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jueves, 31 de marzo de 2011

De mi maternidad y otros demonios (título pillado del blog de Myriam)

Hace días que no me conecto al blog, no sé muy bien por qué, porque es cierto que en mi cabeza varias ideas van tomando forma, pero nunca llegan a salir por el teclado.

Hoy ha sido un día raro y ando negativa. Mi eterno conflicto con el colegio se reaviva por estas fechas de preinscripción escolar. Que el cole al que va Laia no esté mal del todo no quiere decir que sea de mi predilección. Es un ni fú ni fa, pero no sé, me gustaría algo diferente para la educación de mis hijos. O quizás es que la Sociedad en general, y muchos de los valores que imperan en ella, me disgustan, así que veo muchos aspectos de la escuela, aquellos en los que se muestra como fiel reflejo de la sociedad, con desidia. Pero no siempre se puede nadar contracorriente. En fin, un mar de contradicciones, con mil y un argumentos de peso a un lado y a otro. La escuela no es el único espacio de educación, sólo es una parte de su vida, el colegio perfecto no existe, ella va contenta cada día y tiene motivación por el aprendizaje... Me lo repito como un mantra ante la dificultad para cambiarla a otro centro que se adapte mejor a lo que yo considero que es una buena educación escolar (que no tiene nada que ver con lo que la mayoría considera buena educación, me parece, que en muchos casos equivale a cantidad de contenidos).

En fin, cada año sobrellevo lo mejor que puedo mis contradicciones y las dificultades del sistema para cambiar de centro. Hoy me viene Laia con que su profe (ojo, que es una persona muy maja y agradable, pero creo que se ve desbordada y está probando sistemas un poco por probar, sin pararse a pensar demasiado) la ha nombrado encargada de su mesa para apuntar quien va a tener un punto negativo. Con tres puntos negativos no sé qué pasa, pero me da igual. De verdad que no doy crédito y me quedo sin palabras. ¿Estamos locos? ¿cómo podemos poner a una niña de 5 años a anotar los nombres de los que merecen ser castigados? En fin, tocará tutoría y descubrirme como la gran madre frikie que soy.

También me ha tocado hoy ser la frikie en la reunión del cole de Teo (por cierto, la semana pasada pintamos las flores y quedaron preciosas, a ver si luego subo alguna para seguir con la serie Talleres en familia). También he de decir que su cuidadora es un encanto y he disfrutado en la reunión viendo algunos videos que nos ha pasado. Pero claro, hemos tocado el tema del control de esfínteres y los premios para reforzar la "conducta" del esfínter. Yo es que debo de ser de Marte, de verdad (o de Venus, que es un planeta que me tiene hipnotizada ahora que vuelvo a salir de noche de casa por las mañanas gracias al cambio de la hora). Qué sensación de bajar de otro planeta. Menos mal que mis niños, a duo, justo se han ido a ejercitar sus esfínteres y he salido del aula (luego me ha tocado aguantar indirecta de que me tomaba el pelo porque le he ayudado a quitarse el body y el pañal).

En fin, simplemente enlazo a dos textos de Violeta Alcocer, que ya he dicho varias veces que tiene la capacidad de redactar bien muchas ideas que no acaban de salir nunca de mi mente. Por cierto, que el doctor que sale en el enlace del control de esfínteres es el pediatra de mis nenes.

La escuela del presente (sólo matizar que yo creo que sí son muchos los profes implicados, aunque a veces desbordados)

Y por último, voy a enlazar a la etiqueta completa sobre rabietas. Creo que necesito refrescar mi empatía y ejercitar más mi paciencia. Llevamos algunos días en los que justo a la hora de la cena, se diluyen hasta quedar en nada.

La imagen es de Patricia Metola, que justo me acabo de enterar hoy que se ha mudado de blog. El nuevo ya lleva su nombre.

viernes, 4 de junio de 2010

Ayudar a los niños a resolver conflictos emocionales

Ayudar a los niños a resolver conflictos emocionales, Por Naomi Aldort.

Hace mucho tiempo que quiero leer este texto y nunca tengo tiempo. Ya hasta se me había olvidado. Está en la sección de artículos, muy renovada de un tiempo a esta parte gracias a las traducciones de Sula, de Crianza Natural.

Pues nada, dejo el artículo y vuelvo a mis cosas, pero así no se me pierde otra vez...

domingo, 1 de noviembre de 2009

El niño feliz


El niño feliz, su clave psicológica. Dorothy Corkille Briggs. Editorial Gedisa.

Copio parte del esquema que viene al final del libro. Supongo que puesto así, en forma de lista, hay conceptos que no se entienden, por eso recomiendo la lectura del libro.

La imagen es de Patricia Metola.

Capítulo 1: Bases de la salud mental

- Lo que el niño siente respecto a sí mismo afecta su manera de vivir la vida.

- La autoestima elevada se funda en la creencia, por parte del niño, de ser digno de amor y valioso.

- El niño debe saber que importa por el mero hecho de existir.

- El niño debe sentirse competente en el manejo de sí mismo y de su entorno. Necesita sentir que tiene algo que ofrecer a los demás.

- La alta autoestima no es "engreimiento"; consiste en que el niño se sienta serenamente cómodo de ser quien es.

Capítulo 2: Los espejos crean nuestras propias imágenes

- Todo niño posee los elementos necesarios para gustar a sí mismo.

- El niño aprende a verse a sí mismo tal cual lo ven las personas importantes que lo rodean.

- Construye su autoimagen de acuerdo con las palabras, el lenguaje corporal, las actitudes y juicios de los demás.

- Se juzga a sí mismo según como se vea en comparación con otros y cómo sean las reacciones de los demás hacia él.

- La alta autoestima surge de experiencias positivas con la vida y el amor.


Capítulo 3: Los espejos influyen en la conducta

- La conducta del niño se ajusta a su autoimagen

- El niño puede tener confianza en sí mismo en un terreno y en otros no; su forma de actuar nos da claves acerca de si siente que opera desde una posición fuerte (enunciados positivos acerca de sí mismo) o débil (enunciados negativos acerca de sí mismo).

- Cuando el niño se considera inepto, espera fracasar y actúa en consecuencia. La seguridad personal, en cambio, le da el valor y la energía necesarios para salir al paso de cualquier tarea; le permite esperar vencer; y también actúa en consecuencia.

Capítulo 4: El precio de los espejos distorsionados

- El niño busca autorrespetarse.

- Cuando se siente inepto, puede someterse a una vida de autodestrucción y de retracción, o bien elevar diversas defensas que le permitan conservar la autoestima.

- Las defensas neuróticas se erigen en torno de la creencia de ser indigno de amor y carente de valor.

- Cuando las defensas alejan a los demás, el niño deja insatisfecha su necesidad de reflejos positivos.

- Los reflejos positivos que damos al niño evitan que este tome por atajos que lo alejan de la plenitud de la vida.


Capitulo 5: La trampa de los reflejos negativos

- Por lo común, la visión de sí mismo por parte del niño cambia constantemente.

- Si el niño se convence de no ser bueno, se verá obligado - por la necesidad de convervar su coherencia interna- a evitar que le lleguen mensajes positivos acerca de sus aptitudes.

- La baja autoestima rígida es el resultado de la acción de muchos factores negativos durante mucho tiempo.

- Las actitudes negativas del niño hacia sí mismo, se pueden transformar en autoestima si se brinda al niño un clima de aceptación y experiencias de éxito.


Capítulo 6: Pulimento de los espejos representados por los padres

- Todos vemos a nuestros hijos a través de los filtros de la inexpeiencia, las normas ajenas, nuestros conflictos no resueltos, nuestras necesidades insatisfechas y nuestros valores culturales.

- Los filtros se transforman en expectativas, de acuerdo con las cuales medimos a nuestros hijos y que influyen la forma en que los tratamos.

- Cuando nuestras expectativas no se ajustan a nuestro hijo y a su etapa de crecimiento en particular, lo ma´s probable es que nos sintamos decepcionados por eso.

- Cuando el niño siente constantemente que no cumple con lo que esperamos de él, pierde el respeto por sí mismo.

- Nuestras expectativas tienen más probabilidades de ser justas cuando se fundan en los hechos del desarrollo de los niños, la observacion alerta y la sensibilidad respecto de las presiones sufridas por nuestro hijo en el pasado y en el presente.

- Revisemos nuestras expectativas a menudo; ellas son muy proclives a quedar fuera de lugar.

- Cuanto más satisfechos nos sintamos como personas, tanto menores serán las presiones no realistas que ejerzamos sobre nuestros hijos.

- Hacemos a nuestros hijos lo que nos hacemos a nosotros mismos. Por consiguiente, el aumento de nuestra autoaceptación nos permitirá aceptarlos mejor a ellos.


Capítulo 7: El verdadero encuentro

- Todo niño necesita atención concentrada - verdaderos encuentros- para sentirse amado.

- El afecto físico, la constante renuncia a nuestras propias necesidades, la sobreprotección, las altas expectativas, el tiempo que les dedicamos y los presentes que les hacemos, no siempre bastan para transmitir nuestro amor a nuestros hijos.

- Es probable que el chico vea el alejamiento constante de sus padres -preocupados por el pasado, el futuro, los horarios, las tareas- como falta de amor. El sólo puede sentirse digno de que lo quieran si nosotros nos tomamos el tiempo necesario para estar por completo por su persona.

- Hagamos un hábito del mantenernos abiertos a la maravilla que son nuestros hijos aquí y ahora. Comprobemos a menudo la cuota de atención concentrada que les otorgamos.


Capítulo 8: La seguridad que brinda la confianza


- La confianza es el ingrediente más importante del clima de seguridad psicológica.

- El niño debe poder contar con nuestra ayuda amistosa para la satisfacción de sus necesidades.

- PAra que él confíe en nosotros, nuestras palabras deben coincidir con nuestro lenguaje corporal.

- El necesita que nos mantengamos abiertos en la medida apropiada en cuanto a nuestros sentimientos, reservas y ambivalencias.

- El niño necesita que seamos humanos; seamos auténticos con él. Esto le ayudará a aceptar su propia humanidad, y le dará un modelo que ha de permitirle abarcar todas las partes de su propio ser. De este modo, no se alienará de sí mismo ni de los demás.


Capítulo 9: La seguridad del no enjuiciamiento.

- El segundo ingrediente de la seguridad se hace presente cuando desaparecen los juicios.

- Respondamos con "reacciones del yo" a su conducta: abandonemos por completo todo juicio acerca de la persona de nuestro hijo.

- Cuando el chico pueda verse como persona independiente de sus actos estará en mejores condicioens para crearse un autorrespeto sólido.


Capítulo 10: La seguridad de sentirse apreciado

- El tercer ingrediente de la seguridad psicológica consiste en apreciar lo exclusivo de nuestro hijo, aunque su conducta no nos resulte aceptable.

- No demos por descontada la exclusividad de nuestro hijo; tratémoslo con el mismo respeto que deseamos para nosotros, concentrémenos en sus cualidades positivas, evitemos el confundir su persona con sus actos, y tratemos de valorarnos nosotros mismo. De este modo, la estima vendrá por sí sola.

- Cuando el niño se siente estimado, se propone metas más realistas, acepta a los demás como son, aprende con mayor eficiencia, aplica su creatividad y gusta de sí mismo.


Capítulo 11: La seguridad de ser "dueños" de nuestros sentimientos

- El cuarto ingrediente de la seguridad consiste en permitir que el niño sea "dueño" de sus sentimientos sin por ello retirarle nuestra aprobación.

- Respetamos la separación que existe entre el niño y todo lo demás, cuando evitamos exigirle que adapte sus sentimientos y reacciones a los nuestros.

- Ofrezcamos muchas experiencias a los niños, pero tratemos con respeto su reaccion ante las mismas. Evitemos imponerles lecciones cuando ellos no disfrutan de las mismas.

- Planeemos activamente la diferenciación de nuestros hijos, tanto en cuanto a nuestras expectativas como en lo que hace a las actividades familiares.

- El respeto por sus diferencias y su exclusividad nutre la autoestima del niño.


Capítulo 12: La seguridad de la empatía

- La empatía consiste en comprender el punto de vista del niño sin juicios, acuerdo ni desacuerdo. Estemos atentos al lenguaje corporal, ya que este es más preciso que el hablado.

- Para ser verdadera, la empatía debe provenir de nuestros sentimientos.

- Cuando el niño se muestra transtornado, fuera de sí, su anhelo secreto es el de obtener comprensión empática. La necesita antes de que se le puedan dar explicaciones, razones o respaldos.

- Si consideramos que el papel del progenitor es el de nutrir, si respetamos la integridad de nuestro hijo, si estamos en contacto y en paz con nuestros propios sentimientos, la empatía se producirá fácilmente.

- La empatía barre con la alienación; es una poderosa prueba de amor. Y construye activamente el amor de los niños por uno.


Capítulo 13: La seguridad de tener crecimiento exclusivo

- El quinto ingrediente de la seguridad psicológica es la libertad para crecer de manera única.

- El crecimiento se opera por saltos, entre los cuales median regresiones y estancamientos.

- El ritmo de crecimento forma parte integrante del niño.

- Cuando el niño siente la seguridad de poder retroceder, está en libertad para crecer.

- Los siete incredientes del encuentro seguro se combinan para formar el clima del amor. Ellos aseguran que nuestro hijo sentirá nuestro interés por él; de este modo se pone en condiciones de desarrollar sincero autorrespeto, y de desplegarse en todas direcciones.


Capítulo 14: Cómo tratar los sentimientos del niño

- La mayoría de nosotros no trata los sentimientos de los niños de la forma en que quisiera que los demás tratasen los nuestros.

- Todo niño alienta toda clase de sentimientos, con los cuales la tradición nos ha enseñado a no entrar en contacto directamente.

- Cuando tratamos los sentimientos negativos mediante la razón, el juicio, la negación, el consejo, el respaldo o la desviación, apartamos al niño de nosotros. Semejante actitud lo fuerza a disminuir su autoconcepto y a reprimir o disfrazar sus verdaderas emociones.

- Los sentimientos reprimidos no sólo no desaparecen, sino que conspiran contra la salud física, emocional e intelectual.

- El poder de los sentimientos negativos se diluye cuando las emociones se aceptan con comprensión y se canalizan por salidas aceptables.

- Nuestro hijo necesita que seamos oyentes activos, y no pasivos.

- Para liberarnos de actos negativos, deshagámonos primero de los sentimientos negativos, que son la causa de aquellos.

- Los actos pueden necesitar limitacion; pero la expresión de los sentimientos sólo debe limitarse en cuanto a con quién, cuándo y dónde se efectúa.


Capítulo 15: Cómo descifrar el código de la ira

- La ira, sentimiento normal, enmascara un sentimiento anterior.

- Cuando aceptamos la ira del niño mediante la atención activa, él nos conduce casi siempre hacia la emoción subyacente. Canalicemos sus sentimientos por salidas seguras.

- Se puede reducir el número de momentos de ira, pero no eliminarlos por completo. Cuando el niño cae a menudo en estados de ira, se debe comprobar si sus necesidades físicas y emocionales se encuentran satisfechas, si no enfrenta demasiadas frustraciones, y si realiza suficiente ejercicio físico. También es necesario comprobar nuestras expectativas, el tipo de disciplina que aplicamos, el que no haya exceso de competencia o de comparaciones para él, y las tensiones familiares. Por último, asegurémonos de que le brindamos abundancia de encuentros seguros.

- La ventilación de nuestras propias hostilidades nos ayudará a trabajar con las de nuestros hijos.

- Enviemos nuestros primeros sentimientos como "reacciones del yo".

- La mayoría de las pataletas son signo de pérdida de control y de frustración extema, y no muestras de "comportamiento de mocosos".

- Los signos indirectos de la ira son las bromas continuas, la chismografía, el sarcasmo, la actuación de la agresión, el ataque a los valores adultos, los accidentes frecuentes, los temores irreales, la conducta modelo, la depresión y los síntomas psicosomáticos.

- La aceptación por nuestra parte de la ira del niño evita que este use salidas indirectas o se reprima. Y le permite aceptar su propia humanidad total.


Capítulo 16: Cómo desenmascarar los celos

- Los celos en familia son un sentimiento normal, ya que todo niño anhela ser el favorito.

- Los celos enmascaran los sentimientos reales o imaginarios del niño en el sentido de hallarse en desventaja.

- Las presiones internas y externas pueden deteriorar la sensación de aptitud del niño; eso lo hace proclive a los celos.

- El niño encuentra en la alta autoestima una seguridad interna que lo protege contra los celos frecuentes en intensos.

- Los celos aumentan cuando se hacen presentes el favoritismo, las comparaciones y la falta de respeto por la individualidad. Evitemos el usar a un niño para cubrir nuestras propias necesidades insatisfechas. La atmósfera familiar tranquila, fundada en la cooperación y en la disciplina democrática, reduce la frecuencia de los accesos de celos.

- Signos indirectos de los celos son los aumentos súbitos de la dependencia, la regresión, la demanda de cosas materiales y la mala conducta.

- Cuando los celos se presenten, ayudemos - mediante la atención concentrada- a que el niño los exprese. Su sentimiento es real para él independientemente de lo reales o imaginarios que puedan ser los hechos que lo provocan.

- Ayudemos al niño a sentirse comprendido, incluido e importante; así, no se sentirá defraudado.


Capítulo 17: Motivación, inteligencia y creatividad

- Todo niño nace curioso, y con tendencia a confiar en sí mismo.

- Si queremos estimularlo intelectualmente y asegurarnos de que empleará la creatividad, debemos apoyar sus exploraciones, su curiosidad y sus movimientos hacia la autoconfianza. Debe sentirse seguro para hacerse preguntas y descubrir hechos.

- Estimulamos la inteligencia del niño cuando le brindamos ricas experiencias de primera mano, contacto con un lenguaje amplio, experiencias exitosas de solución de problemas, y ejemplo y actitudes familiares de valoración del aprendizaje y la independencia.

- El crecimiento intelectual del niño se ve afectado por: los impedimentos físicos, la insatisfacción emocional, los sentimientos reprimidos, la presión indebida tendiente al logro de metas no realistas, la disciplina no democrática, el corte de las líneas de comunicación, las aulas abarrotadas, los maestros inadecuados y las técnicas de enseñanza deficientes.

- El clima de encuentro seguro motiva al niño para parneder y capitalizar su exclusividad innata. Existe relación directa entre la autoestima elevada y la creatividad sin trabas.


jueves, 18 de junio de 2009

Ira


Hace unos meses, releia el libro El niño feliz, de Dorothy Corkille Briggs. Uno de los capitulos mas reveladores era el de la ira y hace tiempo que queria copiar aqui algunos de los fragmentos que mas me hicieron pensar. Pero en una pagina web que aborda temas de inteligencia emocional he visto un texto muy parecido sobre el tema. Y ya en el colmo de "me encuentro un articulo en el momento adecuado" ayer vi que Violeta Alcocer ha escrito algo parecido, pero yendo mas alla. Asi que hoy hago una entrada con dos textos. El de Violeta es este, sobre el enfado, la ira y la pataleta, muy recomendable. De hecho, justo ayer, yo escribia algo muy parecido por la mañana, para encontrarme por la noche con una buena dosis de realidad que me devuelve al principio de nuevo.
La imagen, uno de los preciosos bocetos que nos enseña estos dias en su blog, es de Patricia Metola
El texto que pongo es el de la pagina de inteligencia emocional.
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CÓMO DESCIFRAR EL CÓDIGO DE LA IRA

La ira puede llegar después del temor (por ejemplo, de que un niño se lastime).

La ira también puede llegar desde la frustración (uno intenta un poco infructuosamente llevar adelante una tarea, y nuestro hijo de seis años nos complica el trabajo sacando cosas de lugar). De pronto, gritamos sin la menor consideración : '¡Fuera de aquí ! ¡Ya estoy harto de ti !'

Nuestra frustración se transformó en ira, y ésta cayó sobre su hijo.

Al sentirnos AMENZADOS y CELOSOS, disfrazamos nuestras reacciones primarias con sarcasmo, y abofeteamos verbalmente a nuestro cónyuge.

Volver a la casa exhausto y encontrar a los niños 'haciendo lío'. Entonces gritamos, la FATIGA se ha transformado instantáneamente en hostilidad.

Robertito no permite tener una reunión tranquila con unas visitas, y la turbación de la madre va en aumento. Por último, e incapaz de tolerar más, le dice secamente :

-¡Vete a tu cuarto, y quédate allí hasta que puedas comportarte como un caballero !

-¡No voy nada !- retruca el muchacho.

La TURBACIÓN se hizo ira, y la HUMILLACIÓN se transformó en furia.

Con frecuencia los seres humanos transformamos en ira nuestros sentimientos primarios de preocupación, culpa, decepción, rechazo, injusticia, choque, incertidumbre o confusión.

POCAS VECES SE PRESENTA LA IRA EN PRIMER TÉRMINO, Y SIN CAUSA.


LA IRA ES UN CÓDIGO

El saber que la ira cubre una emoción anterior nos ayuda a manejarla con más eficiencia, tanto en nosotros mismos como en nuestros niños. El verla como un código la hace menos amenzante. Cuando uno desconoce este hecho, es proclive a responder en forma directa, y echar leña al fuego.

El motejar a una perona, o sea, el decirle cosas del tipo de 'vieja gorda', no es más que una forma de la hostilidad. Es menos agresivo que los golpes, pero cumple la misma función. SI la madre de Luisito sólo presta atención a la furia de éste, tal vez se ponga furiosa ella también, y le dé una bofetada o un sermón. Si, por el contrario, siente la frustración de él (le parezca o no razonable su deseo), es menos probable que empeore la situación al sumar su ira a la de él.

CÓMO DESCIFRAR EL CÓDIGO

-Noches atrás, cuando mi hija me puso un par de motes, reflejé su sentimiento al decirle : 'Carolina, estás terriblemente enojada conmigo !', relató la señora H.

-¡Claro que lo estoy ! ¿Por qué tengo yo que irme a la cama a las ocho, si Jaime se queda hasta las nueve ? El recibe siempre los privilegios, sólo porque es mayor. ¿Qué culpa tengo por haber nacido después ?

Invariablemente, CUANDO ACEPTAMOS LA IRA POR MEDIO DE LA ATENCIÓN ACTIVA, LOS NIÑOS NOS CONDUCEN AL SENTIMIENTO SUBYACENTE. EL código queda develado, y llegamos al núcleo del problema. EN nuestro ejemplo, Carolina dijo a su madre que su hostilidad provenía del hecho de sentirse defraudada.

-Sientes que estás en una situación terriblemente injusta al no tener los mismos privilegios, algo así como que no hay para ti forma de superarlo- reflejó la madre.

-Sí, así es- coincidió Carolina.

-Y te enfurece que papá y yo permitamos esta clase de cosas-, agregó la señora H.

-Exactamente. Fue por ustedes que yo nací en segundo término. Claro que si ustedes tenían más de un hijo, alguno tenía que ser el segundo, pero no me gusta ser la menor.

-Tiene muchas desventajas, eso de ser la menor.

-¡Ya lo creo ! Claro, a veces también me gusta, porque no tengo que hacer tantas cosas en la casa como Jaime.

-A veces encuentras ventajas en ser la menor- respondió la madre.

Cuando los sentimientos se transformaron en palabras y se los aceptó, la niebla que los rodeaba desapareció, y salió a la superficie la causa que hizo que la niña motejara a su madre. AL no tener que defender su posición, Carolina pudo advertir que su posición en la familia SÍ tenía algunas ventajas. Además, la empatía hizo que Carolina no se sintiera menos valiosa debido a su deseo, perfectamente normal.

domingo, 19 de abril de 2009

No dejar llorar



Este texto (y otros) lo he encontrado en crecer con amor y por supuesto es de Carlos Gonzalez. No lo habia leido hasta ahora, pero habia oido hablar de el. Creo que yo opto por una tercera via. Dejo llorar, intento acompañar de forma activa (abrazar, estar ahi, no dejarme llevar por mi propio enfado en caso de existir, conectar con lo que realmente le pasa, tratar de decir en una frase lo que creo que le pasa por si asi desenmarañamos la maraña emocional...), pero no me gusta distraer el llanto. Como siempre, creo que hay que observar, si estamos en condiciones en ese momento de empatizar y de escuchar lo que nos estan diciendo realmente con su llanto (ultimamente veo que no siempre estoy en condiciones). Mi hija no ha sido nunca de tener rabietas, aunque si ha llorado en ocasiones, claro. De hecho, uno de los cambios que noto en ella desde la llegada de Teo es que llora mas, esta mucho mas sensible. Antes del nacimiento se pasaban los dias y no encontraba motivos para el llanto. Ni terribles dos, ni nada. La primera vez que tubo un berrinche (que no llamaria yo rabieta porque no habia rabia, sino mucha pena y angustia en su expresion) en el que no podia parar de llorar fue la primera vez que trabaje hasta tarde. Bueno, en realidad era un pluriempleo cuya duracion era de dos semanas. Eso me hizo recogerla a las 6 de la tarde de la guarderia en vez de a las tres y media. El primer dia, por el camino todo le parecia mal, al llegar a casa me pedia algo y cuando se lo daba no le servia, demandas, demandas demandas... desplazadas. Las demandas imposibles iban en aumento, hasta que encontro aquella que yo no podia satisfacer (igual que no habia satisfecho su necesidad de verme a la hora habitual). Se puso a llorar inconsolablemente. yo podia haber optado por distraerla al modo Gonzalez, pero me parecio que lo que estaba pidiendo era poder desahogarse de verdad, limpiarse. Verbalice lo que le ocurria. Dijo siiiiiiii!!! de forma angustiosa y siguio llorando unos minutos. Al principio no queria que la cogiera y se iba de la habitacion donde yo estaba (y si la seguia salia corriendo a buscar otro lugar). Le dije que yo estaba alli para cuando quisiera. Y en dos minutos vino a mi y ya nos abrazamos. Fin de demandas imposibles, vuelta a la felicidad. Si la hubiera distraido, creo que no hubiese resuelto esa situacion de agobio que tenia. No siempre es tan sencillo por supuesto. A medida que crecen, pienso que las situaciones son mas complejas, se mezclan muchos mas sentimientos y a veces la maraña es dificil de deshacer.


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Está muy extendida la teoría de que a los niños (2 o 3 años) hay que dejarlos solos cuando tienen una rabieta. Claro, en la versión progre” del tema se dice que al niño se le deja desahogarse, pero el resultado es el mismo (le dejas solo y llorando) que en la versión tradicional: “no es más que teatro, así que hay que quitarle el público”, o en la conductista: “aislado en tiempo de exclusión hasta que aprenda a comportarse como es debido”.

Quizás parte del éxito de algunas de las teorías de “dejar llorar” viene de una confusión semántica: “no (dejar llorar)” frente a “(no dejar) llorar”. Me explico. Cuando yo digo que no hay que dejar llorar a un niño lo que estoy diciendo es que los padres no tienen que hacer una actividad denominada “dejar llorar”, actividad que consiste en pasar de un niño que llora y no hacerle caso. Yo no estoy prohibiendo nada al niño, en todo caso estoy “prohibiendo” a los padres que le “dejen llorar”. En cambio algunas personas lo que dicen es algo muy distinto, que el niño no debe hacer una actividad denominada “llorar”, que los padres deben impedírselo, prohibírselo, incluso castigarlo por ello. Eso, claro, me parece una barbaridad.

Es una actitud mucho más extendida de lo que parece. Miles de veces, en vez de intentar consolar de forma adecuada a un niño (cogiéndolo en brazos, o dándole teta, o preguntándole qué le pasa, o diciendo “pobrecito, qué pupa más grande” o “sana sana culito de rana” o reconociendo el problema “sí, qué rabia, tenemos que irnos del parque porque es muy tarde, menos mal que mañana podremos volver…”), se le dicen con la mejor de las intenciones cosas como “no llores, que te pones muy feo”, o “qué vergüenza, un niño tan grande y llorando”, o “no llores, que los niños valientes no lloran”, o “no lores que pareces una nena” o “me duele la cabeza de oírte llorar”, o “este señor se va a enfadar si lloras”, o “cállate de una vez”, o “me tienes harto con tus llantos”.

Todos estos son ejemplos, unos más suaves y otros más bestias, de “(no dejar) llorar”. Claro, a todos se nos ha escapado alguna vez, y por una vez no tiene importancia; pero imagínense lo que es que cada vez que lloras, sea cual sea el motivo, te digan que te pones feo. ¿Qué va a sentir, cuando sea mayor, una persona educada así? ¿Qué comprensión, qué empatía, podrá sentir por el dolor ajeno, por el llanto de sus propios hijos? Le estamos diciendo que la belleza es el valor supremo, y que uno tiene incluso que reprimir sus propios sentimientos para poder ser “guapo” y por tanto aceptado socialmente.

Lo mismo que, cuando dejamos solo a un niño con una rabieta, cuando deliberadamente nos vamos de la habitación, o lo enviamos sólo a una habitación, le estamos enseñando que el dolor no es socialmente aceptable, que una persona bien educada no “se deja llevar” por sus sentimientos en público.

Otra cosa sería un niño mayor (o adolescente) que deliberadamente se va a llorar solo. También hay que demostrarle que tiene derecho a aislarse, si eso es lo que desea. No salgas corriendo detrás, no le digas que “es de mala educación” y que “no puede levantarse de la mesa”… pero puedes, al cabo de un tiempo prudencial, acercarte, decir algo, y seguir o retirarte según su respuesta. Cuando mis hijos tenían rabietas, lo probaba todo. Es cierto que en algunos casos parece que no quieran ser consolados: si les hablas o les preguntas, lloran aún más fuerte o te insultan, si intentas cogerles en brazos se resisten y patalean, si les tocas te pegan. En esas circunstancias, es muy humano sentir la tentación de decir: “¿Y encima me pegas? ¡Pues me voy y te j….! ¡Yo no tengo por qué aguantar esto!” Sentimiento que muchos intentarán racionalizar (pues la capacidad del ser humano para engañarse así mismo parece ser aún mayor que su capacidad para dejarse engañar por otros) con argumentos como “es mejor que se desahogue” o “no es un castigo, es aplicar las consecuencias lógicas, debe aprender que si insulta y pega nadie querrá estar con él”. Es muy humano reaccionar así, pero ¿no es un poco “infantil”? ¿No debería un adulto, que encima es padre, tener más herramientas que un niño de tres años para canalizar la ira y para mantener la compostura en situaciones difíciles?

Es un poco como si hubiera un individuo de pie en una cornisa, amenazando con tirarse de un octavo piso, diciendo a los bomberos: “si se acercan, me tiro”, y los bomberos dijeran, “bueno, hemos hecho lo que hemos podido; si se pone en plan imbécil no tenemos por qué aguantarle las impertinencias” y se fueran.

Supongo que cada niño es distinto, y que cada familia encontrará su propia estrategia. A nosotros nos iba muy bien, en las rabietas más terribles, alejarnos un poco y ponernos a hablar del niño en voz alta: “¿Sabes, Mamá, que ayer llevé a María a ver a Abuela? - ¿Ah, sí, fuisteis a ver a Abuela? - Si, y María estuvo ayudando a Abuela a preparar un pastel - ¿María ya sabe cocinar? - Sí, lo hizo muy bien, dijo Abuela que nunca había quedado la masa tan bien revuelta, sin ningún grumo de harina…” A medida que vamos hablando, notamos como María deja de llorar para poder oír mejor. “¿Y con qué hicieron la masa del pastel? - Pues con harina, leche, huevos, levadura, y… a ver si me acuerdo, había otra cosa…” Y de pronto María interviene: “-Y limón rallado, lo rallé yo”. A partir de ahí, la rabieta puede darse por concluida, siempre y cuando los padres sigan disimulando un rato y eviten la mezquina tentación de vengarse: “Ah, conque ahora hablas, creí que sólo sabías llorar”, o “No me interesa lo que digas, si tú no me querías oír a mí, yo tampoco te quiero oír a ti”, o “Ahora que has dejado de llorar, ¿me puedes explicar qué te pasaba?”…

Es asombroso la cantidad de padres que sienten (sentimos) la ridícula
necesidad de decir la última palabra, de ajustar cuentas, de dejar ien claro quién se ha portado mal y quién se ha portado bien, la necesidad no sólo de vencer, sino de humillar al vencido. Que el mentiroso confiese, que el culpable pida perdón, que el desobediente obedezca… Supongo que son frustraciones sin resolver de nuestra propia infancia, que nos creemos con derecho a exigir de nuestros hijos absoluta sumisión porque sabemos que jamás la obtendremos ni de nuestros padres, ni de nuestro cónyuge, ni de nuestros amigos, ni de nuestros jefes, ni de nuestros subordinados, ni del gobierno…

martes, 20 de enero de 2009

Las rabietas


Estaba yo últimamente algo "peleada" con Laura Gutman a raiz de un artículo sobre la muerte súbita que me parece culpabilizador y equivocado, pero mira por dónde, ayer ví dos artículillos que me han gustado. El primero es sobre rabietas y lo he cazado en CN


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Imaginemos una escena: Una mujer espera ansiosa a su marido, deseosa y necesitada de que su esposo la abrace y converse con ella. Pero sabe que este hombre no suele ser afectuoso corporalmente. Por lo tanto hace ya mucho tiempo que la mujer en cuestión no se lo pide, aunque crece su frustración, enojo y soledad. Cuando el marido le solicita algo, por ejemplo, que le traiga un café a la cama; ésta estalla a través de gritos llenos de rencor y desesperación.

Imaginemos que este hombre solicita una consulta médica porque su mujer hace rabietas sin motivos. O que se junta con sus amigos para contarles que su mujer está loca y que hace rabietas a repetición y no hay forma de hacerla entrar en razones. ¿Nos resulta graciosa la imagen? ¿Tal vez algo ridícula?

Ahora traslademos por un instante esta situación imaginada a la realidad emocional de un niño pequeño. Un niño cualquiera que no sabe cómo pedir lo que necesita, porque lo ha intentado con magros resultados. Ha pedido brazos, mirada, o sencillamente presencia. Pero se le ha hecho saber que su pedido era desmedido o fuera de lugar.

Ese niño a veces enloquece en su desesperación por satisfacer alguna necesidad básica, posiblemente no comprendida por el adulto. Entonces grita, hace berrinches, da patadas, se tira al suelo, llora, se tapa los oídos, tose, vomita; en fin, nos ofrece un espectáculo atroz, sobre todo cuando nos sucede en la fila para entrar a ver un espectáculo de títeres, o durante un almuerzo familiar con tíos, suegros y padrinos como testigos. No es necesario aclarar que nos inunda una imperiosa necesidad de desaparecer de la faz de la tierra en ese preciso instante. Y si fuera posible, también devolveríamos a ese niñito no sabemos bien dónde ni a quién.

Hasta aquí, todas las madres y los padres sabemos de qué estamos hablando. ¿Qué hacer? Tenemos dos opciones:

Uno) Ponernos de acuerdo entre los adultos, asegurando que los niños están imposibles, que las rabietas se les pasarán cuando crezcan y que lo mejor es no darles importancia; o

Dos) Interesarnos en comprender qué le pasa al niño. Para esta última decisión, será menester “rebobinar la película”, y averiguar especialmente qué le estuvo pasando al niño ANTES de la famosa y estruendosa rabieta.

En la mayoría de los casos, hubo pedidos genuinos, respecto a la necesidad de ser mirados, a los pedidos de introspección, de desaceleración de ritmos familiares, a la necesidad de contacto, de escucha, de acercamiento a sus mundos internos. Claro, que todo esto pertenece al universo sutil de los sentimientos, que en principio es “invisible a los ojos”.

El problema es que cuando los adultos no logramos reconocer con sencillez y sentido lógico una necesidad personal, tampoco podemos comprender la necesidad específica del otro, y menos aún si está formulada en el plano equivocado. Generalmente, sin darnos cuenta, pedimos lo que creemos que será escuchado y no lo que realmente necesitamos. A este fenómeno tan frecuente y utilizado por todos nosotros, lo llamaremos “pedido desplazado”. Así las cosas, si sé de antemano que una necesidad no tiene posibilidades de ser escuchada, la voy a expresar a través de otro deseo “escuchable”. Pero así es como se instala el malentendido.

En relación a los niños esta situación es tan corriente que la vida cotidiana se convierte en “un campo de batalla”. Levantarse para ir a la escuela, comer, bañarse, ir de compras, hacer la tarea, llegar o irse de algún lugar, ir a un restaurante en familia, todo parece ser “una lucha” no se sabe muy bien contra quién. Y hemos encontrado un rótulo muy de moda aplicable a casi cualquier situación: “a este niño le faltan límites”, “es un niño caprichoso” o “con sus rabietas no conseguirá nada bueno”.

Si nos enfrascamos en estas creencias, es poco lo que podremos hacer para ayudar al niño a expresarse y encausar su necesidad hacia una resolución posible y para que los adultos podamos compartir momentos felices con los niños, fuera del estrés de quedar atrapados en el circuito de las imparables rabietas.

Para ello, puede resultarnos muy útil ponernos en el lugar de los niños. Imaginarnos en sus cuerpos y en su confusión, en la imposibilidad de comunicar lo que genuinamente les pasa ya que frecuentemente piden “lo que puede ser escuchado”, por lo tanto, los adultos no logramos llegar hasta la necesidad real.

Esto no significa que los adultos tenemos la obligación de “hacer todo lo que al niño se le antoje” ni responder ciegamente a pedidos incomprensibles. Lo que sí tenemos la obligación de hacer, es enterarnos. Ayudarlo a comprender qué necesita. Conversar. Dialogar. Transmitir al niño lo que a nosotros, los adultos, también nos pasa. Y darnos cuenta que tenemos que llegar a algún tipo de acuerdo donde los deseos de unos y otros puedan coexistir.

Si somos capaces de generar espacios de intercambio con el niño pequeño, constataremos que las rabietas desaparecerán. Porque el niño se sentirá escuchado y tenido en cuenta, independientemente si “eso” que deseaba podrá ser o no satisfecho. La prioridad reside en haber sido comprendido por el adulto amado. Dentro de esa relación abierta, de confianza y diálogo, el niño puede pedir lo que quiera, también puede recibir un “no” explicado con sencillez, relacionado con la capacidad o limitación del adulto. De ese modo todos accedemos y compartimos la realidad emocional de todos. Nadie queda excluido. Y ya no será imprescindible comprar un caramelo o vestirse a tiempo. Ninguna situación exigente para el niño devendrá imposible de asumir, porque el niño no estará solo. Sabrá que haga lo que haga, o necesite lo que necesite, los padres estarán cerca para comprenderlo, y encontrar juntos maneras posibles de satisfacerlo.

Esta manera de encarar el “problema de las rabietas” trae consigo otra ventaja: los niños podrán acceder a la realidad de los adultos, interesándose por sus padres y haciendo esfuerzos por comprender el mundo de las personas grandes. Esto les amplía la percepción del mundo, se vuelven niños curiosos y deseosos de saber más, comprender más, y de participar en el intercambio emocional.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Ideas para educar sin violencia


Juraría que esto ya lo había puesto, pero como he visto que no lo encontraba y que como siempre me cuesta tanto dar con este listado, lo subo aquí. Surgió de un post en el foro de Crianza Natural, hace casi 3 años ya (la lectura del post no tiene desperdicio). Cada madre iba aportando qué ideas solían funcionar para quitar hierro a las situaciones conflictivas y poder pasar esa barrera del enfado y la invasión de cólera que hacía que la historia aún se volviera más tensa y difícil de solucionar. Esther recopiló todas esas herramientas y el documento ha ido a parar a la nevera de muchas casas.

Imagen de Mónica Calvo
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IDEAS PARA EDUCAR SIN VIOLENCIA

1. OBSERVAR : Si nos anticipamos a la rabieta estaremos mas preparados para afrontarla.

2. ESCUCHAR Y COMPRENDER: lo que tu hijo quiere decirte es importante para él. Debemos tomarlos en serio. Hacerles entender de que nos hemos dado cuenta de qué es lo que quieren:
“Te gusta mucho esto, verdad? pero.........”
"Entiendo que quieres esto pero...."
"Cariño, es que así no entiendo lo que me dices, ¿te calmas un poquito y me lo pides hablando?..

3. PACIENCIA Y TRANQUILIDAD: SI PIERDO LOS NERVIOS PUEDO RECUPERARLOS...PARA ELLO TENGO LAS SIGUIENTES HERRAMIENTAS:

1) CONTAR HASTA 89432
2) REPETIR FRASES: "paciencia, paciencia, mañana a esta hora ya va a haber pasado todo"
3) CAMBIAR DE CONTEXTO: Alejarse o buscar una distracción relajante para calmarse
4) RELAJARSE: respirar hondo, yoga, spa...
SI DESPUES DE TODO PIERDO LOS NERVIOS:
5) Pedir perdón y explicar nuestros sentimientos.
4. ABRAZOS

P.E: abrazarle y susurrarle cosas del estilo " que enfadado está mi chiquitín, ya le pasa, ya le pasa...", sino se deja, dejarlo desahogarse

5. HUMOR : no hay cosas que si las miran 'de lejos' parecen graciosas ??
Decirle las cosas cantando o bailando
Hacerlos reír
Desconcertarles haciendo algo inesperado: cantar, poner caras, cambiar de sitio, pegar saltos y carreras, bailar...

6. SEGURIDAD : sentirse seguro de uno mismo y de que va a saber manejar la situación
P.E: Sonreír y decir: yo sé que eres un buen chico y vas a hacer lo correcto.

7. COHERENCIA: si hay un “no” que sea realmente justificado y coherente. Analizar en que situaciones es realmente importante el poner limites. Vale la pena estar todo el día diciéndole NO a todo?

8. EXPLICAR: pausada y serenamente las cosas

9. CONFIAR EN EL: Mi hijo es un encanto y estoy segura de que va a hacer lo correcto

10. RELATIVIZAR: analizar la situación. Vale la pena para dos días que se vive enfadarse tanto ¿Es realmente importante esta limitación?

11. EXTRAPOLAR: El comportamiento de niño al de adulto: Si tú tienes derecho a salirte de la línea recta, tu hijo también

12. FOMENTAR LA EMPATIA: Intenta ver las cosas desde el punto de vista de tu hijo

13. CAMBIA EL CONTEXTO: Realizar otra tarea que les guste/relaje para que olviden el motivo de la rabieta.

14. RECOGIMIENTO/MEDITACION/SEPARACION: nunca como castigo, sino para desahogo, cambio de contexto o para recuperar la serenidad(no debe verse como un castigo ni ser traumática)..mejor acompañado

15. ENSEÑARLE A PONERSE EN EL LUGAR DE LOS DEMAS:
“A ti te gustaría que te hicieran eso?”

16. PACTAR/NEGOCIAR

17. SI HACE ALGO REALMENTE PELIGROSO, USAR UN NO ENÉRGICO

18. SIEMPRE, SIEMPRE, HAY QUE HABLARLES A LOS NIÑOS A SU ALTURA;

AGACHARNOS O COGIENDOLOS EN BRAZOS, PERO SIEMPRE QUE SU MIRADA Y LA NUESTRA ESTE A LA MISMA ALTURA; Y MÁS EN LOS MOMENTOS DE LOS QUE ESTAMOS HABLANDO

19. NO CONTAGIARNOS DE SUS EMOCIONES: no ponernos a su nivel y pillarnos una rabieta nosotros también:

"quiéreme más cuando menos me lo merezco, porque es cuando más lo necesito".

IDEAS MAESTRAS
Descargar adrenalina: hacerle cosquillitas en la barrigota y diciéndole "como que no, bichito mío, ya veras tu, te voy a comer el culete

Ayudarles a descargar la rabia: "vaya enfado te has cogido, porque no me dibujas en este papel lo enfadado que estas?"

El cuento de la lechera. Cuando te piden insistentemente algo que no le podemos dar en ese momento, puede funcionar el montarse un cuento sobre ello en tono de complicidad y humor: "vaya cariño, me encantaría tener una varita mágica para poder hacer aparecer esto o lo otro..."
Despedirse: si hay que irse y el no va a querer ayudarle a hacerse a la idea despidiéndose de las cosas: “adiós agua”, etc..

No quieres darle algo: un pelin teatrera "qué lástima, se nos han acabado, no tenemos, pero mañana acuérdate que hay que comprar"

Bloqueo: si quiere hacer algo prohibido, impedírselo interponiéndose y dejar solo que lo use aprendiendo la utilidad de ese objeto(p.e. jugar con el interruptor no, pero si hay que encender la luz, pedirle que lo haga él

Compañeros de desgracia: si no quiere hacer algo, acompañadlo en la tarea

Que pasa?: Mirar los ojos del “enrabietado”, con amor. hasta que ambos vuelvan a estar tranquilos. En silencio. Buscar señales no verbales por ver si es capricho o si le pasa algo. Luego, volver a intentarlo de nuevo. Si no funciona, cambiar de actividad.

LA SOLUCION DEFINITIVA: CTRL+ALT+SUPR: BORRON Y CUENTA NUEVA: AMBAS PARTES COMENZAR DE CERO
"Empezamos de 0?" y le doy la mano tipo” de acuerdo" o le digo "a mí no me gusta estar enfadada, prefiero estar contenta y tú?"

sábado, 26 de enero de 2008

Tomarse con calma las rabietas



Este artículo lo puse hace tiempo en catalán. Es de Miquel Àngel Alabart y fue publicado en la revista Viure en família. Es una traducción mía, de estar por casa, pero así comienzo a quitarme la pereza.
La imagen, extraida del blog de Tipika


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Que lo que pedimos y los que se nos da no siempre coincide es algo que la vida se encargará de recordarnos todos los años que ésta dure. Pero algo que de lo que empezamos a ser conscientes desde bien pequeños.

Un niño, hacia el año y medio de vida, es decir, cuando empieza a formarse una cierta idea de sí mismo, comienza a poner a prueba los límites de su yo (formado básicamente por deseos) y el resto del mundo. Esto, lógicamente, choca a menudo con ese resto del mundo, que en un principio está compuesto, en este orden o no, de madres, padres, hermanos, otros niños y niñas, arena del parque, columpios, gominolas y otros objetos de deseo que no siempre aceptan ser deseados. “Quiero esto que depende de ti, pero tú no me lo das”. Y así, la intrépida criatura descubre la frustración. La combinación de frustración, hormonas, nervios, entorno y otros factores hace que , en determinados momentos esta frustración estalle en forma de rabieta.

No creemos necesario describir al detalle qué es una rabieta. Podemos resumir diciendo que se trata una explosión nerviosa con abundantes sacudidas y otros movimientos más o menos violentos, gritos y, en determinado nivel y según el carácter, golpes de cabeza a alguien, insultos y quizás lanzamientos más o menos afortunados de objetos. Y que todo esto es especialmente frecuente entre los 18 meses y los 4 años, más o menos. Y que acostumbra a venir a continuación de una demanda por parte de la criatura que sus adultos de referencia no quieren o no pueden satisfacer.

Digámoslo de entrada: estas reacciones airadas ante la frustración (a veces una frustración tan pequeña que más bien parece una excusa para reaccionar) es lo más normal del mundo, y podemos ver incluso personas de 30 años haciendo cosas parecidas. La diferencia está en la frecuencia y, en principio el contenido del berrinche (se supone que la mayor parte de gente adulta sabe controlar lo que hace cuando está enfadada..). Por decirlo de una forma algo técnica, la rabieta es una conducta que acostumbran a tener los niños pequeños y que se da como reacción ante un estado emocional de rabia o frustración.

El estrés no ayuda.

¿Pero qué hace que estos sentimientos afecten tanto, en un momento dado, a los niños, sobre todo en estas edades? Todo depende, como siempre de si las necesidades básicas están cubiertas o no. No es lo mismo frustrar una necesidad real que frustrar un deseo imposible o no recomendable de satisfacer. Y además, es fácil que la demanda que se expresa (“yo quería la chaqueta amarilla”) sea la forma que toma otra demanda (“necesito salir a tomar el aire”). Seguramente, si intentamos estar conectados con nuestros hijos, sabremos comprender, ante una rabieta, qué le debe estar pasando, qué necesita realmente. En todo caso, tener las necesidades satisfechas ayuda a prevenir las rabietas. Sencillamente el pequeño estará menos estresado.

Así pues, de entrada, si creemos que nuestra criatura tiene demasiadas rabietas, quizás tendríamos que mirar primero si podemos reducir los factores de estrés en nuestras vidas. De todas formas, las rabietas no desaparecerán sólo por eso. Éstas también tienen la función de descargar la tensión que provoca la frustración ante situaciones cotidianas insatisfactorias. Como decíamos, hay todo un aprendizaje sobre cómo la realidad no siempre se corresponde con nuestros deseos y hay que pasar por esta fase para poder crecer. Lo único que podemos hacer, en todo caso, es acompañar a nuestros hijos en ese camino.

Acompañar

Que la rabieta sea algo normal, no quiere decir que a nosotros nos cueste aceptarla. Los padres también estamos bastante estresados, y además, tenemos tendencia a pensar que los niños razonan de la misma forma que nosotros, aunque no tengan más de 4 años. Creemos que tendrían que entender que hay cosas que, sencillamente, no pueden ser. Pero como hemos visto, no es así. Cuando un niño de 3 años está gritando y protestando porque no le hemos comprado aquella golosina tan deseada ( o peor aún, porque no nos parece adecuado que se quiera llevar 10 paquetes de galletas del súper, o que se quiera quedar dentro del metro cuando tenemos que bajar…), no espera un argumento, ni tampoco quiere calmarse: eso es lo que queremos nosotros!! Pero como no se calma, ni con explicaciones ni con nada, lo más probable es que hagamos lo imposible, desde amenazar a ceder, para que pare el “numerito” (que acostumbra a suceder en medio de la calle, del autobús, de una tienda), con lo que seguramente aún tensaremos más la situación y no ayudaremos demasiado a que se destensen.

El resultado es que el niño comprueba atónito que su berrinche, en principio, espontáneo y casi sólo una reacción física, puede tener algún efecto, ya sea porque provoca atención y emoción en el adulto, ya sea porque consigue lo que pedía. Así que muchas criaturas aprenden a esta edad que en un momento dado una buena rabieta puede tener efectos interesantes.

Antes de llegar a este lío, creemos que vale la pena volver atrás y ver qué le pasa al niño. Éste hace demandas, a veces no realizables, y a veces no sabrá que no lo son y a veces sí lo sabrá (como aquella niña que se quería quedar a dormir en la calle). Dependiendo de su estado de ánimo, acumulación de frustraciones y estrés y de las necesidades del momento (sueño, hambre, atención… incluso la necesidad de llorar y gritar), es posible que de golpe estalle una sonora rabieta. ¿Qué necesita? Antes que nada, necesita saber que toda esa mezcla de emociones es válida, que no lo censuramos, que lo acompañamos.

Cuando hablamos de acompañar nos referimos a mostrarle que le queremos, que estamos allí, respetando su proceso, sin intervenir, pero sin abandonarle. Esto se puede hacer quedándonos a su lado, observando con tranquilidad su comportamiento, y quizás describiéndolo (“estás gritando mucho, parece que tienes ganas de pegarme…” ). También podemos probar a poner nombre a sus sentimientos, describiendo lo que ha pasado (“querías el caramelo y mamá no te lo ha comprado, no? Y te has enfadado mucho”) o incluso intentando adivinar más allá (“debes de estar muy cansada” o bien “me parece que tienes ganas de que esté contigo”). En el primer momento, seguramente no querrá contacto físico, pero estemos atentos para cuando éste sea posible, ya que un abrazo le hará saber que le seguimos queriendo, y además servirá de contención.

Mantener la calma

Hay que decir que buena parte de las rabietas tienen lugar en el “peor momento”. ¿Por qué? Pues seguramente porque también es el peor momento para el niño. Si tú estás estresado, tu hijo también, y la rabieta tiene muchos puntos para aparecer, incluso por las razones menos previsibles. Además, es posible que nuestro estrés hace que estemos desatendiendo sus necesidades, y tarde o temprano, nos lo hará saber. Todo esto puede explicar también por qué nos cuesta afrontar su rabieta:¡ porque es justo lo que menos estamos dispuestos a hacer en ese preciso momento!

Pero también hay otra razón por la que no soportamos las rabietas: la presión social. Una criatura teniendo una rabieta en medio del metro llama, ciertamente, la atención. No todos los padres y madres estamos dispuestos a soportar cien miradas que a nuestros ojos pueden estar diciendo desde “qué poca autoridad tiene esta madre” o “seguro que tiene hambre y este padre no se da cuenta” hasta “que lo haga callar como sea”. Claro que, en realidad, lo que pasa es que nos enfrentamos a las contradicciones entre nuestro instinto y lo que nos han inculcado desde pequeños sobre el lloro, la buena educación, las emociones, la autoridad… Hay que entender, no obstante, que ante su sobredosis de adrenalina y de otras hormonas, lo que el niño espera encontrar es, sobre todo, seguridad, contención y amor incondicional. Por tanto, intentemos mantener la serendidad y pensar que, si no hemos acostumbrado a los niños a reacciones extremas, la rabieta es tan espontánea como el hambre: de entrada no nos están intentado manipular, simplemente se expresan. Ante la elección de “los espectadores” de la rabieta, que “exigen” una respuesta, o tu hijo, que necesita otra ¿con quién te quedas?

Entender todo esto nos puede ayudar a estar más enteros ante las rabietas de los niños, ayudarles y una vez pasada la rabieta, mostrarles otra forma de canalizar las emociones. Podemos enseñarles formas de hacerlo, como por ejemplo que tu hija diga “esto muy enfadada contigo” en vez de darte un golpe, o sencillamente poner nombre a la verdadera necesidad del momento: “me parece que tienes mucho sueño”. Y también explicarles, si es posible, como ante una frustración puede haber elementos “de esperanza”: “ahora no compraremos las golosinas porque ya has comido un caramelo antes, pero recuerda que para cenar haremos macedonia”. Claro que no es la golosina que él quería, pero así es la vida: a veces no es como la esperábamos, pero puede ser igualmente sorprendente y al final quizás acabemos riendo. Si de vez en cuando nos lo recordamos a nosotros mismos y lo transmitimos a nuestros hijos “por contagio”, no deja de ser una sana lección de vida… que se acaba aprendiendo después de muchos berrinches.

El estrés y las rabietas

El estrés infantil es uno de los factores principales que se asocian a la frecuencia e intensidad de las rabietas, ya que precisamente éstas son descargas de energía y toxinas acumuladas. Cuando decimos estrés hablamos de todo aquello que obliga al niño a hacer un sobre esfuerzo para adaptarse a situaciones que no corresponden con sus necesidades.

Evidentemente, son estresantes las prisas, los horarios largos y apretados de escuelas y padres, el abuso de desplazamientos o la falta de tiempo para el juego libre, pero también cosas menos evidentes como el exceso de televisión, los espacios poco adecuados, problemas familiares, cambio frecuente de personas de referencia, ausencia de los padres… es decir, que si a tu hija o hijo está algo estresado… ¡bienvenida la rabieta! ¡Quizás es la mejor manera de desintoxicarse de tanta tensión!


Puntos importantes:


- La combinación de frustración, hormonas, nervios, entorno… hace que en determinados momentos, esta frustración estalle en forma de rabieta, más frecuentemente entre los 18 meses y los 4 años.

- Una rabieta es una explosión nerviosa con abundantes sacudidas y otros movimientos violentos, gritos y en ocasiones cabezazos a alguien, insultos y quizás lanzamientos de objetos.

- Tener las necesidades satisfechas ayuda a prevenir las rabietas, porque la niña o el niño estarán menos estresados.

- El niño necesita sentir que esa mezcla de emociones es válida, que no le censuramos, que le acompañamos.


Algunas pistas ante las rabietas

Plantéate si su demanda es completamente irrealizable. A veces, ahorrarse un conflicto vale la pena, no hace falta ponerse tan tozudos como ellos! Si estás seguro de que no puedes ceder, estas son algunas cosas que puedes probar:

- Intenta mantener la calma. Es mucho mejor para los dos. (Hemos dicho “intenta”, nadie es perfecto)

- Intentar observar al niño poniéndote a su altura sin decirle nada y esperar con paciencia que se le pase (ídem).

- Evidentemente, evitar el daño físico que se pueda hacer o pueda hacer a los demás, si crees que puede ser importante.

- Cuando comience a calmarse, decirle en voz baja palabras que le hagan darse cuenta de que le entiendes (“estás muy enfadado”, “querías tal cosa”…)

- Cuando se deje, darle un abrazo: lo necesitáis los dos.

- Proponerle una alternativa: después de la catasis, ¡necesita aferrarse a algún éxito!

- Si no puedes hacer nada de lo que hemos dicho, pensar: “no pasa nada, no seré el primer padre que pierde los estribos ante una rabieta” y probar suerte la próxima vez.

- Y recuerda: a más estrés, más frecuentes y surrealistas son las rabietas. Trata de reducirlo. Y si vivís en un balneario…bien, en educación no hay reglas exactas.

Si tiene muchas rabietas, tendrás que escoger en qué cosas cederás y en cuáles no. Ser siempre inflexible puede acabar creando una relación demasiado conflictiva. Si aún así tiene muchas, o ya no tiene edad para tener tantas, quizás vale la pena consultar a un profesional.

sábado, 24 de noviembre de 2007

Cry for Connection: A Fresh Approach to Tantrums

Cry for Connection: A Fresh Approach to Tantrums
By Patty WipflerIssue 115 - November/December 2002
http://www.mothering.com/articles/growing_child/toddlers/tantrums.html

The man at my parenting talk is exasperated by his two-year-old son's behavior.

"First, he wants a glass of milk," he tells me. "I pour the glass and hand it to him, and he gets upset and says he doesn't want it. So I say, 'Okay, then, I'll drink the milk.' I'm trying to show him I'm flexible. But he fusses and says, 'No, don't drink it, I want it!' I offer it to him again, and he swats it away! What in the world is going on?" He adds that these episodes are increasing. What could end this cycle of contradictory wants that is spiraling out of control? What is he doing wrong? What does his son need?

This child was teetering on the edge of a tantrum, a very uncomfortable place for him and for his parents. Every child I know has moments when nothing he asks for actually helps, and when every attempt to fill his needs seems to make things worse. I offered the father a fresh perspective on tantrums that makes parenting young children much simpler, if not easier. The headline is that you can safely and serenely allow your child to have the tantrum he is heading toward. That tantrum is necessary. It's healthy, and it's healing. All you need to add is your warm attention. The tantrum you permit him to have clears a jam in his mental and emotional system so he can think well again.

Let's look at this approach in more general terms. Most of us evaluate our parenting in a very straightforward way. When our children are happy, cooperative, loving, and polite, we take pride in them and in ourselves as parents. When our children are unhappy or unreasonable, we figure that something has gone wrong, and we tend to blame ourselves or them. In short, we've been trained to think of children's upsets as "bad."

When an upset arises, we want to put an end to it as quickly as possible. Some parents try distraction or reasoning; others use intimidation and force. Whatever our methods, conventional wisdom has it that it's our job to end the upset. We require our children to tuck their upsets away and be "good" again. We don't want them to grow up to be uncivilized, and we don't want to feel or look like "bad" parents with "bad" children.

But what if, contrary to what we've grown up believing, tantrums and other expressions of feelings are actually useful? What if a tantrum is like an emotional sneeze--a natural reaction meant to clear out foreign material? Perhaps the usual struggle of parent versus child at emotional moments doesn't have to take place. Perhaps we can throw away the mental chalkboard on which every meltdown is a mark against our children or ourselves.

There are four pivotal perceptions that can help us see tantrums in a new light.

Children enjoy being easy-going, loving, cooperative, and eager to learn. Children are built to take in lots of good experiences, and to operate with joy and enthusiasm.

Children's good nature can be obscured by bad feelings. When they are sad, frightened, bored, frustrated, or embarrassed, or when they feel alone or unappreciated, their good nature becomes encrusted with bad feelings. This emotional tension pulls their behavior off track, away from trust, cooperation, and enthusiasm. When they are loaded with bad feelings, children literally can't think. Hurt feelings confine a child to unloving, fearful, or irrational behavior. A child will openly present this behavior in order to signal for help. The child who wanted milk, then didn't, then did, then didn't, was signaling as plainly as he could that his ability to think was compromised. He was asking for help with a knot of unruly feelings.

With a little help, a child who is upset or inflexible can recover his ability to reason and to be pleased. To do this, he needs a supportive adult close by, while he works through his upset.

A child cries, throws a tantrum, or sometimes trembles and struggles, to expose and offload her bad feelings. During her upset, she's doing her best to dig herself out of an irrational state. My suggestion to the father whose son was on the verge of a tantrum may seem counterintuitive, but it works. He could stop trying to solve the unsolvable glass of milk problem, move close to his son, and pay full attention to whatever happens next. His son will lead the way. Usually, when a child feels that the parent has slowed down and is interested in her rather than in solving a practical problem, the feelings rise up and spill out, just the way they're meant to. Feelings spilled are feelings resolved. Feelings spilled are not a child's permanent assessment of the quality of our parenting. The father could listen with care to the tantrum, keeping his son safe throughout, trusting that he will soon make his way back to a reasonable state of mind.

It takes courage to listen to your first tantrum from beginning to end. It's usually an emotional wringer for the parent who tries it. Like opening your eyes underwater for the first time, you may worry that you are doing damage. But the results are almost always thoroughly convincing. Your child feels heard. She sees that you've stayed with her through the worst of how she felt. Her mind clears, and life satisfies her again.

As parents gain experience staying close through their children's emotional storms, they find that the trip no longer feels quite so risky or grueling. Their child's upsets, which once seemed to point to a serious failure, now simply signal the need for a good cry, or a good tantrum. The child's system is on the fritz, no blame or shame involved, and the remedy is wet and wild, but simple.

Tantrums Are Integral to the Learning Process Tantrums arise as children's expectations become more ambitious and more detailed. Their ideas of what they want to do are grand, yet their abilities grow only through the messy process of trial and error.

You know the scenario. Your child can't make things go her way and, to her credit, won't give up trying. Eventually, she runs out of new approaches. She wants to succeed, but can't figure out how. Your well-meaning suggestions don't help, because in this emotional state she can't make use of any guidance; she must either fall apart or abandon the effort. Distracting her from the effort sometimes heads off the tantrum in the short run but doesn't help in the long run. When she returns to that learning task or that expectation (or when, five minutes later, she finds another pretext to ignite her feelings), frustration will flare again, because until a tantrum dissolves it, the frustration stays pocketed inside her, agitating to be released. Feelings of frustration are an everyday glitch in the learning process, an unavoidable result of the clash between what children expect and what turns out to be possible.

As director of an infant-toddler day care center, I saw tantrums happen for each and every child. We built very close relationships with the children. We saw all of them go through periods of time when they could meet challenges without losing their equilibrium. Inevitably, however, a time came when it seemed that any small disappointment would trigger a tantrum. We saw that children who were about to walk, children who were about to talk, and children who were moving toward closer relationships with each other were likely to have regular tantrums. Actually, we usually noticed the tantrums first, and observed carefully to figure out the leap the child was working hard to make. We adults are trained to be so dependent on verbal language that we tend to be on the slow side in reading the language of children's behavior fluently.

I remember Janna, who was beginning to say her first words. Suddenly she would scream, throw herself down on the floor, and press her cheek into the soft carpet. She crawled, crying and plowing her cheek across the floor, for five or ten minutes. I would stay close and be the bumper that kept her from hitting her head on the furniture as she worked her way noisily around the room. I would murmur that I saw how hard it was, that she was doing a good job of showing me how she felt, and I stayed ready to welcome her into my arms when her explosion was completed. Finally, she would sit peacefully on my lap, let me meet her gaze and stroke her sweaty head, and then she was ready to play. After a few weeks of many meltdowns, more words were at her disposal, and her tantrums subsided.

When he was two, my younger son had a set of tantrums that are etched in my mind. He was intently hitting a balloon toward the ceiling over and over again. I thought nothing of it until he suddenly collapsed in an active frenzy. I came closer and gave him my attention, not knowing what had happened to set him off, but knowing that once he had begun, he needed to finish, and needed me there. After five minutes or so, his mind cleared and he got up, we connected, and he went back to hitting the balloon high again. One hit, and he threw himself back down, kicking and thrashing. At that point, I realized what was going on: he thought he ought to be able to make the balloon hit the ceiling, and he couldn't! His expectation stretched beyond his ability. After another, shorter blast of frustrated energy, he finished, connected with me, and picked up the balloon to play with it again. He was finally happy with what he could do with the balloon. These "learning leap" and "expectation adjustment" tantrums are vital, integral parts of the learning process. When your child's learning curve is high, when she's hopeful and active, tantrums may be frequent; she is regaining her ability to try again when she has failed and adjusting her expectations of herself, of what she's permitted to do, and of you. She is learning by experience and blasting away the negative feelings that sometimes come with trying so hard and meeting disappointment. Tantrums are the "sneeze" that ejects the foreign material of frustration from your child's mind and body, so she can be proud of her abilities and her circumstances again.

Tantrums Can Lead to Work on Core Issues Some explosions that look like tantrums are directly connected to big, scary feelings that the child has internalized but not yet offloaded. They remain stored inside her, with lots of little trip wires holding them in place. When life is good and safe, and a small difficulty arises, a trip wire can jangle her with great big feelings that are appropriate to the earlier threat, but far out of proportion to the tiny pretext of the moment.

For instance, I have a niece who would panic, then explode in wild reaction whenever she found herself in a tiny space. I remember playing with her one day in the kitchen. We crawled happily together underneath a small child's table, which was where she wanted to go. We were laughing and enjoying each other. She looked up, saw how small the space was with both of us there, and her eyes grew wide. She began thrashing and screaming in an instant.

This initially looked like a tantrum, but it quickly became an attempt to work through wild feelings of panic. I held her and reassured her that she was okay, that she could get out, and I calmly got the two of us out. Once in the open, she continued to scream and writhe and cry for a long time--the feelings had been triggered, and it didn't matter much where we were. When her mother came, her emotional work intensified--Mommy meant added safety, and even bigger feelings. When she was finished, she relaxed, connected, and we played some more.

My niece had been having similar "sessions" related to being in tight places since she was six months old. Her father and mother learned to hold her close and support her during these times, guessing that she had become terrified during her birth; she'd been lodged in the birth canal for three hours before her mother could push her through. Her parents' listening helped her work through the leftover fears she carried from that experience. For a couple of years, she signaled for a long screaming, struggling session almost daily. She began life as a wary, coolly watchful baby. By the time she was three, she had become relaxed and cuddly--a total transformation of personality that our whole family witnessed with wonder. She's now a teen, an athlete, a scholar, and a fearless young woman.

Getting Comfortable in Tantrum Territory Probably the most important step you can take to handle a tantrum well is to plan for it. Generally, if your child has a tantrum every evening in his high chair, you should simply include that tantrum in your dinner plans. You can keep the oven on and put dinner back in when the tantrum begins, so it's still nice and hot when it's over. Or if sharing the fairy wand drives your daughter wild, you can decide in advance to stay close to where she and her friend are playing, ready to gently keep her from grabbing the fairy wand from her friend.

Now you've prepared yourself. When your child becomes edgy, move closer. Sometimes, the beginning part of listening to a child's tantrum involves deciding not to placate her. If your daughter has chosen a dress to wear today but starts a fuss when you try to put it on her, you could ask her what other dress she wants. If she gets upset about the second dress she chooses, you can be sure you have a child who is seeking emotional relief. All you need to do to help her recover is to stop bringing dresses. Gently say, "I think you'll have to choose one of these two you picked out." This gives her permission to begin the tantrum she needs to become reasonable again.

Here are some general guidelines for weathering the storm that follows.

1. Stay close to your child, keep him safe, but don't try to stop him. Let him move. A tantrum is full of noise and movement. Your child will become very hot and may perspire. He needs to writhe, wiggle, and throw himself around to get the frustration out of his system. You can be the safety manager, making sure that he doesn't bump into anything as he proceeds. If he bangs his head or hits himself, gently put your hand between his head and the floor, or between his hand and his body, so that he can use force without hurting himself. His struggle with unseen forces is helping him recover from the insult of not being able to make his ideas and expectations work. Let him know you're on his side by saying things like, "I know you want to play with the tin cans. They look so good. But they're too sharp." Or, "I'll stay with you. I'll help you wait for the fairy wand." Or, "No one's going to hurt you while you're in the car seat. I promise you'll get out. You'll always get out." Most tantrums are relatively short. You might expect to listen for five to 15 minutes. Once it is listened through, a tantrum clears rapidly, perhaps with some giggles and warm affection between child and listener. This transformation of your fallen-apart child into a gently reasonable person is one of the real wonders a parent can work. He will often gain a large store of patience that you'll appreciate during the following hours or days.

2. If you are in a public place, you may want to carry your child to a more sheltered spot to ride out the tantrum. Children often pick public places to initiate tantrums. It may be that they feel safer to explode with lots of people around, or perhaps the strain of being in an adult environment finally overloads their tolerance. Often, it's worth the trouble to carry your writhing child to a less public spot, so you feel freer to handle things thoughtfully. If you have no car nearby, the delivery side of the grocery store, the less crowded underwear and socks section of the department store, or the front steps of your temple or church may have to serve as a makeshift refuge while your child works things through. Ask for help if you need it: "Would you move my grocery cart to one side? I'll be back in a few minutes." If you can manage it, a touch of humor helps: "Looks like we have technical difficulties! I do want to buy this. I'll be back when my friend here feels better." Most onlookers will be glad that you look like you know what you're doing. In fact, most have at one time or another faced the same situation you are facing. Don't worry too much about them.

3. Try to remember that your child's frustrations aren't your fault, or hers, and that this tantrum is a good and healthy event. Often, being exposed to our child's raw emotions makes us feel the raw emotions that we have shoved into cold storage over the months and years. And often, we parents seem to bring up our feelings by reflection, that is, by positing that we know how our child must feel. Actually, if we are having a feeling, the feeling is ours, and it may have only a vague resemblance to what our child is feeling. (Our children often take their deepest feelings and attach them to tiny pretexts. We often take our deepest feelings and attach them to what our children do.) To be able to feel pleased with ourselves and supportive of our children at these emotional moments, most parents need a chance to explore and express their own feelings. Talking to a good listener about how our lives are going is an excellent way to sort things out and to build the safety to have a good laugh or cry (or tantrum!) for ourselves. In my parent classes, I encourage parents to pair up in Listening Partnerships, where each parent takes a turn to talk, uninterrupted, without advice being given. Parents who have been listened to gain more confidence in their children's wisdom during emotional release "sessions," and feel less guilty when these inevitable outbursts happen, because they are experiencing the relief of a good laugh or a good cry for themselves.

Is This Approach Too Permissive? This is the big question. If I listen to tantrums, will my child ever be well behaved again? It feels like there are too many times when messy upsets arise. If we listen every time, won't life become an uproar? Aren't we reinforcing lack of control?

Supporting a child to complete a tantrum looks permissive, but it isn't. Permissiveness is ignoring misbehavior or failing to set reasonable limits on behavior. It doesn't help children when their misbehavior is ignored or when reasonable limits aren't set. Children rely on us to keep them safe and on track. This listening approach says, "Step in when your child is going off track, and gently but firmly prevent any hurting, grabbing, hoarding, throwing, destruction, withdrawal, or giving up. Go ahead and bring the limit to your child, physically stopping the behavior that's not working well. But allow the feelings while you are holding those limits." Tantrums, crying, trembling and perspiring in the release of fear, and all the loud noises that go with emotional release are not misbehavior. They are a healing process that sets your child right with herself again.

In the long run, when children are treated too permissively, their behavior can become bigger and more drastic. A child who is frightened, for instance, needs someone to stop her just as she is about to hurt someone, and let her express the feelings that underlie her aggression. Without limits, that aggression will increase. Permissiveness (and punishment, too) results in patterns of behavior that grow in depth and difficulty as the child desperately signals that she can't think and needs emotional release.

Enjoy the Progress You've Helped to Create When you first allow your child to have full tantrums, she may have quite a few, because you've opened the doors to a storehouse full of unexpressed feelings. She's been waiting for this opportunity to get free of old upsets, and she's eager to catch up with herself! Take close notice of how well your child connects with you afterward, how affectionate she's able to be, how hopeful and flexible she is directly after a good outburst. You'll see heartening signs that her mind is clearing and new abilities are being gained. You'll have gained a power every parent wishes for: when your child's experiments have failed or her expectations have been dashed, you can help her recover her pride and hope.

Doesn't Allowing a Tantrum Destroy a Child's Trust in You? We parents are devoted to building and keeping close emotional ties with our children so they will have the foundation of trust and support that they need to thrive. It makes sense, in fact, to center our parenting around building and rebuilding that closeness. But closeness doesn't protect children from all the frustrations or fears that accumulate in the course of a day. And closeness, by itself, isn't a complete antidote to the assorted fears and frustrations children acquire. If it were, our beloved children wouldn't be coming up with frustrations and upsets as often as they do!

When we dread the times our children tantrum and cry, it is often because most of us were left alone or actively attacked for showing our feelings openly. Our memories of emotional moments are not ones of gentle support and acceptance. If we were very lucky as children, there may have been times when someone patiently listened while we felt pure frustration, but this is a culturally rare event. So we can't help having fears about supporting our children while they express their feelings.

Those fears are tied to our own experience, not to the experience of our children, who visibly benefit from the listening we do if we can remain with them through the whole emotional ride. In fact, when your child is falling apart emotionally, it's actually a highly effective time to strengthen the attachment between you. He won't look like he hears the love and acceptance you offer--he'll be very busy with his work--but every word you say and every loving tone in your voice and touch will seep in. He'll see that you'll stay with him no matter what. This is the best reassurance a parent can offer.

For additional information about tantrums, see the following articles in past issues of Mothering: "Parenting Without Punishing," no. 88 and "The Disadvantages of Time-Out," no. 65.

Patty Wipfler, the mother of two grown sons, is the director of the Parents Leadership Institute (www.parentleaders.org) in Palo Alto, California, which she founded in 1989 to help parents develop listening, parenting, and leadership skills. She has written 12 booklets on listening, parent-to-parent and parent-to-child, and leads Re-Evaluation Counseling weekend workshops for families in the US and abroad.

Prendre's amb calma les rebequeries

Prendre's amb calma les rebequeries Miquel Àngel Alabart

Que el que demanem i el que se'ns dóna no són coses necessàriament coincidents és un fet que la vida s'encarregarà de recordar-nos durant tots els dies en què aquesta duri. Però és de ben petits que comencem a prendre'n consciència


Una criatura, cap a l'any i mig de vida, és a dir quan comença a formar-se una certa idea de si mateixa, comença a posar a prova els límits del seu jo (format bàsicament de desitjos) i la resta del món. Això, lògicament, xoca sovint amb aquesta resta del món, que en un principi es compon, en aquest ordre o no, de mares, pares, germans, altres nens i nenes, sorra del parc, gronxadors, llaminadures i altres objectes de desig que no sempre accepten ser desitjats. "Jo vull això que depèn de tu, però tu no m'ho dónes". I així, la intrèpida criatura descobreix la frustració. La combinació de frustració, hormones, nervis, entorn i altres factors fa que, en determinats moments, aquesta frustració esclati en forma de rebequeria.

No creiem necessari descriure amb pèls i senyals una rebequeria. Podem resumir-ho dient que es tracta d'una explosió nerviosa amb abundosos sotracs i altres moviments més o menys violents, crits i, en determinat nivell i segons el caràcter, cops cap a algú, insults i potser llançament més o menys afortunat d'objectes. I que tot això és especialment freqüent entre els 18 mesos i els 4 anys, si fa no fa. I que acostuma a venir a continuació que la criatureta ha fet una demanda que els seus adults de referència no volen o no poden satisfer.

Diguem-ho d'entrada: aquestes reaccions irades davant la frustració (de vegades, una frustració tan petita que més aviat sembla una excusa per a reaccionar) és el més normal del món, i podem veure fins i tot persones de 30 anys fent coses semblants. La diferència està en la freqüència i, en principi, en el contingut de la rebequeria (se suposa que la major part de gent adulta sap controlar el que fa quan està enfadada...). Per dir-ho una mica tècnicament, la rebequeria és una conducta que acostumen a tenir els nens petits i que es dóna com a reacció a un estat emocional de ràbia o frustració.

L’estrès no hi ajudaPerò què fa que aquests sentiments afectin tant, en un moment donat, les criatures, sobretot en aquestes edats? Tot depèn, com sempre, de si les necessitats bàsiques estan cobertes o no. No és el mateix frustrar una necessitat real que frustrar un desig impossible o no recomanable de satisfer. I és més, és fàcil que la demanda que expressa ("jo volia la jaqueta groga!") sigui la forma que agafa una altra demanda ("necessito sortir a prendre l'aire!"). Segurament, si intentem estar connectats amb les nostres criatures, sabrem comprendre, davant una rebequeria, què li deu estar passant, què necessita realment. En tot cas, tenir les necessitats satisfetes ajuda a prevenir les rebequeries, senzillament perquè l’infant estarà menys estressat.

Així doncs, d'entrada, si creiem que la nostra criatura fa massa rebequeries, potser hauríem de mirar primer si podem reduir factors d’estrès en les nostres vides. De totes maneres, les rebequeries no desapareixeran només per això. Aquestes també tenen la funció de descarregar la tensió que provoca la frustració davant situacions quotidianes insatisfactòries. Com dèiem, hi ha tot un aprenentatge a fer sobre com la realitat no sempre es correspon amb els nostres desitjos, i cal passar per aquesta fase per poder créixer. L'únic que podem fer, en tot cas, és acompanyar els nostres fills en aquest camí.

Acompanyar la criaturaQue la rebequeria sigui normal no vol dir que a nosaltres no ens costi acceptar-la. Els pares també anem força estressats, i a més tenim tendència a pensar que les criatures raonen de la mateixa manera que nosaltres, encara que no tinguin més de 4 anys. Creiem que haurien d'entendre que hi ha coses que, senzillament, no poden ser. Però com hem vist, no és així. Quan un nen de 3 anys està cridant i protestant perquè no li hem comprat aquella llaminadura tan de-sitjada (o pitjor encara, perquè no ens sembla adequat que es vulgui endur 10 paquets de galetes del súper, o que es vulgui quedar dins el metro quan ja hem de baixar...), no espera un argument, ni tampoc vol calmar-se: això és el que volem nosaltres! Però com que no es calma, ni amb els arguments ni amb res, el més probable és que fem mans i mànigues, des d'amenaçar a cedir, perquè aturi el "numeret" (que acostuma a ser enmig del carrer, de l'autobús, d'una botiga), amb la qual cosa segurament ens tensarem més i no ajudarem gaire que es destensin.

El resultat és que el nen comprova astorat que la seva rebequeria, en principi espontània i gairebé només una reacció física, pot tenir algun efecte, ja sigui perquè provoca atenció i emoció en l'adult, ja sigui perquè aconsegueix el que demanava. Així que moltes criatures aprenen en aquesta edat que, en un moment donat, una bona rebequeria pot tenir efectes interessants.
Abans d'arribar a aquest embolic, creiem que val la pena tornar enrere i veure què li passa a la criatura. Aquesta fa demandes, de vegades no realitzables tot i que no ho entén, i de vegades segurament les fa sabent que no són realitzables (com aquella nena que volia quedar-se a dormir al carrer). Depenent del seu estat d’ànim, de l'acumulació de frustracions i estrès i de les necessitats del moment (son, gana, atenció... i fins i tot necessitat de plorar i cridar), és possible que de cop esclati en una sorollosa rebequeria. Què necessita? Abans que res, necessita sentir que aquella barreja d'emocions és vàlida, que no ho censurem, que l'acompanyem.

Quan parlem d’acompanyar la criatura ens referim a mostrar-li que l'estimem, que estem allà, respectant el seu procés, sense intervenir-hi però sense abandonar-la. Això es pot fer quedant-nos al seu costat, observant amb calma el seu comportament, i potser descrivint-lo ("estàs cridant molt, sembla que tens ganes de pegar- me..."). També podem provar de posar nom als seus sentiments, descrivint el que ha passat ("volies el caramel i la mare no te l'ha comprat, oi? I t'has enfadat molt") o fins i tot mirant d'endevinar més enllà ("deus estar molt cansada" o bé "em sembla que tens ganes que estigui per tu"). En el primer moment segurament no vol contacte físic, però estiguem atents per quan aquest sigui possible, ja que una abraçada li farà saber que seguim estimant-lo, i a més, servirà de contenció.

Mantenir la calmaCal dir que bona part de les rebequeries tenen lloc en el "pitjor moment". Per què? Doncs segurament perquè també és el pitjor moment per a la criatura. Si tu vas estressat, el teu fill també, i la rebequeria té molts punts per aparèixer, fins i tot per les raons menys previsibles. A més, potser el nostre estrès fa que estiguem desatenent les seves necessitats, i tard o d'hora en les farà saber. Tot això pot explicar també per què ens costa afrontar una rebequeria: perquè és just el que menys estem disposats a fer en aquell precís moment!

Però també hi ha una altra raó per què no suportem les rebequeries: la pressió social. Una criatura fent una rebequeria enmig del metro crida, certament, l'atenció. No tots els pares i mares estem disposats a suportar cent mirades que, als nostres ulls, poden estar dient des de "quina mare amb més poca autoritat" o "segur que té gana i aquest pare no se n’adona" fins a "que el faci callar com sigui!". És clar que, en realitat, el que passa és que ens enfrontem nosaltres a la contradicció entre els nostres instints i el que ens han inculcat des de petits sobre el plor, la bona educació, les emocions, l'autoritat... Cal entendre, però, que davant la seva sobredosi d'adrenalina i altres hormones, el que la criatura espera trobar és, sobretot, seguretat, contenció i amor incondicional. Per tant, intentem mantenir la serenitat i pensar que, si no hem acostumat els nens a reaccions extremes, la rebequeria és tan espontània com la gana: d'entrada no ens estant intentant manipular, senzillament s'expressen. Davant la tria entre "els espectadors" de la rebequeria, que "exigeixen" una resposta, o la teva criatura, que en necessita una altra, amb qui et quedes?

Entendre tot això ens pot ajudar a estar més sencers davant les rebequeries de les criatures, ajudar-les i, un cop passada la rebequeria, mostrar-los una altra manera de canalitzar les emocions. Podem ensenyar-los maneres de fer-ho, com ara que la teva filla digui "estic molt enfadada amb tu!" en lloc de donar-te un cop o senzillament posar nom a la veritable necessitat del moment: "em sembla que tens molta son". I també explicar-los, si és possible, com davant una frustració pot haver-hi elements "d'esperança": "ara no comprem els llamins perquè ja has menjat un caramel abans, però recorda't que per sopar farem macedònia". És clar que no és la llaminadura que ell volia, però és que així és la vida: sovint no és com esperàvem, però pot ser igualment sorprenent i al final potser acabem rient. Si de tant en tant ens ho recordem nosaltres mateixos i ho transmetem als nostres fills "per contagi", no deixa de ser una sana lliçó de vida... que s'acaba aprenent després de moltes rebequeries.
Punts importants:

La combinació de frustració, hormones, nervis, entorn... fa que, en determinats moments, aquesta frustració esclati en forma de rebequeria, més freqüent entre els 18 mesos i els 4 anys
Una rebequeria és una explosió nerviosa amb abundosos sotracs i altres moviments violents, crits i, en ocasions, cops cap a algú, insults i potser llançament d'objectes.

Tenir les necessitats satisfetes ajuda a prevenir les rebequeries, perquè la nena o el nen estaran menys estressats.

L’infant necessita sentir queaquella barreja d'emocions és vàlida, que no ho censurem, que l'acompanyem.

L'estrès i les rebequeriesL'estrès infantil és un dels factors principals que s'associen a la freqüència i intensitat de les rebequeries, ja que precisament aquestes són descàrregues d'energia i toxines acumulades. Quan diem estrès parlem de tot allò que obliga a la criatura a fer un sobreesforç per adaptar-se a situacions que no corresponen amb les seves necessitats.

Evidentment, són coses estressants les presses, els horaris llargs i apretats d'escoles i pares, l'abús de desplaçaments o la falta de temps per al joc lliure, però també coses menys evidents com l'excés de televisió, els espais poc adequats, problemes familiars, canvi freqüent de persones de referència, absència dels pares... És a dir, que si la teva filla o fill està gaire estressat...benvinguda la rebequeria! Pot ser la millor manera de desintoxicar-se de tanta tensió!

Algunes pistes davant una rebequeriaPlanteja't per un moment si la seva demanda és completament irrealitzable. De vegades estalviar-se un conflicte val la pena, no cal posar-se tan tossuts com ells! Si estàs segur/a que no pots cedir, aquestes són algunes coses que pots provar:

• Intentar mantenir la calma. És molt millor per a tots dos. (Hem dit "intenta", ningú no és perfecte).

• Intentar observar la criatura posant-te a la seva alçada sense dir- li res i esperant amb paciència que li passi (ídem).

• Evidentment, evitar el mal físic que es pugui fer o pugui fer a altres, si creus que aquest pot ser important.

• Quan es comenci a calmar, dir-li fluixet paraules que li facin adonar que l'entens ("estàs molt enfadat, oi?", "volies tal cosa...").

• Quan es deixi, fer-li una abraçada: la necessiteu tots dos.

• Proposar-li alguna alternativa: després de la catarsi, necessita aferrar-se a algun èxit!

• Si no pots fer res del que hem dit, pensar: "no passa res, no seré la primera mare o pare que perd els estreps davant una rebequeria ". I provar sort la propera vegada!

• I recorda: a més estrés, més freqüents i més surrealistes són les rebequeries. Mira a veure per on pots reduir-lo. I si viviu en un balneari... bé, en educació no hi ha regles exactes.

Si fa moltes rebequeries potser hauràs de triar en quines coses cediràs i en quines no. Posar-se inflexible sempre pot acabar creant una relació massa conflictiva. Si tot i així en fa moltes o ja no té edat per fer-ne tantes, potser val la pena consultar un professional.