontecerá mas adelante, pondrá en evidencia todos los temas pendientes por resolver (emociones reprimidas, …), por lo que también es una gran oportunidad para abordarlos en un momento además en el que aun el carácter está en formación. Los niños nos devuelven multiplicado todo cuanto les damos (amor, rabia,…), por lo que también cualquier “mejora” que realicemos en la crianza de nuestros hijos muestra sus frutos enseguida.