jueves, 24 de septiembre de 2009

La educacion de los niños




Este texto de Gustavo Martin Garzo que publica El pais y que me ha llegado a traves de los enlaces que comparte Clara en el Facebook, esta genial. Y se lo dedico a esa niña, que jugaba el otro dia en el patio a saltar charcos y que recibio una bronca monumental, con amenazas de "yoyas" y todo por parte de una auxiliar. Menos mal que supo disculparse, pero el disgusto y el miedo a volver al colegio durante unos dias no se lo quita nadie. Un abrazo, mini.


Y a ver si me lo aplico un poco, que a ratos me veo muy madre intendente, demasiado centrada en cosas que en realidad, vistas con perspectiva, no tienen ninguna importancia. Es mucho mas importante el juego. A ver si recupero esa capacidad de meterme en el, que ultimamente me cuesta.

Y esta preciosa imagen es de Patricia Metola, claro. Pronto le editan el cuento de Hansel y Gretel, con dibujos suyos y de Miguel Tanco

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En una ocasión, Fabricio Caivano, el fundador de Cuadernos de Pedagogía, le preguntó a Gabriel García Márquez acerca de la educación de los niños. "Lo único importante, le contestó el autor de Cien años de soledad, es encontrar el juguete que llevan dentro". Cada niño llevaría uno distinto y todo consistiría en descubrir cuál era y ponerse a jugar con él. García Márquez había sido un estudiante bastante desastroso hasta que un maestro se dio cuenta de su amor por la lectura y, a partir de entonces, todo fue miel sobre hojuelas, pues ese juguete eran las palabras. Es una idea que vincula la educación con el juego. Según ella, educar consistiría en encontrar el tipo de juego que debemos jugar con cada niño, ese juego en que está implicado su propio ser.

Pero hablar de juego es hablar de disfrute, y una idea así reivindica la felicidad y el amor como base de la educación. Un niño feliz no sólo es más alegre y tranquilo, sino que es más susceptible de ser educado, porque la felicidad le hace creer que el mundo no es un lugar sombrío, hecho sólo para su mal, sino un lugar en el que merece la pena estar, por extraño que pueda parecer muchas veces. Y no creo que haya una manera mejor de educar a un niño que hacer que se sienta querido. Y el amor es básicamente tratar de ponerse en su lugar. Querer saber lo que los niños son. No es una tarea sencilla, al menos para muchos adultos. Por eso prefiero a los padres consentidores que a los que se empeñan en decirles en todo momento a sus hijos lo que deben hacer, o a los que no se preocupan para nada de ellos. Consentir significa mimar, ser indulgente, pero también, otorgar, obligarse. Querer para el que amamos el bien. Tiene sus peligros, pero creo que éstos son menos letales que los peligros del rigor o de la indiferencia.

Y hay adultos que tienen el maravilloso don de saber ponerse en el lugar de los niños. Ese don es un regalo del amor. Basta con amar a alguien para desear conocerle y querer acercase a su mundo. Y la habilidad en tratar a los niños sólo puede provenir de haber visitado el lugar en que éstos suelen vivir. Ese lugar no se parece al nuestro, y por eso tantos adultos se equivocan al pedir a los pequeños cosas que no están en condiciones de hacer. ¿Pediríamos a un pájaro que dejara de volar, a un monito que no se subiera a los árboles, a una abeja que no se fuera en busca de las flores? No, no se lo pediríamos, porque no está en su naturaleza el obedecernos. Y los niños están locos, como lo están todos los que viven al comienzo de algo. Una vida tocada por la locura es una vida abierta a nuevos principios, y por eso debe ser vigilada y querida. Y hay adultos que no sólo entienden esa locura de los niños, sino quese deleitan con ella. San Agustín distinguía entre usar y disfrutar. Usábamos de las cosas del mundo, disfrutábamos de nuestro diálogo con la divinidad. Educar es distinto a adiestrar. Educar es dar vida, comprender que el dios del santo se esconde en la realidad, sobre todo en los niños.

En El guardián entre el centeno, el muchacho protagonista se imagina un campo donde juegan los niños y dice que es eso lo que le gustaría ser, alguien que escondido entre el centeno los vigila en sus juegos. El campo está al lado de un abismo, y su tarea es evitar que los niños puedan acercarse más de la cuenta y caerse. "En cuanto empiezan a correr sin mirar adónde van, yo salgo de donde esté y los cojo. Eso es lo que me gustaría hacer todo el tiempo. Vigilarlos". El protagonista de la novela de Salinger no les dice que se alejen de allí, no se opone a que jueguen en el centeno. Entiende que ésa es su naturaleza, y sólo se ocupa de vigilarlos, y acudir cuando se exponen más de lo tolerable al peligro. Vigilar no se opone a consentir, sólo consiste en corregir un poco nuestra locura.

Creo que los padres que de verdad aman a sus hijos, que están contentos con que hayan nacido, y que disfrutan con su compañía, lo tienen casi todo hecho. Sólo tienen que ser un poco precavidos, y combatir los excesos de su amor. No es difícil, pues los efectos de esos excesos son mucho menos graves que los de la indiferencia o el desprecio. El niño amado siempre tendrá más recursos para enfrentarse a los problemas de la vida que el que no lo ha sido nunca.

En su reciente libro de me-morias, Esther Tusquets nos cuenta que el problema de su vida fue no sentirse suficientemente amada por su madre. Ella piensa que el niño que se siente querido de pequeño puede con todo. "Yo no me sentí querida y me he pasado toda la vida mendigando amor. Una pesadez". Pero la mejor defensa de esta educación del amor que he leído en estos últimos tiempos se encuentra en el libro del colombiano Héctor Abad Faciolince, El olvido que seremos. Es un libro sobre el misterio de la bondad, en el que puede leerse una frase que debería aparecer en la puerta de todas las escuelas: "El mejor método de educación es la felicidad". "Mi papá siempre pensó -escribe Faciolince-, y yo le creo y lo imito, que mimar a los hijos es el mejor sistema educativo". Y unas líneas más abajo añade: "Ahora pienso que la única receta para poder soportar lo dura que es la vida al cabo de los años, es haber recibido en la infancia mucho amor de los padres. Sin ese amor exagerado que me dio mi papá, yo hubiera sido mucho menos feliz".

Los hermanos Grimm son especialistas en buenos comienzos, y el de Caperucita Roja es uno de los más hermosos de todos. "Érase una vez una pequeña y dulce muchachita que en cuanto se la veía se la amaba. Pero sobre todo la quería su abuela, que no sabía qué darle a la niña. Un buen día le regaló una caperucita de terciopelo rojo, y como le sentaba muy bien y no quería llevar otra cosa, la llamaron Caperucita Roja". Una niña a los que todos miman, y a la que su abuela, que la ama sin medida, regala una caperuza de terciopelo rojo. Una caperuza que le sentaba tan bien que no quería llevar otra cosa. Siempre que veo en revistas o reportajes los rostros de tantos niños abandonados o maltratados, me acuerdo de este cuento y me digo que todos los niños del mundo deberían llevar una caperuza así, aunque luego algún agua-fiestas pudiera acusar a sus padres de mimarles en exceso. Esa caperuza es la prueba de su felicidad, de que son queridos con locura por alguien, y lo verdaderamente peligroso es que vayan por el mundo sin ella. "Si quieres que tu hijo sea bueno -escribió Héctor Abad Gómez, el padre tan amado de Faciolince-, hazlo feliz, si quieres que sea mejor, hazlo más feliz. Los hacemos felices para que sean buenos y para que luego su bondad aumente su felicidad".


Gustavo Martín Garzo es escritor.

14 comentarios:

patricia metola dijo...

Hola Maite, escuché una vez a Gustavo en una charla y me pareció una maravilla. No sé si lo sabes, pero tiene una librería infantil en el centro, "mar de letras", en la que hoy he estado y estaba atestada de libros de michel odent, crianza con apego... Es una librería chiquitita pero muy mona.

patricia metola dijo...

Ah, y otra cosa, ¡gracias por la publi!, el libro de hansel y gretel tiene mis ilustraciones, y otro de la misma colección, caperucita, son de Miguel Tanco.

Un abrazo.

VIVIANA O. dijo...

Excelente texto. Gracias

http://psicomamaprofe.blogspot.com/

Rose dijo...

Es un artículo muy bueno. Gracias por compartirlo. Escritos como este dan ánimos para poder nadar contra corriente.
Un saludo.

Rose dijo...

Por cierto, si puedes conseguir en tu biblioteca el cuento "La gran caja", hazte con él. Ilustra a la perfección la idea de este artículo...
http://felixalbo.blogspot.com/2009/07/la-gran-caja.html

Lola dijo...

Muchas gracias Maite. El amor es la mejor enseñanza que podemos darle a nuestros hijos. besos y gracias por compartir

Maite dijo...

Hola!

Estuve a punto de no ponerlo, porque se ve que ya lo puse hace tiempo, glups. Solo me sonaban algunas frases, de lejos. Tengo que entrenar la memoria un poco.

Patricia, voy a cambiar la entrada porque entendi que los dos participasteis en el mismo cuento y no en la misma coleccion, jeje.

Y gracias porque no sabia que era el dueño de mar de letras. De hecho, conozco la libreria, pero no he ido nunca, no se por que, porque me pilla mejor que otras infantiles.

gracias viviana!

rose, voy a mirar ese cuento rapidamente!!!

Lola, es verdad. a veces se nos olvida. No todo es el amor... o como el libro, con el cariño no basta, pero tiene que ser la base, la gran base donde se sustente todo.

Un abrazo a todas!

patricia metola dijo...

Hola Maite, esta mañana me he quedado pensando ¿dije ayer en el blog que era de Gustavo Puerta o Gustavo Martín Garzo? Y supongo que como había ido por la mañana a la librería y la había visto llena de libros de crianza, se me fue el santo al cielo.

La librería es de Gustavo Puerta. ¡perdón por la confusión!

Neus dijo...

Muchisimas gracias Ninaite por dedicarle esta entrada a mi minibull
Pobrecita mi niña, que no paraba de decir:"Mi mamá me deja chapotear!"
Ya se ha tranquilizado y va al cole, algo nerviosilla, pero sin angustia
Mil gracias también de su parte
Mil abrazos, y en cada uno, un beso

Mundo de Ariadna dijo...

hermoso articulo!! gracias

sonia dijo...

Me ha encantado leer el artículo, precisamente ayer estuve pensando en todo esto del amor, la crianza con apego porque una amiga mía (que no tiene hijos) me echó pedazo sermón sobre la necesidad de límites, disciplina...y la falta de éstos en la educación de mi hijo. Indignada y dolida ayer, reconciliada hoy con mis creencias de nuevo gracias a esta lectura. Gracias por ser tan oportuna.

Daniela dijo...

Precioso artìculo del diario El Paìs, y de la librerìa La Mar de Letras es mi tienda de libros favorita de Madrid, si me habrè perdido mañanas enteras chusmeando y al final llevandome algo.Preciosa librerìa.

Maite dijo...

Madre mía, Daniela, que bonito blog el de la libroteka! Sólo la foto ya me ha entusiasmado!! Muchas gracias por tu entrada! ahora voy para allá :)

Qué ganas de pasarme por la mar de letras... creo que va a ser mi perdición :)

un abrazo!

Daniela dijo...

Mucchas gracias Maite por tus palabras, y si te recomiendo esa libreria, sus libreras son muy amables.