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sábado, 21 de mayo de 2011
Juegos tradicionales y adivinanzas
Hoy Laia contaba un chiste: ¿Qué le dice un macarrón a un espaguetti? Yo quiero mucha salsa, yo quiero mucha salsa... :)
Y me he acordado de un par de documentos:
- Enlace a: Juegos tradicionales, editado por el Ayuntamiento de Madrid
- Enlace a: Adivina adivinanza
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Juego infantil
lunes, 30 de agosto de 2010
Videojuegos
En casa no somos muy aficionados a los videojuegos, lo que resulta paradójico, ya que comemos gracias a ellos. Cosas que pasan. El caso es que aparte del ordenador no tenemos ningún tipo de consola y de hecho yo me pierdo con la cantidad y variedad que existen (esto también tiene su punto curioso, ya que yo misma también trabajé en una empresa editora de videojuegos, pero se ve que se quedó toda la información en la empresa una vez salí de ella). A lo que voy: veo que ya entramos en una edad en la que muchos amigos de Laia comienzan a jugar en diversos soportes. Ella, de momento, sólo ha jugado a algún juego de ordenador, sobre todo de páginas de internet (tipo caillou, o Poisson Rouge) pero hoy no me quiero centrar en la gran cantidad de recursos lúdico-educativos que hay en internet.
El caso es que como madre, no jugadora, aunque en su día le dí tanto al tetris que por las noches al cerrar los ojos seguía viendo caer figuritas (si tú también, pincha en el enlace, que no tiene desperdicio), tengo mis prejuicios hacia esta forma de dedicar el tiempo. Lo típico: la dependencia, aislamiento, sobreestimulación y tal, que no son temas con los que frivolizar. Pero es una imagen distorsionada y creo que ya que los videojuegos son una realidad, hay que coger todo lo bueno que tienen y como en otras muchas cosas hay que educar en la autorregulación, aunque ese objetivo es a largo plazo, un objetivo de fondo. Así que intentando superar mis prejuicios me puse hace tiempo a leer información sobre el tema.
El caso es que como madre, no jugadora, aunque en su día le dí tanto al tetris que por las noches al cerrar los ojos seguía viendo caer figuritas (si tú también, pincha en el enlace, que no tiene desperdicio), tengo mis prejuicios hacia esta forma de dedicar el tiempo. Lo típico: la dependencia, aislamiento, sobreestimulación y tal, que no son temas con los que frivolizar. Pero es una imagen distorsionada y creo que ya que los videojuegos son una realidad, hay que coger todo lo bueno que tienen y como en otras muchas cosas hay que educar en la autorregulación, aunque ese objetivo es a largo plazo, un objetivo de fondo. Así que intentando superar mis prejuicios me puse hace tiempo a leer información sobre el tema.
En este espacio de Ainhoa Ezeiza, una persona a la que yo admiro mucho como profesional y a la que envidio como mujer-todoterreno-incombustible, se puede encontrar documentación tanto en euskera como en español sobre videojuegos y educación: qué son, tipos, cómo elegirlos, estudios, pautas para su utilización... muy recomendable. Para entrar, puedes hacerlo como invitado o registrarte en la parte derecha si quieres participar en el espacio.
Esta guía, Quién pone las reglas del juego, también es muy interesante y clara.
En esta página, guía de videojuegos, también encontramos mucha información para que los adultos conozcamos el mundo digital y podamos contribuir a que nuestros hijos hagan un uso responsable de los videojuegos.
Aunque en los recursos anteriores también hay información sobre PEGI, el código que clasifica los videojuegos según edad recomendada y contenidos, enlazo a la página de PEGI on line.
En esta página, guía de videojuegos, también encontramos mucha información para que los adultos conozcamos el mundo digital y podamos contribuir a que nuestros hijos hagan un uso responsable de los videojuegos.
Aunque en los recursos anteriores también hay información sobre PEGI, el código que clasifica los videojuegos según edad recomendada y contenidos, enlazo a la página de PEGI on line.
Y ya que me pongo, pues la página de ADESE (la Asociación de Distribuidores y Editores de Software de Entretenimiento).
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educación,
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TIC
jueves, 24 de septiembre de 2009
La educacion de los niños

Este texto de Gustavo Martin Garzo que publica El pais y que me ha llegado a traves de los enlaces que comparte Clara en el Facebook, esta genial. Y se lo dedico a esa niña, que jugaba el otro dia en el patio a saltar charcos y que recibio una bronca monumental, con amenazas de "yoyas" y todo por parte de una auxiliar. Menos mal que supo disculparse, pero el disgusto y el miedo a volver al colegio durante unos dias no se lo quita nadie. Un abrazo, mini.
Y a ver si me lo aplico un poco, que a ratos me veo muy madre intendente, demasiado centrada en cosas que en realidad, vistas con perspectiva, no tienen ninguna importancia. Es mucho mas importante el juego. A ver si recupero esa capacidad de meterme en el, que ultimamente me cuesta.
Y esta preciosa imagen es de Patricia Metola, claro. Pronto le editan el cuento de Hansel y Gretel, con dibujos suyos y de Miguel Tanco
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En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.
Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.
En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.
Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.
En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".
Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".
Gustavo Martín Garzo es escritor.
En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.
Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.
Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.
En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.
Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.
En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".
Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".
Gustavo Martín Garzo es escritor.
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Juego infantil
martes, 20 de enero de 2009
Juegos y aprendizaje

Últimamente mi hija está muy "académica". Como explicaba ayer, una gran parte de su actividad se centra en contar cosas. No cantidades grandes, pero si hay un conjunto de menos de 10, lo cuenta y recuenta. Empieza por un lado, luego por el otro, comprueba que cuente como cuente, le da la misma cantidad. Me pone pruebas con sus deditos, utilizando las dos manos y así veo que poco a poco experimenta que si en una mano tengo cinco dedos y en la otra levanto 3, tenemos 8 dedos. Veo su cara de asombro, como si fuese magia.
Pero sin duda, el grueso de sus juegos en esta etapa van encaminados a conocer las letras y escribir. Me paso el día leeyendo carteles y a la hora de escribir, todo vale: una hoja (la caligrafía aún está en una fase primitiva, pero se puede leer lo que escribe), la pizarra verde, la magnética, el pc, la tierra del parque... Ha descubierto que puede escribir con el pc muchas palabras y está entusiasmada. Para ella, las letras no siguen ningún orden, no hay alfabetos. La L es su letra, aún, aunque sepa que se llama ele, la T es la de Teo, la M la de Maite aunque esté escribiendo Miguel. Es decir, coge su modelo propio, cercano a su universo y a partir de ahí está generando su propio código, va relacionando... Eso debe de ser un trabajo del cerebro impresionante.
Y por último, la tercera actividad a la que puede dedicar horas es el juego simbólico. Cada vez las historias son más elaboradas. Tiene muchos hijos o alumnos, según a qué juegue, algunos son muñecos, otros son imaginarios y no tiene pudor en juntarlos en una misma actividad.
Ayer íbamos a comenzar con el proyecto de meninhera, cuya palabra clave esta semana es Transparente. Al principio de la tarde le propuse una actividad, que le gustó, pero llegó la hora de la cena y nos dimos cuenta de que se nos había pasado la tarde volando, entre números, letras y bebés. "Mañana, mamá".
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martes, 8 de abril de 2008
El verdadero papel del juego

A través de la página http://www.jugarijugar.com/ he conocido a Luis Pescetti y su blog, lleno de juegos, cuentos, canciones y textos. De éste que traigo el verdadero papel del juego me gusta la idea del juego como obra de arte. Dejemos que los niños generen arte.
Imagen de Jorge G. Liquete. Son fichas para desarrollar la inteligencia. Quizás si dejáramos que jugaran a interpretar estos personajes, libremente, sin más, no haría falta tanta ficha.
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El sistema tradicional de educación siempre está preocupado por ser científico, y no sólo científico en general, sino por parecerse a una ciencia exacta. Algún oscuro complejo de inferioridad debe haber atrás de esa errónea pretensión. "Ser científico" da un respaldo que nos vuelve inobjetables: no estamos en el continuamente cambiante terreno de la experiencia humana, sino en el de la ciencia con todo el aura de poder que da el "conocimiento objetivo". De esa manera nuestro discurso, al estar respaldado por datos científicos, se vuelve tan cierto como la distancia de la luna al sol o el punto de ebullición del agua.
Así se gastan enormes cantidades de tiempo y energía en hacer métodos y planificaciones que, las más de las veces, se quedan en el intento de atrapar la realidad. Eso que tendría que ser una ayuda para ordenar la tarea, facilitarla, se vuelve un elemento más que hay que atender; no hay que seguir el tiempo del grupo sino el del programa.
Pero no queda sólo ahí: cualquier cosa que se intente hacer con los niños tiene que estar justificada "científicamente" y en relación al programa. Es entonces que aparecen libros de recreación con indicaciones tales como: "Este juego desarrolla la memoria y la atención", "Este juego desarrolla la coordinación psicomotriz", "…desarrolla la coordinación en el espacio", "…el sentido de equipo". Como si fuéramos máquinas con botones o engranajes que necesitan tal ajuste, tanto de aceite.
De la misma manera que a los cuentos se los utilizó como vehículos de mensajes morales, a los juegos se los usa con objetivos pedagógicos. Lo repetiremos: las lecciones disfrazadas de juego son una trampa que el niño siempre reconoce.
Claro que los juegos enseñan, pero es imposible traducir a palabras todo lo que ocurre en un juego, como es difícil buscar el "mensaje" de un cuento y traducirlo a palabras. Cuanto mejor es el cuento esto es más imposible.
He encontrado libros con excelente material, pero que tenían una lista que aclaraba qué desarrollaba cada juego: astucia, rapidez, agilidad, imaginación, ritmo, concentración, reflejos, gusto por el riesgo, etc. De poco sirve un material bueno si está en función de una idea equivocada. Es un error grave ver al niño como un montón de facultades a desarrollar (memoria, sensorialidad, músculos, etc.).
Debemos hacernos dos preguntas:
¿Cuál es la mentalidad que busca la justificación de un juego en el desarrollo de potencialidades (memoria, atención, etc.)?
¿Qué visión del hombre es la que, aún si darnos cuenta, estamos utilizando y desarrollando? (¿Una concepción mecanicista? ¿El hombre como una máquina de producir?)
Este es un aspecto clave para debatir, al menos para que cada uno tenga en claro al servicio de qué idea está poniendo sus esfuerzos.
Sólo una sociedad enferma como la nuestra necesita una justificación para permitir el juego.
En el otro extremo están quienes utilizan los juegos como elementos de mero entretenimiento, de distracción, para calmar a los niños cuando el grupo está muy excitado. Hacer esto es como utilizar un piano para sostener libros o una guitarra para leña; se puede, pero nos estamos perdiendo lo mejor.
Un juego es una totalidad muy compleja que apunta a una infinidad de aspectos. No es una herramienta de adiestramiento. Se parece más a una obra de arte: nadie ve un cuadro para desarrollar su sensibilidad al amarillo. Podríamos decir que un juego es como una obra de arte (en la mayoría de los casos: anónima y colectiva) que sólo existe cuando se la practica y para quienes la practican, no para los que miran de afuera.
Los juegos son importantes porque enseñan alegría, porque nos arrancan de nuestra pasividad y nos colocan en situación de compartir con otros. Así como la danza nos cuenta de algo que sólo con danza se puede contar, los juegos enseñan algo que sólo los juegos enseñan y que no se traduce en palabras. Brindan un buen clima de encuentro, una actitud distendida, nos revelan torpezas de un modo que no nos duele descubrirlas, cambian los roles fijos en un grupo, son otra manera de incorporar una sana y necesaria picardía, despiertan, "desactivan la bomba". Por sobre todo, y esto corre el riesgo de sonar a telenovela barata, son un constante mensaje de vitalidad que se graba en quienes los realizan, aportan una especie de combustible vital básico.
Al igual que el carnaval nos invitan a que nos olvidemos de nuestra propia cara, de nuestra manera habitual de ser y nos pongamos otras máscaras, otros roles. Quizás veamos que en nosotros también hay otros y que esos juegos los despiertan e invitan a salir y revelarse. Obtendremos, por un momento, aquello que tanto anhelaba Borges: el alivio que da dejar de ser nosotros mismos.
Como señala Jean Duvignaud, lo valioso de los juegos es que rompen el orden establecido y nos colocan en una zona, en un "caos", que está más allá de toda preocupación de eficacia, de finalidad, de utilidad. Zona de "caos" que está cargada de intensa vitalidad y de frescura.
La justificación de los juegos radica en su misma intensidad, en cierta fascinación perturbadora que producen, en su vértigo.
Una actividad lúdica bien utilizada es una poderosa herramienta de cambio.
Los juegos son herramientas de la alegría, y la alegría además de valer en sí misma es una herramienta de la libertad.
El sistema tradicional de educación siempre está preocupado por ser científico, y no sólo científico en general, sino por parecerse a una ciencia exacta. Algún oscuro complejo de inferioridad debe haber atrás de esa errónea pretensión. "Ser científico" da un respaldo que nos vuelve inobjetables: no estamos en el continuamente cambiante terreno de la experiencia humana, sino en el de la ciencia con todo el aura de poder que da el "conocimiento objetivo". De esa manera nuestro discurso, al estar respaldado por datos científicos, se vuelve tan cierto como la distancia de la luna al sol o el punto de ebullición del agua.
Así se gastan enormes cantidades de tiempo y energía en hacer métodos y planificaciones que, las más de las veces, se quedan en el intento de atrapar la realidad. Eso que tendría que ser una ayuda para ordenar la tarea, facilitarla, se vuelve un elemento más que hay que atender; no hay que seguir el tiempo del grupo sino el del programa.
Pero no queda sólo ahí: cualquier cosa que se intente hacer con los niños tiene que estar justificada "científicamente" y en relación al programa. Es entonces que aparecen libros de recreación con indicaciones tales como: "Este juego desarrolla la memoria y la atención", "Este juego desarrolla la coordinación psicomotriz", "…desarrolla la coordinación en el espacio", "…el sentido de equipo". Como si fuéramos máquinas con botones o engranajes que necesitan tal ajuste, tanto de aceite.
De la misma manera que a los cuentos se los utilizó como vehículos de mensajes morales, a los juegos se los usa con objetivos pedagógicos. Lo repetiremos: las lecciones disfrazadas de juego son una trampa que el niño siempre reconoce.
Claro que los juegos enseñan, pero es imposible traducir a palabras todo lo que ocurre en un juego, como es difícil buscar el "mensaje" de un cuento y traducirlo a palabras. Cuanto mejor es el cuento esto es más imposible.
He encontrado libros con excelente material, pero que tenían una lista que aclaraba qué desarrollaba cada juego: astucia, rapidez, agilidad, imaginación, ritmo, concentración, reflejos, gusto por el riesgo, etc. De poco sirve un material bueno si está en función de una idea equivocada. Es un error grave ver al niño como un montón de facultades a desarrollar (memoria, sensorialidad, músculos, etc.).
Debemos hacernos dos preguntas:
¿Cuál es la mentalidad que busca la justificación de un juego en el desarrollo de potencialidades (memoria, atención, etc.)?
¿Qué visión del hombre es la que, aún si darnos cuenta, estamos utilizando y desarrollando? (¿Una concepción mecanicista? ¿El hombre como una máquina de producir?)
Este es un aspecto clave para debatir, al menos para que cada uno tenga en claro al servicio de qué idea está poniendo sus esfuerzos.
Sólo una sociedad enferma como la nuestra necesita una justificación para permitir el juego.
En el otro extremo están quienes utilizan los juegos como elementos de mero entretenimiento, de distracción, para calmar a los niños cuando el grupo está muy excitado. Hacer esto es como utilizar un piano para sostener libros o una guitarra para leña; se puede, pero nos estamos perdiendo lo mejor.
Un juego es una totalidad muy compleja que apunta a una infinidad de aspectos. No es una herramienta de adiestramiento. Se parece más a una obra de arte: nadie ve un cuadro para desarrollar su sensibilidad al amarillo. Podríamos decir que un juego es como una obra de arte (en la mayoría de los casos: anónima y colectiva) que sólo existe cuando se la practica y para quienes la practican, no para los que miran de afuera.
Los juegos son importantes porque enseñan alegría, porque nos arrancan de nuestra pasividad y nos colocan en situación de compartir con otros. Así como la danza nos cuenta de algo que sólo con danza se puede contar, los juegos enseñan algo que sólo los juegos enseñan y que no se traduce en palabras. Brindan un buen clima de encuentro, una actitud distendida, nos revelan torpezas de un modo que no nos duele descubrirlas, cambian los roles fijos en un grupo, son otra manera de incorporar una sana y necesaria picardía, despiertan, "desactivan la bomba". Por sobre todo, y esto corre el riesgo de sonar a telenovela barata, son un constante mensaje de vitalidad que se graba en quienes los realizan, aportan una especie de combustible vital básico.
Al igual que el carnaval nos invitan a que nos olvidemos de nuestra propia cara, de nuestra manera habitual de ser y nos pongamos otras máscaras, otros roles. Quizás veamos que en nosotros también hay otros y que esos juegos los despiertan e invitan a salir y revelarse. Obtendremos, por un momento, aquello que tanto anhelaba Borges: el alivio que da dejar de ser nosotros mismos.
Como señala Jean Duvignaud, lo valioso de los juegos es que rompen el orden establecido y nos colocan en una zona, en un "caos", que está más allá de toda preocupación de eficacia, de finalidad, de utilidad. Zona de "caos" que está cargada de intensa vitalidad y de frescura.
La justificación de los juegos radica en su misma intensidad, en cierta fascinación perturbadora que producen, en su vértigo.
Una actividad lúdica bien utilizada es una poderosa herramienta de cambio.
Los juegos son herramientas de la alegría, y la alegría además de valer en sí misma es una herramienta de la libertad.
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miércoles, 27 de febrero de 2008
Un Amigo Imaginario

Enlace a historia http://javarm.blogalia.com/historias/24849
Publicado en El Correo, Territorios, Ciencia-Futuro
Miércoles 29 de diciembre de 2004
Dos de cada tres niños tienen compañeros de juegos que no son reales ¿Un problema o una solución?.
La comprensión del universo de la infancia es una de las labores pendientes de muchas ramas de la ciencia, y en concreto de la psicología. La importancia de esta etapa, en la que el aprendizaje va a ir permitiendo adquirir todas las destrezas de los humanos, fue limitada inicialmente a sus componentes utilitarios: aquellos procesos que emulan los de los adultos, que ensayan y permiten adquirir las habilidades más complejas que nos permiten luego movernos por el mundo. En esta concepción, ya superada, recurrir al animismo como hacen muchos niños, es decir, crear seres imaginarios o dotar de personalidad a seres inertes (un oso de peluche u otro juguete) era contemplado como parte de una etapa en la que todavía no se diferencia adecuadamente entre lo real y loimaginario, entre el mundo físico, objetivo, y el subjetivo de los procesos mentales.
De esta manera, desde Freud hasta Piaget (el gran innvador de la psicología de la infancia), estos amigos imaginarios eran parte, no indeseable sino más bien imperativa, de un desarrollo, que acabaría en torno a los siete años, cuando se consideraba que elniño debería ser capaz de diferencia ese mundo interno de lo imaginario del mundo real. Y los niños que seguían teniendo esos compañeros invisibles, pasaban a ser, casi, sospechosos de un cierto retraso en su desarrollo cognitivo.
Más que teorías científicas sobre la psicología evolutiva, realmente esta concepción mostraba más los prejuicios de los psicólogos adultos ante el valor del juego y de la imaginación y creatividad dentro de la infancia. Un panorama que ha ido cambiando en los últimos decenios y que, recientemente, gracias a nuevos estudios, ha quedado ya comletamente descartado. En las Universidades de Washington y Oregon se ha venido desarrollando un amplio estudio a lo largo de varios años, siguiendo la evolución de 152 niños durante la fase denominada de pensamiento intuitivo, entre los cuatro y los siete años de edad, dirigido por la psicóloga Marjorie Taylor, quien ya en 1999 había publicado el libro Compañeros imaginarios y los niños que los crean (Oxford University Press).
En este libro avanzaba la idea de que estas creaciones personificadas tienen un valor más importante en el desarrollo de la personalidad, permitiendo al niño un desarrollo emocional y social en un entorno más seguro para él. No son por lo tanto un simple refugio del mundo real, sino un lugar de ensayo de habilidades que serán posteriomente puestas en acción en su vida. Igualmente, comenzaban a ver los psicólogos, esta fase no tenía necesariamente por qué circunscribirse a esa etapa previa a los siete años, sino que podría prolongarse a edades mayores, sin tener que ser consideradas como un problema psicológico, sino todo lo contrario.
En el número de diciembre de la revista Developmental Psychology (Psicología del desarrollo) se publican los resultados del estudio dirigido por la Dra. Taylor y Stephanie Carlson, en el que no sólo se ha evaluado a los niños y sus opiniones a lo largode varios años, sino también a los padres. Las conclusiones son bastante sorprendentes: dos de cada tres niños tienen amigos imaginarios de los cuatro a los siete años, aunque muy normalmente los padres no suelen llegar a saberlo (algo más de una cuarta parte de los casos). Y una tercera parte de los niños en edad escolar lo siguen teniendo.
Se comprobó que las niñas, en edad preescolar, solían tener más frecuentemente compañeros invisibles que los niños, aunque esa diferencia por sexos disminuye y a los siete años unos y otras lo tienen por igual. A menudo se trata de personas invisibles de su misma edad, aunque pueden ser en algunos casos mayores (una especie de amigo protector), pero en muchos casos son animales relativamente cercanos al niño, o bien muñecos de su entorno que adquieren características como la capacidad de hablar, recomendar hacer una u otra cosa, y opinar independientemente del parecer del niño. Uno de los aspectos que surge de este estudio es que sólo en casos aislados el amigo resulta ser hostil al niño.
Las conclusiones de los autores indican que esta actividad supone en efecto una mejora de las capacidades cognitivas del niño, porque son situaciones en las que él se somete a la necesidad de tomar decisiones o evaluar posibilidades. Así, entre los de siete años, se comprobó que quienes tenían amigos imaginarios obtenían resultados mejores que los otros en pruebas que evaluaban la comprensión emocional y el desarrollo social. La Dra. Carlson comentaba en una nota de prensa de la Universidad de Washington enSeattle: estos personajes proporcionan una función emocional sana, esa invención es parte importante de nuestro desarrollo cognitivo y social, algo que nos acompañará el resto de nuestra vida.
La desaparición de estas creaciones se suele dar por simple desinterés del niño. Como sucede con muchos juguetes, llega un momento en que se olvidan. Existe una persistencia, sin embargo, en un porcentaje no evaluado aún (aunque algunos estudios en preadolescentes lo han hecho notar), de estos amigos en los diarios personales que se escriben a edades entre 13 y 14 años. La Dra. Taylor ha encontrado, en un estudio que ahora realiza con novelistas adultos que, a menudo, la relación de los escritores con los personajes que crean en sus escritos es bastante similar a la que tuvieron de niños con sus amigos imaginarios, aunque sería especular sacar conclusiones sobre la creatividad humana sin datos más completos.
Los Padres No Se Enteran
El estudio de las doctoras Carlson y Taylor detalla que sólo un 26% de los progenitores conocen la existencia de estos compañeros imaginarios de sus hijos. ¿Puro desinterés? A menudo son los niños quienes mantienen a sus creaciones aparte del mundo de los adultos: cuando llega mamá, el peluche vuelve a ser un peluche sin más. En el estudio, sin embargo, aparece una amplia diversidad de casos, algunos de los cuales evidencian el papel social y emotivo de estas creaciones: una niña tenía como colega un elefante rosa de su altura; otro niño tenía un amigo imaginario que a la vez tenía un perro imaginario a su puerta, que los asustaba si alguien de la familia estaba enfermo.
Frente a los prejuicios habituales, los niños con amigos imaginarios suelen tener más capacidad de desarrollar amistades reales, debiéndose desterrar ese prejuicio adulto de que un niño que tiene un compañero imaginiario lo hace porque se cierra en un mundo de fantasía y no quiere aceptar el mundo real. Son simplemente compañeros de juegos que les permiten ensayar lo complejo de un mundo, el real, y sus relaciones sociales y emocionales.
Publicado en El Correo, Territorios, Ciencia-Futuro
Miércoles 29 de diciembre de 2004
Dos de cada tres niños tienen compañeros de juegos que no son reales ¿Un problema o una solución?.
La comprensión del universo de la infancia es una de las labores pendientes de muchas ramas de la ciencia, y en concreto de la psicología. La importancia de esta etapa, en la que el aprendizaje va a ir permitiendo adquirir todas las destrezas de los humanos, fue limitada inicialmente a sus componentes utilitarios: aquellos procesos que emulan los de los adultos, que ensayan y permiten adquirir las habilidades más complejas que nos permiten luego movernos por el mundo. En esta concepción, ya superada, recurrir al animismo como hacen muchos niños, es decir, crear seres imaginarios o dotar de personalidad a seres inertes (un oso de peluche u otro juguete) era contemplado como parte de una etapa en la que todavía no se diferencia adecuadamente entre lo real y loimaginario, entre el mundo físico, objetivo, y el subjetivo de los procesos mentales.
De esta manera, desde Freud hasta Piaget (el gran innvador de la psicología de la infancia), estos amigos imaginarios eran parte, no indeseable sino más bien imperativa, de un desarrollo, que acabaría en torno a los siete años, cuando se consideraba que elniño debería ser capaz de diferencia ese mundo interno de lo imaginario del mundo real. Y los niños que seguían teniendo esos compañeros invisibles, pasaban a ser, casi, sospechosos de un cierto retraso en su desarrollo cognitivo.
Más que teorías científicas sobre la psicología evolutiva, realmente esta concepción mostraba más los prejuicios de los psicólogos adultos ante el valor del juego y de la imaginación y creatividad dentro de la infancia. Un panorama que ha ido cambiando en los últimos decenios y que, recientemente, gracias a nuevos estudios, ha quedado ya comletamente descartado. En las Universidades de Washington y Oregon se ha venido desarrollando un amplio estudio a lo largo de varios años, siguiendo la evolución de 152 niños durante la fase denominada de pensamiento intuitivo, entre los cuatro y los siete años de edad, dirigido por la psicóloga Marjorie Taylor, quien ya en 1999 había publicado el libro Compañeros imaginarios y los niños que los crean (Oxford University Press).
En este libro avanzaba la idea de que estas creaciones personificadas tienen un valor más importante en el desarrollo de la personalidad, permitiendo al niño un desarrollo emocional y social en un entorno más seguro para él. No son por lo tanto un simple refugio del mundo real, sino un lugar de ensayo de habilidades que serán posteriomente puestas en acción en su vida. Igualmente, comenzaban a ver los psicólogos, esta fase no tenía necesariamente por qué circunscribirse a esa etapa previa a los siete años, sino que podría prolongarse a edades mayores, sin tener que ser consideradas como un problema psicológico, sino todo lo contrario.
En el número de diciembre de la revista Developmental Psychology (Psicología del desarrollo) se publican los resultados del estudio dirigido por la Dra. Taylor y Stephanie Carlson, en el que no sólo se ha evaluado a los niños y sus opiniones a lo largode varios años, sino también a los padres. Las conclusiones son bastante sorprendentes: dos de cada tres niños tienen amigos imaginarios de los cuatro a los siete años, aunque muy normalmente los padres no suelen llegar a saberlo (algo más de una cuarta parte de los casos). Y una tercera parte de los niños en edad escolar lo siguen teniendo.
Se comprobó que las niñas, en edad preescolar, solían tener más frecuentemente compañeros invisibles que los niños, aunque esa diferencia por sexos disminuye y a los siete años unos y otras lo tienen por igual. A menudo se trata de personas invisibles de su misma edad, aunque pueden ser en algunos casos mayores (una especie de amigo protector), pero en muchos casos son animales relativamente cercanos al niño, o bien muñecos de su entorno que adquieren características como la capacidad de hablar, recomendar hacer una u otra cosa, y opinar independientemente del parecer del niño. Uno de los aspectos que surge de este estudio es que sólo en casos aislados el amigo resulta ser hostil al niño.
Las conclusiones de los autores indican que esta actividad supone en efecto una mejora de las capacidades cognitivas del niño, porque son situaciones en las que él se somete a la necesidad de tomar decisiones o evaluar posibilidades. Así, entre los de siete años, se comprobó que quienes tenían amigos imaginarios obtenían resultados mejores que los otros en pruebas que evaluaban la comprensión emocional y el desarrollo social. La Dra. Carlson comentaba en una nota de prensa de la Universidad de Washington enSeattle: estos personajes proporcionan una función emocional sana, esa invención es parte importante de nuestro desarrollo cognitivo y social, algo que nos acompañará el resto de nuestra vida.
La desaparición de estas creaciones se suele dar por simple desinterés del niño. Como sucede con muchos juguetes, llega un momento en que se olvidan. Existe una persistencia, sin embargo, en un porcentaje no evaluado aún (aunque algunos estudios en preadolescentes lo han hecho notar), de estos amigos en los diarios personales que se escriben a edades entre 13 y 14 años. La Dra. Taylor ha encontrado, en un estudio que ahora realiza con novelistas adultos que, a menudo, la relación de los escritores con los personajes que crean en sus escritos es bastante similar a la que tuvieron de niños con sus amigos imaginarios, aunque sería especular sacar conclusiones sobre la creatividad humana sin datos más completos.
Los Padres No Se Enteran
El estudio de las doctoras Carlson y Taylor detalla que sólo un 26% de los progenitores conocen la existencia de estos compañeros imaginarios de sus hijos. ¿Puro desinterés? A menudo son los niños quienes mantienen a sus creaciones aparte del mundo de los adultos: cuando llega mamá, el peluche vuelve a ser un peluche sin más. En el estudio, sin embargo, aparece una amplia diversidad de casos, algunos de los cuales evidencian el papel social y emotivo de estas creaciones: una niña tenía como colega un elefante rosa de su altura; otro niño tenía un amigo imaginario que a la vez tenía un perro imaginario a su puerta, que los asustaba si alguien de la familia estaba enfermo.
Frente a los prejuicios habituales, los niños con amigos imaginarios suelen tener más capacidad de desarrollar amistades reales, debiéndose desterrar ese prejuicio adulto de que un niño que tiene un compañero imaginiario lo hace porque se cierra en un mundo de fantasía y no quiere aceptar el mundo real. Son simplemente compañeros de juegos que les permiten ensayar lo complejo de un mundo, el real, y sus relaciones sociales y emocionales.
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Juego infantil,
Los niños
viernes, 1 de febrero de 2008
Y Ellos Jugaban Todo el Día

De Naomi Aldort . Traducido por Mónica Salazar
Ilustración de Claudia, en mundogominola
En el piano, Lennon, de 3 años, toca sonidos aleatorios. “¿Por qué no le enseñas a tocar?” pregunta mi visitante de la Costa del Este, quien sabe que yo soy pianista. “Él está aprendiendo”, le digo. “Yo nunca puedo igualar la efectividad de esta manera natural de dominar una habilidad”. Mi amiga me mira con duda. “Cuando vengas a visitarme el año que viene vas a ver”, le digo. Aunque no tengo idea de en qué punto va el aprendizaje de Lennon, intuyo que ella verá mejoras en cualquier cosa que él haga, siempre y cuando él tenga la libertad de jugar.
¿Cuántos padres y maestros se preocupan cuando un día se pasa en juego y juego y más juego? ¿Cuándo va a aprender si juega todo el día? ¿Es el juego realmente una pérdida de tiempo? Se equivoca la naturaleza cuando todos los cachorros, incluyendo los humanos, nacen con una voluntad y habilidad para jugar?
Para mí, criar niños ha sido una prueba continua de mi habilidad para confiar. ¿Debo asegurarme físicamente de que mi hijo aprenda a gatear? ¿caminar? Qué tal ¿“Clase para niños pequeños para hablar y caminar 101”? De modo interesante, curiosamente, el lenguaje es la cosa más difícil de aprender, y los niños lo hacen completamente solos. En realidad, el aprendizaje más rápido en los humanos ocurre en los primeros años, cuando los niños generalmente juegan todo el día. Tal vez la naturaleza no se equivocó – tal vez puedo confiar.
Hallando juguetes creativos
Los juguetes que incentivan la creatividad son materiales que no determinan ningún juego o resultado específico. Algunos ejemplos incluyen papeles en blanco y pinturas, bloques simples, arena, ollas y sartenes, cajas de ropa para vestirse, arcilla, muñecas hechas en forma simple, instrumentos de jardinería。Juguetes de montar y escalar al aire libre como un carro, una escalera, o barras para colgarse; y elementos comunes de uso casero que los niños puedan acceder cuando quieran imitar la actividad doméstica, como instrumentos de cocina, limpieza, cuidado, arreglo, y construcción.
Manténgase alejado de diseños que dictan resultados específicos o que dirigen el resultado del juego de los niños y disuaden la intervención del proceso de su pensamiento. Estos pueden incluir: libros para pintar, juguetes con botones para presionar que producen resultados determinados, muñecas que producen respuestas o acciones emocionales específicas; y juguetes que imitan personajes de cine o televisión.
Entonces, yo confié en la naturaleza desde el primer día y me di cuenta de una cosa interesante: los niños juegan, y su principal aprendizaje ocurre mediante el juego. Los niños están diseñados para ser curiosos. Desde el nacimiento, quieren saberlo y averiguarlo todo. Los niños están encaminados hacia el triunfo. Ellos están constantemente retándose a sí mismos y pueden realmente lograr todo eso a través de un proceso implantado biológicamente, que nosotros llamamos juego.
Si los niños jugasen durante toda su infancia (lo digo en serio), estarían listos para la vida. Serían emocionalmente fuertes (siempre y cuando no se haya producido otro daño), y tendrían todas las habilidades básicas para afrontar la vida. A ellos les encanta palpar la vida. Nuestra ansiedad para que los niños conozcan ciertas cosas a edades específicas es un enorme obstáculo para confiar y permitir el desarrollo natural. Cuando los niños juegan, ellos son los únicos autores calificados de ese mágico proceso. Raramente es demasiado tarde para adquirir conocimiento, pero frecuentemente es peligrosamente demasiado pronto y fuera de armonía con el desarrollo natural del niño.
Confiar en el niño para que dirija su propio juego tiene ventajas inmediatas:
1) El niño tiende a hacer exactamente lo que es mejor para él emocional, intelectual y socialmente.
2) No existe preocupación acerca de si el tipo de juego es apropiado para la edad, y no hay conjeturas sobre qué o cómo jugar. También, el niño es su mejor experto en definir la duración.
3) Incluso la exposición adecuada a información necesaria es tomada en cuenta en su mayor parte. La vida, así como es, puede proveer demasiada exposición en nuestros tiempos. Los niños seleccionarán lo que es adecuado a sus necesidades personales. Podemos compartir nuestra vida con ellos, nuestros intereses, amigos, amores, frustraciones, actividades...y ellos observarán, aprenderán, y nos dejarán saber sus necesidades en sus propias formas juguetonas. Los niños a los que se les permite jugar y dirigir su propio camino, estudiarán cualquier cosa para llegar a donde ellos quieren ir.
Qué tipo de juego es muy efectivo en crecimiento y aprendizaje? La respuesta es simple: el iniciado y dirigido por uno mismo. Para fomentar ese tipo de juego, necesitamos quitarnos del camino y también quitar los juguetes manipuladores. Nuestra intervención y aportación realmente estorba. Es obvio por qué la intervención negativa es destructiva, pero no tan obvio por qué la intervención positiva es igualmente destructiva: Cuando Nina, de dos años, construye una torre de bloques, está impulsada por un puro interés y alegría por la creación y aprendizaje. Cuando Papá mira su creación y expresa su entusiasmo, Nina cambia su interés hacia los bloques por el propósito de inducir una reacción entusiasta en Papá. Esto puede convertirse con el paso de los años en una dependencia en la evaluación del adulto, y resultar en falta de auto confianza y pérdida del interés por hacer cosas que causen satisfacción propia. El niño complaciente está constantemente pendiente de su suceso en hacer realidad las expectativas de los padres, y puede perder contacto con quien él verdaderamente es, y con lo que él está interesado.
Juegos de ciencia
Un día, Yonatan y Lennon tomaron tapas de ollas de la cocina, y las giraron de tal forma que estas rotaron como peonzas en el piso. Luego llenaron las tapas con objetos coloridos y presenciaron una variedad de cambios en formas y colores, mientras las tapas giraban. En este juego, crearon combinaciones cambiando formas y colores, observaron resultados, y luego cambiaron los objetos de las tapas de olla adecuadamente para crear diferentes resultados. Los dos jóvenes científicos estaban iniciando, comunicando, actuando y observando las leyes del universo.
Yo llamo a este tipo de actividades juego científico, o aprendizaje de la naturaleza de un fenómeno. Los niños con acceso a la naturaleza (un patio, árboles, arena, piedras, palos...) así como a la cocina y a todos los otros artículos y muebles seguros dentro de la casa, harán un laboratorio de la realidad de cada espacio. Cuando vienen visitas a mi casa y esta no está nítida, yo lo digo como un hecho “Ay, disculpe el desorden, hay tres jóvenes científicos estudiando la realidad”. Los métodos de los niños son idénticos a aquellos de los científicos. Manipular y observar, escuchar o sentir los resultados, y así por el estilo.
Para los niños, la vida es jugar y jugar es aprender. El tofu pude ser comida para nosotros, pero para nuestro hijo anoche fue un mapa topográfico de nuestra isla. Cintas para el pelo se convierten en flechas para lanzar a un objetivo con una habilidad impresionante. El columpio puede girar si se lo tuerce, y luego regresa en la otra dirección. Las posibilidades son infinites. A pesar de que ellos no siempre ponen lo que han aprendido en palabras o ecuaciones, ellos aprenden. Nombrar las cosas no es el descubrimiento – es entender el fenómeno en sí mismo lo que importa. En el juego científico, los niños experimentan la realidad y también aprenden sobre su propio poder de crear e influenciar fenómenos científicos.
Juego social y emocional
Todo juego que incluya más de una persona es social. Cuando un niño juega con otro (de cualquier edad, incluyendo adultos), las habilidades sociales están siendo aprendidas mientras los sentimientos y necesidades del otro jugador tienen que ser tomadas en cuenta.
Cuando los niños “ensayan” la vida ocurre un entrenamiento social específico. Los juegos de actuación en los que los niños interpretan roles de padres, animales, plantas, etc., son una forma de asimilar la realidad, aliviar los temores y ponerlo todo a prueba.
El juego de actuación es también una gran terapia. Los jóvenes descargan sus emociones en el juego. Una vez una madre se quejaba conmigo de que sus hijos se la pasaban pretendiendo que la casa estaba incendiándose. Ellos corrían por toda la casa usando bufandas como llamas, alertando a todo el mundo del peligro, y luego apagándolo con gran bullicio y satisfacción. Viviendo en el campo, esta familia usa leña para calentar y enseñan a sus hijos a mantenerse alejados del fuego. Los niños están repasando, entrenándose a si mismos para el peor escenario, y aliviando sus temores al ganar experiencia.
Límites y disciplina
Una de las cualidades más destacables del juego de los niños es la cantidad de reglas que ellos forman y lo estrictos que son con ellas.
Recuerdo a un grupo de aproximadamente una docena de niños, de edades mezcladas entre 4 y 10, saltando sobre un gran trampolín. En unos minutos, fue obvio para los niños que estaba demasiado lleno para ser divertido. Muy rápidamente formularon una regla: “tres a la vez”. Un par de ellos empezaron a cantar “tres a la vez”, lo otros se unieron al canto y luego se sentaron en un extremo, dejando a tres niños al mismo tiempo disfrutar del salto. Las reglas pasan de generación en generación o son creadas según se requiere, mientras los niños las mantienen y aprenden cortesía social, disciplina y límites.
El rol de los padres
Nosotros también somos niños. Nos encanta tener un rol importante en el desarrollo mágico de los humanos. Sin embargo, no hay grandes roles para nosotros los grandes: el verdadero juego creativo no necesita incentivo o ayuda activa. Y no, no necesitamos ser la fuente de diversión o entretener mucho.
Somos la red invisible de soporte y seguridad. Logramos incentivar el juego por deducción: no interviniendo o interrumpiendo, y no mostrando preferencia por actividades de aula de clase. Por el contrario, podemos darle al niño total aprobación de sus elecciones y acciones. Respetando el “trabajo” de los científicos (su juego), somos responsables de exponer, mas no de imponer.
Cuando los niños quieren nuestra participación, debemos jugar en forma auténtica. Necesitamos estar interesados – no interesantes; dejar al niño liderar el juego, y nosotros unirnos como un verdadero compañero. No evaluaciones, halagos, o liderazgo ni tampoco entusiasmo exagerado – solo siendo un compañero auténtico e igual.
Los niños son estupendos compañeros de juegos de otros niños precisamente porque ellos son auténticos. Los niños no necesitan ser de la misma o similar edad para jugar juntos, y a ellos les va mejor cuando escogen a sus propios compañeros de juego.
La vida es un juego. Tal vez los adultos han madurado y olvidado este elemento esencial de la vida llamado juego. Nos hemos vuelto serios y hemos hecho una distinción artificial entre juego y trabajo y entre juego y estudio. Nuestros niños están aquí para enseñarnos a iluminarnos, a poner una chispa en nuestros ojos y Jugar la Vida.
En el piano, Lennon, de 3 años, toca sonidos aleatorios. “¿Por qué no le enseñas a tocar?” pregunta mi visitante de la Costa del Este, quien sabe que yo soy pianista. “Él está aprendiendo”, le digo. “Yo nunca puedo igualar la efectividad de esta manera natural de dominar una habilidad”. Mi amiga me mira con duda. “Cuando vengas a visitarme el año que viene vas a ver”, le digo. Aunque no tengo idea de en qué punto va el aprendizaje de Lennon, intuyo que ella verá mejoras en cualquier cosa que él haga, siempre y cuando él tenga la libertad de jugar.
¿Cuántos padres y maestros se preocupan cuando un día se pasa en juego y juego y más juego? ¿Cuándo va a aprender si juega todo el día? ¿Es el juego realmente una pérdida de tiempo? Se equivoca la naturaleza cuando todos los cachorros, incluyendo los humanos, nacen con una voluntad y habilidad para jugar?
Para mí, criar niños ha sido una prueba continua de mi habilidad para confiar. ¿Debo asegurarme físicamente de que mi hijo aprenda a gatear? ¿caminar? Qué tal ¿“Clase para niños pequeños para hablar y caminar 101”? De modo interesante, curiosamente, el lenguaje es la cosa más difícil de aprender, y los niños lo hacen completamente solos. En realidad, el aprendizaje más rápido en los humanos ocurre en los primeros años, cuando los niños generalmente juegan todo el día. Tal vez la naturaleza no se equivocó – tal vez puedo confiar.
Hallando juguetes creativos
Los juguetes que incentivan la creatividad son materiales que no determinan ningún juego o resultado específico. Algunos ejemplos incluyen papeles en blanco y pinturas, bloques simples, arena, ollas y sartenes, cajas de ropa para vestirse, arcilla, muñecas hechas en forma simple, instrumentos de jardinería。Juguetes de montar y escalar al aire libre como un carro, una escalera, o barras para colgarse; y elementos comunes de uso casero que los niños puedan acceder cuando quieran imitar la actividad doméstica, como instrumentos de cocina, limpieza, cuidado, arreglo, y construcción.
Manténgase alejado de diseños que dictan resultados específicos o que dirigen el resultado del juego de los niños y disuaden la intervención del proceso de su pensamiento. Estos pueden incluir: libros para pintar, juguetes con botones para presionar que producen resultados determinados, muñecas que producen respuestas o acciones emocionales específicas; y juguetes que imitan personajes de cine o televisión.
Entonces, yo confié en la naturaleza desde el primer día y me di cuenta de una cosa interesante: los niños juegan, y su principal aprendizaje ocurre mediante el juego. Los niños están diseñados para ser curiosos. Desde el nacimiento, quieren saberlo y averiguarlo todo. Los niños están encaminados hacia el triunfo. Ellos están constantemente retándose a sí mismos y pueden realmente lograr todo eso a través de un proceso implantado biológicamente, que nosotros llamamos juego.
Si los niños jugasen durante toda su infancia (lo digo en serio), estarían listos para la vida. Serían emocionalmente fuertes (siempre y cuando no se haya producido otro daño), y tendrían todas las habilidades básicas para afrontar la vida. A ellos les encanta palpar la vida. Nuestra ansiedad para que los niños conozcan ciertas cosas a edades específicas es un enorme obstáculo para confiar y permitir el desarrollo natural. Cuando los niños juegan, ellos son los únicos autores calificados de ese mágico proceso. Raramente es demasiado tarde para adquirir conocimiento, pero frecuentemente es peligrosamente demasiado pronto y fuera de armonía con el desarrollo natural del niño.
Confiar en el niño para que dirija su propio juego tiene ventajas inmediatas:
1) El niño tiende a hacer exactamente lo que es mejor para él emocional, intelectual y socialmente.
2) No existe preocupación acerca de si el tipo de juego es apropiado para la edad, y no hay conjeturas sobre qué o cómo jugar. También, el niño es su mejor experto en definir la duración.
3) Incluso la exposición adecuada a información necesaria es tomada en cuenta en su mayor parte. La vida, así como es, puede proveer demasiada exposición en nuestros tiempos. Los niños seleccionarán lo que es adecuado a sus necesidades personales. Podemos compartir nuestra vida con ellos, nuestros intereses, amigos, amores, frustraciones, actividades...y ellos observarán, aprenderán, y nos dejarán saber sus necesidades en sus propias formas juguetonas. Los niños a los que se les permite jugar y dirigir su propio camino, estudiarán cualquier cosa para llegar a donde ellos quieren ir.
Qué tipo de juego es muy efectivo en crecimiento y aprendizaje? La respuesta es simple: el iniciado y dirigido por uno mismo. Para fomentar ese tipo de juego, necesitamos quitarnos del camino y también quitar los juguetes manipuladores. Nuestra intervención y aportación realmente estorba. Es obvio por qué la intervención negativa es destructiva, pero no tan obvio por qué la intervención positiva es igualmente destructiva: Cuando Nina, de dos años, construye una torre de bloques, está impulsada por un puro interés y alegría por la creación y aprendizaje. Cuando Papá mira su creación y expresa su entusiasmo, Nina cambia su interés hacia los bloques por el propósito de inducir una reacción entusiasta en Papá. Esto puede convertirse con el paso de los años en una dependencia en la evaluación del adulto, y resultar en falta de auto confianza y pérdida del interés por hacer cosas que causen satisfacción propia. El niño complaciente está constantemente pendiente de su suceso en hacer realidad las expectativas de los padres, y puede perder contacto con quien él verdaderamente es, y con lo que él está interesado.
Juegos de ciencia
Un día, Yonatan y Lennon tomaron tapas de ollas de la cocina, y las giraron de tal forma que estas rotaron como peonzas en el piso. Luego llenaron las tapas con objetos coloridos y presenciaron una variedad de cambios en formas y colores, mientras las tapas giraban. En este juego, crearon combinaciones cambiando formas y colores, observaron resultados, y luego cambiaron los objetos de las tapas de olla adecuadamente para crear diferentes resultados. Los dos jóvenes científicos estaban iniciando, comunicando, actuando y observando las leyes del universo.
Yo llamo a este tipo de actividades juego científico, o aprendizaje de la naturaleza de un fenómeno. Los niños con acceso a la naturaleza (un patio, árboles, arena, piedras, palos...) así como a la cocina y a todos los otros artículos y muebles seguros dentro de la casa, harán un laboratorio de la realidad de cada espacio. Cuando vienen visitas a mi casa y esta no está nítida, yo lo digo como un hecho “Ay, disculpe el desorden, hay tres jóvenes científicos estudiando la realidad”. Los métodos de los niños son idénticos a aquellos de los científicos. Manipular y observar, escuchar o sentir los resultados, y así por el estilo.
Para los niños, la vida es jugar y jugar es aprender. El tofu pude ser comida para nosotros, pero para nuestro hijo anoche fue un mapa topográfico de nuestra isla. Cintas para el pelo se convierten en flechas para lanzar a un objetivo con una habilidad impresionante. El columpio puede girar si se lo tuerce, y luego regresa en la otra dirección. Las posibilidades son infinites. A pesar de que ellos no siempre ponen lo que han aprendido en palabras o ecuaciones, ellos aprenden. Nombrar las cosas no es el descubrimiento – es entender el fenómeno en sí mismo lo que importa. En el juego científico, los niños experimentan la realidad y también aprenden sobre su propio poder de crear e influenciar fenómenos científicos.
Juego social y emocional
Todo juego que incluya más de una persona es social. Cuando un niño juega con otro (de cualquier edad, incluyendo adultos), las habilidades sociales están siendo aprendidas mientras los sentimientos y necesidades del otro jugador tienen que ser tomadas en cuenta.
Cuando los niños “ensayan” la vida ocurre un entrenamiento social específico. Los juegos de actuación en los que los niños interpretan roles de padres, animales, plantas, etc., son una forma de asimilar la realidad, aliviar los temores y ponerlo todo a prueba.
El juego de actuación es también una gran terapia. Los jóvenes descargan sus emociones en el juego. Una vez una madre se quejaba conmigo de que sus hijos se la pasaban pretendiendo que la casa estaba incendiándose. Ellos corrían por toda la casa usando bufandas como llamas, alertando a todo el mundo del peligro, y luego apagándolo con gran bullicio y satisfacción. Viviendo en el campo, esta familia usa leña para calentar y enseñan a sus hijos a mantenerse alejados del fuego. Los niños están repasando, entrenándose a si mismos para el peor escenario, y aliviando sus temores al ganar experiencia.
Límites y disciplina
Una de las cualidades más destacables del juego de los niños es la cantidad de reglas que ellos forman y lo estrictos que son con ellas.
Recuerdo a un grupo de aproximadamente una docena de niños, de edades mezcladas entre 4 y 10, saltando sobre un gran trampolín. En unos minutos, fue obvio para los niños que estaba demasiado lleno para ser divertido. Muy rápidamente formularon una regla: “tres a la vez”. Un par de ellos empezaron a cantar “tres a la vez”, lo otros se unieron al canto y luego se sentaron en un extremo, dejando a tres niños al mismo tiempo disfrutar del salto. Las reglas pasan de generación en generación o son creadas según se requiere, mientras los niños las mantienen y aprenden cortesía social, disciplina y límites.
El rol de los padres
Nosotros también somos niños. Nos encanta tener un rol importante en el desarrollo mágico de los humanos. Sin embargo, no hay grandes roles para nosotros los grandes: el verdadero juego creativo no necesita incentivo o ayuda activa. Y no, no necesitamos ser la fuente de diversión o entretener mucho.
Somos la red invisible de soporte y seguridad. Logramos incentivar el juego por deducción: no interviniendo o interrumpiendo, y no mostrando preferencia por actividades de aula de clase. Por el contrario, podemos darle al niño total aprobación de sus elecciones y acciones. Respetando el “trabajo” de los científicos (su juego), somos responsables de exponer, mas no de imponer.
Cuando los niños quieren nuestra participación, debemos jugar en forma auténtica. Necesitamos estar interesados – no interesantes; dejar al niño liderar el juego, y nosotros unirnos como un verdadero compañero. No evaluaciones, halagos, o liderazgo ni tampoco entusiasmo exagerado – solo siendo un compañero auténtico e igual.
Los niños son estupendos compañeros de juegos de otros niños precisamente porque ellos son auténticos. Los niños no necesitan ser de la misma o similar edad para jugar juntos, y a ellos les va mejor cuando escogen a sus propios compañeros de juego.
La vida es un juego. Tal vez los adultos han madurado y olvidado este elemento esencial de la vida llamado juego. Nos hemos vuelto serios y hemos hecho una distinción artificial entre juego y trabajo y entre juego y estudio. Nuestros niños están aquí para enseñarnos a iluminarnos, a poner una chispa en nuestros ojos y Jugar la Vida.
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Juego infantil
sábado, 22 de diciembre de 2007
Juegos populares, la cultura autóctona del juego

Otro sobre juegos de la misma autora, que complementa al anterior.
Isabel Fernandez del Castillo
Autora de "La revolución del nacimiento"
Holistika
Muchos niños ya no juegan, sino que “consumen” productos manufacturados de entretenimiento (tele, videojuegos…), una solución fácil con que llenar sus horas de ocio. Es la globalización del entretenimiento.
Desaparecida la calle como espacio de encuentro, las ciudades se han convertido en un lugar inadecuado para los niños, y los parques a partir de cierta edad resultan poco interesantes para jugar. Eso hace que el juego libre en espacios abiertos sea poco menos que misión imposible. Si a eso unimos las largas jornadas escolares, las actividades extraescolares, lo reducido de las familias, y la invasión de los productos de ocio “de consumo”, lo cierto es que jugar, lo que se dice jugar, hoy en día se juega poco. Las consecuencias son ya patentes: obesidad, aislamiento, tele-adicción, hiperactividad o indolencia, conductas anti-sociales, caída del rendimiento escolar…
Muchos niños ya no juegan, sino que “consumen” productos manufacturados de entretenimiento (tele, videojuegos…), una solución fácil con que llenar sus horas de ocio. Es la globalización del entretenimiento. Pero como afirma Victoriano Yagüe, profesor de educación secundaria y autor de varios libros sobre los juegos populares “El juego es el mejor vehículo para el desarrollo de la creatividad y un excelente antídoto contra la educación en exceso tecnificada”.
La rica tradición de los juegos populares
Victoriano Yagüe es profesor de educación secundaria y un apasionado de los juegos populares, pasión que le ha llevado a recopilar esta rica tradición popular en varias obras, como “Juegos para la escuela” o “66 juegos para educar” “El juego es el mejor vehículo para el desarrollo de la creatividad y un excelente antídoto contra la educación en exceso tecnificada”, afirma Victoriano.
Victoriano forma parte de un movimiento actual de expertos en juegos que se han propuesto rescatar del olvido y llevar a las escuelas este aspecto esencial de nuestra cultura autóctona. Y es que antes de existir la práctica del deporte reglado, los niños realizaban un intenso ejercicio físico espontáneo en la calle, simplemente jugando a los muchos y diferentes juegos de la tradición popular. Estos han sido un medio de desarrollo psicofísico y de socialización que ha proporcionado deleite a innumerables generaciones de niños, antes de que el coche ocupara las calles, y la televisión su tiempo.
Victoriano Yagüe lamenta la inexistencia de espacios físicos apropiado para jugar “en los parques no hay ni donde esconderse”, y la pérdida cultural que supone la total sustitución del juego por el deporte: “El deporte, visto actualmente de una forma fría con respecto al juego tradicional, se muestra como un elemento fagocitador de nuestra tradición en lo que a cultura física se refiere, y se extiende por todos los lugares llevando modelos de actividad que no le son propios. Las normas rígidas y los controles estrictos de los deportes de masas empobrecen el espacio de las manifestaciones lúdicas populares y tradicionales donde la riqueza de variantes y matices son ese encanto propio del tiempo de la infancia”.
Siendo en todos los aspectos beneficiosos para el desarrollo de los niños, asistimos a un creciente interés por parte de padres y educadores por rescatar esa tradición, habiendo incluso quien propone que sean enseñados en los colegios, como una asignatura más, y en los campamentos de verano. Y en cualquier caso, son la alternativa a la presión del entretenimiento globalizado de consumo.
Los juegos de siempre
Muchos padres todavía recordamos de nuestra infancia divertidos juegos que casi han dejado de practicarse pero que sin duda harían las delicias de nuestros hijos. Este puede ser el verano para rescatar esas actividades, y lo que es más importante, contagiarnos del espíritu lúdico de aquellos años.
Muchos de esos juegos son colectivos, lo que los hace muy convenientes para los niños de ahora, y muy especialmente para quienes pasan horas solos jugando a los videojuegos. Al contrario que en los juegos virtuales, muchos de ellos violentos y en los que todo está (virtualmente) permitido, los juegos tradicionales colectivos son un interesante medio de socialización, ya que se rigen por reglas que todos deben asumir para poder jugar. Son una forma activa y tradicional de educación para la convivencia, en la que el espíritu competitivo queda matizado por la pertenencia al grupo y estimula el desarrollo de la capacidad de negociación y adaptación. Es también una extraordinaria forma de integrar mente, emociones y cuerpo y de hacer ejercicio de manera que el esfuerzo es inmediatamente premiado por la gratificación que produce jugar.
Pero además, el ejercicio que se practica jugando y no por “hacer ejercicio” requiere mucho menos esfuerzo real, porque nos produce una gratificación inmediata. Decía Ortega y Gasset “El juego es un esfuerzo, pero que no siendo provocado por el premioso utilitarismo que inspira el esfuerzo impuesto por una circunstancia del trabajo, va reposando en sí mismo, sin ese desasosiego, que infiltra en el trabajo la necesidad de conseguir a toda costa un fin”.
Jugar a lo que jugábamos antes
Son varios cientos los juegos populares practicados en las ciudades y pueblos de España, con numerosas variantes por zonas y pueblos.
Algunos de ellos todavía los recordamos:
Juegos de correr y esconderse: Escondite, polis y cacos (civiles y ladrones,……..), escondite inglés…
Cualidades que desarrolla: Percepción del propio cuerpo, agilidad, velocidad de reacción, resistencia. Conocimiento y percepción del espacio, estrategia. Respeto por las normas, trabajo en grupo, socialización y autonomía personal.
Juegos de correr y pillar: Rescate, Pañuelo, Cuatro esquinitas.
Cualidades que desarrolla: Percepción espacio temporal, velocidad de reacción, resistencia. Espíritu de equipo, socialización, respeto por las normas.
Juegos de correr y pillar con canciones: Abuelita qué hora es, Ratón que te pilla el gato.
Cualidades que desarrolla: Coordinación dinámica general, fuerza, agilidad, equilibrio. Autonomía personal, socialización.
Lanzar y evitar pelotas corriendo: Balón prisionero, Naciones
Cualidades que desarrolla: Atención, capacidad de reacción, agilidad, velocidad, resistencia. Espíritu de equipo, respeto por las normas
Juegos de lanzamientos de objetos : La gurria (es el antecesor del jockey)
Cualidades que desarrolla: cálculo espacial, coordinación ojos-mano, puntería, estrategia, coordinación, precisión.
Juegos con teja: La rayuela
Cualidades que desarrolla: cálculo espacial, coordinación ojos-manos, puntería, precisión, equilibrio, estabilidad, estrategia. Respeto por las normas.
Juegos sensoriales: La gallinita ciega
Cualidades que desarrolla: orientación, percepción del propio cuerpo, percepción sensorial: auditiva, táctil y quinestésica (de movimiento), velocidad de reacción, atención, concentración, confianza en los demás.
Juegos de saltar: la comba, la goma
Cualidades que desarrolla: La comba: sentido del ritmo, coordinación, resistencia, respeto por las normas al tener que esperar el turno (en grupo). La goma: Hace unos años tenía seis niveles de altura (tobillos, media pantorrilla, rodillas, medio muslo, cadera, cintura) lo que estimulaba la pericia, habilidad y espíritu de superación de las participantes.
Juegos y deportes no colectivos : Patinar, montar en bici, caminatas por la montaña, subirse a los árboles, correr con aro, ping pong, futbolín… En la playa: palas, pelota, surf, windsurf…
Cualidades que desarrollan: sentido del equilibrio, agilidad, percepción espacio-temporal, resistencia, capacidad de reacción, inmersión en la naturaleza…
Muchos niños ya no juegan, sino que “consumen” productos manufacturados de entretenimiento (tele, videojuegos…), una solución fácil con que llenar sus horas de ocio. Es la globalización del entretenimiento.
Desaparecida la calle como espacio de encuentro, las ciudades se han convertido en un lugar inadecuado para los niños, y los parques a partir de cierta edad resultan poco interesantes para jugar. Eso hace que el juego libre en espacios abiertos sea poco menos que misión imposible. Si a eso unimos las largas jornadas escolares, las actividades extraescolares, lo reducido de las familias, y la invasión de los productos de ocio “de consumo”, lo cierto es que jugar, lo que se dice jugar, hoy en día se juega poco. Las consecuencias son ya patentes: obesidad, aislamiento, tele-adicción, hiperactividad o indolencia, conductas anti-sociales, caída del rendimiento escolar…
Muchos niños ya no juegan, sino que “consumen” productos manufacturados de entretenimiento (tele, videojuegos…), una solución fácil con que llenar sus horas de ocio. Es la globalización del entretenimiento. Pero como afirma Victoriano Yagüe, profesor de educación secundaria y autor de varios libros sobre los juegos populares “El juego es el mejor vehículo para el desarrollo de la creatividad y un excelente antídoto contra la educación en exceso tecnificada”.
La rica tradición de los juegos populares
Victoriano Yagüe es profesor de educación secundaria y un apasionado de los juegos populares, pasión que le ha llevado a recopilar esta rica tradición popular en varias obras, como “Juegos para la escuela” o “66 juegos para educar” “El juego es el mejor vehículo para el desarrollo de la creatividad y un excelente antídoto contra la educación en exceso tecnificada”, afirma Victoriano.
Victoriano forma parte de un movimiento actual de expertos en juegos que se han propuesto rescatar del olvido y llevar a las escuelas este aspecto esencial de nuestra cultura autóctona. Y es que antes de existir la práctica del deporte reglado, los niños realizaban un intenso ejercicio físico espontáneo en la calle, simplemente jugando a los muchos y diferentes juegos de la tradición popular. Estos han sido un medio de desarrollo psicofísico y de socialización que ha proporcionado deleite a innumerables generaciones de niños, antes de que el coche ocupara las calles, y la televisión su tiempo.
Victoriano Yagüe lamenta la inexistencia de espacios físicos apropiado para jugar “en los parques no hay ni donde esconderse”, y la pérdida cultural que supone la total sustitución del juego por el deporte: “El deporte, visto actualmente de una forma fría con respecto al juego tradicional, se muestra como un elemento fagocitador de nuestra tradición en lo que a cultura física se refiere, y se extiende por todos los lugares llevando modelos de actividad que no le son propios. Las normas rígidas y los controles estrictos de los deportes de masas empobrecen el espacio de las manifestaciones lúdicas populares y tradicionales donde la riqueza de variantes y matices son ese encanto propio del tiempo de la infancia”.
Siendo en todos los aspectos beneficiosos para el desarrollo de los niños, asistimos a un creciente interés por parte de padres y educadores por rescatar esa tradición, habiendo incluso quien propone que sean enseñados en los colegios, como una asignatura más, y en los campamentos de verano. Y en cualquier caso, son la alternativa a la presión del entretenimiento globalizado de consumo.
Los juegos de siempre
Muchos padres todavía recordamos de nuestra infancia divertidos juegos que casi han dejado de practicarse pero que sin duda harían las delicias de nuestros hijos. Este puede ser el verano para rescatar esas actividades, y lo que es más importante, contagiarnos del espíritu lúdico de aquellos años.
Muchos de esos juegos son colectivos, lo que los hace muy convenientes para los niños de ahora, y muy especialmente para quienes pasan horas solos jugando a los videojuegos. Al contrario que en los juegos virtuales, muchos de ellos violentos y en los que todo está (virtualmente) permitido, los juegos tradicionales colectivos son un interesante medio de socialización, ya que se rigen por reglas que todos deben asumir para poder jugar. Son una forma activa y tradicional de educación para la convivencia, en la que el espíritu competitivo queda matizado por la pertenencia al grupo y estimula el desarrollo de la capacidad de negociación y adaptación. Es también una extraordinaria forma de integrar mente, emociones y cuerpo y de hacer ejercicio de manera que el esfuerzo es inmediatamente premiado por la gratificación que produce jugar.
Pero además, el ejercicio que se practica jugando y no por “hacer ejercicio” requiere mucho menos esfuerzo real, porque nos produce una gratificación inmediata. Decía Ortega y Gasset “El juego es un esfuerzo, pero que no siendo provocado por el premioso utilitarismo que inspira el esfuerzo impuesto por una circunstancia del trabajo, va reposando en sí mismo, sin ese desasosiego, que infiltra en el trabajo la necesidad de conseguir a toda costa un fin”.
Jugar a lo que jugábamos antes
Son varios cientos los juegos populares practicados en las ciudades y pueblos de España, con numerosas variantes por zonas y pueblos.
Algunos de ellos todavía los recordamos:
Juegos de correr y esconderse: Escondite, polis y cacos (civiles y ladrones,……..), escondite inglés…
Cualidades que desarrolla: Percepción del propio cuerpo, agilidad, velocidad de reacción, resistencia. Conocimiento y percepción del espacio, estrategia. Respeto por las normas, trabajo en grupo, socialización y autonomía personal.
Juegos de correr y pillar: Rescate, Pañuelo, Cuatro esquinitas.
Cualidades que desarrolla: Percepción espacio temporal, velocidad de reacción, resistencia. Espíritu de equipo, socialización, respeto por las normas.
Juegos de correr y pillar con canciones: Abuelita qué hora es, Ratón que te pilla el gato.
Cualidades que desarrolla: Coordinación dinámica general, fuerza, agilidad, equilibrio. Autonomía personal, socialización.
Lanzar y evitar pelotas corriendo: Balón prisionero, Naciones
Cualidades que desarrolla: Atención, capacidad de reacción, agilidad, velocidad, resistencia. Espíritu de equipo, respeto por las normas
Juegos de lanzamientos de objetos : La gurria (es el antecesor del jockey)
Cualidades que desarrolla: cálculo espacial, coordinación ojos-mano, puntería, estrategia, coordinación, precisión.
Juegos con teja: La rayuela
Cualidades que desarrolla: cálculo espacial, coordinación ojos-manos, puntería, precisión, equilibrio, estabilidad, estrategia. Respeto por las normas.
Juegos sensoriales: La gallinita ciega
Cualidades que desarrolla: orientación, percepción del propio cuerpo, percepción sensorial: auditiva, táctil y quinestésica (de movimiento), velocidad de reacción, atención, concentración, confianza en los demás.
Juegos de saltar: la comba, la goma
Cualidades que desarrolla: La comba: sentido del ritmo, coordinación, resistencia, respeto por las normas al tener que esperar el turno (en grupo). La goma: Hace unos años tenía seis niveles de altura (tobillos, media pantorrilla, rodillas, medio muslo, cadera, cintura) lo que estimulaba la pericia, habilidad y espíritu de superación de las participantes.
Juegos y deportes no colectivos : Patinar, montar en bici, caminatas por la montaña, subirse a los árboles, correr con aro, ping pong, futbolín… En la playa: palas, pelota, surf, windsurf…
Cualidades que desarrollan: sentido del equilibrio, agilidad, percepción espacio-temporal, resistencia, capacidad de reacción, inmersión en la naturaleza…
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Juego infantil
Juego infantil e inteligencia

Isabel Fernandez del Castillo
Autora de "La revolución del nacimiento"
Holistika
Los cachorros mamíferos juegan mucho mientras son pequeños, y de esa forma adquieren las habilidades que necesitarán de adultos, de una manera agradable y gratificante. Cuanto más inteligente es la especie, más importante es la etapa dedicada al juego, por eso los niños son los “cachorros” que más tiempo dedican a jugar … si se les deja.
Los adultos a menudo pensamos que los niños juegan para entretenerse, para dejarnos tiempo libre. La realidad es bien distinta. Los niños no juegan para entretenerse, ni para dejarnos tiempo, sino porque es el medio por el que comprenden cómo es el mundo y se integran en él. Jugando desarrollan sus aptitudes físicas, su inteligencia emocional, su creatividad, su imaginación, su capacidad intelectual, sus habilidades sociales .... y al tiempo que desarrollan todo eso, disfrutan y se entretienen. Pero nunca en la historia los niños han jugado menos que ahora. ¿Puede esta revolución silenciosa no tener consecuencias?
Los cachorros mamíferos juegan mucho mientras son pequeños, y de esa forma adquieren las habilidades que necesitarán de adultos, de una manera agradable y gratificante. Cuanto más inteligente es la especie, más importante es la etapa dedicada al juego, por eso los niños son los “cachorros” que más tiempo dedican a jugar … si se les deja.
¿A qué jugamos?
El tipo de juego para el que están preparados los niños viene condicionado por su edad y momento evolutivo, y conocerlo es vital si queremos comprender o compartir sus juegos, ponernos a su altura o, simplemente, no interferir.
Hasta los 7 años, aproximadamente, el niño no distingue realidad de ficción y vive en una atmósfera “mágica”. Todavía no ha desarrollado plenamente su capacidad de abstracción, por lo que muchos pedagogos consideran inapropiado los intentos de “enseñarles” en clave racional. Ciertas pedagogías han estudiado detenidamente el proceso de desarrollo del niño, y ajustan el programa escolar a esta realidad. Es el caso de la pedagogía Waldorf, para la cual el desarrollo de la inteligencia humana tiene un “calendario” de desarrollo propio, y cada etapa es fructífera si se asienta sólidamente en la anterior. Así nos lo explica Elena Martín Artajo, directora de la Escuela Waldorf de Aravaca, para quien la adquisición de habilidades y conocimiento debe estar en función de la evolución de los niños, y no al contrario. Y en estos primeros años, el juego imaginativo y creativo constituye el fundamento para la aparición posterior del pensamiento abstracto y de facultades racionales más complejas. Dicho de otro modo, en esos años jugar parece ser la actividad más seria que se puede realizar.
Bruno Bettelheim también distingue dos fases claras en la evolución del juego infantil: el juego libre, hasta los 7 años, y el juego estructurado, por el que se van interesando a partir de esa edad. El juego espontáneo evoluciona de esta manera:
Hasta los 3 años, el niño toma posesión de su propio cuerpo y progresa en el conocimiento del mundo que les rodea. Es una fase de experimentación con su cuerpo y con su entorno. Sus primeros juegos se basan en la imitación. Los niños juegan a desempeñar las mismas actividades que hacen los adultos, adquiriendo de esa forma habilidades útiles para su vida.
Entre los 3 y 5 años es la edad de la imaginación. Son capaces de crear símbolos a partir de cualquier cosa –una caja de zapatos puede ser un camión, y un rato después una casa de enanitos- y sus creaciones son plenamente reales para él. Los juguetes demasiado “acabados” reducen sus posibilidades de imaginar y simbolizar a partir de formas básicas.
Entre los 5 y los 7 años, su imaginación continúa desarrollándose, de forma que no sólo crean objetos, sino también historias con un hilo argumental cada vez más elaborados. Es la edad del “vale que”. El vale que es el procedimiento por el cual los niños se distribuyen los “papeles” y hacen un primer planteamiento de la historia que van a representar, y que para ellos es muy real. Por ejemplo: “vale que yo era la mamá y tú eras el bebé y yo te llevaba al médico, etc.”. Normalmente, varios “vale qués” durante el juego sirven para distribuir y negociar los “papeles”, y van reconduciendo la historia hacia su objetivo.
Las cualidades que se desarrollan durante estas etapas infantiles son el fundamento mismo sobre las que se asienta la capacidad de materializar y llevar a cabo capacidades más complejas e incluso el trabajo de adulto. “Aquellos que se toman el juego como un simple juego y el trabajo con excesiva seriedad, no han comprendido mucho ni lo uno ni lo otro”, afirma H. Heine. Este tipo de juego es la base sobre la que se despliega cualidades superiores como la imaginación, la creatividad, la perseverancia en el esfuerzo, etc. que pueden resultar seriamente menoscabadas si se impide su ejercicio por medio de, por ejemplo, esa gran neutralizadora de la creatividad, la imaginación y la diligencia infantil, que es la televisión.
Juego libre y juego estructurado
Hasta esa edad los juegos tienen un alto significado simbólico y cumple múltiples propósitos. Afirma Bruno Bettelheim en su obra No hay padres perfectos “los niños se valen de los juegos para resolver y dominar dificultades psicológicas muy complejas del pasado y del presente. Tan valioso es el juego en ese sentido que la terapia por el juego se ha convertido en el procedimiento principal para ayudar a los niños pequeños a vencer sus dificultades emotivas”.
Jugar es para los niños pequeños un acto creativo de primer orden, que no sólo les ayuda a aprehender el mundo sino a resolver sus conflictos y dificultades. Es la edad del juego libre y creativo basado en la imitación y por el que desarrollan su capacidad para crear símbolos e inventar historias a partir de cualquier cosa: una caja de zapatos puede ser un camión, y un rato después una casa de enanitos. Este contenido simbólico de los juegos constituye la base misma de la inteligencia humana, y tienen una “lógica” interna, independientemente de que la entendamos o no.
En esta fase podemos “incorporarnos” a sus juegos imaginativos, pero no conviene “dirigirlos”. Es importante no interferir tratando de dirigir el juego hacia comportamientos más o menos lógicos para los adultos pero que desvíen al niño del propósito intrínseco de su juego. Este autor advierte “cuando no hay peligro inmediato, lo mejor suele ser aprobar los juegos del niño sin entrometerse. Aunque bienintencionados, los esfuerzos por ayudarle pueden desviarle de buscar, y a la larga encontrar, la mejor solución”.
A partir de los 7 años los niños van saliendo poco a poco de su atmósfera mágica, y ya discriminan claramente entre lo que es realidad y ficción, interesándose por otras actividades. A partir de entonces comienzan a estar preparados para los juegos estructurados, con reglas previamente establecidas, que continúan completando su “programa de desarrollo”. Son juegos más activos, más competitivos, en los que el niño vive la exhuberancia de una actividad física intensa y gratificante, mientras aprende a respetar las reglas del juego colectivo y compatibilizar sus intereses con los del grupo.
La familia que juega unida…..
Arrastrados por la vorágine del día a día, por la inmediatez de lo urgente, muchos padres y madres ven poco a sus hijos durante el curso escolar, apenas un rato al final del día. Jugar juntos nos parece un lujo inalcanzable, o incluso una pérdida de tiempo, según el día. Y sin embargo, compartir el juego no es sólo una forma agradable, lúdica y gratificante de hacer ejercicio y disfrutar en familia. Es también una oportunidad para disfrutar de una relación de camaradería más allá de los roles establecidos padres-hijos, un aspecto de la relación familiar habitualmente descuidada pero que puede llegar a ser de inestimable ayuda, por ejemplo, para capear con mayor estabilidad la turbulenta etapa adolescente.
Y es que, quizá, el escaso valor que damos a la necesidad de jugar en la infancia se deba a que hemos perdido a ese “homo ludens” que todos llevamos dentro. Y si cerráramos ahora los ojos e hiciéramos el ejercicio mental de situarnos dentro de –pongamos- 20 años, es posible que nos embargue la añoranza del tiempo perdido, ese tiempo pasado en que tuvimos la ocasión –y no aprovechamos- de disfrutar de ese efímero presente de padres de niños que crecen demasiado deprisa. Pero estamos a tiempo.
Autora de "La revolución del nacimiento"
Holistika
Los cachorros mamíferos juegan mucho mientras son pequeños, y de esa forma adquieren las habilidades que necesitarán de adultos, de una manera agradable y gratificante. Cuanto más inteligente es la especie, más importante es la etapa dedicada al juego, por eso los niños son los “cachorros” que más tiempo dedican a jugar … si se les deja.
Los adultos a menudo pensamos que los niños juegan para entretenerse, para dejarnos tiempo libre. La realidad es bien distinta. Los niños no juegan para entretenerse, ni para dejarnos tiempo, sino porque es el medio por el que comprenden cómo es el mundo y se integran en él. Jugando desarrollan sus aptitudes físicas, su inteligencia emocional, su creatividad, su imaginación, su capacidad intelectual, sus habilidades sociales .... y al tiempo que desarrollan todo eso, disfrutan y se entretienen. Pero nunca en la historia los niños han jugado menos que ahora. ¿Puede esta revolución silenciosa no tener consecuencias?
Los cachorros mamíferos juegan mucho mientras son pequeños, y de esa forma adquieren las habilidades que necesitarán de adultos, de una manera agradable y gratificante. Cuanto más inteligente es la especie, más importante es la etapa dedicada al juego, por eso los niños son los “cachorros” que más tiempo dedican a jugar … si se les deja.
¿A qué jugamos?
El tipo de juego para el que están preparados los niños viene condicionado por su edad y momento evolutivo, y conocerlo es vital si queremos comprender o compartir sus juegos, ponernos a su altura o, simplemente, no interferir.
Hasta los 7 años, aproximadamente, el niño no distingue realidad de ficción y vive en una atmósfera “mágica”. Todavía no ha desarrollado plenamente su capacidad de abstracción, por lo que muchos pedagogos consideran inapropiado los intentos de “enseñarles” en clave racional. Ciertas pedagogías han estudiado detenidamente el proceso de desarrollo del niño, y ajustan el programa escolar a esta realidad. Es el caso de la pedagogía Waldorf, para la cual el desarrollo de la inteligencia humana tiene un “calendario” de desarrollo propio, y cada etapa es fructífera si se asienta sólidamente en la anterior. Así nos lo explica Elena Martín Artajo, directora de la Escuela Waldorf de Aravaca, para quien la adquisición de habilidades y conocimiento debe estar en función de la evolución de los niños, y no al contrario. Y en estos primeros años, el juego imaginativo y creativo constituye el fundamento para la aparición posterior del pensamiento abstracto y de facultades racionales más complejas. Dicho de otro modo, en esos años jugar parece ser la actividad más seria que se puede realizar.
Bruno Bettelheim también distingue dos fases claras en la evolución del juego infantil: el juego libre, hasta los 7 años, y el juego estructurado, por el que se van interesando a partir de esa edad. El juego espontáneo evoluciona de esta manera:
Hasta los 3 años, el niño toma posesión de su propio cuerpo y progresa en el conocimiento del mundo que les rodea. Es una fase de experimentación con su cuerpo y con su entorno. Sus primeros juegos se basan en la imitación. Los niños juegan a desempeñar las mismas actividades que hacen los adultos, adquiriendo de esa forma habilidades útiles para su vida.
Entre los 3 y 5 años es la edad de la imaginación. Son capaces de crear símbolos a partir de cualquier cosa –una caja de zapatos puede ser un camión, y un rato después una casa de enanitos- y sus creaciones son plenamente reales para él. Los juguetes demasiado “acabados” reducen sus posibilidades de imaginar y simbolizar a partir de formas básicas.
Entre los 5 y los 7 años, su imaginación continúa desarrollándose, de forma que no sólo crean objetos, sino también historias con un hilo argumental cada vez más elaborados. Es la edad del “vale que”. El vale que es el procedimiento por el cual los niños se distribuyen los “papeles” y hacen un primer planteamiento de la historia que van a representar, y que para ellos es muy real. Por ejemplo: “vale que yo era la mamá y tú eras el bebé y yo te llevaba al médico, etc.”. Normalmente, varios “vale qués” durante el juego sirven para distribuir y negociar los “papeles”, y van reconduciendo la historia hacia su objetivo.
Las cualidades que se desarrollan durante estas etapas infantiles son el fundamento mismo sobre las que se asienta la capacidad de materializar y llevar a cabo capacidades más complejas e incluso el trabajo de adulto. “Aquellos que se toman el juego como un simple juego y el trabajo con excesiva seriedad, no han comprendido mucho ni lo uno ni lo otro”, afirma H. Heine. Este tipo de juego es la base sobre la que se despliega cualidades superiores como la imaginación, la creatividad, la perseverancia en el esfuerzo, etc. que pueden resultar seriamente menoscabadas si se impide su ejercicio por medio de, por ejemplo, esa gran neutralizadora de la creatividad, la imaginación y la diligencia infantil, que es la televisión.
Juego libre y juego estructurado
Hasta esa edad los juegos tienen un alto significado simbólico y cumple múltiples propósitos. Afirma Bruno Bettelheim en su obra No hay padres perfectos “los niños se valen de los juegos para resolver y dominar dificultades psicológicas muy complejas del pasado y del presente. Tan valioso es el juego en ese sentido que la terapia por el juego se ha convertido en el procedimiento principal para ayudar a los niños pequeños a vencer sus dificultades emotivas”.
Jugar es para los niños pequeños un acto creativo de primer orden, que no sólo les ayuda a aprehender el mundo sino a resolver sus conflictos y dificultades. Es la edad del juego libre y creativo basado en la imitación y por el que desarrollan su capacidad para crear símbolos e inventar historias a partir de cualquier cosa: una caja de zapatos puede ser un camión, y un rato después una casa de enanitos. Este contenido simbólico de los juegos constituye la base misma de la inteligencia humana, y tienen una “lógica” interna, independientemente de que la entendamos o no.
En esta fase podemos “incorporarnos” a sus juegos imaginativos, pero no conviene “dirigirlos”. Es importante no interferir tratando de dirigir el juego hacia comportamientos más o menos lógicos para los adultos pero que desvíen al niño del propósito intrínseco de su juego. Este autor advierte “cuando no hay peligro inmediato, lo mejor suele ser aprobar los juegos del niño sin entrometerse. Aunque bienintencionados, los esfuerzos por ayudarle pueden desviarle de buscar, y a la larga encontrar, la mejor solución”.
A partir de los 7 años los niños van saliendo poco a poco de su atmósfera mágica, y ya discriminan claramente entre lo que es realidad y ficción, interesándose por otras actividades. A partir de entonces comienzan a estar preparados para los juegos estructurados, con reglas previamente establecidas, que continúan completando su “programa de desarrollo”. Son juegos más activos, más competitivos, en los que el niño vive la exhuberancia de una actividad física intensa y gratificante, mientras aprende a respetar las reglas del juego colectivo y compatibilizar sus intereses con los del grupo.
La familia que juega unida…..
Arrastrados por la vorágine del día a día, por la inmediatez de lo urgente, muchos padres y madres ven poco a sus hijos durante el curso escolar, apenas un rato al final del día. Jugar juntos nos parece un lujo inalcanzable, o incluso una pérdida de tiempo, según el día. Y sin embargo, compartir el juego no es sólo una forma agradable, lúdica y gratificante de hacer ejercicio y disfrutar en familia. Es también una oportunidad para disfrutar de una relación de camaradería más allá de los roles establecidos padres-hijos, un aspecto de la relación familiar habitualmente descuidada pero que puede llegar a ser de inestimable ayuda, por ejemplo, para capear con mayor estabilidad la turbulenta etapa adolescente.
Y es que, quizá, el escaso valor que damos a la necesidad de jugar en la infancia se deba a que hemos perdido a ese “homo ludens” que todos llevamos dentro. Y si cerráramos ahora los ojos e hiciéramos el ejercicio mental de situarnos dentro de –pongamos- 20 años, es posible que nos embargue la añoranza del tiempo perdido, ese tiempo pasado en que tuvimos la ocasión –y no aprovechamos- de disfrutar de ese efímero presente de padres de niños que crecen demasiado deprisa. Pero estamos a tiempo.
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