Mostrando entradas con la etiqueta Maternidad. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Maternidad. Mostrar todas las entradas

martes, 2 de noviembre de 2010

Entre mamás


Hoy quiero compartir un enlace muy especial, el de entremamás.

Entre mamás es un proyecto que arranca con fuerza de la mano de la incombustible y luchadora Claudia Pariente. Ella es de esas personas que irrandian energía e ilusión por lo que hacen, además de saber hacer. Estoy segura de que es un proyecto con mucho futuro y ahora mismo la sensación es la de ver a un recién nacido, que ha estado gestándose durante mucho tiempo. Y su madre le va a dar mucho amor y cariño para verlo crecer.

Si vivís en Madrid, no dejéis de visitar el apartado de actividades y acercaros a este espacio tan acogedor y personal que ha preparado. Es el lugar perfecto para crear lazos entre madres, para sentir la urdimbre.

lunes, 16 de agosto de 2010

Hablando de burn-out


Al publicar en un blog, a una casi siempre le apetece compartir cosas bellas, momentos especiales, detalles para no olvidar... y claro, suele parecer que una vive en un mundo ideal, que hace muchas cosas, que siempre tiene la sonrisa en la boca. Evidentemente, eso no es así.


Estas semanas hemos hecho muchas cosas, y hemos vividos momentos muy bonitos, especiales. Casi se me olvida esta entrada que tengo en borrador desde hace bastante tiempo. Quería hablar de esos ratos no tan buenos, porque no quiero dar una imagen de maternidad idílica que no se corresponde con la realidad. Lo que pasa es que luego vas captando instantáneas que son las que no quieres olvidar. Digamos que de los malos momentos intento aprender y de los buenos disfrutar. Y estas semanas ha habido mucho bueno, pero con un runrún de fondo, que es del que quiero hablar.

Si hay una sensación que me invade desde hace tiempo, de forma cíclica, es el cansancio. Más bien le llamaría agotamiento. Es sobre todo mental. Me viene por varios motivos. Por un lado, como he compartido abiertamente por aquí, ando montando una escuelita de e-learning y estoy en la parte más difícil, la promoción y captación de clientes. Y como en cada paso que he ido dando en este proyecto, me tengo que enfrentar a mí misma, a mis miedos, a mis limitaciones... y es agotador. La parte positiva es que hasta ahora, voy pasando etapas y voy creciendo como profesional, aprendiendo nuevas cosas, superando retos. Pero ahora me quedo en el desgaste mental. Otro factor, también relacionado con el trabajo es que intentar trabajar y cuidar a dos niños requiere sacar horas de sueño, trabajar de noche, en ratos de siestas. Es como estar a matacaballo, al acecho de momentos libres, en tensión, siempre preparada para ese rato que permitirá seguir avanzando en el proyecto... eso también es agotador mentalmente. A mediados de junio veía que se me iba a ir de las manos el estrés y decidí cogerme "vacaciones". Ya no trataba de buscar esos ratos libres, pero el proyecto seguía en mi mente, con todas las cosas que quería hacer y no estaba haciendo. Fue una renuncia difícil porque había un runrún en mi cabeza generando ideas... para cuando tuviera tiempo, así que tampoco me ha dejado descansar. Y el tercer factor del cansancio, que tiene que ver más con la crianza y el objeto de este blog, es precisamente que criar cansa. Y mucho. Creo que es una de las actividades que más satisfacciones y más sinsabores produce. Bueno, sinsabores igual es utilizar un gran tópico, pero vamos, que te deja agotada al final del día. Estar 24 horas con niños y en esta sociedad (¿dónde está la tribu?), en la que vivimos tan aislados, que nos deja días y días sin hablaro con más adultos que con tu pareja (a la que recibo muchos días con ganas de que realice un rato de relevo para poder estar a solas conmigo misma de verdad), pues deja etapas en las que la energía va justita para sobrevivir.

Esa falta de energía, me ha llevado a momentos difíciles durante estas semanas pasadas, de estar irascible, a la defensiva, susceptible al máximo, de hablar de forma seca, malhumorada y pasándome de directiva a mi entusiasta hija, rebosante de esa energía que a mí me faltaba. Una y otra vez, ante cualquier situación, primero hablaba y luego pensaba, sabiendo que había optado por el tono y las palabras menos adecuadas y más desproporcionadas. Tampoco es que haya llegado la sangre al río, de hecho creo que es algo que sobre todo hemos notado los adultos de casa, los niños han seguido en su tónica de felicidad, afortunadamente. Pero el tono seco y directivo no es algo que quiera fomentar en casa. Sentía que de todo esto yo tenía algo que aprender, que me estaba dando de cabezazos contra algo, contra una puerta que me iba a enseñar algo sobre mí en cuanto la abriera y la traspasara. De momento sigue cerrada, a pesar de haber recobrado algo de energía y sobre todo de calma. Estoy segura de que volveré a llamar a ella.

Mientras tanto, lo que me ha venido bien para superar este momento ha sido por un lado hablar sin tapujos de los sentimientos más oscuros, sin juzgarlos, aceptándolos (tal y como se suele decir que hagamos con los de los niños, cuánto me queda por aprender). Hablar de las cosas es terapéutico. Por otro lado ha sido básico coger perspectiva, saber que en unas semanas retomaré el proyecto, que precisamente es algo que quiero hacer para poder compaginar con la vida familiar, no para sentir justo lo contrario a pesar de estar en casa. Y en tercer lugar, lo que siempre me ayuda cuando combino cansancio y mal humor es bajar el ritmo, sentir que tengo todo el tiempo del mundo, que no hay prisa ni necesidad de acelerarse, que se puede disfrutar de la higuera del descampado de al lado de casa, de cada puerta que pasamos, del agua de los aspersores del parque, de los charcos, de los escalones que nos encontramos, de cada escaparate en el que nos paramos, de la conversación... De repente no hay prisa y la cabeza tiene tiempo para pararse y responder de forma calmada, de repente no siento la necesidad de ser directiva, todo va fluyendo. Pero sobre todo se puede disfrutar cada momento. Los niños tienen que adaptarse al mundo adulto (en una casa, por ejemplo hay que cocinar, comprar, tender lavadoras y un largo etcétera de cosas aburridas), pero creo que el ritmo que llevamos también les genera estrés (si nosotros no sabemos manejar nuestro propio estrés, como para pedirles a ellos que gestionen el suyo...). Bajar a su mundo nos puede hacer disfrutar, ver las cosas de otra manera, sobre todo ahora, en verano, que realmente los días son largos, que no hay prisas de verdad (que las prisas están en la mente), que hay tiempo para difrutar de esas pequeñas cosas mientras se baja a comprar la fruta y el pan.

La imagen es de Ester García

jueves, 22 de abril de 2010

Te odio, te quiero: Las relaciones entre padres e hijos


Hablaba hace tiempo del libro Los padres perfectos no existen, de Isabelle Filliozat.

Hoy he encontrado otro de sus libros en ebooks, con vista parcial, Te odio, te quiero: las relaciones entre padres e hijos.

Me da mucha pereza últimamente leer nada sobre crianza o relaciones o cualquier cosa relacionada con la maternidad, pero estos dos libros creo que me van a abrir unas cuantas compuertas.




miércoles, 24 de marzo de 2010

Batiburrillo de textos y un pequeño cambio


Estos días no tengo tiempo de leer, ni ganas, ni capacidad de concentrarme en más cosas (¿se me ve estresada? jejeje), así que traigo unos enlaces para otro momento...


Reducir el estrés, compartido por Clara. Tiene buena pinta lo que he leído al vuelo.


Dos entrevistas a CG, que creo que todo el mundo ha leído ya... una y otra . Se le ve de promoción, no?


Y casi se me pasa el mes sin reportar sobre el pequeño cambio... mejoramos... pero sigue quedando mucho que hacer. Este mes me estoy concentrando en que no haya luces encendidas en la casa si no estamos en la estancia. Es algo bastante obvio, no? pues cueeeeeesta. Y casualmente este mes se celebra el día 27, La hora del Planeta. Anda, me acabo de dar cuenta de que es este fin de semana! Qué rápido pasa el tiempo.

lunes, 15 de febrero de 2010

Estar aquí y ahora


Hace un par de días Eva nos habló sobre cómo era el día a día en un colegio Warldof en la primera de las mini charlas que tenemos previsto hacer los días que nos reunimos. Fue muy interesante, gracias!! Hay un par de aspectos que me llamaron mucho la atención. Son el estar aquí y ahora y la importacia de los rituales. Están muy relacionados, de hecho, y creo que algunas cosas que nos comentó son aplicables a nuestra vida diaria, ya no sólo en la relación con los niños, sino como actitud ante la vida. Lo que cuento aquí, pues son divagaciones sobre esas dos frases. Eva lo explicó muy bien desde el punto de vista Warldof... lo mío, pues ya digo, a mi bola :)

Sobre estar aquí y ahora, pues me recordó mucho a las ideas de la Gestalt. Poner atención a lo que se está haciendo, aunque sea fregar los platos, nos conecta al presente, de alguna forma da sentido a lo que se hace. Solemos vivir de cara al futuro y con prisas. Prisas por acabar para hacer lo siguiente y no prestamos atención a lo que hacemos en el momento. Y si hablamos de estar con los niños, también es muy típico estar con ellos pero estar pensando en que luego haré tal llamada o pensando en lo que haremos de cenar o... tantas cosas que hace que nuestra cabeza se disperse, se desconecte de lo que se está viviendo aquí y ahora... Estamos pero no estamos. Eso es algo que los niños notan muy rápido. Es difícil a veces aparcar todos los pensamientos que vienen de forma acelerada, casi sin control, pero mi experiencia es que si logro poner atención en lo que hago, lo disfruto mucho más, porque lo vivo de verdad. Pienso que hay veces que parecemos autómatas, y eso no debe de ser bueno. Estos días estoy tomando más consciencia de las cosas que hago, por pequeñas que sean, y me doy cuenta de que hasta las más aburridas, como planchar, toman un nuevo aire.

En relación con esa idea, está la importancia de los rituales a la hora de hacer las cosas. Por ejemplo, nos explicó un rato en el que se preparaban para pintar. Cómo el ir a por las pinturas, a por el papel, prepararlo todo en definitva, cobraba significado por sí mismo, preparándonos para esa acción que íbamos a hacer. Esa idea, con ese mismo ejemplo, me pareció muy importante, porque muchas veces, al preparar alguna actividad con Laia, me esforzaba en tenerlo todo listo a la de ya, para que no se agobiara ni dispersara por un lado, y por otro porque con Teo no sabía de cuánto tiempo disponíamos para hacer algo, si se iba a agobiar de forma rápida... total, un poco de estrés, totalmente innecesario. Eso me ha llevado a no preparar nada, en realidad, aunque ella muchas veces me dice que vamos a hacer un taller (así le llama ella a hacer manualidades), suele preparar las cosas ella y luego me explica qué tiene pensado hacer (o que yo haga). Pero con esta nueva idea, tengo una nueva perspectiva para hacer las cosas. En algún lugar leí que a esta edad, además, por ligarlo a esta idea, la preparación del juego era más importante que el juego en sí mismo. Vamos, que podían estar haciendo los preparativos mucho más rato que jugando. Eso es algo que noto en Laia. Suele jugar a un juego que consiste en ir de viaje por el mundo, a visitar amigos. Y en realidad se pasa la mayor parte del tiempo preparando ese viaje, haciendo maletas, poniéndolo todo en el "coche"... tiene todo un ritual alrededor de esa actividad.

Creo que son dos ideas que traen calma mental. No es que yo lleve una vida acelerada, pero mi cabeza sí es muy activa y a la vez muy dispersa (pensamiento acelerado, creo que le llamaba Augusto Cury). Así que voy a tratar activamente de ponerlas en marcha.


La imagen es de Patricia Metola, y se llama Equilibrio

jueves, 21 de enero de 2010

El burn-out de las madres

Interesante texto extraído del libro "Los padres perfectos no existen", de Isabelle Filliozat. Visto en el foro de entrecomadres.

El burn-out de las madres


y aquí se puede leer el primer capítulo, que no he leído, pero si Sole lo recomienda, yo me lo apunto.

Los padres perfectos no existen

miércoles, 25 de noviembre de 2009

Escuelas de padres

Ha comenzado en el colegio de Laia una escuela de padres que durará hasta enero, tengo entendido. Está financiada por el ayuntamiento, así que es gratuita. Siempre me ha hecho dividirme la idea de escuela de padres. Por un lado, es obvio que trato de informarme, que considero que tengo mucho que aprender de mí misma, de mis hijos... Vamos, que tengo muchas inseguridades a la hora de "ejercer" de madre. Así que leo y aprendo cosas que luego cuadran más o menos con mi día a día. Sobre todo, trato de interiorizar aquello que va conmigo, que se ajusta a mi estilo, de forma que salga de forma natural. Bueno, no sé exactamente qué hago con lo que leo, pero reconozco que me ayuda a sentirme más segura, que al final es de lo que se trata. También me gustan los grupos de padres (presenciales o en línea - léase foros-), donde se intercambian experiencias, se tejen redes y se da apoyo. No me importa si están semi dirigidos por un profesional, al contrario, pero sin que acaparen mucho. Pero cuando me hablan de las escuelas de padres, algo se remueve en mi interior y se me despiertan las defensas. Conozco algunas, como la de Fundación Tomillo , a las que sí me gustaría asistir, pero dinero, horarios, desplazamientos... casi me quedo en casa, me leo algún libro o alguna charla de las comadres. También quiero reconocer que alguna vez he tenido la tentación de crear en mi barrio algún grupo de madres-padres para dar apoyo a la maternidad, crear redes sociales, etcétera. Cuento esto no tanto para mostrar mis (vanidosas) pretensiones, sino para comentar que me parece importante tener referencias externas que faciliten la labor de encontrarse como padre o madre.

Ví el programa de la Escuela de padres y todo me sonó a conocido: límites, castigos, recompensas... Lo leí por encima pero no me llamó la atención nada de lo que leí en el temario. Me resultaba el típico curso de "yo te enseño a domar a tu hijo". He ido preguntando a madres a ver qué tal están siendo la sesiones y me suena a más de lo mismo. Ahora voy a despotricar un poco, por despotricar, porque llevo una semana muy cansada y me ha dado por este tema. Para empezar no se han tenido entrevistas personales con los padres para poder enfocar el curso a unas necesidades reales, no standarizadas. Para continuar, el tema de esta semana ha sido analizar comportamientos para ver qué beneficios tienen los niños para actuar como actúan (como por ejemplo lograr atención, aunque sea negativa; un dos tres, responda otra vez: ) y así la semana que viene trabajar sobre los castigos y recompensas para erradicar o reforzar los comportamientos. Tal y como me lo contaban, pensaba que estaba apuntada a un curso para adiestrar perros. Me da mucha pena este enfoque porque pasa por alto cosas que para mí son fundamentales, como la importancia del mundo emocional, la comunicación, la relación de apego, ... no sé, ando un poco espesa, pero tengo claro que centrarse únicamente en el comportamiento y no analizar las causas que lo provocan es como el "pan para hoy y hambre para mañana"... Por ejemplo, mi hija nunca había pegado, y a los dos meses de nacer Teo, más o menos, comenzó a descargar su rabia contra mí. O lo que es lo mismo, en cuanto se enfadaba, me pegaba. Al principio me quedé perpleja y me enfadé con ella también. Me centraba en que no me podía pegar, en el comportamiento. En cuanto tuve un par de luces pude contener el comportamiento, porque desde luego no quiero que nadie me haga daño, pero atravesarlo, como un espejo (estoy pensando ahora en el blog de Violeta) y ver el otro lado. Pude mantenerme serena, hacerle saber que no iba a dejarme pegar, pero que estaba allí, a su lado y que entendía sus sentimientos. Fue como abrir una compuerta y ella pudo liberarse de toda la angustia que llevaba dentro. Una catarsis en toda regla que además extinguió el comportamiento de raíz. ¿Qué hubiese ganado con un tiempo fuera, con pegatinas o cualquiera de esas técnicas frías, que se basan en castigos y recompensas, pensadas en serie para problemas en serie? Y ojo, que tampoco soy yo "anti psicología cognitivo-conductual" ni nada por el estilo. Entiendo que hay situaciones concretas en las que quizás sí sea bueno centrarse en primera instancia en el comportamiento, pero yendo después más allá, al origen. Pero esa moda de reducir la educación de los hijos a una serie de técnicas adiestradoras que sirven para todo, me enciende, la verdad. Los gurús que vienen a decirnos cómo tratar a nuestros hijos me incomodan.
Nacemos como padres sin saber muy bien cómo ejercer el oficio (aunque con vocación en muchos casos; se necesitan buenas dosis de vocación para apuntarse a una escuela de padres), pero llegar a hacerlo no depende tanto de las directrices que nos transmitan otros profesionales como de lo que podamos ir sacando de nuestro interior para encontrar nuestra propia brújula.

En definitiva, que visto el enfoque de las escuelas que hay a mi alrededor, seguiré con mi homeschooling particular.

jueves, 18 de junio de 2009

Ira


Hace unos meses, releia el libro El niño feliz, de Dorothy Corkille Briggs. Uno de los capitulos mas reveladores era el de la ira y hace tiempo que queria copiar aqui algunos de los fragmentos que mas me hicieron pensar. Pero en una pagina web que aborda temas de inteligencia emocional he visto un texto muy parecido sobre el tema. Y ya en el colmo de "me encuentro un articulo en el momento adecuado" ayer vi que Violeta Alcocer ha escrito algo parecido, pero yendo mas alla. Asi que hoy hago una entrada con dos textos. El de Violeta es este, sobre el enfado, la ira y la pataleta, muy recomendable. De hecho, justo ayer, yo escribia algo muy parecido por la mañana, para encontrarme por la noche con una buena dosis de realidad que me devuelve al principio de nuevo.
La imagen, uno de los preciosos bocetos que nos enseña estos dias en su blog, es de Patricia Metola
El texto que pongo es el de la pagina de inteligencia emocional.
----------------------------------------------------------------------------------------------

CÓMO DESCIFRAR EL CÓDIGO DE LA IRA

La ira puede llegar después del temor (por ejemplo, de que un niño se lastime).

La ira también puede llegar desde la frustración (uno intenta un poco infructuosamente llevar adelante una tarea, y nuestro hijo de seis años nos complica el trabajo sacando cosas de lugar). De pronto, gritamos sin la menor consideración : '¡Fuera de aquí ! ¡Ya estoy harto de ti !'

Nuestra frustración se transformó en ira, y ésta cayó sobre su hijo.

Al sentirnos AMENZADOS y CELOSOS, disfrazamos nuestras reacciones primarias con sarcasmo, y abofeteamos verbalmente a nuestro cónyuge.

Volver a la casa exhausto y encontrar a los niños 'haciendo lío'. Entonces gritamos, la FATIGA se ha transformado instantáneamente en hostilidad.

Robertito no permite tener una reunión tranquila con unas visitas, y la turbación de la madre va en aumento. Por último, e incapaz de tolerar más, le dice secamente :

-¡Vete a tu cuarto, y quédate allí hasta que puedas comportarte como un caballero !

-¡No voy nada !- retruca el muchacho.

La TURBACIÓN se hizo ira, y la HUMILLACIÓN se transformó en furia.

Con frecuencia los seres humanos transformamos en ira nuestros sentimientos primarios de preocupación, culpa, decepción, rechazo, injusticia, choque, incertidumbre o confusión.

POCAS VECES SE PRESENTA LA IRA EN PRIMER TÉRMINO, Y SIN CAUSA.


LA IRA ES UN CÓDIGO

El saber que la ira cubre una emoción anterior nos ayuda a manejarla con más eficiencia, tanto en nosotros mismos como en nuestros niños. El verla como un código la hace menos amenzante. Cuando uno desconoce este hecho, es proclive a responder en forma directa, y echar leña al fuego.

El motejar a una perona, o sea, el decirle cosas del tipo de 'vieja gorda', no es más que una forma de la hostilidad. Es menos agresivo que los golpes, pero cumple la misma función. SI la madre de Luisito sólo presta atención a la furia de éste, tal vez se ponga furiosa ella también, y le dé una bofetada o un sermón. Si, por el contrario, siente la frustración de él (le parezca o no razonable su deseo), es menos probable que empeore la situación al sumar su ira a la de él.

CÓMO DESCIFRAR EL CÓDIGO

-Noches atrás, cuando mi hija me puso un par de motes, reflejé su sentimiento al decirle : 'Carolina, estás terriblemente enojada conmigo !', relató la señora H.

-¡Claro que lo estoy ! ¿Por qué tengo yo que irme a la cama a las ocho, si Jaime se queda hasta las nueve ? El recibe siempre los privilegios, sólo porque es mayor. ¿Qué culpa tengo por haber nacido después ?

Invariablemente, CUANDO ACEPTAMOS LA IRA POR MEDIO DE LA ATENCIÓN ACTIVA, LOS NIÑOS NOS CONDUCEN AL SENTIMIENTO SUBYACENTE. EL código queda develado, y llegamos al núcleo del problema. EN nuestro ejemplo, Carolina dijo a su madre que su hostilidad provenía del hecho de sentirse defraudada.

-Sientes que estás en una situación terriblemente injusta al no tener los mismos privilegios, algo así como que no hay para ti forma de superarlo- reflejó la madre.

-Sí, así es- coincidió Carolina.

-Y te enfurece que papá y yo permitamos esta clase de cosas-, agregó la señora H.

-Exactamente. Fue por ustedes que yo nací en segundo término. Claro que si ustedes tenían más de un hijo, alguno tenía que ser el segundo, pero no me gusta ser la menor.

-Tiene muchas desventajas, eso de ser la menor.

-¡Ya lo creo ! Claro, a veces también me gusta, porque no tengo que hacer tantas cosas en la casa como Jaime.

-A veces encuentras ventajas en ser la menor- respondió la madre.

Cuando los sentimientos se transformaron en palabras y se los aceptó, la niebla que los rodeaba desapareció, y salió a la superficie la causa que hizo que la niña motejara a su madre. AL no tener que defender su posición, Carolina pudo advertir que su posición en la familia SÍ tenía algunas ventajas. Además, la empatía hizo que Carolina no se sintiera menos valiosa debido a su deseo, perfectamente normal.

martes, 9 de junio de 2009

Limitaciones

Esta entrada igual queda un poco rara, porque igual mezclo temas, pero bueno, asi de dispersa soy. Estoy pensando sobre el ya manido tema de los limites. Siempre he visto que este tema goza de un espacio privilegiado en todos los libros sobre crianza y educacion, pero siempre me falta algo, es como si la mayoria de autores "se callaran" cosas. Creo, que ademas de los temas de seguridad (propia y de los demas) y de introducir con el tiempo unas logicas normas sociales, de urbanidad o como se le quiera llamar, habria que hablar de esas veces que limitamos los comportamientos de los niños simplemente porque choca con nuestros propios limites, quizas heredados de la infancia o producto del cansancio o de la pereza. Creo que hay que hacer revision personal y ver si cuando limitamos algo a un niño en realidad lo hacemos simplemente porque choca con nuestro limite personal. Si es asi, podemos aceptarlo y explicarselo al niño, pero tambien tratar de ampliar nuestros propios limites y disfrutar.


Por ejemplo, Laia se dejo crecer el pelo y me dijo que se lo morderia. Recuerdo de pequeña que me encantaba hacerlo. A mi madre no, por supuesto. En principio, me dije que no le pondria trabas a eso, aunque le explique que se ponia bastante acartonado. Pues ahora veo que me da un asco que no puedo cuando la veo chuparse el pelo. Pero realmente es una limitacion mia, particular, de mi pasado. Y no puedo superarlo de momento. Esto acabara con que ella dejara esa costumbre o yo aprendere a tolerar esto en mi hija. De momento, le explico que es algo que no puedo superar y le pido que se ponga unas horquillas, le propongo hacer unas coletas o algo por el estilo. Con eso trato de evitar el "automatico" de estar continuamente diciendole que se saque el pelo de la boca, o sacandoselo yo de forma inconsciente.


Pero hay otras veces que un limite personal puede superarse. Ayer tuve dos ejemplos claros, aunque puedan parecer un poco tontos. Tuvimos tarde de reposteria. Hicimos un flan de coco, con muchos huevos. Cuando ya ibamos a recoger, cogio el medidor, puso leche y me pidio un huevo. Mi pensamiento fue algo parecido a "pero no tiene limite esta niña?" y estuve a punto de decirle que ya habiamos acabado, que era momento de recoger y limpiar. Pero pude flexibilizar, ver que habia acabado yo, pero ella no. Me puse a su disposicion y le alcance los ingredientes que iba pidiendo. El resultado fue un bizcocho con su propia receta, para mi asombro mas que comestible.




Una vez limpio, tuvo la genial idea de montar un escenario y sacar la caja de instrumentos. Los toco todos y cuando yo vi que estaba rozando mi propio limite (mi cabeza, en este caso), quise expandirlo un poquito mas. Asi que me sente en el suelo y le di cancha para que siguiera. Fue uno de esos momentos de carcajada limpia y despliegue de imaginacion por su parte, con escenario multi niveles incluido.






Y ya que estoy, pongo otro momento concierto, en este caso de otro dia. Le gusto tanto que repitio al dia siguiente con el papi. Lo que mas le gusto fue el tema de mezclar colores.


martes, 13 de enero de 2009

Volviendo....


Madre mía cómo pasa el tiempo! hace más de un mes que no escribo nada por aquí. Las navidades más largas de la historia. Y no es por falta de ganas, pero no he tenido tiempo. Esto, dicho por alguien que está de baja y se toma la vida con una calma impresionante, puede resultar raro, pero es cierto, no veía el momento de sentarme y escribir, ni siquiera de hacer mis copia-pega. Pero he visto que ha sido la tónica general de los blogs que suelo visitar, así que supongo que este parón navideño es normal. Lo hemos pasado en grande, eso sí!

Estoy ya de 37 semanas y algo (según las medidas de mi matrona, de 38), está encajado y bien encajado, creo que tengo contracciones suaves, espaciadas, que me recuerdan que se aproxima el momento y que vaya praparando las cosas para el parto. Ayer hasta tuve un amago de síndrome del nido y todo, pero no avancé mucho. Hoy quiero ponerme al día a nivel virtual y mañana sí, mañana lo dejo todo preparado para recibir a Teo.

Tengo muchas ganas de que llegue el momento del parto, de vivirlo intensamente, aunque también me da miedo, por supuesto. Y hablando de miedos, el que aparece regularmente, es el de no ser capaz de tener a dos churumbeles dependiendo de mí. Sé que sí, que podré (unas veces mejor y otras pues sobreviviendo, supongo) pero de vez en cuando me entra el miedo. Y con cada miedo, también me viene la sensación de ganas de experimentarlo. Vaya, que vuelvo a lo mismo, tengo muchas ganas de que nazca! El segundo miedo es que el parto se retrase mucho. Así que Teo, nacerás cuando estés preparado, pero por favor, por favor, por favor, éstate preparado antes de la semana 41, que se hace muy largo.

Vivo tan en mi planeta preparto, que los desaires (por no llamarlo putadas) que me hacen en mi trabajo no me afectan demasiado. Hay que ser "maleducado" para hacer lo que han hecho, jajaja!!!

viernes, 14 de noviembre de 2008

Amor incondicional

Amor incondicional es algo que siempre he sentido por mi hija desde que ví sus ojos en el hospital. Los tenía muy abiertos, muy vivos y al mismo tiempo estaba muy asustada. Fue un flechazo. Y la separación de una hora que vivimos fue como si me clavaran una flecha en el corazón. Me pasé una hora llorando, sin saber qué le pasaba a mi hija (no le pasaba nada, me enteré luego). Cuando la trajeron volví a sentir el subidón de hormonas del amor y no bajé de ese estado de alucine, creo, que hasta que cumplió dos años. Entramos en una etapa de amor, incondicional, más contenido.

Durante este embarazo, he vivido momentos en los que me encontraba mal y veía que no podía atenderla como ella se merecía. Eso, por un lado me generó una sensación de incapacidad, pero a ratos veía que necesitaba más espacio para mí, en otras palabras, a ratos notaba que necesitaba que estuviese con su padre y no asumir durante un tiempo la responsabilidad de cuidar de ella. Me he sentido agotada por su incansable energía y a ratos he necesitado descansar de ella. No ha sido nada traumático, ella asimiló muy bien esos momentos y la verdad es que nos seguíamos llevando muy bien, pero yo notaba por dentro más irritabilidad de la acostumbrada. Eso no menoscaba el amor incondicional, pero sí que sentía una pequeña barrera.

Pero desde hace unos dos días, no sé qué fenómeno estoy viviendo, que tengo otro subidón de endorfinas hacia ella. La tendría entre mis brazos día y noche. Necesito darle besos constantemente, olerla como cuando era un bebé. Los ratos que permanecemos separadas (cuando va al cole) la echo de menos muchísimo. Necesito su presencia. Vamos, que estoy en plena fase de enamoramiento hasta las trancas de mi hija. Suspiro como una colegiala y miro sus fotos cuando no está. Ayer me miraba con los mismos ojos abiertos y vivos de cuando nació (esta vez sin miedo), mientras me acariciaba y me decía cuánto me quiere. Yo me sentía la persona más feliz y afortunada sobre la tierra.

domingo, 7 de septiembre de 2008

¿Y ahora qué?


Cuando nuestros hijos comienzan a desplazarse, a muchas madres nos asaltan las dudas. ¿Debería permitirle que lo tocara todo?, ¿cómo abordar algunas situaciones que rodean el peligro?... Si escuchamos las voces que llegan desde el exterior, justo es ese momento en el que oímos “hay que ponerle límites”, “hay que decirle que no” y demás frases vagas y carentes de sentido por sí mismas. Si a quien miramos es a nuestro hijo vemos a alguien a quien se le ha despertado un gran interés por la vida, que ansía conocerlo todo, necesita experimentar, moverse. Así que a muchas madres nos toca pasar por un momento de reflexión, de reubicarnos, de adaptarnos a una nueva fase de las muchas que vamos a pasar con nuestros hijos.

Mi postura ante este tema ha sido la de seguir a mi hija, que a la edad de 10 meses se convirtió en una gran exploradora con ganas de satisfacer su curiosidad por conocer absolutamente todo lo que la rodeaba. Aunque hoy no me voy a adentrar en el tema límites, tenía claro que esos límites de los que me hablaban desde fuera (es decir, desde el gabinete de psicología de la guardería) pasaban únicamente por su seguridad. Y era yo la responsable total de proporcionar una estructura segura donde ella pudiese satisfacer su gran curiosidad.

También tenía muy en cuenta que la capacidad para razonar aún no se había despertado en su cerebro y durante muchos meses más seguiría actuando por impulsos. Con esto quiero decir que no esperaba que con decirle una vez que por su seguridad no podía hacer algo fuera a entenderme para siempre. Cada situación, aunque para mí fuese repetida, para ella era vivida como la primera vez, así que yo tenía que resetear mi mente para poder estar a su nivel y que no me abandonara la paciencia. Esto fue sencillo, gracias a mi poca memoria.

Mi planteamiento general ante sus excursiones era ¿Es peligroso? Si lo era de forma inminente no había más tiempo de explicaciones (explicaciones muy básicas, que ellos también se pierden si les contamos películas). Ahí sí utilizaba un “no” de alarma, un “para!”… Si veía que el peligro no era inminente pero si seguía, la situación podía complicarse para ella, sí le explicaba “L, esto (breve descripción de lo que hacía en una o dos palabras) es peligroso”.

Si no era peligroso para ella o para los demás, pensaba “en qué me molesta que haga lo que hace”, “¿y por qué no puede hacerlo?” y en base a la respuesta, de forma sincera conmigo actuaba dejando que siguiera o redirigía su actuación hacía algo en lo que yo también me sintiera cómoda. Cuando le decía la palabra No (en sus múltiples facetas, no me refiero sólo a esa palabra, luego me extiendo sobre eso), era porque tenía muy claro que era que no. Es decir, me planteaba si era peligroso, si no lo era me planteaba por qué no quería que hiciera algo, si encontraba razones de peso dentro de mi esquema mental ( y para decidir eso también me planteaba la importancia que para ella tenía realizar esa acción), decidía, de forma muy rápida. Esta rapidez podía dar lugar a “errores de cálculo” y siempre lo he tenido en cuenta y he aceptado esos errores, pero sobre todo me aportaba seguridad a la hora de actuar a partir de mi decisión.

En esta etapa me fueron de gran ayuda los textos del doctor Sears. Yo veía que me faltaba “lenguaje” para comunicarme de forma positiva con mi hija y a través de ellos conseguí seguridad para hacerme con formas de comunicarme con mi hija. Esas formas que adopté salían de dentro de mí en realidad. Las tenía adormecidas en algún lugar y gracias a las pequeñas (o grandes) orientaciones del padre de la crianza con apego conseguí que salieran. Y con ello sentamos las bases de nuestra comunicación.

Según él, la palabra No es una palabra con mucha fuerza, que sale fácilmente de nuestra boca y que por esto mismo, por el abuso que podemos hacer de ella, puede llegar a perder su significado y quedar carente de sentido. De hecho, yo misma he comprobado esa máxima de que lo mejor es decirles qué quieres que hagan y no que no quieres que no hagan. Dicho así queda enrevesado, y de hecho supone más esfuerzo para la mente adulta, ya que en pocos segundos tiene que dar la vuelta a la situación y transformar un “no salgas a la terraza” por un “quédate dentro”, o un “no golpees al gato” por un “caricias”, o un “no toques el cuchillo” por un “mira qué cuchara tienes ahí delante para tocar” (y en este caso mi pensamiento era un “tengo que recordar no dejar cuchillos a su alcance”) o un “no toques” por un “vamos a mirar esta figura tan frágil”… y así hasta el infinito. Pero pronto me di cuenta de que su capacidad para entender lo que le estaba diciendo era impresionante. Y aunque nunca olvidaba lo que he comentado antes, que actúan por impulsos, pronto noté que al gato lo acariciaba de forma suave siempre, por ejemplo. Es famoso su texto 18 maneras de decir No de forma positiva, pero no creo que sirva para aplicar de forma metódica (cuál método), sino que insisto en que hay que reflexionar y sacar aquello que nos suene sincero, que cuadre con nuestro esquema como padres.

En general me encontré que ante esas situaciones que no podía dejar pasar ella me escuchaba y rápidamente encontraba algo más seguro que explorar. En las pocas situaciones en las que eso no era así y realmente no podía hacer lo que quería, ahí estaba yo para abrazarla, reconocer y verbalizar esos sentimientos de rabia, frustración, enfado… Y aquí también resulta sorprendentemente lo rápido que se sentía aliviada y dispuesta a volver a sus “tareas”.

Resumiendo, seguir a nuestros hijos en su despertar a la vida no es fácil. Nos topamos con mucho equipaje en forma de estereotipos, de conductas aprendidas, de frases automáticas. Hay que mirarse dentro y ver hacia dónde queremos ir y cómo.

También es importante el ver las etapas evolutivas en las que se encuentra, porque a veces pedimos cosas para las que no están preparados (razonar, obediencia, que asuman las normas de convivencia al uso y las usen siempre...). Y por supuesto, mirarle a él, como persona individual. Cada uno es diferente, con su carácter diferente y por lo tanto no responde igual ante situaciones iguales. Y otra cosa, que cuando no hacen las cosas como queremos no nos están desafiando, ni hay que tomárselo como algo "personal", sino como algo natural. Esto parece de perogrullo, pero cuanta más naturalidad (sincera) se le de al tono de voz, sale menos agresividad, más confianza y ante eso ellos (y todo el mundo), se fían de nosotros y nos hacen más “caso”.

Pero creo que realmente lo que esta etapa requiere por encima de todo es que una parte nuestra vuelva a la infancia, que redescubramos el mundo a través de sus ojos, que les sigamos. Eso nos aporta una dosis de humor, de buen rollo y esa sensación de estar metidos en un gran juego. Porque en realidad, para ellos todo es un juego y actuando en ese gran juego, siendo participantes activos, les podemos transmitir muchísimas cosas. Y además, disfrutaremos.


Imagen de Patricia Metola. Aunque la ilustación es antigua, estoy muy contenta porque ha vuelto a actualizar su magnífico blog

jueves, 14 de agosto de 2008

Bebes de alta demanda

Copio la cabecera de esta página web en la que Guida está trabajando. Suerte!

www.bebesaltademanda.com es una guía de ayuda para las madres y padres de hijos o bebés de alta demanda. Este portal ofrece información útil relacionada con este tipo de bebés que sirve de apoyo a las mamás y papás desesperados y absorbidos por una situación insostenible: tienen un bebé nervioso, demandante en extremo, de carácter urgente, desquiciante, absorbente, tremendamente activo y exigente.

Siendo críticos con nuestra maternidad-paternidad y desde un punto de vista respetuoso hacia la infancia, creamos esta página no tan sólo para hablar de los hijos de alta demanda sino también para dar cabida a nuestras ilusiones, frustraciones, desesperaciones, desahogos… como madres y padres. Reconocerse en las demás para no sentirse tan sola ni juzgada en el duro camino –aunque también satisfactorio- que es el de ser una mamá y papá de un hijo de alta demanda. Este espacio pretende ayudar a las que no encuentran en la maternidad un momento de felicidad, creatividad ni realización.

domingo, 20 de julio de 2008

Carencia de maternaje y organización de dinámicas violentas


Texto de Laura Gutman, cazado en Dormir sin llorar

Imagen de Marta Chicote

Personalmente creo que todas las formas de violencia, pasivas o activas, concretas o sutiles, se generan a partir de la falta de maternaje, es decir, a partir de la falta en la calidad de atención, calidez, amor, brazos, altruismo, generosidad, paciencia, comprensión, leche, cuerpo, mirada y sostén....recibidos –o no- desde el nacimiento y durante toda la infancia.

Desde el punto de vista del bebé, toda experiencia sin suficiente apoyo y sostén, es violenta. Porque actúa en detrimento de las necesidades básicas.

Sencillamente, un bebé pequeñito llega al mundo sin ninguna autonomía. Recién adquiere la capacidad de desplazarse por sus propios medios alrededor de los nueves meses, gracias al gateo. Y necesita alrededor de dos años para tener conciencia de su ser separado. Y luego precisará varios años para que pueda salir solo a la selva urbana. Necesita del adulto para sobrevivir. Por supuesto que requiere que se le procure alimento, higiene, calma y silencio para dormir. También sabemos que el niño necesita contención, calor, cercanía de otro cuerpo, leche, mirada, palabras y sobre todo alguien que haga de mediador entre él y el mundo externo. Si no recibe una calidad de atención acorde con sus necesidades básicas, esa falta la vive como violenta. Es la violencia del desamparo.

La realidad es que la mayoría de los bebés llegan al mundo sin una mamá o persona maternante capaces de sostener y fundirse en la inmensa necesidad de ser sostenidos y acariciados en forma permanente. En la actualidad, los bebes no reciben incondicionalmente lo que piden, porque siempre hay un adulto cerca para no estar de acuerdo y para tener una opinión al respecto.

Generalmente se trata de las mismas madres amorosas que entramos en contradicción con nuestros propios pensamientos. El asunto es que no es un período para pensar. Es un período para entrar en fusión emocional. No hay que buscar razones, ni elegir concienzudamente la mejor opción. No hay reglas a seguir ni consejos aplicables. En estos casos los niños quedan prisioneros de lógicas incomprensibles, alejados de los brazos de sus madres y solos.

Los bebés unánimemente explican una y otra vez a través de sus interminables y prístinos llantos, dónde está su lugar. El bebé que no está en contacto con el cuerpo de su madre, experimenta un inhóspito universo vacío que lo va alejando de su anhelo de bienestar que traía consigo desde el período en que vivía dentro del vientre amoroso de su madre. El bebé recién nacido no está preparado para un salto a la nada: a una cuna sin movimiento, sin olor, sin sonido, sin sensación de vida. Esta violenta separación de la díada causa más sufrimientos de lo que podemos imaginar y establece un sin sentido en el vínculo madre-niño. Cuando las expectativas naturales que traía el pequeño son traicionadas, aparece el desencanto, junto al miedo de ser nuevamente herido. Y después de muchas experiencias similares, brota algo tan doloroso para el alma como es el enojo, el miedo y la resignación.

Cuando ese ser tan pequeñito no se siente valioso ni bienvenido, se convertirá necesariamente en un ser humano sin confianza, sin espontaneidad y sin arraigo emocional. Todos los bebés son valiosos, pero sólo pueden saberlo por el modo en que son tratados. En los países “desarrollados”, las madres compramos libros con indicaciones sobre cómo atender a nuestros hijos, sobre cómo dejarlos llorar hasta que se duerman y cómo abandonarlos en el vacío emocional sin siquiera tocarlos. Las madres jóvenes desconfiamos de nuestra capacidad innata de criar a nuestros hijos, y desoímos los “motivos” que tienen los bebés para transmitir señales que son inconfundiblemente claras.

La noche en particular puede ser terrorífica para los niños al no percibir ningún movimiento. El “tiempo” aparece como un hecho doloroso y desgarrador si la madre no acude, a diferencia de las vivencias dentro del útero donde toda necesidad era satisfecha instantáneamente. Ahora la espera, duele. De hecho, los niños lloran hasta dormirse. Al despertar, finalmente encuentran confort en brazos de sus madres. Pero ya no confían, están atentos y se aferran con vigor a los pechos calientes. Los muerden, los lastiman. Tienen miedo. Y así, una y otra vez hasta que abandonan. El miedo los acompañará siempre, incluso en esos momentos en que están reconfortados. Porque saben que el silencio volverá en cualquier momento a devorarlos. Nunca más dejarán de estar alertas. No cuentan con nadie y el mundo es hostil.

Cuando nuestros hijos lloran o reclaman “más de lo normal”, creemos que se han constituido en enemigos que las madres debemos vencer. La idea básica alrededor de esta moda estima que satisfacer las necesidades de un bebé o niño pequeño los convierte en “malcriados”, aunque paradójicamente, obtenemos una y otra vez el resultado opuesto al esperado. De hecho, los bebés siguen siendo “demandantes”, se enferman, se accidentan y nos traen muchos dolores de cabeza.

En la medida que van creciendo, la psique se organiza adquiriendo ciertos mecanismos de supervivencia, para sufrir lo menos posible. Algunos de esos mecanismos son visibles, como los niños que pegna o muerden para sentirse valiosos; otros son invisibles, como los niños que suelen ser víctimas de otros niños, o los que se deprimen o pasan desapercibidos, o bien los que se enferman con demasiada frecuencia, logrando de ese modo obtener la mirada y la atención que siempre necesitaron.

En la medida que no estemos dispuestos a atender y satisfacer las necesidades naturales y legítimas de los niños pequeños, estamos induciendo a perpetuar las dinámicas violentas. Porque un niño no satisfecho, es un niño que insistirá por diferentes medios conquistar lo que necesitó genuinamente. Así crecerá, se convertirá en adolescente, en joven y en adulto: como un ser necesitado. Entonces golpeará a otros, robará, manipulará situaciones, se convertirá en víctima de otros, luchará por obtener lo que creerá imprescindible para su supervivencia emocional. Aunque habrá olvidado lo que siempre quiso pero no podrá conseguir, por más fuerte y poderoso que devenga: no podrá obtener más mamá.

Todas las formas de violencia que tanto nos preocupan, tienen un común denominador: la necesidad primaria no satisfecha. Cuando algo vital para la supervivencia emocional, no lo podemos incorporar, nos desesperamos. Y la desesperación por vivir, nos obliga a buscar modos de apropiarnos de lo que sea. Puede ser el deseo del otro, el cuerpo del otro, el prestigio del otro, o lo que sea que la conciencia perciba como alimento espiritual.

Por eso, si reconocemos nuestras propias limitaciones afectivas, nuestras incapacidades para reconocer el deseo del niño que es diferente al nuestro (y justamente por eso no lo toleramos); veremos que la dedicación, el altruismo y el tiempo de dedicación exclusiva hacia los niños pequeños, constituye la verdadera prevención contra todo tipo de violencias.

Los niños sostenidos, acariciados y respetados están en paz consigo mismos. No necesitan luchar por un territorio emocional, porque les sobra. No hay guerra interna o externa para librar. No les incumben las peleas. Los niños amparados y fusionados saben que obtendrán lo que necesitan. Esa es la experiencia cotidiana que repiten a cada instante y que conforman una rutina sin sobresaltos. Así se establece la seguridad interior y posiblemente ya no se mueva nunca más de las entrañas de esos seres. Sentirse seguros, amados, tenidos en cuenta, estables y con total confianza en ellos mismos y en los demás...será obviamente el tesoro más preciado para el despliegue de sus vidas.

jueves, 19 de junio de 2008

Aprendiendo a comportarse


Este texto de Penelope Leach lo ha colgado Sole en el foro de entre comadres . No lo he leído a fondo pero no quiero que se me pierda.
Es bastante largo y aunque no me gusta mucho que se hable de los niños así, tan en general, que si son así o asá, creo que dice cosas muy interesantes.


Imagen de Mónica Calvo


-------------------------------------------------------------------------------------------------

A los adultos les resulta muy dificil convivir con los niños. De hecho, la verdadera razón por la que todo el mundo se muestra tan interesado por la disciplina al principio de la infancia no es porque los niños pequeños sean tan malos, sino porque el mundo de los adultos los encuentra agotadores. Los niños son ruidosos, sucios, desarreglados, olvidadizos, descuidados, consumen tiempo, son exigentes y siempre están presentes. A diferencia de las visitas que se quedan más tiempo, nunca se marchan de casa. No se les puede aparcar en una estantería durante unas semanas cuando se tiene un trabajo extra o una afición absorbente; ni siquiera se los puede ignorar, como pasa con los animales de compañía mientras se tumba el domingo a tomar el sol, porque tienen la infalible capacidad para hacer que los adultos se sientan culpables. Los rasgos de culpabilidad que provocan los niños son peores que los cuencos de cereales volcados sobre el suelo, los amigos mordidos o las paredes rayadas con pintalabios. Amar a los niños (como hacen casi todos los padres) magnifica el dolor que producen, así como el placer. Amados dificulta incluso el admitir que a veces son un verdadero fastidio.

Es importante poder admitido, al menos para sí misma y preferiblemente también ante su pareja o ante otra madre o padre. Todos tenemos días en los que escuchamos nuestras propias e incordiantes voces diciendo continuamente «No», «Ya basta», «No hagas eso» y en los que también escuchamos los sombríos silencios que se producen entre los estallidos. Todos pasamos por momentos en que apartamos a los niños de los objetos, o los objetos de los niños con un poco más de la fuerza necesaria, en los que tratamos a nuestros hijos de formas que recordamos de nuestra propia infancia y que juramos evitar, y en los que odiamos a esos niños por hacemos tan odiosos. Ayuda el saber que ésas son cosas que les suceden a todos los padres y ser conscientes de que no están causadas por delitos específicos de los niños, sino por una irritación general con su naturaleza infantil. Y ayuda a sus hijos porque si no pueden ser infantiles a los dos o a los cuatro años,

- ¿cuándo podrán serlo? La ayuda a usted al impedirle llegar a la conclusión de que sus hijos son especialmente desobedientes, indisciplinados y malcriados, echándose por tanto sobre sí la culpa por considerarse una mala madre o un mal padre, que es la mayor trampa de la culpabilidad. Y recuerda a todo aquel que entre en contacto con su hijo que no le aplique una etiqueta como niño problemático, que tan facilmente se convierte en una profecía que se cumple a sí misma. Dígale a un niño que es sucio y malhablado y él procurará ponerse a la altura de esa imagen, porque probablemente la compartirá y hará que también la compartan sus maestras en la escuela. Pero aténgase a la verdad de los hechos: que es muy pequeño, que la vida en familia resulta a veces dificil, que no es usted una persona perfecta y que no debería esperar sedo, y las cosas irán mejorando. Puede "estar segura porque lo único seguro es que, a medida que pase el tiempo, su hijo se hara mayor.

La socialización que preocupa a padres y niños, que los transforma de bebés en niños muy pequeños, se centra en el dominio de sus propios impulsos y cuerpos y, en consecuencia, en el control de sí mismos dentro de los confines familiares del hogar o del cuidado diario y en relación con los miembros de la familia y las cuidadoras a las que ama. Una vez que los niños han alcanzado suficiente autonomía de ese tipo y están preparados para entrar en la infancia, ya estarán listos para salir de ese pequeño círculo. A partir de ahora, el niño necesitará cada vez más del mundo externo en el que se halla situado el hogar y, en consecuencia, es ahora cuando tiene que empezar a comportarse de formas que le permitan ser aceptado por personas no pertenecientes a la familia. Cada sodedad cuenta con innumerables expectativas con respecto al comportamiento de diferentes personas bajo circunstancias distintas, y nadie esperará que un niño de tres años las satisfaga todas al mismo tiempo. A pesar de todo, estos años de la primera infancia son el período ideal para reconciliarse con lo que se esperará de ellos en el futuro, así como para practicar los comportamientos que constituyen una prioridad social en estos momentos.

Los niños pequeños aprenderán casi cualquier cosa que los adultos traten de enseñarles porque desean saberlo todo. Desean saber, particularmente, cómo comportarse porque quieren ser como ustedes y complacerlos. Procuren que el proceso no se vea afectado por una palabra de carga tan pesada como «disciplina», con todos sus espectros relacionados, como la «desobediencia» y la «falta de sinceridad». Ese proceso debería ser siempre interesante y a menudo agradable, tanto para usted como para el niño.

Si les gusta su hijo, y si además de amado se sienten complacidos por haber realizado hasta el momento un buen trabajo como padres, quizá puedan pasar por su infancia sin pensar siquiera en la «disciplina». Si pueden hacedo así, háganlo. La ausencia de reglas y normas en el hogar no significa que sean ustedes negligentes. Su hijo experimenta distintos estados de ánimo y ustedes también. El niño comete equivocaciones, como ustedes y a veces hace lo que desea, en lugar de lo que debiera, como todo el mundo. Para poder llevarse bien en la vida, procuren tratarse unos a otros como seres humanos, y es posible que eso sea lo único necesario. Si las cosas funcionan de ese modo, no se moleste en leer este capítulo, destinado únicamente a los millones de padres que necesitan de una seguridad más estructurada con respecto a que sus hijos no se les «escaparán de las manos», o que ya experimentan la sensación de tener algunos problemas con la disciplina.
Los diccionarios definen la palabra como «enseñar reglas y formas de comportamiento mediante la continua repetición y el ejercicio», ya una persona disciplinada como alguien de cuya «obediencia no se duda». Pero no es eso lo que la mayoría de los padres modernos entienden por disciplina. Puede insistirse en la obediencia instantánea y en las buenas maneras formales, comprobar que su hijo se comporta como se le ha dicho y que teme disgustados. Pero nada de todo eso ayudará a que se comporte bien, se mantenga a salvo o sea honesto cuando no esté usted presente para decide lo que tiene que hacer. N o va a estar siempre a su lado. Los buenos padres son los que se van apartando lentamente de esa tarea.

Aunque todos los padres experimentan momentos en los que desearían que sus hijos les «obedecieran al instante», de tal modo que decides: «Siéntate y estáte quieto» produjera unos niños quietos y silenciosos, la única clase de disciplina que realmente merece la pena es la auto disciplina que algún día le permitirá hacer y comportarse como debe cuando no haya nadie para decide lo que ha de hacer o incluso observar si no lo hace. Aparte de la necesidad inmediata de mantenerlo a salvo, decide a un niño lo que debe y no debe hacer sólo es un medio para alcanzar ese fin. Sus continuas exhortaciones e instrucciones sólo son las materias primas, que sólo adquieren valor añadido una vez que él las asume y las convierte en sus propias instrucciones, en parte de su conciencia.

Aprender los rudimentos de la auto disciplina exige mucho más tiempo que los años de la primera infancia. Algunos niños no la adquieren a tiempo para mantenerse firmes a través de los trastornos de la adolescencia. El autocontrol de algunos individuos sigue siendo rudimentario, de tal modo que incluso como adultos nunca pueden confiar del todo en sus propios juicios de valor o control de sus impulsos. Cuando el niño era un bebé usted tuvo que ser él, actuar por él en todas aquellas formas en que no podía hacerlo por sí mismo, y en pensar por él cuando ni siquiera sabía pensar. Al convertirse en un niño pequeño, tuvo usted que combinar el permitirle empezar a ser él mismo con la conservación de un control total sobre su seguridad y aceptabilidad social. Ahora que ya es un niño en edad preescolar, está preparado para empezar a aprender a cuidar de su propia seguridad y aceptabilidad social. Le enseñará a comportarse en innumerables situaciones y circunstancias diferentes y le ayudará a comprender que todas esas formas diferentes de comportamiento se resumen en algunos principios básicos y vitalmente importantes, como la sinceridad o la amabilidad. A medida que-aumente su comprensión, irá usted retirando su control, paso a paso, confiando en que sea él mismo quien aplique los principios aprendidos porque hacerlo así ya no es una cuestión de obedecerle, sino de ser fiel a sí mismo.

«Mostrar» al niño cómo debe comportarse es clave porque el niño imitará ~ el comportamiento que le dé usted con su ejemplo, antes que adaptarse a lo que usted le diga. De hecho, si existiera un vacío de credibilidad entre lo que usted dice y lo que hace, él hará lo que usted haga, al margen de lo que le diga, así que tenga cuidado con las técnicas disciplinarias anticuadas como «devolver el mordisco» a los niños que muerden. El «cómo» también es un concepto importante porque a los niños les resulta mucho más facil comprender y recordar instrucciones positivas que negativas: es decir, recuerdan mejor lo que deben hacer antes que lo que no deben, y prefieren la acción a la inacción. Procure decirle: «Así» en lugar de «Así no», y decir «Sí» y «Adelante» al menos con la misma frecuencia con la que diga «No» y «Basta».

Cada padre es diferente y desea que sus hijos se comporten de formas, diferentes, pero hay algunas reglas básicas que pueden aplicarse en todos h sistemas de valores:

. «Haz a los demás lo mismo que te gustaría que hicieran contigo.» Su hijo no le ofrecerá mucha más amabilidad, consideración y cooperación de :.. que usted le ofrezca a él y es muy probable que reproduzca su misma forma de hablar (tanto buena como mala) y muchas de sus mismas actitudes. Aqui; no hay estándares dobles. Si usted siempre está demasiado ocupado para ayudarle a resolver un rompecabezas y le grita cuando tropieza accidentalmente con su pie, él no le ayudará a poner la mesa ni le perdonará fací!mente cuando el peine le tire de los cabellos enredados.

Procure recompensar el buen comportamiento y no el malo. Eso parece: algo evidente, pero no lo es tanto. Si se lleva al niño de compras y lloriquea pidiendo dulces, quizá decida comprárselos para tener paz. Pero si no llora para pedir los dulces, ¿recibe alguna recompensa agradable, ya sea el;¡ forma de dulces o con una excursión especialmente entretenida en Su': compañía?

. Recuerde que la atención adulta actúa como una recompensa y que los niños pequeños a menudo prefieren contar con una atención malhumorada, antes que con ninguna. Procure no adoptar una actitud sigilosa en sus relaciones con la farniIia. Si no hace caso de su hijo cada vez que está tranquilamente ocupado y sólo le presta atención cuando debe, estará recompensándole por molestar y castigándole por ser un placer.

. Procure ser positiva, además de clara. Ni siquiera las instrucciones positivas son muy eficaces si no son claras: «Compórtate» parece una instruccion:. positiva, pero no tiene significado alguno para un niño de esta edad. Lo que en realidad quiere decirle es: «N o hagas nada que no me guste», lo que es una orden imposible de cumplir porque él no sabe lo que no le gusta ; usted.

. Aparte de situaciones de emergencia en las que los razonamientos deban esperar para más tarde, dígale siempre por qué debe comportarse (o no) de determinada forma. No tiene por qué entrar en explicaciones complicadas para cada pequeña petición que le haga, y mucho menos en una discusión. pero si insiste en decirle «Porque lo digo yo», no podrá encajar esa instrucción concreta en la pauta general de «cómo comportarse» que se esúchando en su mente. «Vuelve a dejar esa pala donde estaba», le dice. ¿Por qué? ¿Porque es peligrosa, sucia, se puede romper, o porque quiere estar segura de encontrarla en el mismo sitio la próxima vez? Si le dice que pertenece a los obreros de la construcción a los que no les gusta que otros cojan sus cosas y las trasladen de sitio, también podrá aplicar ese mismo pensamiento a otras ocasiones. Pero si le dice: «Haz lo que te digo», no le esta enseñando nada.

. Reserve las negativas para las verdaderas reglas. Decirle al niño que no haga cosas sólo es eficaz cuando usted desea prohibirle una acción concreta de una vez por todas. Si sólo quiere prohibirle un determinado comportamiento ahora, en estas circunstancias concretas, será mejor darle la vuelta y expresarlo positivamente. Por ejemplo: «No me interrumpas mientras hablo» es inútil, porque hay muchas otras ocasiones en que desea usted que la interrumpa, para decirle, por ejemplo, que las patatas ya están hirviendo, que su hermana llora o que necesita ir al servicio. Es mucho mejor decirle: «Espera un momento a que hayamos terminado de hablar». Las negativas concretas se convierten en reglas. Mientras las reduzca a un mínimo es muy probable que el niño las acepte con facilidad, sobre todo si le explica las razones. Dígale: «No subas nunca a ese árbol porque no es seguro. Si se atiene a ello y no le permite arriesgarse «ni una sola vez», ese árbol en particular se reconocerá como algo prohibido. «No cruces nunca la calle sin ir acompañado por un adulto», es otra regla útil para un niño de tres o Cuaatro años, que él aceptará siempre y cuando no lo envíe al quiosco de la esquina. a comprar el periódico porque la calle es pequeña.

Las reglas son muy útiles para mantener a salvo a un niño pequeño aunque, cuando esté en juego su seguridad, no puede confiar en su autodisaplina para que le obedezca, sin supervisión), pero no tienen mucha importancia a la hora de enseñarle a comportarse porque son demasiado rígidas e inflexibles como para ser útiles en la vida cotidiana. Así pues, intente que las reglas sean temas definitivos, aquí y ahora, y evite transmtirle reglas sobre temas de principios que le importarán durante toda su vida.

Evidentemente, no pueden enseñar al niño a comportarse si ustedes mismos no estan seguros de como deberia comportarse a gente, así que es
. importante ser coherentes con sus propios principios. Su hijo no es un animal de circo al que se le enseña a responder siempre ante una señal determinada con un ejercicio en particular. Es un ser humano, enseñado a responder lo mejor que pueda ante una amplia variedad de señales, lo que implica el darse cuenta de que, a veces, las circunstancias alteran las situaciones. Aunque animar a un niño de dos años a dibujar en una pizarra colgada de la pared de su dormitorio hará que sea más probable que dibuje en las paredes del salón, es muy posible que a la edad de cuatro años, si los adultos se toman el tiempo para explicarle y comentar las cosas con él, termine por comprender dónde es correcto dibujar y dónde no. Los dulces repartidos generosamente en Navidad no le hará esperarlos una vez terminadas las fiestas y el permiso para saltar sobre la cama de la abuela no le hará olvidar que en su cama de matrimonio está prohibido ponerse a saltar.

Confie en que su hijo tiene buena intención, incluso cuando no la tenga. Si tiene la sensación de que siempre hay un adulto pendiente de él, preparado para corregido o darle instrucciones, probablemente no se molestará en pensar demasiado en lo que debe o no debe hacer. Dentro de los límites propios de su edad y de su fase de desarrollo, procure traspasarle toda la responsabilidad que pueda sobre su propio comportamiento y hacerle sentir que confia en él.

Si tiene que ir a casa de unos amigos, por ejemplo, no lo agobie con instrucciones tan estrictas como «Recuerda dar las gracias» y «No olvides limpiarte los zapatos al entrar». Si está dispuesta a dejado ir, también debe estado para permitirle que se haga cargo de sí mismo. Sus exhortaciones no le ayudarán a comportarse con amabilidad, sino que sólo le harán sentirse incómodo con la simple idea de ir.

Cuando se equivoque, y especialmente cuando tenga la sensación de haber sido injusto, admítalo. No permita que su falsa dignidad de adulto le impida demostrarle cuál es la forma correcta de comportarse. Hasta cierto punto, él la toma como modelo, por lo que es importante pedirle disculpas. Suponga que lo acusa de haber roto un vaso y no le cree cuando el lo niega. Mas tarde descubre que se ha equivocado. Según lo que usted trata de enseñarle, le debe a l niño una sincera disculpa. No hay forma de evitarlo, de salvar la cara. Usted se equivocó, fue injusta y se negó a creerlo cuando le estaba diciendo la verdad. Se le pide que la perdone por ello, el la respetará más, no menos.

PROBLEMAS DE COMPORTAMIENTO
Si piensa realmente en la «disciplina» como una cuestión de demostrarle a su hijo cómo comportarse, descubrirá que la mayoría de los «problemas de comportamiento» son en realidad de madurez, antes que de moralidad, y que la mayoría de los temas problemáticos de disciplina se pueden resolver con facilidad. Un relativo nivel de comportamiento que «busca atraer la atención», por ejemplo, es una forma normal de responder ante la atención racionada que recibe el niño por parte de adultos siempre muy ocupados. Si se puede aumentar la ración de atención agradable que le dedica, él no tendrá que llamar la atención para que usted le regañe.

DESOBEDIENCIA:
Probablemente la obediencia instantánea e incuestionable permitió a los padres victorianos de las familias numerosas llevar una vida pacífica, pero no puede producir niños capaces de pensar por sí mismos y, en consecuencia, de cuidar de sí mismos desde una temprana edad. La diferencia quedó nítidamente ilustrada cuando tres niñas pequeñas fueron secuestradas en un coche frente a su escuela. Una cuarta niña corrió a su casa y dio la voz de alarma tan rápidamente que el coche fue localizado y detenido y las niñas volvieron a estar en sus casas antes de una hora. Uno de los turbados padres preguntó: «Cariño, ¿por qué te fuiste con ese hombre en el coche? Siempre te hemos dicho que no vayas con personas extrañas». Con los ojos muy abiertos y una mirada de reproche, su hija le contestó: «Pero es que ese hombre me dijo: "Tu padre me ha dicho que vengas conmigo en seguida. Me ha enviado para recogerte". Así que me fui con él porque siempre me has dicho que debo hacer lo que tú digas». La niña que dio la voz de alarma fue interrogada por la policía: «¿Qué te hizo correr a casa en lugar de irte en el coche con tus compañeras?», a lo que la pequeña contestó: «Mi papá y mi mamá siempre me han dicho: "¡Piensa!". Así que pensé que si papá hubiera querido que fuéramos con él, habría venido a buscamos y que aquel hombre dijo que un papá le había enviado a buscamos, pero cada una de nosotras tenemos papás diferentes. Entonces pensé que sería mejor preguntárselo a mi mamá y eché a correr».

Si se deja de lado la cuestión de la «obediencia» y la «desobediencia», y en lugar de eso se piensa en lograr la cooperación del niño, se solucionan muchas cosas. A veces, el niño no hará lo que usted desea porque quiere hacer algo diferente. No se irá a la cama porque antes quiere terminar su juego. No es la desobediencia lo que causa el problema, sino un simple conflicto de intereses. En lugar de gritarle: «Haz lo que te digo ahora mismo», encuentre un compromiso, como: «Bueno, pero sólo cinco minutos más». En otras ocasiones no hará lo que usted desea porque no lo ha comprendido. Si se le dice que permanezca sentado ante una mesa hasta que se haya terminado de comer, quizá quiera levantarse en cuanto haya terminado su plato. N o había comprendido que usted se refería a cuando todos terminaran de comer. No la ha desobedecido, sino que simplemente no la había comprendido. A veces no hará lo que usted desea porque se dispone a fastidiarla. Siente ganas de demostrarle su independencia. Se siente revoltoso. Si le dice que no toque su libro nuevo, eso será lo primero que hará. De entre todos los ejemplos expuestos, éste y sólo éste es verdadera desobediencia. Se trata de un intento deliberado de provocarla y el éxito que tenga dependerá probablemente del daño que haya causado. Si ha arrancado la cubierta, se sentirá usted furiosa con él. Eso es una realidad. Él mismo se sentiría enfadado si usted hubiera estropeado algo suyo; su acción ha provocado una reacción humana universal. Pero el triste daño causado es lo que merece el regaño, no la «desobediencia». Si no ha causado verdadero daño es mejor quitarle importancia al asunto y negarse a ponese a la altura de la provocación: «¿Te he dicho yo que hagas precisamente lo único que te había pedido que no hicieras? Debes tener ganas de hacer tonterias”¿Dónde está la discusión que él andaba buscando?

Los niños viven en un mundo dificil de controlar, y en el que a menudo se les acusa de causar una u otra clase de daño. Negar una cosa mal hecha, por tanto, es la clase de mentira que les suele causar problemas. Su hijo rompe por error la muñeca de su hermana. Enfrentado al hecho, lo niega. Probablemente se enfada más con él por haber mentido que por el estropicio.

Si cree usted que el niño debe confesar cuando haya hecho algo mal, facilítele las cosas: «Esta muñeca está rota. Me pregunto qué habrá ocurrido. De ese modo, es más probable que diga: «Yo la he roto. Lo siento», que si le dice: «Has roto esta muñeca, ¿verdad, chico malo y descuidado?». Si el niño admite algo, ya sea porque usted lo obliga a ello o por iniciativa propia, procure no abrumarlo con expresiones de enfado o con castigos. La situación no acabará bien si pretende usted conseguir las dos cosas. Si desea que le diga cuándo ha hecho algo mal, no puede enfurecerse con él. Si se pone furiosa, él sería un estúpido si se lo dijera la próxima vez, ¿verdad?
A veces contar cuentos también causa problemas a algunos niños. Los que están en la edad preescolar no suelen saber diferenciar la realidad de la fantasía, o lo que desearían que hubiese ocurrido de lo que realmente ocurrió. Aceptan felices los cuentos sobre el conejo de Pascua, al mismo tiempo que tienen un conejo de peluche propio y nada mágico; no ven que haya contradicción alguna entre ambos.

Si está dispuesta a leerle cuentos de hadas y ayudarle a disfrutar de los Reyes Magos, no es razonable regañarle por mentir cuando llegue de un paseo contando una complicada historia sobre cómo se ha encontrado con un león y le ha sacado una astilla de la pata. Disfrute con la historia. Esa clase de fantasías no son mentiras en el sentido moral del término.
A veces los padres se preocupan porque sus hijos no parecen tener consideración alguna por la verdad. Quizá les oigan hablar del inexistente vestido nuevo de mamá, o anunciar que se sintieron muy malla noche anterior cuando no fue así, o decirle a un amigo que salieron para ir a una cafetería cuando no lo hicieron. Hay muchas razones que explican esta clase de conversación casual e inexacta, pero una muy importante es que los propios niños oyen decir esas cosas a sus padres. Los adultos mienten por tacto, amabilidad o deseo de no herir los sentimientos de otras personas, o para ahorrar tiempo. El niño los escucha. La oye a usted mostrarse de acuerdo con la vecina y lamentarse del mucho calor, cuando poco antes le ha dicho lo mucho que le agrada el calor. Si no le explica las razones de estas pequeñas mentiras inocentes, no cabe esperar que comprenda por qué él no puede exagerar o falsear nunca las cosas y usted sí.

Si el niño cuenta muchas historias inventadas y añade muchos detalles ficticios a lo que cuenta de la vida cotidiana, hasta el punto de que no puede usted estar segura de qué es verdad y qué no, ha llegado el momento de aclararle por qué importa la verdad. No caiga de nuevo en el error de decirle que contar mentiras es «malo». En lugar de eso, cuéntele la historia del pastor que gritaba: «¡Que viene el lobo!». Es un buen cuento y disfrutará oyéndolo. Indíquele que al no saber si lo que él le cuenta es cierto o no, tal vez no sepa cuándo le ha ocurrido algo realmente importante, o cuándo se ha sentido realmente enfermo. Lleve toda la conversación de modo que él tenga la sensación de que lo único que le importa a usted es que diga la verdad porque se preocupa por él y porque quiere estar seguro de que cuida apropiadamente de sí mismo, de que se trata más bien de una cuestión de exactitud de la comunicación, antes que de «ser bueno».

ROBO
, Muchos niños en edad preescolar, sobre todo los que no tienen hermanos. mayores que les dicen continuamente: «¡Eso es mío!», tienen un sentido vago de los derechos de propiedad como de la verdad. En la familia habrá muchas cosas que pertenecerán a todos, otras que serán de alguien en particular, pero que se pueden prestar, y unas pocas que serán «posesiones reservadas que sólo pertenecerán a su dueño. Fuera de la familia también hay complicaciones. Es correcto conservar la pequeña pelota encontrada entre los arbustos del parque, pero no lo es quedarse con el dinero. Está bien traer a casa la pintura que se ha hecho en la escuela, pero no un paquete de plastilina. Se puede coger un folleto de una tienda (aunque no todo el contenido de la caja), pero no un paquete de sopa. Hasta que no sea capaz de comprender esto, no sirve de nada transformar en un tema moral el hecho ~ que el niño pequeño coleccione cosas que llamen su atención. No obsante, tampoco se puede afrontar el tema con frivolidad porque, incluso a los tres o cuatro años, los demás pueden considerarlo como un robo y armarán un gran jaleo.

Le será útil separar el tema de principios de las complejidades del comportamiento cotidiano. Hable de lo primero y establezca algunas reglas. como guía para lo segundo, como: no traigas nada de la casa de nadie sin pedir permiso. Pregúntale siempre a un adulto si puedes quedarte con algo que hayas encontrado. Nunca cojas nada de una tienda mientras un adulto no te dé el permiso para hacerlo. Procure no ser demasiado moralista con, respecto al dinero. Si el niño le coge algo del bolso, deténgase un momento a pensar qué le habría dicho si se hubiera tratado de un lápiz de labios y luego dígale lo mismo sobre el dinero porque, para él, es lo mismo. Es un tesoro. Sabe que el dinero es precioso porque les ha escuchado hablar de él y ve que lo cambian por cosas agradables. Pero para él es como una de esas fichas que se ponen en ciertas máquinas. No tiene concepto alguno de lo que es el dinero real.

El niño que no hace más que coger cosas, comportarse como una urraca o coleccionar las posesiones de los demás en el fondo de un cajón, es muy posible que tenga problemas emocionales. Quizá intente, de una forma simbólica, tomar algo que no tiene la sensación de que se le dé, y ese algo de lo que carece quizá sea amor y aprobación. En lugar de mostrarse furiosa y alterada, y de hacerlo sentirse desdichado, intente ofrecerle lo que de verdad necesita. Si no puede y él continúa robando, probablemente sería sensato buscar ayuda profesional, antes de que el niño alcance la edad de ir a la escuela. Es mucho más Facil calificar a un niño de «ladrón» que quitarle esa etiqueta.

DISCUSIONES Y NEGOCIACIONES

, Todos los niños buscan evasivas cuando se les pide que hagan algo que no desean hacer. Puede ser enloquecedor hablar con un niño que no quiere escuchar, o que dice «Está bien», pero no hace nada. Todavía es más irritante que un niño discuta ante cada sugerencia, petición o instrucción que se le hace. La vida sería corta si sólo tardáramos cinco minutos en convencer a un niño de cuatro años de que necesita ponerse zapatos para salir a la calle, y otros cinco minutos para conducirlo hasta la puerta... Pero vale la pena pensar en lo enloquecedor que tiene que ser para un niño pequeño, que ocupa un lugar tan bajo en la jerarquía familiar, que se le pueda interrumpir de lo que esté haciendo y que casi todos los adultos con los que se encuentra puedan darle órdenes. Un poco de toma y daca mutuo, basado en haz con los demás lo que te gustaría que hicieran contigo, ayudará mucho más que los gritos. Tambien ayuda ser consciente de que a muchos niños' pequeños les resulta difícil la transición de una actividad a otra. Necesitan numerosos avisos de que se acerca el momento de comer. de salir e de acostarse, así como mucho tiempo extra para empezar a moverse.

Algunos niños, sobre todo los muy inteligentes cpatan en seguida en seguida :a idea de que si usted desea que hagan algo que ellos no quieren hacer dJsponen de un cierto poder de negociación. En lugar de irse en silencio a su para cambiarse la camisa sucia. su hijo tal vez le pregunte: .Si me pongo la camisa limpia porque tú quieres, ¿me darás las pinturas porque yo quiero?». Lamentablemente, algunos padres la frecuente ímpresión de que eso es, de alguna forma, «descarado-. Creen tener derecho a decirle lo que tiene que hacer y no desean admitir que él tiene el mismo derecha «¡Haz lo que te dice tu madre y no discutas!., ruge el padre. Realmente volvemos al tema de la obediencia inmediata.

Negociar es una forma muy útil de intercambio humano, como bien ha descubierto cada sociedad adulta a lo largo de la historia. Pero es evidente que usted terminará por hartarse si el niño siempre intenta obtener algo a cambio de cada cosa que se le recuerda que haga, sobre todo si es responsabilidad del niño, no de usted. ¿Por qué habría usted de pagar por eso? Procure limitar las negociaciones a las peticiones excepcionales o aquellas que sean inusualmente aburridas para el niño y luego úselas por iniciativa propia, en lugar de esperar a que sea siempre él quien las proponga.

PROBLEMAS CON EL TRATO
Hay una cierta ironía en el comportamiento de los niños pequeños: cuanto más se preocupe usted por un tema, sea cual sea, más esfuerzos hará por cambiado y tanto más empeorará la situación.

Por esa razón resulta más facil convivir con los niños cuando los adultos adoptan una actitud positiva con respecto a su comportamiento, al asumir que tienen buena intención, observar cuándo hacen bien las cosas, comprobar que comprenden lo que se desea de ellos en diferentes circunstancias y recompensar el buen comportamiento, de modo que se motive más de lo mismo. Los padres convencidos de que sus hijos se portan especialmente mal, o a los que parientes y cuidadoras así se lo dicen, se arriesgan a deslizarse hacia una forma negativa de tratados, que es lo opuesto a todo eso. La disciplina negativa se centra en el mal comportamiento, lo espera, lo vigila y lo castiga para motivar el cambio, pero lo único que consigue es más y más de lo mismo.

La idea del castigo formal encaja mejor con la de «disciplina» que con la de «aprender a comportarse». Las personas mayores, que saben cómo comportarse pero que no siempre están dispuestas a hacerlo así, quizá se vean persuadidas por los costes de una transgresión de las reglas, como una multa por aparcar en doble fila. Pero estas consideraciones no siempre son eficaces con los adultos y nunca con los niños pequeños, incapaces de sopesar los castigos futuros en comparación con los impulsos del presente. La única sanción fiablemente eficaz con niños menores de cuatro años o incluso de cinco es la desaprobación de los demás. Sea cual fuere el «castigo» que elija al enfadarse, es su enfado el que castiga. Y si esta afirmación la hace reír porque su hijo no hace más que poner a prueba los límites en una fase especialmente desafiante, piense en cómo reaccionaría ante un castigo formal anunciado de dos formas diferentes. El castigo consistiría en no tomar helado por la tarde. Dígaselo así con un tono natural y alegre, y verá como probablemente lo aceptará con una actitud impasible. (¿Toma habitualmente helado por la tarde? ¿Desea tomar especialmente helado por la tarde? ¿que merienda se le va a dar?) Pero si le dice enojada: «Ya está bien. Por lo que acabas de hacer, no tendrás helado esta tarde», lo más probable es que se ponga a llorar o tenga una rabieta. Tanto si esperaba o deseaba helado como: si no, lo que no desea es que usted se enfade con él..

Probablemente hizo esa afirmación enojada sobre el helado dejándose arrastrar por el acaloramiento (justo) del momento y eso ha tenido el efecto deseado de dejar bien claros sus sentimientos. Pero lo mismo sucedería si hubiera hablado de esos sentimientos: «Realmente, no disfruto con este paseo porque te portas como un estúpido, así que creo que será mejor volver a casa». El problema con la versión del helado es que cuando llegue el momento de la merienda ya habrá pasado mucho tiempo y se habrá olvidado todo el asunto. Pero para atenerse al castigo impuesto, tendrá que volver z sacar a relucir todo el episodio y, de hecho, castigado una segunda vez lo que habrá sido mucho más inoportuno si él se ha mostrado especialmente encantador y ha estado dispuesto a ayudada desde entonces.

Su desaprobación o enfado es la sanción más efectiva. Si eso la conduce a un «castigo» inmediato y espontáneo, de modo que el niño vea con claridad que ha sido su comportamiento el que lo ha provocado, el castigo puede fortalecer lo que usted intenta transmitirle. no hara cola para comprarle el helado cuando él se porta tan mal. así que no tiene helado ahora mismo. Así, ha sido su comportamiento de ahora el que le ha privado de el helado en lugar de ser «castigado» por ello. No puede permitir que siga cogiendo paquetes de las estanterías del supermercado, así que lo coge y lo pone en el carrito. Ha abusado de su libertad y, de ese modo. la ha sacrificado. ¿Son esas acciones de castigo? Lo serían si se llevaran a cabo de una forma fria y calculada y, como castigos fríos y calculados, probablemente no tendrian efecto. Pero como reacciones genuinas ante una situación inmediata son los resultados directos de las propias acciones desconsideradas del niño y ése es el único tipo de castigo eficaz.

Los castigos más comunes que se derivan del acaloramiento del momento (palmetadas en el trasero, gritos e insultos) no son el resultado directo de las acciones del niño y no son efectivos, aunque es posible que lo parezca en ese momento. Si su hijo hace algo realmente irritante come trastear con el televisor, el perro o el bebé) y ha intentado decirle que no le haga, lo ha apartado, lo ha distraído y a pesar de todo él vuelve a las andadas, gritarle o darle una palmetada hará que se detenga (y es posible que vea usted aliviados sus sentimientos) y quizá tenga la impresión de que eso ha sido mejor que esas otras técnicas. Pero al haber herido sus sentimientos y haberle golpeado en la mano le ha hecho llorar sin haberle enseñado con ello a trastear y sin evitar que vuelva a hacerlo de nuevo.

Parece evidente que darle a un niño una palmetada cada vez que hace algo mal le enseñará a no hacerlo. Pero ¿a no hacer qué? Ser «malo” en la primera infancia es un asunto complicado. Puede significar hacer algo peligroso para sí mismo (como cruzar la calle corriendo) o peligroso para otro (como apoyarse sobre el cochecito del bebé para mirar) o realizar toda una serie de cosas que (predeciblemente o sólo hoy) irritan, azoran o decepcionan a los adultos. Recibir una palmetada puede indicarle a un niño que ha hecho algo mal, incluso indicarle lo que ha hecho mal hoy, pero no le dice nada sobre lo que habría sido correcto y, ciertamente, no le inducirá a hacer un mayor esfuerzo por complacerla. Dar palmetadas a los niños no puede enseñarles a comportarse y la prueba es que una vez que el niño empieza a ser castigado de ese modo, recibirá palmetadas durante toda su niñez. De hecho, precisamente porque son tan inefectivos, los castigos físicos tienden a incrementarse. La mayoría de las travesuras del niño están provocadas por el impulso y el olvido. Hoy se ha pasado usted casi toda la tarde diciéndole que no corra por encima del macizo de flores. Le dice que salga de entre las flores pero como él está tan entusiasmado corriendo, se ríe y no le hace caso. Finalmente le da una palmetada, él se pone a llorar y entra en casa. A: día siguiente, nuevamente alegre y al aire libre, vuelve a hacer lo mismo.

Lógicamente tiene que volver a pegarle, sólamente que esta vez más duro. Una vez que se ha dejado atrapar en este círculo vicioso en particular, la palmetada de este año se transforma facilmente al año que viene en un verdadero golpe propinado con fuerza.

La investigación demuestra que los niños a los que se ha pegado no recuerdan la razón por la que se les ha castigado. Los castigos físicos los dejan tan molestos e impotentes que continúan sintiéndose demasiado furiosos como para escuchar las explicaciones o lloran demasiado fuerte come para oírlas. Preguntados por qué se les ha pegado, los niños de cuatro y cinco años suelen contestar: «Porque te enfadaste».Así pues, no recurra a les castigos físicos para enseñar buen comportamiento a su hijo. No podrá obtener la cooperación que necesita simplemente mediante el uso de su fortaleza física superior.

Tenga cuidado también con su forma de utilizar su superior fuerza emocional. Los castigos diseñados para hacer que los niños se sientan estupidos o sin dignidad son tan inefectivos y emocionalmente peligrosos como los de tipo físico. Si le quita a un niño los zapatos porque echó a correr, o le obliga a ponerse el babero del bebé porque se ha manchado la ropa con comida, hace que se sienta impotente, sin valor alguno y totalmente incapaz de aprender las lecciones del crecimiento que trata de enseñarle. Si comer de forma desaseada le causa un verdadero problema de lavanderia..lo que necesita es que le facilite la forma de comer. ¿Necesita quizá un cojin en esa silla ahora que ya ha dejado de utilizar la silla alta? ¿Se le permite utilizar los dedos, además de la cuchara?

Si trata de enseñar verdaderamente a su hijo a comportarse (en lugar ~ darle «su merecido» por su mal comportamiento), no tendrá ninguna necesidad de hacerle daño físico (sobre todo en estos primeros años), porque eso no hará sino inducirlo a escucharla menos y no más. La alternativa efectiva a castigar a los niños que se portan mal, de modo que se sientan mal, consiste en recompensar a los niños que se portan bien, de modo que se sientan bien. El niño aprenderá algo de las inevitables explosiones que ocurren cuando ambos han acumulado una determinada cantidad de tensión. cuando demuestra usted su descontento si él se porta mal, pero aprendera sobre todo cuando se vea alabado y felicitado por haberse comportado como usted desea.

Del mismo modo que el elemento principal de cualquier castigo es la desaprobación del adulto, el principal elemento de cualquier recompensa es la aprobación del adulto. Una recompensa le dice al niño: «Te amo, te apruebo, te aprecio, me gusta estar contigo». Las cosas tangibles, como dulces o regalos pueden transmitir esos mensajes, pero también las sonrisas, alabanzas y abrazos. Las recompensas de un niño, como sus castigos, son a menudo el resultado directo de su propio comportamiento, que le ha permitido a usted sentirse de buen humor: «Hemos pasado tan rápidamente la revisión del equipaje porque me .ayudaste a hacer la maleta, así que ahora disponemos de tiempo para tomar un refresco».

A veces, sin embargo, pueden ser muy útiles los sobornos materiales o, si le parece menos inmoral, los premios. Los niños pequeños poseen un sentido muy claro y sencillo de la justicia y son muy estrictos en cuanto a la buena voluntad de la gente. Si tiene que conseguir que el niño haga algo que detesta, otrecerle un premio por ello puede tener el efecto doble de conseguir que merezca la pena cooperar, al tiempo que se da cuenta de que está usted de su parte. Imagine, por ejemplo, que. hace una tarde muy calurosa y él está disfrutando en la piscina portátil. Se ha quedado usted sin patatas y tiene que ir a la tienda. No puede dejarlo porque no hay nadie más en casa. ¿Qué hay de malo en un simple soborno propuesto sin malicia?

«Sé que preferirías quedarte en casa, pero no podemos porque tengo que ir a comprar patatas, así que tendremos que salir. ¿Qué te parece si de regreso pasamos por la tienda para ver si ya tienen aquel nuevo vídeo de cuentos? ¿Te ayudaría eso?» Es un soborno, pero también una negociación perfectamente razonable.

A veces, ofrecerle un premio supone toda una diferencia para un niño que tiene que hacer algo que le resulta realmente desagradable, como que le pongan unos puntos en la cabeza. No es el objeto lo que importa (siempre y cuando no se trate de algo que esperaba de todos modos), sino el tener algo agradable que le espera después de esos malos y escasos minutos. Sin embargo, procure que esta clase de premios no se vea condicionada por el buen comportamiento. ofrecer un premio “si no arma ningún jaleo” lo pone bajo una considerable tensión. Quizás necesite armar jaleo. Y necesita saber que usted lo apoyará sea cual sea su comportamiento.

Todo el mundo sabe que los niños consentidos son una desdicha para si mismos y para los demás y la mayoria de la gente supone que reflejan el escaso buen juicio de los padres. Pero poca gente se detiene a pensar que hace considerar a un niño como “consentido”, o que le han hecho los padres para que sea así. cono consecuencia de ello , el consentido es como un espectro que acosa a los padres, que viven con el temor de escuchar esa palabra para referirse al niño o a su forma de tratarlo. Algunos llegan incluso a retirarle deliberadamente regalos “porque no queremos que sea un consentido”

Eso es una mala interpretación. Consentir no tiene nada que ver con gratificación y diversión, sino con intimidación y chantaje. No se puede consentir al niño por hablarle,jugar o reír mucho, por ofrecerle muchas sonrisas, abrazos e incluso regalos, siempre y cuando se los ofrezca porque desea hacerlo así. El niño no será- consentido porque compre usted dulces en el supermercado o le ofrezca quince regalos para su cumpleaños. Pero si puede serlo si aprende que tiene capacidad para chantajearla y obligada a echarse atrás, después de tomar la decisión de no comprarle dulces, por medio de una rabieta en público, o para conseguir cualquier cosa de usted limitándose a seguir y seguir. El niño más «consentido» que conozca quizá no obtenga mucho más, e incluso menos, que la mayoría de los niños, pero lo que consigue lo obtiene por medio de la intimidación ejercida sobre sus padres, en contra de su buen juicio. Consentir es el resultado de haberse desviado el equilibrio de poder dentro de la familia.

Los niños necesitan que los adultos tengan el valor de mantener sus propias convicciones y de establecer límites o trazar fronteras para ellos, dentro de las cuales sepan que están a salvo y que se sienten bien. Los límites no son algo que los adultos imponen a los niños. Todos tenemos que respetar los límites que marcan nuestro espacio con respecto al de otras personas, a veces tanto literal como figuradamente. Los niños necesitan de límites adicionales, trazados por padres y cuidadoras, que les mantengan a salvo mientras aprenden a permanecer a salvo por sí mismos, que los controlen mientras aprenden a auto controlarse, y que les impidan perder su propio espacio o penetrar en el de otras personas mientras aprenden las lecciones de la vida socializada, como «haz a los demás lo que quieras que te hagan a ti».

Los límites sólo son tales si los niños no pueden transgredirlos. Y sólo ofrecen una libertad de acción segura si saben que no pueden traspasarlos. Los padres que dicen que sus hijos no permanecen dentro de los límites suelen confundir la obediencia (que depende de la cooperación del niño, con los límites, que no dependen. Si establece un límite, procure que el niño no pueda traspasado. Si la frontera del jardín es el límite de su espacio de juego, por ejemplo, no espere a que abra la puerta delantera para regañarlo y castigarlo. Ponga, ya desde el principio, un trozo de alambre enrollado en el picaporte para evitar que la abra.

Si no está dispuesta a hacer lo que haga falta para que se cumpla una limitación, es mejor no imponerla. A veces los padres dicen que no pueden hacer cumplir un límite, cuando en realidad quieren decir que las acciones necesarias para ello suponen demasiado esfuerzo por su parte. Los niños cuyos padres tienen la intención de limitarles el tiempo que ven la televisión a un programa u horario concretos deben de ver millones de horas «extra» de televisión cada semana, pero esos mismos padres no se sienten capaces de afrontar el enfrentamiento que supondría desconectar el apaarato. Si no está seguro de que merezca la pena imponer una limitación, no la establezca, aunque su suegra le diga que debiera hacerlo. Es mucho mejcr para el comportamiento de su hijo (y para su temperamento) que se le permita ver dos horas de televisión, antes de que se le imponga ver una sola hora, pero luego vea otra hora más que estaba prohibida.

Algunos niños parecen pasar por distintas fases cuando están decididos a ir mucho más allá de la débil capacidad de los padres para controlarlos y mantener la calma. Si le resultara especialmente exigente asegurarse de que su hijo, o cualquier niño en concreto, permanece dentro de los límites impuestos, procure imponer la menor cantidad posible de limitaciones y que cada una se refiera a un tema que realmente le preocupe a usted. De ese modo se sentirá lo bastante motivada como para hacerla cumplir, sin preocuparse por el resto.

A medida que los niños pequeños empiezan a verse a sí mismos como individuos entre otros individuos, se preocupan por la extensión en la que pueden controlar a esos otros, además de a sí mismos. Se trata por tanto de una fase de edad en la que son comunes los juegos de poder. El niño pondrá a prueba los límites de su influencia y tratará de aumentarla, del mismo modo que pone a prueba y ejercita sus músculos.

Es correcto que el niño descubra que ejerce alguna influencia sobre la gente y que practique ese ejercicio, ya que no podría crecer si se mantuviera totalmente impotente y dependiente. Pero también es importante no permitirle arrollar el poder de sus padres mediante la intimidación o el agotamiento conseguidos con una continua actitud quejosa. Necesita aprender formas aceptables de afirmar su propio poder o de influir sobre las cosas a su modo personal.

Procure reaccionar más positivamente ante el razonamiento y el encanto que ante las lágrimas y las rabietas. Aunque su control todavía es muy limitado, lo que desea es que su lijo empiece a darse cuenta de que será más facil convencerla que asustarla contestando afirmativamente a cualquier petición.

Anime al niño a participar en los procesos de toma de decisiones que le afectan. Es muy importante que pueda decir lo que opina, aunque no se salga con la suya. A medida que se haga mayor descubrirá lo que se permite a otros niños de su edad, oirá hablar de programas de televisión que nunca ha visto y, en general, tratará de obtener nuevos privilegios. Como quiera que se trata de temas nuevas, no dispondrá usted de respuestas preparadas. No se sienta presionada a responder lo primero que se le ocurra. Comente la situación con su pareja y con el niño, así como con otras cuidadoras o miembros de la familia si le pareciera adecuado. Tanto si la cuestión se resuelve tal como deseaba el niño o en su contra, éste sabrá que los adultos de su mundo se ponen de acuerdo y que él también tiene la oportunidad de hablar.

Demuestre a su lijo que trata usted de equilibrar los derechos de ambos, del mismo modo que procura equilibrar los derechos de su hermana y también los de él, o los de su pareja y los de usted misma. Todos conviven y la otra cara de la compañía es que todos tienen que respetar el espacio de los demás y, a veces, hasta desplazarse un poco para concederle a alguienen más espacio extra cuando lo necesita temporalmente. Su hijo no siempre le hará lo que usted desea. Y usted no siempre tendrá que ceder a sus deseos.. Los choques tienen que solucionarse entre los dos. Si usted desea leer y él quiere salir a dar un paseo, es evidente que hay un problema. Analícelo con capacidad. Si simplemente no soporta la idea de dar un paseo ahora, digáselo así. Es mejor rechazado antes que seguido arrastrando los pies, con la sensación de ser una mártir, lo que a él le imposibilita disfrutar del paseo. Pero si cree que él tiene tanto derecho a dar un paseo como usted a leer, procure llegar a un compromiso de media hora para cada uno y siéntase con todo el derecho de insistir en que él también cumpla con su parte del trato.

Ayude al niño a comprender los sentimientos de los demás. Cuanto más consiga interesado por cómo se siente usted y otra gente y qué similares son esos sentimientos a los que él mismo experimenta, tanto más sensible será a ellos. Comprender los sentimientos de los demás constituye la raíz del desprendimiento y, en consecuencia, es lo contrario al consentimiento. En cuanto surja una oportunidad, aprovéchela. Hable con él sobre lo que sintió la niña de al lado cuando le robaron la bicicleta. Si él dice con tranquilidad que se puede comprar otra, señale que los padres desean comprar a menudo cosas para sus hijos, pero que no siempre se lo pueden permitir. Al hacer planes familiares, permita que se entere de las dificultades de disponer fiestas y vacaciones para que todas las personas implicadas obtengan lo que más les haga disfrutar. Puede ayudarle incluso a comprender que aunque sería injusto para él que le sirviera cada noche la col que tanto detesta, también es injusto para su padre que no sirva usted nunca lo que resulta ser su verdura favorita.

En esta fase de su vida los niños anhelan conversación con los adultos e información de todo tipo. El niño disfrutará mucho mientras usted no convierta esa clase de enseñanzas en un conjunto de conferencias, impulsadas en cada caso por un pequeño mal comportamiento. Le está concediendo el honor de hablar de sentimientos con él, así como de otras cosas. Le está ayudando a realizar la tarea apropiada para su edad de situarse en el lugar del otro. Y llama su atención hacia todo un ámbito de experiencias que quizá no haya observado todavía por sí mismo. Cuanto más lo pueda hacer, antes y más claramente terminará por comprender que es una persona muy importante y muy querida en un mundo poblado por otras personas igualmente importantes.